29 nov. 2007

Alles Haben (Tenerlo Todo)



- Necesito que hablemos. Te quiero decir algunas cosas. Igual si me escuchas o no, tengo que hablarte para encontrar la paz de mi corazón -me dijo de un golpe tras cerrarme el paso, y luego espiró casi todo el aire que tenía en los pulmones.

- Bien, si no te importa, podemos entrar en aquel café -propuse señalando el local unos metros a su espalda.

En el instante que giró la cabeza hacia atrás la tomé del brazo y eché a andar. Se dejó llevar. Nos sentamos afuera y pedimos dos capuccini. El parque de la 93 de Bogotá es un lugar muy acogedor.

- Primero voy a decirte como llegó lo que pasó el último jueves, porque necesito que me entiendas -me aclaró.

- Por supuesto, te escucho -respondí comprensivo, pues una germana mantiene siempre el orden, aunque se encuentre en el caos de Sudamérica.

- Subimos juntos la montaña de Monserrate -comenzó.- Hasta ahí no había pasado nada. Por el camino, sin embargo, noté que fuimos los únicos que le dimos algo a aquel acordeonista enfermo. Una pequeña cosa en común. También percibí como te ocupaste de conseguirle una capa de lluvia a Laura. Me impresionó ver como te preocupabas por las otras personas.

Asentí levemente. No se lo dije, pero ciertamente era lo mínimo que podía hacer por la menuda mexicana. Era muy cariñosa conmigo cuando las jornadas de trabajo se hacían largas y no permitían emprender nada después. Quedarse en el bar del hotel como el resto del equipo no era una opción. Me volví a concentrar, pues me perdía una parte de lo que en ese momento decía Grit.

- ...pequeñas cosas, que tal vez para otros no tienen importancia.

No pude hacer otra cosa que volver a asentir. Y ella continuó.

- ¿Por qué me invitaste luego al concierto de Leonardo Favio? ¿Tu date se te cayó?

- Por favor, no digas tonterías. ¿De quién podrías ser segunda opción? Y además, dime, ¿qué probabilidad, crees tú que hay, de que aquí a me dejen plantado? Te invité porque disfruté mucho tu compañía en Monserrate -le expliqué.- Al hablar contigo descubrí matices de una personalidad que superaba con ligereza el enorme atractivo de tu presencia física -seguí diciendo, y la veracidad del final superaba con ligereza el incierto comienzo de la oración. Sabiendo que por ello mi expresión era sincera, concluí con franqueza.- Sencillamente quería más de ti. Por eso te invité al concierto.

- Gracias, yo también disfruto mucho tu presencia -me confesó, y sonreí, porque conjugar un verbo en varios tiempos puede ser un ejercicio divertido.

Grit prosiguió.

- Como recordarás, en el concierto tomé tu mano. Eso es algo muy humano. Lo hacemos cuando ansiamos tener a alguien cerca, a alguien en quien confiar.

- Claro que sí, lo comprendo perfectamente -la apoyé.- También yo, siempre agarro la mano de la chica a mi lado en cada concierto -añadí para avalar más sus palabras, y reprimí el instinto de hacer algún chiste al respecto.

- Creo que entonces allí, con tu mano en la mía, me sentí tan bien... de una forma que no había experimentado desde que mi mejor amigo, con quien nunca tuve relación sexual, murió en un accidente -concluyó con sus grandes ojos brillando grises.

Me alegré de no haber soltado el chiste.

- Lo siento por tu amigo -le dije, y era sincero, pobre chico, se fue sin... ¿o fue por eso mismo que se lo llevó la parca? Bueno, si es así, por suerte ya pasé del peligro. Me quedaba atrás nuevamente.

- ...apenas porque al día siguiente tenía que madrugar para agarrar el vuelo a Berlín, y aún no había hecho las maletas.

- Cierto, acompañarme al concierto fue arriesgado de tu parte -afirmé breve.

- Sí, y luego en Berlín estuve pensando mucho en ti. Cada día me alegraba de poder contarte algo de mi vida en un mail, y de recibir luego algún mensaje tuyo. Siempre, de alguna manera, era un momento bello leer tu mensaje. No estaba consciente de que mi atracción por ti no fuera completamente platónica.

Creo que la miré con cara de griego, pero ella observaba su taza de capuccino ya vacía. Platón es poderoso. Tan fuerte que antier llegaste de Berlín a las 9 de la noche tras un vuelo de 14 horas, agarraste un taxi hasta el hotel, te bañaste, y te subiste a otro taxi 40 km hasta la finca en la sabana de Bogotá, donde teníamos aquella fiesta. No sé si apenas reflexioné o si en realidad se lo dije, pero lo de ella sonaba a respuesta.

- En la fiesta del jueves naturalmente que yo había bebido mucho aguardiente.

No abrí la boca. Ella continuó.

- Pero no hice nada que no hubiera hecho sin el alcohol. La media hora detrás de aquel omnibus se quedará inolvidable.

- Tampoco lo olvidaré.

- Por eso tenía que hablar contigo.

- Y lo has hecho muy bien. ¿Quieres beber algo más?

- ¿Cómo?

- Grit, ¿qué esperas tú de mí?

- Estás en tu derecho de preguntar eso, claro. Especialmente sabiendo que yo tengo novio. Pero quiero que sepas que mis sentimientos por ti no son cosa de todos los días. Yo no sentía así desde hace tres años, y desde entonces no había engañado a mi novio tampoco.

- Es un tipo con suerte -dije sonriendo.

- Por favor, no pienses que estoy jugando o que soy una mujer ligera.

- Ni por un segundo ha pasado eso por mi cabeza -contesté, y le hice la seña de dinero al camarero.

- ¿Qué tú quieres, Luis? ¿Qué yo renuncie a una relación de seis años para estar contigo?

- ¡De ninguna manera! Jamás se me ocurriría semejante cosa.

- Luis, tú sabes que la vida es complicada. Sí, desde luego, en la relación con mi novio hay algo que no está en orden, si yo me he enamorado de otro hombre.

- Puede ser.

- Pero también hay que ver que yo soy una mujer con diferentes intereses, que espera muchas cosas de su pareja, y tal vez eso no puede ser cubierto por un solo hombre.

- Bueno, mi parte yo la cubrí...

- No te burles, estoy hablando en serio...

Fue interrumpida por el camarero, que llegó con la cuenta. Pagué, le dejé el cambio, y le pedí que llamara a un taxi.

- Yo amo a mi novio por muchas cosas. En otras me siento muy sola.

- Todo el mundo tiene alguna cualidad. No me cabe duda de que él se merece ese amor tuyo.

- Gracias por entenderme. Eres un hombre muy profundo y sensual.

- Eso no me suena bien -manifesté mi inconformidad con moderación, pero firme.

- ¿O me equivoco y tú eres el que juega con las mujeres? Quizás no quiero saberlo. No juegues conmigo, por favor. Ayer estaba tan furiosa. ¿Por qué no me habías dicho que salías con una colombiana? ¿Por qué tengo que enterarme por la gente?

- Sinceramente, no recuerdo que me preguntaras...

- Bien, no pregunté, pero fui tan inocente de no imaginar nada. Y sobre todo, ¿por qué dejaste entrever que me querías? ¿Por qué me besaste? ¿Por qué me tocaste? ¿Por qué me escribiste una sola letra?

Admiré aquel ataque de elocuencia. Llegó el taxi.

- ¡Espero que estés feliz! -me dijo, mientras nos poníamos en pie.

- No, pero puede remediarse -le respondí abriendo la puerta del vehículo.- Tengo dos horas, ¿vienes?

Empezó a besarme dentro del taxi.

28 nov. 2007

Dos Generales, Una Guerra, Dos Destinos

San Eustaquio es el patrón de la ciudad de Sanlúcar la Mayor, cerca de Sevilla. También es el patrón de los cazadores.[1] Su fiesta se celebra el 20 de Septiembre, pues se supone que en ese día del año 118 d.c. fue asado junto a su familia en el circo romano.

Cuenta la leyenda que San Eustaquio originalmente se llamaba Plácido, y era un general romano que se había destacado en la pacificación de los judíos cirenaicos en la Libia actual. Como le gustaba mucho cazar, un domingo Plácido dio unas carreras por el bosque de Guadagnolo acompañado de su criado Luciano. El criado estaba un poco gordo, y siempre se quedaba atrás. Aquella mañana perseguían a un imponente ciervo. Sin aliento, Plácido se detuvo en un claro, cuando para su asombro el ciervo salió a su encuentro desde la espesura del bosque. Ahí el cazador pudo apreciar que entre los cuernos del animal había un pequeño Cristo crucificado. Un bello truco holográfico del ciervo.

Mayor aún fue su estupefacción cuando el Cristo en miniatura le habló:

- Plácido, ¿por qué me persigues a mí que quiero tu bien?

Cualquiera se hubiera quedado pasmado del susto, pero Plácido no lo hizo, sino que se convirtió al Cristianismo al instante y comenzó a rezar piadosamente.

En eso llegó Luciano todo sofocado. Al ver a su señor arrodillado frente a los cuernos del ciervo, pensó que estaba en peligro y le arrojó un flechazo al animal. El desconsolado Plácido no encontró el crucifijo entre los cuernos del ciervo muerto. Pero ya nada podía hacerlo mudar su nueva fe. Al regresar a Roma se hizo bautizar como Eustaquio, a su esposa Taciana como Teopista, y a sus dos hijos como Agapito y Teopisto.

Poco después, durante un acto público, los cuatro se negaron a hacer ofrenda a los dioses romanos y, lo que es peor, al nuevo emperador Adriano. Como es lógico fueron condenados a morir en la arena con los leones.

Aquel día salieron a la arena con los turnos del 73 al 76. De manera que los leones ya habían perdido el apetito. Sólo los rasguñaron un poco. Apenas algunos zarpazos de rutina. Entonces los crueles prelados romanos ordenaron encadenar a Eustaquio y a su familia sobre un enorme toro de bronce, que el emperador había recibido como regalo de sus paisanos béticos. Acto seguido hicieron una gran hoguera debajo del toro hasta calentarlo al rojo vivo.

Durante la represión de la sublevación judía el difunto Plácido había cooperado con otro brillante general llamado Lusius. Por aquellos mismos días de septiembre del 118 a Lusius lo degollaban por desacato al emperador. Hasta ahí las coincidencias. Plácido, que era blanco, subió a la luz, y Lusius, que era negro, bajó a las tinieblas.

Pero vayamos por partes.

Los judíos cirenaicos se habían sublevado en 115 d.c. a la zaga del mesías de turno, nombrado Lukuas. Tal mesías ordenó a sus seguidores la destrucción de los templos paganos de Apolo, Artemisa, Plutón e Isis. Griegos los tres primeros y egipcio el último. Todos muy populares por aquellos lares. Colateralmente se procedió al atropello de los respectivos creyentes. Esas medidas bastante poco tolerantes no alcanzaron popularidad entre los pobladores no judíos. En primer lugar hay que ver que Cirenaica era básicamente una ciudad griega, como Alejandría, aunque mucho más antigua. Por otra parte, la autoridad militar y judicial estaba en manos de un prefecto romano. El tercer grupo étnico presente, los egipcios, tampoco sentía atracción por el Adonay de los judíos.

Así que griegos y egipcios escapan hacia Alejandría, y una vez allí organizan un Proto-San Bartolomé con los judíos alejandrinos. Estos, por su número de 150.000, constituían la mayor comunidad urbana israelita de la época. Eso no podía salir bien. No porque estuviera organizado por griegos, sino porque los judíos eran muchos. De manera que los hebreos se agrupan, contraatacan, y destruyen los templos de Apolo, Némesis y Hécate. De paso destrozan la tumba de Pompeyo, el general que en su día conquistó Jerusalem para Roma.

La revuelta hebrea se extiende entonces a Chipre, Judea y Mesopotamia. Mientras tanto, los judíos cirenaicos han penetrado en el interior de Egipto. Atravesando el desierto llegan hasta Tebas, a 600 km de la costa. Esto es remarcable, pues cuando el 8 de octubre de 1973 los tanques israelíes se detuvieron a 40km de El Cairo durante la Guerra del Yom Kippur, sólo habían recorrido 200km de desierto, y estaban motorizados además.

Mas volvamos a la antigüedad. En aquel momento de la rebelión judía Roma estaba en el apogeo de su fortaleza militar. Es decir que para Lukuas, como para cualquier mesías, el timing no era un factor importante. El emperador Trajano era bético -hoy se diría andaluz- y bravo. Acababa de conquistar Armenia y Mesopotamia, convirtiéndose en el único César que consiguió botar una chalupa en el Golfo Pérsico. Pronto los judíos rebeldes tuvieron que vérselas con las tropas de los dos mejores generales romanos: Marcius Turbo y Lusius Quietus. Curiosamente el primero era muy metódico, y el segundo muy impulsivo.

Turbo comandaba la Legión VII Claudia. Quietus estaba al mando de las tropas auxiliares mauretanas, que constituían los green berets de Roma en aquellos días. Fue el único negro que logró una carrera verdaderamente grande en el Imperio Romano.

Marcius Turbo con su legión hizo tábula rasa en Egipto. Miles de los desordenados rebeldes judíos fueron pasados por las armas. Lukuas se dio a la fuga y hasta el sol de hoy no se ha sabido de él. Turbo también procedió a confiscar las propiedades hebreas para financiar la reconstrucción de los templos griegos y egipcios. Así como de su finca en Campania, que ya estaba precisando una remodelación.

Por su parte, Lusius Quietus, uno de los favoritos del emperador, puso orden en Chipre, Mesopotamia y Siria. Conmovido por el enérgico proceder de su subordinado, Trajano lo nombra cónsul de Judea. Los registros romanos hablan de él como el primer y único cónsul negro. Los libros israelitas, en cambio, lo llaman un negro cónsul. Quietus gobernó con mano dura. Forzó la helenización de Palestina, obligando a los judíos a hablar en griego en todos los edificios públicos. Las crónicas judías llevaron su animosidad contra el nuevo cónsul hasta el punto de afirmar que Quietus se apropiaba de las jóvenes vírgenes para satisfacer a sus soldados mauretanos. Imaginar a sus hijas mancilladas por los crecidos e impetuosos morenos, siempre con el torso medio desnudo y los miembros largos y fibrosos, cargados de argollas doradas, era motivo de neurosis colectiva en aquel pueblo amante de la siquitrilla. Sin embargo, no existe fuente romana o neutral que confirme esos horrores talmúdicos.

Poco después, era 117 d.c., el emperador inesperadamente enferma y fallece. Su viuda Plotina atestigua que en el lecho de muerte Trajano adoptó a Adriano. Este hijo repentino era también bético, primo del emperador, y muy querido de Plotina, pues la acompañaba siempre que Trajano salía de campaña. Muchos dijeron que aquello era una farsa, pero Adriano fue coronado. Lo primero que hizo entonces fue destituir a Quietus y a los otros tres cónsules de confianza del difunto emperador. Y como no había razón para enjuiciarlos, pues al cabo de unos meses simplemente los manda a asesinar por sendos comandos pretorianos.

Los judíos declararon una fiesta nacional el día del triste fin de Quietus. Adriano les permitió reconstruir el templo y hablar en hebreo en las dependencias oficiales romanas. Y ahí mismo resurgió de nuevo el mesianismo, que acabaría en la revuelta de 135 d.c., donde los romanos decidieron arrasar el templo definitivamente y expulsar a los judíos de Palestina: la Diáspora.

Por lo demás, Adriano, para evitarse guerras, devolvió la Dacia transcarpática a los sármatas, y Mesopotamia a los partos, anulando las últimas conquistas de Trajano, y perjudicando a dacios y mesopotamios, que pasaron de la Ley Romana al despotismo nómada y a la satrapía respectivamente. Por su parte, las tropas mauretanas regresaron al noroeste de Africa y desencadenaron un motín que no fue sofocado hasta 123 d.c. con el concurso de la mayor concentración de legiones hasta esa fecha, encabezadas por el propio emperador Adriano.



[1] Existe otro santo patrón de los cazadores, que era el que conocía mi abuelo, llamado San Huberto. Este era belga y también vio un ciervo con un crucifijo entre los cuernos allá por el siglo VIII. Su fiesta es el 3 de noviembre. Para mí eso es plagio.

27 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos XIV

Preparativos


Fray Simón visitó a Cortés en el puerto de Santiago, donde se encontraba anclada la flota. En medio de un enorme ajetreo, entre el trasiego de objetos y materiales de todo tipo, bajo los gritos y latigazos de los guardianes españoles para despojar de la pereza a los esclavos indios y negros, Cortés le confirmó la situación. Y Cabezuela lo comprendió todo de una vez. Sus esfuerzos habían alfabetizado a Diego Velázquez, pero no habían aclarado sus entendederas en lo más mínimo.

Sin embargo, era imposible no sentir respeto por el gobernador. Hasta este Cortés inescrupuloso, cruel y no precisamente cobarde, no se atrevía a enfrentarse abiertamente a Velázquez. Con su empuje, natural y libre de astucias, don Diego se apropiaba todo aquello que le gustase. Sin engaños, ni ayudantes. Fuese de quien fuera. Un cerdo, un perro, una india. Cualquier cosa. Nadie osaba impedírselo, por la fuerza que emanaba, algo independiente de su natural corpulencia, y por su rudeza tan descomunal como sin saña. Su baja estatura engañaba. Lo había visto castrar a un marrano de casi doscientas libras sin ayuda de nadie. Tenía, por cierto, una gran habilidad con el cuchillo. Por esa virtud hubo de partir un día a las Indias, después de dejar sin hermanos a cierta Jacinta en la extremeña Mérida. Y vale decir que aquella ni mozuela, ni buena moza era. Pero sus cuatro hermanos la sobrestimaban y, lo más fatal, subestimaron al porquerizo Diego. La Santa Hermandad[23] ahorcó a seis gitanos que acampaban en las afueras de la ciudad, pero Jacinta sabía la verdad. Así que La Hispaniola recibió un nuevo colono. ¿Y Cortés? Este don nadie que ahora mostraba altanero los pertrechos y provisiones, como si los hubiese pagado él y no el gobernador. ¿Por qué había enfilado proa a las Indias? Pues por unas barajas marcadas. ¿Estaría manipulando las cartas también esta vez? ¡Cómo dudarlo!

Cabezuela deseó suerte cortésmente a Cortés, y hasta se encomendó medio en broma a la empresa, pidiendo al extremeño que le conquistase un obispado. Hernán lo escuchaba con una sonrisa socarrona en los labios. Mientras discurseaba, fray Simón miraba de forma ostensiblemente indiscreta los pendones y emblemas que el conquistador había hecho desplegar por doquier con su nombre. En uno hasta se titulaba de Capitán Adelantado de su Majestad Carlos I, el nuevo rey de Castilla.[24] Cortés intentó entonces convencer al fraile de partir con él a Yucatán, tratando de neutralizarlo. Aunque bien sabía, después de todo, lo útil de un colaborador con la buena cabeza de Cabezuela. Ciertamente no le sobraban de esos. De sus hombres, los que no se las habían visto con la Santa Hermandad, pues se la debían al Santo Oficio. No pocos habían remado en su vida más de lo que hubieran querido, como condenados a las galeras. Pero el franciscano rechazó con amabilidad los avances reclutadores de don Hernando.

El Adelantado sólo regresó dos meses más tarde. A Cabezuela le bastó con unas pocas frases, sin aún sacudirse Velázquez el polvo del camino, para que el gobernador se arrepentiese de su decisión. El franciscano sintió pena por Velázquez. Noble bruto que no desconfiáis de las víboras –pensaba. Quizá Cortés, vuestro paisano extremeño, conquiste el oro para conseguir una heráldica de hidalgo viejo. Y el mundo le creerá. Hasta sus propios hermanos le creerán. Pero vos, Velázquez, seréis siempre un antiguo porquerizo. Aunque llegáseis a El Dorado, ni un ciego os creería otra cosa.

– Lo creía escarmentado a Don Hernán después de lo de Don Joaquín –arguyó el gobernador.

- Todo lo contrario, excelencia, todo lo contrario -ripostó el sacerdote.

Joaquín Juárez era un andaluz afincado en Cuba, cuya mayor fortuna eran las tres hermanas guapas y casaderas que había traído a Las Indias. Hay que decir que la gran mayoría de los colonos practicaban el celibato forzoso. Descontando a las numerosas concubinas indias, desde luego. De manera que las Juárez eran sumamente codiciadas y cortejadas. Naturalmente que con suficiente bolsa se podía pedir una novia paisana. Pero el proceso era a ciegas, y abundaban las sorpresas negativas al recibir a la ansiada dama. Los hermanos Varela, quienes desde 1506 poseían el Monopolio de Remisión de Novias para Indianos en Sevilla, hacían lo que podían. Pero en los orfanatos, asilos benéficos y casas correccionales del reino no había mucho de donde escoger. Aquellos abnegados celestinos sevillanos recorrían incansablemente la península tratando de cumplir los pedidos de ultramar. No obstante, el mejor lote alguna vez obtenido fueron seis brujas catalanas, que originalmente iban a ser quemadas en Reus. El santo padre inquisidor de Tarragona se las cedió a regañadientes, tras mucho regatear, a cambio de 14.500 maravedíes y dos bonitas acuarelas con motivos bíblicos, titulada la una La más suculenta costilla de Adán, y Magdalena antes de la fe, la otra. La Santa Inquisición declaró luego que a las condenadas de Reus se las llevó el diablo con nocturnidad y sin aviso. Unas manchas de azufre en la mazmorra daban fe de ello.

En las Indias una andaluza casadera era indiscutiblemente un tesoro. Tal vez sólo superable por una moza de la cuenca del Ebro, donde los colonos franceses traídos por la corona de Aragón procreaban las mujeres más hermosas de España. Velázquez cortejaba a la mayor de las Juárez, doña Catalina. Su secretario Cortés, que le solía acompañar en las visitas, pretendía a la menor, doña Lucía. Por supuesto que el cabeza de la familia Juárez veía con beneplácito los avances del primer candidato. Pero recelaba del segundo, pues a éste le escaseaban la fortuna y las buenas intenciones, según creía el andaluz. Y razón no le faltaba a don Joaquín, que hubo de presentarse ante el Adelantado a demandar justicia, pues don Hernán había seducido a doña Lucía.

Velázquez, seriamente interesado en doña Catalina, prometió castigar severamente a su secretario. Advertido y sabiendo lo brutal de la furia del gobernador, Cortés se escondió. Se metió en la casa de su víctima. De alguna manera convenció al irresoluto hermano, que no se había atrevido a tomar la justicia por sus propias manos, para que no lo delatara. Luego de varias semanas la ira del gobernador se había aplacado. Tanto más porque en sus visitas a los Juárez don Joaquín ya sólo reclamaba, en forma muy comedida, que don Hernán desposara a doña Lucía. Así las cosas, Cortés envió un día al propio don Joaquín a mediar, y obtuvo el perdón de Velázquez a cambio de casarse con doña Lucía.

Los preparativos para esta boda ya estaban en plena marcha, y Cortés se había reintegrado a su labor de secretario del gobernador. Entonces salió a la luz lo peor. Durante su refugio en casa de los Juárez el fugitivo había seducido a las restantes hermanas, incluída doña Catalina, la adorada del gobernador.

Ante el asombro del destruido don Joaquín, que nuevamente pedía justicia, don Diego Velázquez, rojo de la ira, le espetó con infalible lógica castiza española al allí presente criminal:

– ¡Pues a la mía no os la habéis beneficiado en vano! ¡Ahora os casaréis con doña Catalina!

Lo que Cortés hizo sin falta.

No habían acabado su tertulia el recién llegado Velázquez y fray Cabezuela, cuando se presentó Cortés con un informe detallado de sus progresos en los preparativos de la expedición a la isla de Yucatán. Velázquez lo recibió tibiamente. Y Don Hernán corroboró lo que ya temía. Había vuelto a perder la benevolencia del gobernador. Pero estaba preparado, mucho más preparado de lo que Velázquez y Cabezuela podían prever.





[23] Primer cuerpo policial europeo. Funcionó desde el siglo XII hasta su disolución en 1835. La Santa Hermandad fue originalmente formada a niveles regionales independientes a lo largo del camino de Santiago de Compostela para proteger a los peregrinos de los habituales saqueos. Fue una medida de los ayuntamientos ante la disminución de los ingresos y consecuentemente de los impuestos de las posadas y tabernas locales, ya que los peregrinos europeos llegaban previamente desvalijados. Posteriormente se extendió a toda Castilla, y fue finalmente reglamentada y centralizada por los reyes católicos en 1476. Así por ejemplo, a menos que se tratara de gitanos, no podían ejecutar a los malhechores in situ, sino que debían entregarlos al poder judicial correspondiente, o a la Inquisición tratándose de moriscos o judíos. Por entonces disponía de unos 2.000 hombres de armas profesionales.

[24] Carlos I de Austria, hijo flamenco de Juana, la loca heredera de los reyes católicos, fue coronado rey de Castilla por las Cortes en 1518. Desde 1516, cuando murio su abuelo Fernando, era rey de Aragón. Y en 1519 compró la corona del Sacro Imperio Romano Germánico.


26 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos XIII

La gran Antilla y sus pequeños males

A comienzos de 1511 el padre Cabezuela se había incorporado oficialmente a la empresa del recién nombrado Adelantado de la isla de Cuba Diego Velázquez de Cuéllar. Sin embargo, por problemas de salud, no marchó en la primera expedición a la gran antilla, sino que se incorporó a las huestes conquistadoras poco después, cuando la resistencia de los aborígenes cubanos había sido vencida.

Velázquez estaba convencido de la inofensividad de los indios cubanos. Cabezuela, en cambio, presentía lo contrario. Tal vez estaba influenciado por la reciente y trágica experiencia de la expedición de Fernando Domínguez de Soria a las antillas menores. Se componía ésta de tres chinchorros[19] con 120 hombres, y terminó en un debacle. El archipiélago resultó estar habitado por feroces caribes insulares, que se aproximaban con sus piraguas para decimar con ensañamiento y crueldad increíbles a las tripulaciones españolas. Para recuperarse, Domínguez de Soria, que estaba herido de flecha en un costado, ordenó tomar tierra en Santa Lucía. Ignoraba que precisamente allí estaba la base de Iouanay, la Tribu de la Iguana, los caribes más fieros de todos. Incluso las mujeres combatían, lo que tenía el efecto de enervar al máximo a los guerreros, que nunca retrocedían.

A Domínguez de Soria, al capellán franciscano Manuel Sarmientos -aquel mozo cordobés llegado a La Hispaniola junto a Cabezuela- y a otros dos prisioneros los descuartizaron y comenzaron a guisar en la playa ante los espantados ojos de los 16 españoles sobrevivientes, que huían en la última barcaza. Varias piraguas los perseguían con gran algazara. Realmente era en plan de diversión, pues no querían perderse el más bien escaso banquete. Los iouanayos no comían a los muertos en combate para no lastimar su honra guerrera, sino únicamente a los prisioneros. A los caídos en combate solamente les extraían el corazón para hacer el yuyume.[20]

Inesperadamente, esta valerosa y corta batalla en Santa Lucía o Iouanalao[21], como la llamaban sus feroces habitantes, decidió la suerte de las antillas menores. A favor de España. El recién guisado fray Sarmientos tenía viruelas. De manera que en la isla que desató una terrible epidemia, quedando radicalmente diezmados los iouanayos. Algunos sobrevivientes huyeron hacia las islas vecinas llevando consigo la mortal plaga. En pocos meses apenas quedaban indios en las antillas menores, con excepción de las Bahamas.[22]

Respecto a los aborígenes cubanos, los temores de Cabezuela resultaron injustificados, pues los taínos locales no brindaron una resistencia considerable. Apenas unos pocos, instigados por un agitador extranjero, un ex-cacique de Haití llamado Hatuey, se enfrentaron a Velázquez sin lograr causarle ni una baja. Se desbandaron al ser capturado su cabecilla haitiano, quien se mantuvo insolente incluso en el momento de ser quemado vivo en la hoguera. Primero reclamó que su hoguera tenía que ser de palo de guayaba porque él era cacique. Como no le hicieron caso, insultó entonces a los españoles, acusándolos de ser peores que los caribes.

– ¡Los caribes al menos os degüellan antes de meteros en el fuego! –gritó oneroso a los bondadosos padres franciscanos que intentaban convertirlo a la verdadera fe para ahorrarle el sufrimiento de las llamas.

- ¡Pero mirad que arrogante es este indio! -se indignó el teniente Alvarado con la antorcha en la mano.- ¡Apartaos ya, padres!

A mediados de 1511 fray Cabezuela pasó entonces a la isla de Cuba desde Santo Domingo. Inmediatamente comenzó una gran labor educativa con el gobernador Velázquez, hombre enérgico pero de tosco entender. Esta fructífera labor se vio interrumpida en su primera fase por la participación de Cabezuela, llamado por Zumárraga, en la misión de los franciscanos en Castilla del Oro.

Los servicios que el padre Cabezuela prestaba a Velazquez se hicieron notar en su verdadero valor en ausencia del fraile, y el gobernador le mandó a buscar en un par de ocasiones. Cuando por fin Cabezuela prestó oídos a sus solicitudes y regresó a la antilla mayor, Velazquez se apresuró a otorgarle importantes encomiendas de indios en la zona de Sancti Spiritus. Tratando así de retenerle a su lado. Con éxito. A partir de noviembre de 1514 Cabezuela se mantuvo junto a Velázquez. Tal perseverancia trajo consigo que en 1517 Velázquez ya fuera capaz de redactar, sin ayuda, una carta sencilla al consejo de Indias. Esto provocó un gran disgusto de su secretario particular, Hernán Cortés, que desde un inicio mostraba recelo hacia la labor del fraile. La actitud resabiosa de Cortés, y varios insultos proferidos contra Cabezuela, hicieron que Velázquez manejara seriamente la idea de hacerlo degollar en su cama cualquier noche. Fue el propio Cabezuela quién intervino a favor de Cortés, argumentando que, después de todo, tal vez podría llegar a ser útil algún día. Cortés se enteró de esto por el propio Velázquez, que no solía andarse por las ramas.

– Os pensaba cortar el cuello una de estas noches, don Hernán.

– ¿Y por qué no lo ha hecho vuestra merced?

– Agradecedle a fray Simón, que ha hablado en vuestro favor.

– Entonces, ¿ya no preciso dormir armado?

– Por lo que a mi respecta podéis dormir en cueros, aunque sé que teneis otras deudas.

– Cierto, pero sólo hay un Diego Velázquez en esta ínsula, Excelencia.

Hacia 1518 Velázquez ya se había reconciliado con Cortés. Más por comodidad que por otra cosa le había permitido seguir redactando su correspondencia. Y una vez casi lista la expedición a México, que el gobernador llevaba preparando con su propio dinero durante varios meses, puso a su ambicioso paisano al frente de la misma. Cabezuela se hallaba a la sazón recorriendo sus encomiendas en Sancti Spiritus, al centro de la isla.

La desconcertante noticia de este nombramiento sorprendió al fraile salmantino en el camino de regreso a Santiago de Cuba. Apresuró entonces la marcha, para tratar de reparar el mal. Al arribar a la villa capital, el franciscano vio apagarse el rescoldo de esperanza de que pudiera tratarse de un error. Sin embargo, peor todavía era la ausencia del propio Velázquez, que hacía varios días había partido por mar a la inaccesible villa de Baracoa. Su objetivo era regresar por tierra atravesando la intrincada sierra con sus indios cimarrones, a los que pretendía escarmentar personalmente.





[19] Barcazas de bajo calado que solían utilizarse como embarcaciones auxiliares de las carabelas.

[20] El yuyume era una sopa ritual hecha con los músculos cardiacos de las bajas enemigas, y la consumían exclusivamente los participantes del combate y los hermanos menores de los guerreros perecidos. No confundir con el sabroso jujume o sopito do coraçao de Curaçao. Este se prepara con corazones de gallina, y originalmente se ingiería en las bodas por parte de los hermanos y primos solteros de los novios.

[21] La traducción textual sería Iguanalandia.

[22] Las Bahamas, más aisladas, tenían una población de lucayos, que no eran de origen caribe, sino arahuaco como los taínos cubanos. La mayoría de los indios bahameses serían transportados luego a Cuba como esclavos, al igual que otros miles de indios guajiros, oriundos de la costa norte sudamericana y únicos arahuacos bravos que resistían a los caribes. En realidad la conquista española interrumpió otro proceso de conquista más lento. Los caribes, partiendo de Guayanía, habían arrebatado a los arahuacos casi toda la costa norte sudamericana, así como las Antillas menores y buena parte de Puerto Rico. Ya habían empezado a incursionar en Quisqueya, y más esporádicamente en Cuba y Jamaica. Los caribes se expandían mediante unidades masculinas emergentes. Donde hallaban una población arahuaca, mataban a todos los hombres –adultos y niños– y se apropiaban de sus mujeres y bienes. Exactamente el mismo método que usaron los invasores anglosajones en la Britania celta de los siglos VI y VII. Un curioso resultado colateral de esta estrategia era que las mujeres caribes, fuera de Guayanía, eran bilingües: además de caribe hablaban arahuaco, que se transmitían de madres a hijas. En el caso inglés lo que se transmiten es la pésima cocina.


23 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos XII

El ocaso del Darién


La administración de Pedrarias resultó catastrofal. Con la llegada de la armada a Castilla del Oro la población de Santa María se había sextuplicado, y la situación de los suministros se volvió rápidamente crítica. Las tribus amigas no podían abastecer de comida tantas bocas. Ni tampoco querían, después de los inmediatos saqueos que ordenó el nuevo gobernador en busca de oro. Las enfermedades tropicales se ensañaron entonces con los nuevos colonos, hacinados en la villa y debilitados por la inanición.

En septiembre no menos de un tercio habían muerto. 500 hombres en algo más de dos meses. Entre las chozas de Santa María distinguidos veteranos de las campañas napolitanas, caballeros que sólo vestían sedas y brocados, se peleaban febriles por una rata grande. Algunos nobles de la armada se escondían para no perder su hidalguía siendo vistos con cólicos y vómitos. Morían sin recibir socorro.

Los colonos veteranos estaban furiosos y apremiaban a su antiguo jefe para aprovechar la situación y tomar el poder por las armas. Balboa, sin embargo, seguía cauteloso.

- Ellos aún son muchos, amigos -decía el jerezano- Y tal vez no todos vosotros me sigáis a la hora de verdad.

- Vuestra merced está en lo cierto -apuntó Cabezuela- Pero no estaría de más insistir con los caciques para que sigan sin mandar un grano de maiz a la villa.

- Desde luego, Careta y Pankiak tienen órdenes muy claras, pero Rabanito se las repetirá cuando vaya por nuestras provisones.

Al gobernador, por su parte, le irritaba de sobremanera la idea de que su antecesor estaría burlándose de su mala gestión e incompetencia. Como no hallaba razón para castigarlo, se vengaba despreciando sus servicios y negándole empleo en su gobierno.

El plan original de Cabezuela había sido que los caciques amigos retuvieran los alimentos hasta la llegada de Balboa en persona a recogerlos. Con lo cual éste ganaría la simpatía de buena parte de los diezmados y hambrientos hombres de Pedrarias. Lo que haría fácil despojarlo del poder. No funcionó porque el resentido gobernador rechazó las ofertas del jerezano para ir él a conseguir alimentos, y encima le prohibió salir de Santa María sin permiso.

Fue ahí que el licenciado Espinosa, nuevo alcalde de la villa, sugirió a Pedrarias dispersar las fuerzas para detener la hambruna y el descontento de los santamarinos. Se podrían enviar varias expediciones a fundar villas menores en lugares distantes y que se abastecieran por cuenta propia. Tal vez encontrarían indios más cooperativos.

- ¿Hay algún lugar en Castilla del Oro realmente peligroso, con indios muy fieros? -preguntó Pedrarias.

- He oído decir que la región del río Atrato es muy agreste y peligrosa, en particular las tierras de un tal Dobaiba -respondió Espinosa.

- Muy bien, pues como son las cosas, esa le tocará a Balboa -dictaminó Pedrarias.

- ¡Vuestra merced es un bala! -se entusiamó el licienciado.

- ¿Cómo? -frunció el seño don Pedro Arias.

- ¡Os digo que sois la leche, Excelencia! -aclaró con premura el alcalde.

El gobernador llamó a varios oficiales y les ordenó buscar nuevos sitios para establecerse. A Núñez de Balboa lo mandó a la cuenca del Atrato, donde antes fracasó buscando al rico Dobaiba, donde tuvo dificultades por un complot indígena, y donde habían 5000 indios con rencor por sus nueve caciques ahorcados.

Pedrarias, además, prohibió a Balboa llevar armas de fuego. Por razones estratégicas, según dijo. Balboa, decidido a evitar que lo acusasen nuevamente de desacato, aceptó tales órdenes, aunque era obvio que lo condenaban al fracaso o hasta a perder la vida en manos de los indios. Logró reunir 75 voluntarios y penetró en el Darién.

Esta vez sí dieron con Dobaiba. El cacique venía con sus hombres, unos mil guerreros, más una motivada legión extranjera de otros 5000 nativos. A la cabeza de los indígenas marchaba el comando fluvial del resoluto cacique Seca Tiva[18], cuyo padre había sido ahorcado en Ponca por conspirador. Las muy superiores fuerzas combinadas de tierra y de río atacaron sin vacilar a los valientes hispanos.

Salvo 14 murieron todos. El propio Balboa resultó gravemente herido. Ni el capellán Andrés de Vera, el único clérigo involucrado en tan inútil empresa, ni Andrés de Valderrábano, el fiel secretario, estaban entre los que regresaron.

Cuando Pedrarias supo lo sucedido, se puso a dar brincos de alegría como un niño. Algo que llamó mucho la atención de sus colaboradores, pues el gobernador, además de hombre serio, ya tenía 74 años.

- Pero aún está vivo... -objetaba Enciso.

- ¡Vivo, sí, pero jodido! - se deleitaba Pedrarias.- ¡Perdió la honra y la gloria! ¡Castilla del Oro es nuestra!

Así, en estas circunstancias, Simón de Cabezuela decidió abandonar el Darién. Aprovechó que Diego Velázquez lo estaba reclamando desde de la próspera colonia de Cuba mediante una carabela recién anclada en el muelle de Santa María.

- Esto no tiene remedio, hermano, de aquí hay que irse -decía Cabezuela a fray Zumárraga.

- Os entiendo, padre, os entiendo -contestó su correligionario.- Pero comprendedme vos a mí también. No puedo dejar a Balboa en semejante situación. Soy su confesor, y él confía plenamente en mí.

- Lo sé -murmuró triste fray Cabezuela.- Vuestra merced lleva un gran corazón en el pecho.

- ¡Gracias, hermano Simón! -concluyó el otro franciscano- Pero vos iros, antes de que sea demasiado tarde.

Se abrazaron breve y efusivamente. No esperaban verse nunca más.



[18] Cuatro Colmillos en lengua natá.



22 nov. 2007

Memorias Del Carnaval Santiaguero

Las mejores fiestas populares cubanas siempre fueron los carnavales santiagueros. Tanto antes como después de 1959 eran las preferidas de la gran mayoría de los expertos nacionales. Y de la totalidad de los orientales. De hecho, hasta mediados de los años 50, y nuevamente a partir de la mitad de los 70, los habaneros conocedores solían viajar cada año a las fiestas santiagueras. Allí afirmaban con toda sinceridad que, frente a Los Bocucos, Los Van Van no sabían tocar. Son 14 tampoco, pero eso había que callárselo por cuestión de seguridad personal.

A comienzo de los años 80 los carnavales de Santiago de Cuba se caracterizaban por tres cosas: la reducción unilateral de la separación racial, el incremento del contenido de agua en la cerveza, y el aumento de las peleas entre los fiestantes.

Dicho sea primero que el sabor y el colorido de los carnavales no resultaban afectados por estos procesos, sino todo lo contrario.

En Santiago numerosas calles quedaban reservadas para las fiestas, provistas de quioscos, tarimas y sistemas de audio. Dadas las dimensiones de la ciudad, se podían alcanzar todas a pie, sin que se estorbaran unas a otras. Y el casco histórico, al que ya le quedaba poco de histórico, pero con bastantes cascos aún, era cruzado reiteradamente por congas.

Arrollar en una conga santiaguera es un experiencia muy intensa para el participante. Sobre todo si es una mujer y el marido o novio no va inmediatamente detrás de ella. Una conga santiaguera ya en marcha es como un organismo vivo. Arrollando en el núcleo, tras los músicos, uno no es independiente, sino una parte del todo. Y ese todo tiene su propia dinámica y toma sus propias decisiones, en lo cual uno participa de una forma tan integral e intrascendente como una célula en un organismo pluricelular invertebrado. Lo que mantiene a estas células juntas es el ritmo base de la conga: tum-ba-batum-babatum-ba-batum-babatum-ba-batum-babatum. La conga lleva dos tiempos. Como el son. E igual que éste tiene ese típico esquema africano de pregunta-respuesta. La diferencia está en que la conga marca dos velocidades, una claramente más rápida que la otra, y eso es lo que la hace irresistible y frenetizante. ¿Por qué las otras razas no descubrieron el formidable efecto de la percusión? En lugar de eso se inventaron el alcohol y diferentes drogas. Puede que el placer para el cerebro sea parecido, pero para el cuerpo nunca. Sin contar que la conga no deja secuelas. Bueno, hay que bañarse después.

También los desfiles del carnaval santiaguero eran muy buenos. No se alcanzaba la espectacularidad de las carrozas habaneras, pero las comparsas y paseos santiagueros tenían una tradición mucho mayor y, por lo general, disponían de mejores músicos, bailarines y coreografías. En caso de opinar lo contrario, podría ser muy peligroso. Un desfile competitivo contra una comparsa habanera nunca llegó a realizarse. Pero dudo que los occidentales hubieran tenido algún chance, pues el capero común santiaguero llevaba bajo la capa su chaveta y un palo reglamentarios. En caso de ser uno de los más fervientes, podría portar incluso una cabilla o machete adicional. En el carnaval santiaguero se gozaba. Si no te involucraban en una bronca, por supuesto. Cada año habían entre 15 y 35 muertos. El resto de los fiestantes se quedaban añorando los carnavales hasta el año siguiente.

Hasta los años 70 hubo zonas carnavaleras de negros en la periferia este y oeste, así como al sur. Y zonas de blancos en el centro y al norte. Pero en los 80 los negros empezaron a aparecer masivamente en el centro y el norte. Algunos blancos también podían verse en la periferia este y oeste. Llevaban uniformes verdeolivos y boinas rojas, y pertenecían a las brigadas del orden. Era, por cierto, una labor muy atlética. Durante la noche corrían juntos. Iban detrás de los negros conflictivos. Por la madrugada, cuando se separaban, también corrían. Detrás iban los negros conflictivos.[1] Esas correrías duraban los 10 días de carnaval. En una época de tamales, puerco y cerveza, en la que todo el mundo engorda, ellos bajaban un promedio de 12 libras de peso.

En el sur, en cambio, no había tanto peligro, y los blancos entraban en buen número. Las llamadas organizaciones de masas solían colocar sus quioscos en esta región. El quiosco de cerveza de la CTC, por ejemplo, se encontraba en la calle San Pío. El lema de su colectivo era 2 x 1. Ante la patrocinadora CTC eso quería decir: el trabajo de dos compañeros hecho por un compañero. Ahora bien, internamente significaba: dos litros de cerveza por uno de agua. Y esa era la proporción que mezclaban consecuentemente cada anochecer antes de abrir el quiosco. Esa disciplina les permitía no sólo disminuir el nivel de alcoholización en el area, sino también aumentar sustancialmente sus ingresos suplementarios. Pero sobre todo resultaba un estímulo moral. Así, por ejemplo, tenían cero ausentismo. Cada año salían vanguardia entre los quioscos del carnaval. Se trataba, además, de un equipo flexible, que podía reaccionar ante cualquier nuevo reto. Si el comprador estaba suficientemente borracho, podía invertirse la proporción, 1 x 2, usando las botellas adicionales correspondientes. Y nunca hubo broncas por eso.

Las broncas tenían otras razones. Objetivas o subjetivas. Una razón objetiva solía darse entre blancos, entre negros, o entre negro y blanco indistintamente. Podía ser, por ejemplo, un empujón o un pisotón pasando o bailando. Por su lado, una causa subjetiva podía ser una mirada directa a los ojos. Algunos estudiosos de los fenómenos sociales son de la opinión de que ésta última es igualmente una razón objetiva.[2] En todo caso, las broncas por causas subjetivas sucedían entre negros, o entre negro y blanco. La iniciativa partía prácticamente siempre de un negro, generalmente en compañía de entre 2 a 14 nagües.[3] Podía decirse que fiestar en zona de negros para un blanco no era seguro, y al mismo tiempo sí era blanco seguro... de agresiones. La clásica paradoja santiaguera.

Nadie debe pensar, sin embargo, que el fenómeno de la violencia carnavalera era nuevo por entonces. Desde que las autoridades españolas permitieron los festejos a los africanos empezó la trifulca. Eso de andar correteando de la mano llevando máscaras de pájaros es cosa de venecianos. En Africa los carnavales son diferentes. En las fiestas de numerosas tribus en el continente negro aún hoy día pueden apreciarse elementos de gran violencia como imprescindibles componentes rituales de masculinidad. Hay uno en Sudán que a mí particularmente me gusta mucho. Es una comunidad donde todavía van de taparrabos y descalzos. Para las rumbas todos los hombres llevan una vara de madera, y en medio del baile comienzan a darse varazos en las cabezas indiscriminadamente. El chispeo de sangre es total, y los que se amedrentan se van apartando de la pista de baile. El último que queda, resulta reconocido como el Rey del Carnaval. A veces muere alguno de tantos varazos, pues no les gusta perder, y seguir en la pista, cuando se está recibiendo mucho castigo, conduce a eso. El problema es que ahora, con la guerra civil y la lucha por controlar los campos de petroleo, las fuerzas en conflicto han armado a todas las tribus. Entonces cada tipo, igual en taparrabos y descalzo, lleva una AK47. También en los carnavales. Y acontece que alguno, recibiendo muchos varazos, pierde los nervios y suelta una ráfaga del AK. Efectivamente, los Carnavales de Sudán se han puesto muy peligrosos.

Por fortuna, en Santiago de Cuba no se usaban armas de fuego en los carnavales. Y las peleas solían ser mayoritariamente sin armas blancas. Los muertos sucedían cuando algún zoquete perdía los nervios y halaba por una chaveta. En una pelea había, por tanto, que estar pendiente de dos cosas. Una, que el otro no sacara un objeto perfilo-cortante. Y dos, no caer al suelo. Pues en este caso, los amigos del contrincante, o incluso el pueblo en general, solían entrarte a patadas. Personalmente presencié algunas fajazones, y debo decir que por lo común no eran elegantes. Eran como peleas de Vale Tudo o Free Fighting, pero con ropa. Una bronca con estilo apenas se daba cuando los rivales sabían combatir y luchaban sin ir al suelo. Lo más escaso y brillante era vencer por knockout. Y el KO más espectacular y notable de la historia del carnaval santiaguero se lo dio Hébert Pérez[4] a un negrón en julio de 1984.

Fue un suceso sumamente impresionante, porque Hébert, un estudiante de preuniversitario, era conocido por su poderoso intelecto, y nadie, ni él mismo, sabía de su poderosa pegada. Blanco, imberbe, rubio y de ojos claros, alto pero flaco, resultaba el candidato perfecto para una provocación convoyada de golpiza en el carnaval santiaguero.

Aquel día Hébert se desplazaba prudentemente acompañado de dos primos mayores. Marchaban rápido y en fila india como exigían las circunstancias, o sea, el circunstancial tumulto humano. Hébert iba de último, cuando de pronto tras uno de cien inevitables roces con otro parroquiano, escuchó un grito acusador:

-¡Párate ahí, blanquito! ¿Qué pinga te pasa? ¡Me empujate! ¡Párate ahí, cojone!"

Por un segundo Hébert valoró la posibilidad de ignorar la arenga. No era cobarde, pero tenía la manía de pensar rápido, y considerar opciones y consecuencias. Hoy día sabemos, gracias a la investigación genética contemporánea, que la temeridad es un producto colateral del gen de la estupidez. Pero Hébert estaba acompañado de sus primos grandes, así que la alternativa correcta, incluso la única alternativa, era hacerle frente a aquel reto.

Girar sobre sus talones y percibir cuatro cosas a un tiempo sucedió todo en el próximo segundo. Las cuatro cosas eran las siguientes. Uno: el que gritaba era un negrón de siete pies, de unos 25 años y con unos brazos casi tan gruesos como los muslos de la mulatona en short más a la derecha. Dos: con el negrón venían otros dos negrones enormes, que por el aspecto parecían practicar el mismo deporte o, por lo menos, tener los mismos vicios. Tres: los primos no captaron lo que sucedía y se alejaban irremediablemente sin notar que Hébert había quedado atrás. Cuatro: el pueblo había hecho espacio entre Hébert y los tres negrones que avanzaban hacia él, con lo cual el choque era ya inevitable.

Entonces escuchó la sentencia del negrón:

-¡Te vua depingai, so puta!

Era evidente que le gustaba pegarle a las mujeres, pensó Hébert. ¿Por qué me dice eso a mí? ¿Acaso se siente tan superior? ¿En posición de abusar? Esa amenaza fue también mucho más clara, porque el público guardaba silencio con la espectativa de los hechos violentos aproximándose. El rubio adoptó inmediatamente la posición de guardia del boxeo. Iba a darle la pelea que pudiera a los negrones.

La gente lo miraba con abierto escepticismo. Alguno que otro hacía involuntariamente el movimiento de negar con la cabeza, manteniendo el espacio entre labios y encías lleno de aire. La mirada de la mulatona de la derecha decía claramente: "¡Corre, mijo!" Hébert vio esas reacciones a la par que sentía que no tenía buen apoyo bajo los pies. Sin mirar hacia abajo comprendió que estaba parado en la cuneta, y automáticamente levantó y movió hacia atrás la pierna derecha. Encontró apoyo en el borde del contén de la acera, y afincó el pie. En el mismo instante en que la energía cinética rebotaba del pie recién apoyado hacia el cuerpo, el primer negrón le caía encima. Venía con los brazos abiertos para golpear. Hébert le tiró un cross directo exahalando todo el aire y llevándose el flujo de energía cinética desde la pierna hasta el puño en un único movimiento de torso y brazo.

Fue un clásico power-punch sin jab previo. De catálogo. Y cogió al negro en pleno mentón. Se cayó en cuatro partes. Sus extremidades se precipitaron al suelo al mismo tiempo que el tronco, pero por su propia inercia. Sin ser arrastradas. Sin rebote. El KO total, que es cuando se desconectan todos los circuitos y por completo.

Hubo una exclamación general y silencio. Los otros dos negrones frenaron en seco junto al bulto en el suelo. Uno se quedó mirándo hacia la inmovilidad del cuerpo noqueado. El otro apartó la vista de Hébert hacia la izquierda, sin enfocar a nada ni a nadie, y hundiendo las mejillas al comprimir los labios. Si el rubio amagaba ahí, hasta corrían. Hébert los miró, manteniendo los puños en media guardia. A uno primero, al otro después. Y sin decir una palabra, dio la vuelta y se fue. Con paso decidido, pero sin prisa. La masa de gente se abrió para dejarlo pasar.

Alcanzó a los primos, pues no había perdido ni 30 segundos. Siguió tras ellos sin abrir la boca. Y para su asombro y orgullo, a cuatro cuadras de los hechos, escuchó al pasar como un parrandero le decía a otro:

- Oye, ¡¿te enteraste?! Allí abajo un blancón le acaba de dar tremendo KO a un negrón. Todavía el niche ni reacciona, están esperando la ambulancia.



[1] Nótese la importancia de la preposición en la lengua castellana.
[2] Al que se atreva a decirme eso en mi cara, le entro a golpes.
[3] Amigos, compinches, socios, compadres, narras, consortes, aseres, ambias, cúmbilas.
[4] Coincidí con Hébert pocos años después en la Universidad de la Habana y resultamos buenos amigos. Sin duda uno de los cerebros más brillantes que he conocido en 40 años y casi 40 países. Hoy es profesor universitario.

21 nov. 2007

Claire Avant Noël



- ¡Luis, pero yo te amo!

- No puede ser, Claire, apenas me conoces...

- ¿Cómo puedes decir tú eso?

- Claro que puedo, llevamos sólo dos meses saliendo...

- ¿Saliendo? ¿Así lo llamas? ¿Es eso lo que tú haces conmigo?

- ¿Y tú qué haces?

- ¿Yo? Yo llevo dos meses viviendo en una nube de tu olor...

Sonreí.

- ¿El "perfume caro"?

- Sí, ese mismo...

- Nunca olvidaré cuando preguntaste. Eres la única adicta que preguntó la marca de la droga. Pero ya lo sabes, detesto los perfumes, son feromonas, yo no las controlo...

- Ellas a mí tanto más. Desde hace días he estado planeando para que conozcas a mis padres esta Navidad.

- ¿En Aviñón?

- Sí. Se lo dije a mi hermana. Me deja su casa de campo. Son sólo 20 minutos hasta la ciudad.

- ¿También les has hablado a tus padres de mí?

- Sí... entonces, ¿te quedarás?

Me miró intensa desde lo verde.

- Me halaga tu insistencia, pero ya te lo dije, me iré a Miami.

- Bien, si esa es tu decisión, que tengas mucha suerte, y que te vaya bien sin mí.

Me tendía la mano.

- ¿No nos veremos más?

- ¡Jamais plus!

Hablaba cuatro idiomas a la perfección. En los otros tres la comprendía. En francés no, pero me gustaba más.

- ¿No vas a llorar?

- Après... después.

Tomé su mano. Tenía ese suave blanco celta. Fué la última vez que la toqué.

En diciembre del 2003, hace tan poco.

Epílogo de la Yuca

Al mediodía se apareció frente al Pre una turba de vecinos de barrio, los vagos habituales, encabezados por un fornido mulato reclamando para fajarse con el "abusador" que le había pegado al pobre Rafelito.

El director Eligio decidió salir a pelear.

Nuestros profesores regulares eran mujeres o viejos, exceptuando las cátedras de Educación Física, Dibujo Técnico y Preparación Militar, que a esa hora estaban desiertas. Apenas dos profesores jóvenes se encontraban presentes. El secretario general de la UJC Abel, de Literatura, y Sinqui, de Dibujo Técnico. Este último, como su apodo indica, por un capricho de la naturaleza vino al mundo prácticamente desprovisto de mandíbula inferior.

Sinqui se negó a salir. Alegó que los médicos le habían prohibido fajarse, pues un golpe en el mentón podría matarlo. Ese día se desprestigió definitivamente. Aunque ya antes estaba en baja total desde que disertara una apología de la masturbación ante un grupo de estudiantes.

Abel, en cambió, sí se movilizó. Organizó rápidamente un piquete de apoyo para el valiente Pulga entre los malacabezas del Pre. Ahí estuvimos en primera línea Raúl, Miguel y yo junto a otra media docena de estudiantes. El propio Abel no salió, se quedó mirando desde los corredores abiertos que daban para la calle, como todo el mundo.

Estábamos en desventaja 1 a 2. Además, los vecinos vagos eran todos adultos. Nuestro único adulto era el más pequeño del bando, la Pulga. Pero Miguel y Mauricio eran karatecas, Ricardo el toro y yo éramos judocas, y Raúl era inteligente. El sagaz guajiro, se apareció con un manojo de cabillas que sacó a la carrera del cementerio de sillas del Instituto. Las repartió entre todos nosotros, y eso fue decisivo. Los vecinos justicieros se quedaron plantados a unos metros vociferando, pero no cruzaron la curva blanca que rodeaba el portal del Instituto. Mientras, cabilla en mano, la Pulga Dominante les espetaba con voz ronca:

- ¡Al que entre en mi perímetro lo reviento!

20 nov. 2007

Mango Impune, Yuca Castigada

En el segundo año de Bachillerato teníamos una profesora tutora bastante antipática. Ese criterio valía tal vez para el 80% del aula. El otro 20% no sé si la apreciaban, pero eran serviciales con ella. La profesora, que impartía Lengua Española y cuyo nombre sinceramente no recuerdo, tampoco hacía demasiado caso de los chicharrones, pero eso tenía el efecto de incitarlos aún más al servilismo. Nunca lo he entendido, pero funciona así.

Una de las aduladoras, una guataca heroica llamada Milagro, trajo un día unos mangos para la profesora. Los colgó del espaldar de la silla en una bolsa de red a la espera del tercer turno, en el que nos tocaba Español. Eran seis mangos grandes y hermosos. Olían fabulosamente.

En el segundo turno faltó un profesor, y ninguno de los posteriores estaba disponible. Así que lo tuvimos a nuestro libre albedrío. Cada cual se encaminó hacia donde le pareció, y se ocupó de lo suyo. Raúl, Miguel y yo nos comimos los mangos. No lo hicimos de soslayo. Simplemente fuimos hasta la bolsa, agarramos los mangos y nos los merendamos allí mismo. En el aula o en sus alrededores estarían tal vez un cuarto o un tercio del grupo. Luego colocamos las cáscaras y las semillas de vuelta en su red, y nos fuimos a lavar las manos.

Naturalmente procuramos estar presentes cuando se destapara el asunto. A la dueña de los mangos le entró un ataque de rabia. Gritaba, lloraba, amenazaba. Y nosotros la mirábamos con curiosidad antropológica. Rápidamente se acercaron los restantes cuatro heroicos para mostrar su posición solidaria antes de que llegara la profesora, quien no se hizo esperar. A la profesora le gustaban los mangos. Ciertamente adoraba los mangos. Así que si por principio no podía tolerar el despojo, mucho menos soportaría impasible ver aquellas semillas y cáscaras, que aún como desechos prometían grandiosamente lo que ya no podría ser. La profesora declaró que habría consecuencias graves para los culpables. Y que quedaríamos todos sin clases ni salida hasta que no se descubrieran los autores de la infamia.

Miguel y yo compartíamos una mesa. Empezamos a mirar alrededor. Intentábamos adivinar quién podría echarnos pa'lante. No sabíamos exactamente quienes nos habían visto, pero nos llevábamos bien con mucha gente. No debería haber peligro. Raúl, en cambio, tenía una lengua mordaz, y era cojo. Además era un guajiro holguinero. Cualquiera podría denunciarlo. Desde luego, si nuestro socio Raúl caía, se hundiría solo. Jamás intentaría compartir la culpa. No podíamos permitir eso. ¿Quién abandona a un camarada caído? ...Bueno, ok, puede pasar, pero ¿a un camarada cojo caído? ¡Nunca! Empezamos a mirar amenazadoramente alrededor. Por suerte nadie habló.

Media hora después vino el director del Instituto. Se llamaba Eligio y era conocido como La Pulga Dominante, pues medía 1 metro y 50, pero se hacía respetar. En un combate cuerpo a cuerpo con Rafelito, un loco callejero que entró a la hora del matutino y extrajo su miembro frente al auditorio, la Pulga había vencido claramente. Raúl, Miguel y yo animamos a Eligio durante aquella lucha. Aunque en verdad quisimos evitarla, pues le habíamos dicho claramente a Rafelito que se la sacara y acto seguido saliera corriendo. Pero aquel maldito loco se quedó allí meneándosela, y el director tuvo que actuar. Cuando Eligio tenía al loco maniatado en el suelo con un agarre de lucha libre, Raúl gritó:

- ¡Cuidado, Eligio, que a Rafelito se le para la yuca!

La Pulga miraba furioso buscando al autor de la advertencia, mas Raúl afortunadamente atinó a callarse. Sin embargo, se trataba una indicación honesta, pues al levantarse el director sin dejar de apretar el cuello del loco, éste tenía una soberbia erección. La exclamación de asombro fue general. Rafelito era un indio de mediana estatura y unos 20 años, y evidentemente lo único que tendría que envidiarle a un caballo sería la cordura.

En esas circunstancias Eligio no sabía que hacer. Raúl no pudo aguantarse, y exclamó:

-¡Guárdele eso, director, que aquí hay niñas!

La cara del director era un drama griego. Zeus en sus plenos poderes, pero el Olimpo viniéndose abajo. Optó por liberar un brazo del agarre y propinarle puñetazos en la cara a Rafelito. Nos pareció cruel. Y fue ahí que comprendimos que hay una estrecha relación entre la impotencia y la violencia. También aprendimos que la violencia funciona. Al disminuir la asfixia, y con la distracción de los piñazos, a Rafelito se le bajó la erección. Entonces la Pulga lo arrastró para afuera del recinto.

Esta vez la situación era más fácil. No había yuca en juego, sino apenas unos mangos, o sea, ya no había mangos. Eligio nos echó una descarga impresionante. Ya eramos casi adultos. Aquello era una verguenza. La irresponsabilidad resultaba colectiva. Habría sanción para todo el mundo. Y comprendí que había que hacer algo, antes de que alguno se ablandara. Pedí la palabra.

- Director, al igual que muchos compañeros aquí, creo que la situación que tenemos requiere un tratamiento diferenciado. En verdad, lo que pasó aquí, ocurrió en un momento de abandono. Los mangos fueron irresponsablemente abandonados a su suerte. Y tuvieron mala suerte. Pero ante todo, nuestro grupo se encontraba abandonado. El profesor de turno nos abandonó. Por problemas de salud o lo que sea. Pero lo cierto es que con ese abandono pudo haber sido cualquiera quién se despachó a los mangos. Alguien de otro grupo. O Rafelito el loco, sin ir mas lejos. Además hay que ver que se trataba de unos mangos. ¿Qué tal si hubiera sido una yuca? ¡Dudo mucho que en ese caso hubieran dejado las cáscaras! Me parece que exhibir mangos, o yucas, no es propio de este instituto. Porque resulta tentador, y siempre hay alguno que les cae encima, como hemos visto. Con el debido respeto, le pedimos que considere que nuestro grupo está pasando por un momento de abandono, y ese es el problema que debemos combatir desde la raíz.

La estupidez, cuando es contundente, resulta irrefutable. Lo habíamos visto una y mil veces en actos y reuniones. La Pulga balbuceó algo de que ya veríamos, y se retiró para no complicarse la vida. Con ello se acabó la situación de emergencia. La profesora tampoco tenía ganas de embarcarse en una hora extra al final para recuperar la clase. Se quedó así. Aparte de la clase de Español sólo los mangos se perdieron. Aunque, desde nuestro punto de vista, no exactamente.


19 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos XI

La gran armada de Castilla del Oro

La carabela de Pedro de Arbolancha, llevando las noticias de los nuevos descubrimentos de Balboa y el oro real correspondiente, alcanzó la desembocadura del Guadalquivir semanas después de que zarpara una flota con destino al Darién. El regente de Castilla Fernando de Aragón, asesorado por el obispo de Burgos, había designado al hidalgo Pedro Arias de Avila Pedrarias gobernador de Castilla del Oro con atribuciones para juzgar a Balboa por desacato y despojo respecto al adelantado Enciso.

De enjuta figura y escasa estatura, Pedrarias, pese a sus 73 años, aceptó el puesto. Era un veterano coronel de la real infantería que se había destacado tanto en el asedio de Granada como en la posterior campaña africana. Durante el asalto a Orán había comandado la famosa carga elegante de los piqueros reales. Con lo que obtuvo el apelativo de Pedrarias el galán. Posteriormente hizo destripar a los moros prisioneros, y se ganó el apodo de Pedrarias el galán justiciero. A pesar de ser vástago segundón de un conde, Pedrarias disponía de una considerable fortuna. Una parte la había heredado como sobrino favorito de su tío, el obispo de Segovia, mas la mayor cuantía provenía de la dote y la herencia de su esposa Isabel de Bobadilla, hija del Comendador de la Orden de Calatrava y sobrina de Beatriz de Bobadilla, quien fuera íntima de los reyes católicos: favorita de Isabel y concubina de Fernando.

Un hombre de su abolengo, el más alto que pusiera rumbo a las Indias hasta ese momento, no iría con tres carabelas. Pedrarias partió con 21 barcos y 1500 hombres. De esos expedicionarios cerca de 400, encabezados por el capitán Juan de Ayora, pertenecían a un tercio de alabarderos de la campaña de Italia. Por primera vez una unidad de militares profesionales se dirigía al nuevo mundo. Tampoco faltaban los prohombres. El bachiller Enciso, ávido de venganza, iba como Alguacil Mayor. El licenciado Gaspar de Espinosa portaba el cargo de Alcalde Mayor. El experto cronista Gonzalo Fernández de Oviedo viajaba en calidad de Oficial Real. Además de diversos clérigos, el séquito de Pedrarias lo completaban dos docenas de mujeres, incluyendo a su propia esposa.

El 16 de junio de 1514 la campana de la inconclusa catedral de Santa María tañó a deshora con inusitada fuerza. Era la hora de la siesta, y a nadie le gustó la gracia. Pero tras un corto intercambio con el oficial de guardia, que había ordenado las campanadas, vecinos y notables de la villa se apuraron en llegar al muelle.

Toda una flota castellana había entrado en el golfo.

- ¡La corona nos envía refuerzos para conquistar el Pirú! -exclamó Núñez de Balboa con el corazón arrullado de agradecimiento.

- ¡Viva Castilla, viva su majestad don Fernando! -gritó un conquistador del bulto.

- ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! -respondió todo el bulto.

- Nada más lejos de mi intención que presagiaros perjurios, excelencia, pero me temo que eso no es posible -dijo fray Cabezuela.

- ¿Qué queréis decir, padre? -inquirió Balboa.

- Digo, excelencia, que estas naves habrán partido del reino de Castilla antes de la arribada del bueno de Arbolancha -apuntó el fraile.

- De acuerdo, hermano, pero olvidáis a Colmenares, que salió de aquí mucho antes con el oro de Comagre -intervino fray Zumárraga.

- Es cierto, estimado padre -asintió Simón de Cabezuela, y añadió- Perdonad mi mal augurio, excelencia, empero no estaría mal que armaseis a vuestros hombres por si acaso.

- ¡Nada tengo que perdonaros, mi buen fraile! Os agradezco, más bien, vuestra prudencia -contestó el descubridor del Mar del Sur.- No tiene sentido, sin embargo, mostrar las armas a los enviados del rey. ¿Cuantos hombres vendrán en esos navíos? Al menos 1000, tal vez el doble. ¿Y cuantos somos en Santa María? Menos de 300 -concluyó con cierta tristeza.

- ¡No perdamos la fe, caballeros, el Señor nos ha llevado muy lejos y no nos abandonará en esta hora! -sentenció fray Zumárraga con la determinación de los vascongados.

Pronto sabrían que la voluntad divina no les era muy propicia que digamos. Efectivamente, aquella armada era producto de la misión de Colmenares, así como de la gestión de Enciso contra Balboa. La corona había decidido armar una poderosa escuadra para conquistar el nuevo mar. Pero la gloria de dirigir tan importante expedición no la pondría en las manos de un aventurero rebelde. El honor de la hazaña pertenecería a un noble y rico hidalgo.

Tanto mayor fue la decepción de Pedrarias al desembarcar y enterarse de que los hechos estaban consumados. El mar había sido descubierto, nombrado y conquistado para Castilla por el aventurero de marras. Así que procedió a arrestar al jerezano y someterlo a un juicio de residencia como estaba planeado. Sin embargo, no podía sentarlo en el garrote vil cual vulgar malhechor. Los veteranos del Darién eran fieles a Balboa casi en su totalidad. Aún en clara inferioridad numérica, podían causar mucho daño. A diferencia de los recién llegados, conocían el terreno y tenían aliados indígenas.

El licenciado Gaspar de Espinosa dictó entonces sentencia. Núñez de Balboa habría de pagar una indemnización a Fernández de Enciso, pero era declarado inocente de la muerte de Nicuesa y liberado para ejercer de simple colono en el Darién. Balboa pagó a Enciso y aceptó la autoridad de Pedrarias. Esperaría una nueva oportunidad.

A diferencia de oscuros soldados como Pizarro, Almagro o Belalcázar, salidos de las más bajas capas sociales, Vasco Núñez de Balboa, como Nicuesa, Ojeda, Cortés, Ponce de León o Alvarado, pertenecía al grupo de cuadros básicos de la Conquista. No buscaban apenas oro, sino gloria y honores también. Y sabían esperar la ocasión propicia. Salvo el Perú, conquistarían todo el núcleo del nuevo mundo para Castilla. Aquel grupo de 60 jóvenes hidalgos desesperados, exclusivamente segundones, tercerones y cuarterones sin herencia, había sido organizado en 1501 por el sevillano Rodrigo de Bastidas, quien seguía instrucciones directas de la reina para mejorar la ralea de los colonos de las Indias.

Doña Isabel la católica se había alarmado al leer una crónica de los frailes dominicos de La Hispaniola. El dossier de los monjes informaba sobre el linaje y la conducta de los colonizadores. Se titulaba Muchos Truhanes, Y Los Demás, Bribones.


15 nov. 2007

Agujetas De Fuego


Después de fracasar como genial infante ajedrecista le cogí el gusto a jugar con fuego. Antes había podido apreciar algunos pequeños incendios usando catapultas de fósforos. Nada grande en realidad. Pero un día, quemando un hormiguero con ayuda de alcohol desinfectante, descubrí que, preparado intencionalmente, el fuego podía ser mucho más interesante. Era francamente agradable ver como ardía un papel, un madero, una colchoneta… Imagino que tenía algo de atavismo cavernícola también. Claro que en mi casa no mostraban mucha comprensión por ese placer infantil. Me vi obligado a desarrollar mis habilidades pirotécnicas en otros lugares: solares, la escuela, algún patio ajeno… No era cosa de todos los días, sino apenas de vez en cuando, pero me pasé años con ese hobby ocasional. Hasta que conocí a Ivette, mi primer amor.

Me disponía a improvisar una linda fogata en el patio de una casa, cuando la vi venir a tender ropa. La miré y quedé fascinado. De ese embeleso sólo desperté cuando la llama del fósforo llegó a mis dedos. Ella era, además de linda, lista. Comprendió mis incendiarias intensiones, y comenzó a llamar a gritos a su padre. Tuve que alejarme precipitadamente de allí.

Desde entonces me olvidé del fuego y empecé a seguirla. Siempre que salía sola, yo dejaba de merodear y me iba tras ella. También le llevaba rosas, que depositaba en su portal. Con lo que me gané la enemistad de su madre. Yo cogía las rosas del propio jardín de su casa.

Hasta ese momento su papá y su mamá me tenían mala voluntad. Ella, en cambio, me detestaba. Si bien mi presencia le despertaba fuertes emociones. A veces se detenía en la calle, giraba sobre sus talones hacia mí, que solía marchar unos pasos detrás, y me gritaba ruborizada y hasta con lágrimas en los ojos:
- ¡Estúpido, no me sigas más!

La verdad es que me llenaba de regocijo comprobar que mi amada no me ignoraba. Pero al parecer tanta exaltación resultaba perturbadora para ella. Su papá intentó dos veces agarrarme, pero yo era claramente más rápido. En el barrio sólo había dos negritos, Orlandito y Rolandito, que me ganaban corriendo. Así que durante un tiempo el papá de Ivette dicidió llevarla y recogerla de la escuela. Mas aquello trajo consigo las burlas de sus compañeros. Ella entonces, aunque no dejó de detestarme, empezó a odiarme. Eso ya estaba mejor. Eso todavía no llegaba al bistec, pero ya eran las cebollitas fritas.

Ivette volvió a ir y venir sola de la escuela. Y yo reanudé mi acompañamiento a tres o cuatro metros de distancia. Poco a poco, sin embargo, se fue acostumbrando. Después ya me dejaba incluso llevarle los libros. Y hasta me dirigía la palabra:
- Dame los libros, que ya llegamos a mi casa.

En algunos casos yo no podía acompañarla, pues no siempre podía escaparme a tiempo de mi propia escuela, o mi madre me daba un encargo. En ocasiones la alcanzaba ya a medio camino de su casa. De esta manera una tarde al aproximarme, vi que un perrazo babeante le cerraba el camino a mi adorada.

Paralizada por el terror, Ivette no sabía que hacer. No tuve que pensarlo ni un segundo. Agarré lo primero que vi a mi alrededor: un saco sucio de grasa y gasolina en el suelo. Al tiempo que le prendía fuego, me abalancé sobre la bestia. El saco se inflamó inmediatamente. Y el can, ante la perspectiva de convertirse en un perro caliente, se dio cobardemente a la fuga. Luego nos ladraba indeciso desde lejos.

Continuamos camino tranquilamente. Yo reventaba de orgullo. Era la primera vez que Ivette se aferraba a mi brazo. Por llevar el biceps contraído durante todo del trayecto, sentí agujetas ardiendo en el músculo casi tres días.

14 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos X

Por una perlas

El golfo de San Miguel albergaba a numerosas comunidades indígenas. No eran particularmente belicosas, y los conquistadores no tuvieron dificultades para apropiarse de sus piezas de oro. Y de las perlas. Disponían de muchas perlas. Los nativos declararon ser tributarios de un poderoso y fiero cacique llamado Terarequí, que dominaba a los costeños desde unas islas cercanas. Las perlas se pescaban en la vecindad de aquellas islas, y eran el pago que recibían los costeños por suministrar caza mayor a los insulares. Especialmente por los venados de rabo blanco, que tanto apreciaba el cacique.

Terarequí cobraba una comisión sobre los negocios que se efectuaban cuando llegaban los comerciantes de Birú, así como sobre los trueques con los indios de tierra adentro. En los últimos tiempos no habían aparecido las grandes balsas con sus tripulantes de caras angulosas vestidos con ponchos, pues se decía que en Birú había una guerra entre el gran cacique supremo, titulado Sapa Inka[15], y su hermano, llamado Wawqi Sapa Inka[16].

- ¿Entonces el oro lo traen esos piruanos? -quiso confirmar Balboa con Coquera, un jefe local que interrogaban.

- Sí, señor... el oro viene de Birú... -aseguró el indio con dificultad, pues lo tenían colgado por los pies de la rama de una frondosa ceiba.- Aquí no tenemos oro... y las perlas... el señor ya me las quitó...

- Hernán, ¡por gentileza!, ¿queréis parar de zarandearlo? -reclamó Francisco Pizarro a su hermano.- Apenas se puede entender lo que dice el maldito indio.

- ¿Es poderoso ese Inca? -continuó preguntando Balboa.

- Muy poderoso, señor... Cuentan que el Inca... tiene mil veces mil guerreros... Y hay enormes cabañas… y templos de piedras... llenos de oros… y piedras brillantes... Y tienen animales… grandes como venados... que llevan las cargas… en el lomo...

- ¡Don Hernando, si impulsáis al indio una vez más, una sola, os colgaremos a vos en su lugar! -dijo Balboa enojado.

- ¡Por Dios que sí, excelencia, yo mismo lo cuelgo, pero del pescuezo! -concluyó don Francisco.

Evidentemente aquel Birú, Pirú, o como se llamara, prometía. Por supuesto habría que reunir y armar muchos hombres para esa empresa. Por el momento al menos podrían hacerle una visita al cacique de las perlas.

Aunque primero asaltaron la aldea del cacique Tumaco, que también era vasallo de Terarequí. El 28 de octubre se embarcaron en frágiles canoas rumbo a las islas. Remaban los indios de Tumaco y Coquera. No era fácil, pues estaban en plena temporada de huracanes y había mal tiempo. Pero por unas perlas se soporta eso y más. ¡Por unas perlas Nicuesa hasta comió indios!

Tan pronto divisaron las islas Vasco las bautizó con el original nombre de Archipiélago de las Perlas. Una denominación que perdura hasta nuestros días. Mas al aproximarse a la isla mayor, que Balboa denominó Isla Rica, buscando el mejor lugar para desembarcar, fueron sorprendidos por una artera emboscada de los isleños. Una enorme cantidad de piraguas surgieron a barlovento, maniobrando para cortarles la retirada a los expedicionarios. En la orilla aparecieron de repente muchísimos indios armados, ululando y dando gritos de guerra. En el centro de aquel temperamental comité de recibimiento vieron a Terarequí. El temido cacique portaba su impresionante escudo, hecho de cocos secos, y su macana oficial. Estaba subido en una litera a hombros de su escolta, compuesta únicamente por los nativos más fuertes.

Ya más cerca, los cristianos pudieron escuchar el estremecedor coro indígena:

- ¡Te- ra- re-quí! ¡Te- ra- re-quí! ¡Te- ra- re-quí!

- ¿Qué hostias dicen? -indagó un temeroso Rabanito- ¿Te la haré aquí?

Si caían en aquella tenaza entre los cientos de indios en la orilla y los cientos en las canoas, estarían irremediablemente perdidos. Balboa lo comprendió en pocos segundos. Ordenó hacer un esfuerzo y remar circunvalando la isla para regresar a tierra firme. Aquel puñado de extenuados conquistadores vivían el momento más crítico del descubrimiento del Mar del Sur. Tampoco los perseguidores cejaban en su empeño. Por el contrario, se acercaban cada vez más disparando sus flechas. El mal tiempo arreciaba. Ahora batía un fuerte viento cargado de llovizna.

La canoa de Santiago Telatrava, donde iban los artesanos de la expedición, se había ido quedando rezagada. Varios de sus indios remeros de Tumaco se habían lanzado al agua y nadaban hacia Isla Rica. Balboa, erguido en su bote, pudo ver con amargura como una flecha le atravesó el cuello al arquitecto segoviano. Otros dardos acertaron también a diversos tripulantes indios y cristianos. Poco después dos canoas de Terarequí abordaron la embarcación de Telatrava, y en pocos segundos degollaron a los vivos y a los muertos.

A medida que se alejaban de las islas fueron ganando distancia de los indios enemigos. Evidentemente éstos no tenían instrucciones de seguirlos lejos del archipiélago. Balboa decidió entonces poner proa de vuelta a la aldea de Tumaco. Allí esperaban los frailes y varios enfermos cuidando del botín. Pasado el terror, los conquistadores sólo sentían una cosa. Ira.

Al llegar a la aldea costeña el capitán, sin perder un instante, hizo traer a las familias de los desertores del bote de Telatrava. Todos. Hombres, mujeres y niños. Pretendía quemarlos vivos. No obstante, aunque no prestó oídos a los pedidos de moderación por parte de Cabezuela, tan extremo castigo no sucedería ese día. Sus hombres no quisieron esperar a juntar la leña necesaria, y masacraron a los condenados a tajos de espada. Luego, como es lógico, los indios caretanos auxiliares saquearon y quemaron las cabañas de los traidores. Y las de algunos otros tumaqueños sospechosos. Ahí el fuego se pasó a otras chozas. Al final los consternados lugareños vieron desaparecer casi la mitad de su aldea entre las llamas. También hubo violaciones de nativas por parte de los auxiliares caribeños. El desorden suele ser propicio para tales menesteres. Si bien los caretanos llevaban buen tiempo envidiando las exclusivas orgías de los hispanos.

Con los ánimos ya más calmados, Balboa reunió en el batey a sus hombres, cristianos o caretanos, y a los nativos de Tumaco sobrevivientes. Junto a la cruz que habían montado la semana anterior, el jerezano juró, espada y pendón castellano en mano, que se vengaría de Terarequí.

Tres días más tarde emprendieron el regreso a Santa María.

Tomaron una ruta diferente buscando más riquezas que conquistar. Se cruzaron con los cacicazgos de Teoca, Pacra, Bugue Bugue, Bononaima y Chiorizo. Quién no entregó el oro por las buenas, lo perdió por las malas. Se recaudó un gran botín. A Balboa le dio una fiebre muy fuerte, y hubo que transportarlo en una hamaca. Los caretanos se peleaban por portarla. A continuación tuvieron que vérselas con un cacique llamado Tubanamá, que tenía bastante mal carácter y ofreció seria resistencia. Igual lo vencieron y desvalijaron. Y tras una corta incursión en la pobre aldea de Pocorosa, más conocida por la afición del cacique a la sodomía, alcanzaron el Caribe en el golfo de San Blas, donde el viejo amigo Careta.

Desde la aldea de su aliado indígena Balboa mandó un correo en canoa avisando a la villa del Darién para que vinieran a recogerlos en una carabela. Y mientras tanto organizó una corta visita de cortesía a Comagre. Pero se encontró con que el sabio jefe había fallecido. Así que se limitó a renovar la alianza con el heredero Pankiak usando el resto de vino de Jerez que le quedaba. Finalmente, el 19 de enero de 1514, arribaron triunfantes a una jubilosa Santa María. Sólo en oro traían 100.000 castellanos[17]. A eso había que agregar una gran cantidad de perlas, y bienes diversos, entre los que destacaban las telas de algodón. Sin embargo, nada se comparaba con el valor del descubrimiento de un nuevo mar para Castilla y la fe cristiana.

Tras los actos en su honor y las cálidas manifestaciones de regocijo popular por el regreso exitoso de la expedición, Balboa distribuyó las ganancias meticulosamente. Y envió a Pedro de Arbolancha para España llevando la noticia del descubrimiento y la quinta parte del botín para las arcas reales, tal como estipulaba la ley. El nuevo emisario debía solicitar de la corona el mando en propiedad de Castilla de Oro para su jefe.



[15] Unico Inca

[16] Hermano del Unico Inca

[17] En 1514 la suma de 100.000 castellanos (oro) equivalía a 130.000 ducados (oro) o 65.000 doblones (oro) o 1.422.700 reales (plata) o 48.500.000 maravedíes (cobre). Para que se tenga una idea: 5 años después la expedición de Fernando de Magallanes alrededor del mundo costaría 8.750.000 maravedíes, mientras que una libra de pan por entonces valía 2 maravedíes.

12 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos IX

La Orilla


Un nuevo entusiasmo se había apoderado de los expedicionarios. Aquella visión del anhelado mar, tras crueles privaciones y atroces peligros, renovó de un golpe las menguadas fuerzas. A sabiendas de la grandeza del descubrimiento marcharon hacia la costa.

El cacique Chiapes, que habitaba a los pies de la cordillera, les salió al paso. Intentaba cobrar peaje, pero fue desbordado rápidamente. Una salva inicial de los arcabuces y los proyectiles de las ballestas diezmaron la primera línea de guerreros. La segunda linea se dio a la fuga repentinamente. Y Chiapes, que conformaba la tercera línea con sus parientes y escoltas, se rindió por convicción.

La aldea de Chiapes no era tan grande como la de Comagre o la de Cuarecuá. Ya casi anochecía cuando la alcanzaron. Balboa explicó a Chiapes que respetaría vidas y bienes, si le entregaban todo el oro. Así como algunas indias jóvenes, pues abundaban las mujeres bonitas en la tribu. Aquí las indígenas poseían figuras y miembros más delgados y estilizados que las del lado caribeño. El cacique se apresuró en complacer a los conquistadores, que se reunieron en la cabaña ceremonial con las lindas nativas. Después de las fuertes emociones del intenso día, era preciso liberar la sobrecargada virilidad de aquellos nobles varones. Zumárraga, desprovisto de la sotana por el calor, propuso brindarles vino de Jerez a las indias. El resultado fue tan inesperado como satisfactorio. Entre alegres risas las esbeltas aborígenes se avalanzaron sobre los españoles. Pocas veces la espada cristiana fue provocada por la carne infiel con tanta saña. Todos, laicos y frailes, enfrentaron el reto con fe digna de mártires. Los bautizos duraron toda la noche.

Por la mañana, Balboa, consciente de la necesidad de descanso de sus hombres, comprendió que, mejor que disponer una agotadora marcha general, convendría proceder de otra manera. Decidió enviar a Alonso Martín, acompañado por auxiliares indios, a buscar el mejor camino hasta la costa. Escogió a este soldado por suponerlo el menos fatigado de la tropa, ya que en ningún momento se le vio tomar parte en las actividades de la cabaña mayor. Alonso era natural de Murcia, un individuo de escasa corpulencia y apacible temperamento, aunque tenía un carácter tal vez un poco extraño. En todo caso esa noche había preferido permanecer lejos de la gran cabaña, ayudando a Juan Agramonte, el fornido cargador africano devenido en capataz de los portadores indios.

Alonso regresó a los dos días. Había conseguido llegar hasta el mar.

- ¿Y entonces? -preguntó Balboa.

- ¡Capitán, sí que es mar! -contestó el explorador.- ¡Probé un buchito de agua y era saladita!

- ¡Hostias, verdad que sois prudente, Don Alonso!

- Luego no pude resistir la tentación de bañarme en el nuevo mar -continuó Alonso.- Tomé un baño con algunos indios. Y con Pichako nadamos hasta lo hondo incluso.

- ¿Quién es Pichako? -inquirió Balboa.

- Es ese indio de Careta con cara de bujarrón, don Vasco. El que siempre anda con el negro Juan -aclaró el secretario Rabanito, que tomaba notas de la entrevista.

- ¿Es que no pudisteis llevar indios decentes, don Alonso? -preguntó Balboa, riendo como todos los presentes.

- ¡Ay, qué infamia! Capitán, ese indio es muy buena persona. Rabanito, vos mejor no habléis, porque yo sé un par de cosas de vos, que si las buenas gentes se enteran...

- ¡Dejaos ya de cuentos! -lo interrumpió groseramente Francisco Pizarro.- ¿Es eso todo lo que tenéis que decir sobre el mar?

- Casi, porque tampoco resistí la tentación de ser el primer marinero del nuevo mar...

- ¡¿Cómo?! -se extrañó Vasco.

- Le pedí prestada una canoa a unos indios del lugar... -aclaró el murciano.

- ¡Joder, pero es que no habéis dejado gloria para los demás! Me dan ganas de daros una hostia en esa jeta -saltó un irritado Hernando Pizarro.

- Os doy la razón, don Hernando -dijo Balboa, y luego se dirigió al asustado Alonso.- Ciertamente sólo os ha faltado mearos de primero en el nuevo mar.

- Bueno... capitán, cuando estaba nadando... -balbuceó Alonso, pero no terminó, porque dos de los Pizarros le fueron encima y tuvo que correr para ponerse a salvo.

El 29 de septiembre la expedición arribó a las playas del nuevo océano junto a la desembocadura del río Sabán. Balboa ordenó detenerse en la orilla. Entonces él solo, de armadura completa, con una espada en la diestra y el invicto estandarte de Castilla en la otra mano, entró en el mar hasta las rodillas y tomó solemne posesión del mismo en nombre de la reina de Castilla doña Juana, de la que era regente su padre, el rey don Fernando de Aragón. Se levantó el acta por el escribano Andrés Valderrábano. Cuatro testigos oficiales: Francisco Pizarro, Miguel de Zumárraga, Simón de Cabezuela y Andrés de Vera probaron el agua, juraron que era salada y firmaron el acta. El nuevo mar fue bautizado por Balboa como Mar del Sur, por ser ésta la dirección que llevaban al arribar a sus costas. Para el golfo donde se encontraban Balboa escogió también un nombre: Golfo de San Miguel, pues era el día de San Miguel Arcángel.

Mas hubo algo que Vasco Núñez de Balboa no pudo prever. En aquel momento de máxima gloria, cuando el capitán, pendón y espada en mano, temblando loaba a Castilla dentro del agua, tras un promontorio rocoso de la orilla, agachado y fuera de la vista de todos, Alonso Martín aliviaba su vientre entre el vaivén de las olas del Mar del Sur.
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