27 may. 2008

Blanco



La mitad del colchón había quedado al descubierto. Una almohada hacía equilibrio en el borde. La otra estaba oculta bajo la desordenada cabellera marrón.

Yacía de lado. Desnuda.

Observé su espalda. Continué por la curva de la cadera hasta las piernas. Largas y torneadas descansaban una encima de la otra. Regresé al culo. Era redondo y blanco. Lo asocié con la nieve en el tejado de enfrente. Entreabrí una celosía, casi por comprobarlo. Había un cuervo posado en la baranda del balcón. Se apartó prudente, y derribó un poco de la escarcha helada sobre el tubo de metal.

El pasamano en el aeropuerto también me había parecido muy frío. Pero, antes de soltarlo, la mano tibia de Siggi cubrió la mía. Me sorprendió. No la había visto entre las personas que esperaban a la salida del área de recogida de equipaje.

- Hola –dijo.

Sonreí con gratitud buscando el azul. Me abrazó cuando estuve completamente afuera. La agarré con un brazo, sin desasir el maletín.

- ¿Cómo has estado? –indagué.

- Extrañándote...

- ¿A dónde vamos? –murmuré acariciando su mejilla con la mano libre.

- A mi apartamento –contestó.– El niño está con su padre.

- De acuerdo –asentí.

Entrando al estacionamiento la solté para cambiar de mano el bagaje. Pesaba muy poco.

- Ayer no me respondiste la llamada –se quejó llegando al automóvil.

- Sí, la vi tarde...

- ¿Tienes hambre?

- Vamos a casa y lo sabremos mejor –respondí arrojando el bulto en el asiento trasero.

Volví a mirar el culo blanco. Mas me sobrepuse rápidamente. Fui al pasillo a ponerme el abrigo. Cuando lo descolgué, algo cayó. Lo reconocí al levantarlo del suelo. Era el abrigo rosado del crío. Entonces me hizo caso –pensé.– Le ha comprado otro gabán al chico.

- ¿Pero qué tiene de malo este abrigo? –lo había defendido dos semanas atrás.

- Nada... ¿por qué no le colocas un lazo en la cabeza también?

Enganché la desacreditada chaqueta en su lugar otra vez. Sí, le importo –me dije.– Exactamente como no quiero. Y como quien no quiere, me asomé al cuarto. El culo no se había movido. Ella tampoco.

Cuando salí a la calle, había comenzado a nevar. Pisé la nevisca fresca. Como... –quise asociar– ...no, la nieve es aún más blanca...

Me levanté el cuello de la cazadora, y seguí andando.


16 may. 2008

Sore-Made (Fin del Combate)


Cuando nos sentamos, en los tatamis laterales sendas parejas de judocas se enfrentaban por las dos medallas de bronce: los perdedores de las semifinales contra los mejores de la ronda de consuelo. Era la categoría de más de 100 kg.

Me concentré en el tatami de la izquierda. Carlos Zegarra de Perú vs. Albenis Rosales de Venezuela. El blanco peruano con sus 194 cm y 156 kg contrastaba con el zambo venezolano de 168 cm y 108 kg.

Tuve que reir. A carcajadas.

El grandulón parecía pasivo. Su rival, en cambio, se esforzaba más.

- ¡Dale, enano, que el gigante es un muerto! –exclamé, sin perder del todo el decoro de la imparcialidad.

Un sujeto en la fila anterior también se embulló y gritó con acento cubano:

- ¡Tanque de ceviche!

Lo felicité por esa lucidez peyorativa.

Poco después salieron al tatami central los protagonistas de la disputa del oro. Walter Santos de Brasil contra el cubano Oscar Brayson.

La inmensa mayoría del público se lanzó a un espontáneo coro:

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

Si no fuera por el banderón americano en el centro, y por el buen estado relativo del auditorio, creería estar en La Habana y no en Miami –pensé-. Si bien estos paisanos están mucho más gordos que el cubano insular.

La entrada al Campeonato Panamericano de Judo en el James L. Knight International Center de Miami era barata. Costaba apenas 10 dólares para un día, 15 para dos, 25 para tres y 35 para los cuatro días del evento. Obviamente las proyecciones contra el suelo no son favorables para las matemáticas.

Mayor precio hubiera dejado al torneo sin público. Y ese precio trajo al único público con cultura polideportiva en el sur de la Florida: los cubanos de la última oleada migratoria. Para mi asombro reconocían desde la pasividad hasta la imperfección de un waza-ari. Y apoyaban fervorosamente a los compatriotas al servicio deportivo de la dictadura.

Miami ya no es la misma. Definitivamente.

Los atletas estaban alojados en el Hyatt Regency, anexo al Knight Center. Naturalmente que los cubanos trajeron a sus guardianes ordinarios, claramente reconocibles en la inutilidad deportiva y la vigilancia del público. Mas no fue ningún problema acercarnos y dialogar con los judocas. Gente sencilla, ante todo. Incluso pudimos mezclarnos con los oficiales y participantes del evento en el area restringida al público. Y es que los organizadores eran cubanoamericanos. Tanto los contratistas como los de la federación americana de judo, que tiene funcionarios y entrenadores de origen antillano. Hubo un permanente desorden durante el campeonato.

Foto: Oscar Brayson & Walter Santos

Brayson perdió por ippon, pero se desquitó de igual manera con Santos al día siguiente en la final de la categoría abierta. Brasil dominó en el masculino, a pesar de traer sólo al segundo equipo. Cuba venció en el femenino. Se destacaron por su perfección técnica el canadiense Keith Morgan y la americana Valerie Gotay, pupila del ex-campeón cubano Israel Hernández. Y por supuesto, el trofeo de fair play se lo dieron, merecidamente, al enano venezolano.

En fin, el torneo estuvo bien. Sobretodo luego de que escapó la bicampeona mundial Yurisel Laborde, que había desembarcado en Miami declarando: "Aquí no se queda nadie."


14 may. 2008

Neutralidad



No hubo tiempo para la sorpresa. Me di de bruces con ella en medio del centro comercial. Allí iba Irene con su paso elástico, mezcla de taekwondo y aerobics.

Se detuvo al verme.

– ¿…? –pregunté mostrando las palmas de las manos.

Si fuera más blanca -pensé-, se habría sonrojado. No obstante, percibí la sangre bajo la suave piel bronceada.

– ¡Hola! –dijo, y me asestó un beso en la mejilla.

– ¿…? –repetí usando el mismo gesto.

– Estoy sólo de paso para Santiago… –murmuró.

– Un largo paso, sin duda –reflexioné, y sonreí.

– Bueno, es que la compañía me da los vuelos Sao Paulo-Lima y Sao Paulo-Santiago. Si me voy directo de Perú a Chile, lo tengo que pagar yo misma –explicó.

– Qué buena vida, ¿no?, especialista peruana, contrato chileno y proyecto brasileño –asentí comprensivo–. ¿Y qué tal te fue con tu novio miraflorino?

– Pues muy bien… –contestó aún insegura, pero decidió enseguida pasar a la ofensiva–. Fue un reencuentro muy intenso…

– Claro, y por eso te quedaste apenas un día en Lima –convine sacudiendo levemente su barbilla.

– Fueron 30 horas… –replicó.

– Cierto –confirmé–. Pero supongo que el tipo en Santiago es más interesante, ¿no?

Se mordió el labio inconscientemente. Sospeché la vuelta del rubor invisible. Quise comprobarlo y le agarré una oreja. Estaba caliente.

– Eres muy malo… -balbuceó.

– ¿Pretendes sobornarme con eso? –la reprendí sonriente asegurando su brazo.

– No… antier te dije que volvería en una semana… y es verdad, el domingo podemos…

– Espera, a mí no tienes que redirme cuentas, cariño –la interrumpí sanamente–. Aunque sí me pregunto qué le dijiste al caballerito limeño…

– Nada, que tengo una reunión en Santiago… –masculló.

– Lo cual es muy cierto, desde luego.

Me devolvió la media sonrisa. Y quise saber algo más.

– ¿Es otro ejecutivo ese santiaguino?

– No… o sea, es un empresario.

– Me gusta tu perspectiva, Irenita –confesé.

– Bueno, tú sí que no vas a casarte conmigo… –ripostó mirándome de frente.

Me propuse suavizar sus ideas.

– Por tu distribución del tiempo apuesto a que el chileno va ganando…

– En realidad es libanés…

– ¡Coño, chica! -exclamé-. ¡¿Un beduino?!

– No, no, es nacido en Chile… y católico…

– Querrás decir maronita.

– Sí, eso…

– Es un alivio, porque podría ser paraguayo y chiita…

– Pues mira, Bashir es tan latino como tú y yo…

– ¿Bashir...? ¿Sabes qué? –anuncié, resuelto a ser justo–. No vamos a dejar a nuestro hermano peruano en desventaja. Tienes que llegar a Santiago cansada. ¡Ven conmigo!

– Ay, pero si… –dijo, mientras nos dirigíamos a la salida– …yo vine al Shopping porque necesito un…

– Y lo tendrás... todito –la tranquilicé sobre la marcha–. Te lo aseguro.


12 may. 2008

Maternidad



- Luis… estoy embarazada –dijo una voz familiar.

Miré a mi acompañante. Le indiqué con una señal que la llamada telefónica era importante. Podría demorar. Ella dejó de acariciarme la nuca. Se alejó algunos pasos de cortesía.

- Felicidades –respondí por el celular.

- ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? –replicó la voz.

- Claudia, ¿qué supones que deba decirte?

No contestó.

- ¿Qué vas a hacer? –indagué.

- Pues voy a tenerlo, obviamente –afirmó–. Ni se te ocurra pedirme que…

- Nunca se me ocurriría –la interrumpí–. El vientre es tuyo.

Calló nuevamente.

- No te preocupes –añadí en un arranque de buena voluntad–. En realidad esto es una suerte a tu edad.

- ¿Cómo que a mi edad? –se indignó.

- Claro, con 35 no es tan fácil como con 25… –arguí.

- ¿Tú qué dices? Si eres un año mayor que yo…

- No tiene nada que ver, los ciclos reproductivos son tan diferentes como los sexos…

- Gracias por la gentileza –ironizó malamente.

- Fue en la playa, ¿verdad? –cambié el tema.

- Sí...

- Estábamos borrachos los dos –alegué.

- Tú fuiste quien no quiso ponerse un condón –me inculpó.

- Si los hubiera tenido a mano, habría usado uno –sostuve–. Pero tú los traías y no sabías donde estaban.

- Bueno, pues por desesperarte para clavarme la verga serás papá.

- No me hables así por teléfono –dije bajando la voz-. Ya me dieron ganas de clavarte otra vez, y sin condón.

- Ahora ya puedes –asintió.


3 may. 2008

Diferente



- ¿Vas a entrar o te quedarás ahí? –preguntó desde la cabina de la ducha.

Recostado en el marco de la puerta del baño observé sus curvas mojadas tras el tabique plástico.

No me dejaba ninguna iniciativa. Ahora mismo tampoco.

La había visto varias veces en la empresa. Incluso intercambiamos algunas sonrisas y palabras. Por eso no me sorprendió que Wiebke me abordara cuando llegué al club en pleno happy hour. De alguna manera lucía diferente.

- Hi –dijo sonriente, rozando la húmeda superficie de su copa con el pulgar.

- Hi –respondí, indeciso entre el dedo, el rostro, el escote y el margarita.

- ¿Te apetece? –indagó imprecisa.

- Pues sí –contesté.

Me tendió su trago. Bebí. Le mostré mi agrado asintiendo con la cabeza.

- Quédatelo –propuso–. Me pediré otro.

- Espera, yo te lo busco...

- Nada de eso, yo pago -afirmó.

No entendí bien, pero desestimé cualquier insistencia. Eso no fue todo, el resto de la noche igualmente no me dejó gastar un centavo.

Tal vez la idea de bailar también era mía, sin embargo fue ella quien me llevó hasta la pista. Al retornar a la mesa se sentó sobre mi muslo izquierdo. El portador. Supongo que abrí la boca, porque colocó un dedo en mis labios.

- No tienes que decir nada –murmuró cerca de mi oreja.

Creo que quise chuparle el dedo, mas ya me besaba.

El trayecto al hotel lo andamos en su SUV, un BMW X3. Iba rápido por las calles casi vacías. Ella conducía en silencio, descalza y sólo con la mano izquierda. Con la derecha me acariciaba. Para hacer los cambios de velocidad soltaba el volante. No a mí. Lo mismo en los semáforos. Yo observaba el inusual trasiego levemente atónito. Aquello hacía irreal a todo lo demás. A las aisladas convulsiones del limpiaparabrisas. A la persistente llovizna. Al cristal empañándose lentamente. Como ahora las paredes de la ducha.

Entré en la cabina. Quise cerrar la compuerta plástica a mi espalda. Se trabó. Tuve que girar un poco el torso para presionar. Y aunque en el instante en que regresé la vista al frente no la vi, inmediatamente sentí su boca. Luego bajé la mirada hasta sus ojos azules, que me contemplaban pestañeando por el agua. Recorrí con mis dedos el contorno de su rostro. Casi recto en la nariz. Casi redondo en la boca. Y me percaté de que, por una vez, era el dueño de la palabra.

- Eres extraordinaria –balbuceé.


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