26 nov. 2008

Dos De Pisco, Uno De Ron II


La lluvia no era demasiado fuerte, apenas demasiado incesante. Por suerte, el escenario disponía de techo. Habría concierto hasta el final. La solidaridad de los artistas con el público se tradujo en esmero musical. Todo el mundo bailaba, y no por mera terapia antihumedad. Por las gradas caía el agua en pequeñas cascadas. Abajo, en el ruedo, se formó rápidamente un lodazal. Allí el baile se combinaba con el patinaje. El total poseía un nombre: alegría.

El combo de cumbia se retiró. Mientras una banda argentina de rock se instalaba en el tablado, nos refugiamos en el pisco para resistir.

- Luchito, ¿de dónde tú eres? –preguntó Lilita.

- ¿De dónde crees tú?

- Ay, pues de Panamá, del Caribe colombiano, de Venezuela…

- Si agarras un barco, puede que llegues –prometí, antes de que me metiera en Surinam.

- ¡¿Eres cubano?! –exclamó Leyla, y el brillo de sus ojos era un augurio feliz.

- Si mal no recuerdo – aseguré.

- Teníamos un profesor cubano en el instituto –explicó.

- Y todas sus alumnas estábamos enamoradas de él –añadió Lily.

El cantante de la banda abrió la segunda mitad del show con un comentario sarcástico sobre la Copa Libertadores, donde el Boca Juniors acababa de eliminar al equipo local. Siempre saben como ganar "amigos" –pensé. Pero el vocalista rioplatense, como queriendo contrariarme, se lanzó al lodo con los primeros acordes. Se deslizó de pie, de rodillas y de fondillo para deleite del público.

- Por algo lo llaman el chancho –murmuró la risueña Lily en mi oído.

Se lo repetí a Leyla en su oreja. Nos reímos más, y seguimos bailando. El chancho cantaba bien.

El diluvio acabó justo al vaciarse la plaza. A la noche aún le faltaba cuerpo. Mas era imposible conseguir un taxi. Afirmé tener eso resuelto. Y casi era cierto. Llamé al chofer privado que me había traído en su taxi inoficial, cómodo, limpio y libre de impuestos. El tipo juró haberse retrasado por culpa de una avería. Por los sonidos de fondo supuse que el taller se encontraba en una sauna o en un puticlub. En fin, tardaría en llegar.

Nos paramos en un portal. La menor temperatura nocturna ya se hacía notar. Y todavía más con las ropas mojadas. Las capas no habían logrado impedir tanto líquido.

- Abrázame, Leyla, que me voy a resfriar… –susurré, a punto de temblar.

Y Leyla me abrazó. Ya sabía que Lily vendría sola. Y Lily vino sola. Y también me abrazó. De momento, estaba a salvo.


[Continuará...]

21 nov. 2008

Dos De Pisco, Uno De Ron



- Cuidado con mi prótesis, cielo –murmuré inclinándome sobre su oreja-, esa pata de palo es muy…

Asustada separó su espalda de mi pierna. Se volvió como pudo en la estrechez del graderío de la plaza de toros y, con sus uñas rojas entre los senos, me dijo:

- ¡Ay, perdóneme, no sabía…!

Sonreí y coloqué las puntas de mis dedos en su hombro.

- Tranquila, era sólo un chiste… -aseguré.

Agarré su muñeca, y conduje suavemente su mano en dirección a mi pantorrilla.

- No es de palo, es de aluminio… –comenté a medio camino.

Previsiblemente retiró la mano de un golpe. De algo sirve el jiu-jitsu, conseguí que mi mano se fuera con la de ella. Cayó sobre sus acogedores pechos. Fue un instante nada más, pero la intimidad estaba iniciada, también de mi parte.

Sonreí.

- Perdona, no pude evitar seguir bromeando –expliqué-. ¿Cómo te llamas?

- Leyla –contestó apartando una porción de su larga cabellera negra que una cómplice brisa andina arrojó sobre su cara.

- Lucho… -susurré asumiendo previo al contacto físico de rigor.

- Y yo soy Lily –dijo de repente la chica a la derecha.

También se había apartado un poco de mi otra pierna para atender a nuestro interesante diálogo. Ahora acomodaba su codo izquierdo en mi rodilla. No era tan cómodo.

- Encantado, Lily, tú puedes seguir recostándote, que esta pierna es genuina y forrada en piel…

Nos reímos los tres. Levanté la vista un instante. Si antes ya me había llamado la atención la total negritud de todos los cabellos, ahora era todavía más impresionante con la ausencia de espacios libres. Por cierto, oscurecía rápidamente, o se nublaba el cielo, mejor dicho.

- ¿Quieres pisco? –preguntó Lily. No, era Leyla. Me mostraba el frasco de etiqueta blanca y roja con tal dulzura, que casi vi correr el aguardiente de uva sobre sus tetas hospitalarias.

Me dio una sed franca y tremenda.

- Claro, gracias –afirmé-. ¿Y cómo entraron esa botella?

- A las mujeres nos revisan menos -aclaró Lily.

Empezaron a caer gotas mientras bebíamos de la tapita metálica. De la nada apareció un tipo vendiendo capas de agua desechables. Lo llamé, y le compré tres. Mi desgano para pagarle no fue por el precio -eran baratas aún al triple o cuádruple de su valor en la calle-, sino por tener que molestar a los dos torsos, las dos axilas, los dos brazos y –si no me equivocaba- las dos bases de sendas tetas, que en su conjunto se apoyaban en mis piernas, rodillas y muslos. Aunque, en realidad, era un bienestar provisional. Apenas nos enfundamos en los ponchos de nylon, comenzó a sonar la cumbia. Y nadie quedó sentado.


[Continuará...]

18 nov. 2008

Dos jetas del mismo tipo

¿Cómo lo prefieren... en cadena o con cadena?

Personalmente creo que queda mejor la perpetua que la de oro.

Fotos: a la izquierda, el espía condenado Antonio Guerrero; a la derecha, el salsero castrista Paulito FG.

17 nov. 2008

El intelectual natural

Lo digo con toda honestidad: aprecio al intelectual. Aunque mi origen pequeño-burgués me predispone casi genéticamente, he logrado razonar más allá de mis instintos. Aclaro que me refiero al intelectual natural, al verdadero, al silvestre. Pues, por ejemplo, el intelectual catedrático es un burgués. Un burgués bastante grande, en realidad. Tampoco pretendo escribir de burgueses menores, como somos los variopintos profesionales del intelecto. Realmente sui generis, e interesante -antropológicamente hablando-, es tan sólo el intelectual silvestre.

En la primera impresión nos parece que podría comer del suelo. Aún si está puesta la mesa. Ya que no lo haría por necesidad, sino por la diferencia. Esa singularidad es precisamente un leitmotiv de su existencia, la cual casi siempre colinda con la frontera de la marginalidad. Incluso, a veces, desde el lado interior. Y es que ser, pensar y actuar diferente es la confirmación más elocuente de la propia excepcionalidad. Sobre todo, si uno no puede hacer las cosas mejor. O ni siquiera bien. De allí a la extravagancia hay apenas un paso, es cierto, pero la excentricidad exige un mínimo de recursos materiales. Obviamente, el intelectual silvestre no invierte ahí, mas lo compensa con creatividad y con cultura colateral. Y así define y se queda en su propia clase. Esa instrucción limítrofe es otro marcador prototípico. Puede ser hasta el detonante original de su conducta. ¿Cómo? Acaso al leer las obras completas de H.P. Lovecraft a los 7 años. Y mejor si lo hace encerrado en una buhardilla durante dos semanas de castigo.

El resultado es un creador que circunda los confines de la relevancia recordándonos su ruta con destellos nada sutiles y, por ende, nada ignorables, una vez que lo hayamos ubicado casualmente. Ergo, el intelectual natural es -ni más, ni menos- un orientador. Desde luego, esto es solamente una utilidad, el verdadero mérito consiste en otra cosa.

Entonces, ¿en qué radica el valor del intelectual silvestre? Intrínsecamente, en su peculiar existencia. Esa perseverante presencia, pese a la ignorancia general. Sí, la generalidad lo ignora. Eso es un hecho. Y a él no le importa. Eso es una virtud.

Por eso, repito, yo lo admiro y lo respeto. Pero no me lo crean.

16 nov. 2008

El Protector De Los Cerdos XXIII

La toma de Potonchán

Al anochecer del cuarto día los guerreros chontales que permanecían con Tabasco encendieron varias fogatas en la ciudad. Pronto sonaron los tambores wewetún, hechos con la resonante madera del árbol hormigo. Una serpiente de fuego reptaba danzando y cantando por las calles de Potonchán.

- Don Gonzalo –reclamó el caudillo, receloso de aquel exceso de actividad nativa-, acercaos a la orilla en un bote con un par de hombres, y averiguad qué se traen entre manos los indios.

- A la orden, vuestra merced –contestó Sandoval muy presto-. Me introduciré en la villa y atraparé uno…

- ¡Joder, Gonzalo! ¿En cuál lengua queréis mis comandos, en latín o en arameo? Os he dicho que vayáis hasta la orilla solamente –lo reprendió Cortés-. Y llevad a don Gerónimo con vos, que quiero saber qué cantigas son esas.

Un rato después regresó la piragua. Acompañado de varios oficiales Cortés esperaba a los exploradores con rostro impaciente. Unos cuantos soldados y marineros se agolpaban en cubierta.

- Vamos, contadle a su merced, don Gerónimo –ordenó Sandoval sacudiendo el hombro del fraile.

- ¿Qué demonios sucede, padre? –preguntó el caudillo.

- ¡Mañana nos atacarán, vuestra merced! –declaró el aludido.

- ¿Cómo podéis estar tan seguro? –indagó Cortés.

- ¡Excelencia, los mayas están realizando el ritual del Báalam Wiix![43] -explicó el alarmado traductor-. Eso significa la guerra.

- ¿Habéis ido hasta la villa? –inquirió don Hernán frunciendo el ceño.

- No, no fuimos, vuestra merced, pero reconozco ese canto, tiene un estribillo contagioso…

Gerónimo Aguilar cantó una estrofa en maya, batiendo palmas y taconeando un poco en la madera de cubierta para marcar el ritmo. Dos o tres aplaudieron. Alguno silbó. El resto estalló en carcajadas.

- ¿Pero qué rayos dice el maldito canto? –preguntó el generalísimo.

Y el fraile andaluz cantó nuevamente, esta vez en castellano:

- “Donde el jaguar orinó, ninguna fiera pasa…”

No se equivocaba el antiguo náufrago. En Potonchán tres mil guerreros, desfilando con antorchas, aullaban eso mismo en maya chontal. Sin detenerse más que a beber xtabentún[44] y tazcalate[45], una y otra vez, hasta llenar sus vejigas para la emocionante ceremonia final: apagar la hoguera mayor[46].

Cortés se apuró en enviar dos botes río arriba en busca de Alvarado y Avila, quienes, a diferencia de Ordás, no habían regresado aún de su misión exploratoria. La flotilla durmió inquieta esa noche.

A las 9 de la mañana Tabasco no había ordenado atacar todavía. Los cañones españoles estaban cargados, y todos los arcabuceros se encontraban en cubierta. A las 10, por fin, el cacique decidió actuar. Envió algunas canoas con los últimos ocho pavos que le quedaban. Cortés no permitió que dispararan a las embarcaciones. Podrían herir a los pavos. El caudillo aceptó las aves, mas transmitió un enérgico mensaje al halach uinik: Si no le daban lo suyo, iría a buscarlo. A las 11 todavía no había respuesta de Tabasco. Entonces Cortés ordenó a Diego de Ordás desembarcar y entrar en Potonchán con 30 hombres. Debía traer toda la comida y el oro que encontrase. Fueron recibidos a pedradas y flechazos. Varios hombres resultaron heridos. El propio Ordás le mostró a Cortés un feo chichón que tenía en la cabeza.

- Y gracias a Dios que no me quité el casco, vuestra merced –se quejó ante el generalísimo.
Don Hernando mandó a los heridos río abajo hacia la flota madre, y ordenó el desembarco masivo del resto de los hombres de la escuadra fluvial. Bajaron toda la artillería. Esta vez Tabasco reaccionó rápidamente. Remitió a los cristianos las tortillas que pensaban almorzar en Potonchán ese mediodía.

- Forasteros, nos hemos quitado el tamal de la boca para que comáis –anunció el subcacique manco que comandaba la comitiva-. Comed pues, e iros de una vez.

- ¿Suponéis que podríais apaciguar nuestros ánimos con unos casabes? –le reprochó Cortés-. ¡Habéis sido inhumanos! Nos hacéis sufrir de hambre, y luego nos atacáis.

- Iros por donde habéis venido, señor –ripostó el subcacique señalando el río con su único brazo-. De lo contrario, moriréis.

- ¿Eso creéis? Os aseguro que, si lucháis con mis hombres, seréis vosotros quienes moriréis –aseguró el caudillo-. Más os vale ser nuestros amigos. Mirad, si me entregáis el oro, os daré buenos consejos a cambio.

- No queremos vuestros consejos –afirmó el emisario de Potonchán.

- Hacedme caso, y prosperaréis –refutó el capitán español-. Sino sufriréis graves perjurios.

- Iros, o moriréis –repitió el jefe maya.

- Vosotros pereceréis –lo corrigió Cortés.

- No, moriréis los forasteros… -insistió el indio manco.

De repente se escuchó la voz de fray Cabezuela. Leía los Requerimientos subido sobre un cajón de municiones. Su voz sonaba clara y alta. Aguilar miró sorprendido al caudillo. Cortés asintió, y el franciscano comenzó a traducir. Cuando llegó la parte sobre la disyuntiva entre el sometimiento absoluto o el exterminio y la esclavitud, los emisarios de Potonchán prorrumpieron en insultos y se retiraron a toda prisa.

Inmediatamente se desató la agresión de los indígenas. Cargaron saliendo al bulto de la ciudad. Arrojaban flechas y piedras, así como venablos usando sus atlatl[47]. La mayoría portaba espadas de madera con filo de obsidiana, o macanas con puntas de pinchos, hechas del duro tronco del matilisguate.

Esa primera oleada se asustó y retrocedió ante la descarga de artillería que ordenó Cortés. Tras unos minutos se reorganizaron y atacaron de nuevo. Consiguieron herir a algunos cristianos, mas volvieron a ser repelidos. Sin embargo, la proporción de hombres era de diez a uno. Si se llegaba al combate cuerpo a cuerpo sería muy peligroso para la Santa Compañía. Tabasco también lo comprendió. No era temerario, pero sí resoluto una vez metido en la pelea. Dividió a sus guerreros en tres grupos. Lanzó al mayor directo contra las posiciones hispanas cerca de la ribera. Mientras, los otros dos contingentes intentaban flanquear al enemigo desde ambos lados, avanzando por el lecho del río junto a la orilla.

El caudillo percibió el peligro. Y lamentó no haber dejado una parte de la artillería en los barcos. No obstante, no tuvo que idear una estratagema liberadora. Pedro de Alvarado y Alonso de Avila con cien hombres aparecieron por la retaguardia chontal tras atravesar la desierta Potonchán.

Los castellanos arremetieron contra la guardia personal de Tabasco, que cerraba el bloque central potonchano. Gritaban el vigoroso lema de los tercios aragoneses, aunque cambiando el reino, claro está.

- ¡Por Santiago y por Castilla, la puta que los parió!

La desbandada maya fue total. Cuatrocientos indios muertos quedaron ante Potonchán. Y la Santa Compañía, con sólo veinte heridos, entró jubilosa en la ciudad.

Se precipitaban en celebrar. La invicta legión de chontales Chich Nal aguardaba impaciente entre los maizales de la cercana aldea de Centla.



[43] Báalam Wiix significa literalmente la orina del jaguar.

[44]
Xtabentún es una bebida maya elaborada con la planta homónima y miel de abeja.

[45]
Tazcalate es otro brebaje a base de maíz y cacao pulverizados.

[46] Un hermoso y húmedo rito llamado
Báalam Tiis, o sea, el chorro del jaguar.

[47] Lanzadardos de madera flexible.

14 nov. 2008

Change means Pinga

Senator-elect Michael J. Pinga comenzará en enero su nueva función en el senado de Rhode Island, después de derrotar por estrecho margen al poderoso defensor del título, o sea, del puesto, Senator Stephen D. Alves.

Como President-elect Obama, Senator-elect Pinga es demócrata, está casado, tiene dos hijas pequeñas, e igualmente apuesta por el cambio. Pero hasta ahí las semejanzas. Mr. Pinga, que reside en Warwick, es blanco; graduado del colegio católico LaSalle; dueño de la panadería Westcott Bakery, fundada por su padre Joseph Pinga en 1956; manager de N&M Properties, una compañía de Real Estate Investment perteneciente a su familia; miembro de la National Rifle Association (NRA); y activista de la Operation Clean Government (OCG), que vigila cualquier exceso o abuso administrativo estatal.

Pero, en fin, lo importante es el cambio, que en este caso es Pinga. Y en muchos otros, también.


10 nov. 2008

Iremos a Verona


La ciudad de Romeo y Julieta es tan bella que no se opaca por la presencia de Venecia al otro extremo de la misma región del Veneto. Fundada por los retos –parientes pobres de los etruscos– junto a un doble meandro del río Adigio al borde de la fértil llanura padana, ya en la antigüedad Verona fue objeto de la codicia de celtas, romanos, visigodos, hunos, ostrogodos y longobardos. Al parecer sólo los semigodos y los seudogodos no se interesaron por Verona. Quizá por eso los primeros no consiguieron cuajar y los segundos fueron desenmascarados.

Más tarde tampoco faltaron ambiciosos: bávaros –sí, las hordas cerveceras llegaron una vez hasta el mar Adriático, e incluso se quedaron allí cinco lustros del siglo X–, milaneses, venecianos, franceses y austriacos. Pero entre el siglo XII y el XIV la ciudad disfrutó de casi 300 años de independencia. Entonces floreció como república, alternando con varias epidemias de peste.

Verona es una ciudad para ir en pareja. O, a lo máximo, en trío -si se comparte bien. Un día, o dos, o tres, es suficiente para disfrutar de lo siguiente.


Piazza delle Erbe
Este era el punto de reunión durante la república; y el mercado central, por supuesto. La Torre del Gardello, a la izquierda, fue erigida en el siglo XIV. Todos los edificios que circundan la plaza tienen nombres propios: Palazzo Maffei, Casa dei Mazzanti, Giuseppe, Giovanni, Luigi, etc.
La columna con el León de San Marco al fondo de la plaza es un vestigio de la época veneciana.


Duomo di Verona
La Cattedrale di Santa Maria Matricolare es la iglesia de estilo románico más bonita que conozco. Fue consagrada en 1187, el mismo año en que el mayor líder de la cristianidad, Richard Cœur de Lion -hablaba sólo francés-, prometió proteger de los musulmanes a Jerusalem. Más de ocho siglos han pasado. La catedral de Verona sigue ahí. Jerusalem sigue amenazada. Y el líder de la cristianidad se llama Barack Hussein.


Arena di Verona
La arena romana data de la primera mitad del siglo I d.C. Por su tamaño mediano debe haber servido para espectáculos más bien modestos: peleas de gladiadores o combates de gato grande contra cristiano amarrado, pero no para juegos imperiales con arqueros y carros de caballos. Hoy día se sigue llenando, al menos durante el verano, pues se escenifican óperas clásicas en su interior. Y es que la arena dispone de una extraordinaria acústica, una de las mejores a cielo abierto. En su día debió ser imponente escuchar a gatos y cristianos.


Casa di Giulietta

Aunque los personajes de Shakespeare son apenas figuras literarias, sí existieron en la Verona medieval dos ricas familias llamadas Montecchi y Cappelletti (no Capuleti como en el drama inglés.) Los Cappelletti tal vez vivieron en esta casona de la calle Capello. Si bien, cuando empezaron a identificarla como la casa de Julieta en el siglo XIX, ya llevaba varias centurias de uso como albergue para caballerizos. El balcón y muchos detalles medievales del inmueble son un montaje de los años 30 del siglo XX. Por cierto, en el siglo XXI de la recepción se encarga una opulenta mulata criolla llamada Juana, que cobra 4 euros (por entrar.)


Torre dei Lamberti
Una construcción medieval de 84 metros de altura. Es muy divertido subir cuando los lisos escalones están mojados por la lluvia, como me tocó a mí. La vista sobre la ciudad y el campo circundante es magnífica. Las campanas de la torre se usaban para llamar a las armas o a los cubos de agua a los ciudadanos, en caso de que el vigía atisbara soldados a lo lejos o humo a lo cerca.


Castel San Pietro
La colina de San Pedro junto al río Adigio es la única elevación natural de Verona. De ahí que el primer piquete de galos que le arrebató la ciudad a los retos montó un fortín en la cumbre con unos palos y algunas piedras. Luego los romanos construyeron un castillo, ampliado una y otra vez por sus sucesores. Durante la fase veneciana la fortaleza alcanzó su mayor esplendor. Y ahí apareció Napoleón en 1801 y –al igual que con los burgos alemanes del Rin– no dejó piedra con estuco. Es sabido que, con su manía de movilidad, el gran corso le tenía una manifiesta ojeriza a las fortificaciones. ¡Ay de las pirámides egipcias si Bonaparte hubiera hallado algunos turcos armados encima! La edificación actual es un cuartel que mandó a construir el ya octogenario mariscal Radetzky en 1852 para defender al imperio austro-húngaro de los belicosos piamonteses. No obstante, hay muy pocas esquinas en el mundo tan hermosas como ésta.


Caffè Bar Pasticceria Barini

Andando por el Corso Porta Nuova camino de la Arena vale la pena detenerse en este pequeño café. Por tres simples razones: un formidable capuccino, y dos dulces: baci di Giulietta y baci di Romeo. Probar los besos de Julieta y de Romeo resulta una exquisita bisessualità paticcera.


Ristorante Il Desco

El mejor restaurante de Verona, con dos estrellas Michelin, lo lleva el chef Elia Rizzo. Carne y polenta son la espada y el escudo de su cocina. Mas allí cualquier simple aperitivo es una delicatezza: tramezzini (mini sandwiches de pancarré), cotechino (embutido de Modena), o hasta los sencillos pani bagnati d’olio. En fin, no es un lugar apropiado para las dietas. El local se encuentra en un siniestro callejón de la ciudad vieja. Si fuera en Napoli o en Palermo no recomendaría ir. Pero Verona es otra cosa. Eso sí, por dentro parece un palacete renacentista con una vinoteca impresionante. Por eso mismo, durante el Vinitaly, que organiza la Fiere di Verona cada año, Il Desco se convierte en la capilla oratoria de los más devotos vinateros italianos. Este plato es pechuga de paloma con crema de arroz y hongos plateados. De acuerdo, la palomita también se puede resolver en La Habana. Recomiendo probar, en cualquier forma, los gnocchi, el gran invento veronés. Y de postre: crème brulée al tabacco.


5 nov. 2008

By the way, Mr. President

Uno de mis sueños altruistas de toda la vida ha sido poder ayudar al continente negro. Para los cubanos Africa es algo remotamente íntimo. Un poco como ese primo que tenemos en Guantánamo y que nunca invitamos. Pero igual viene. Y ahí nos damos cuenta de lo negro que es. Lo que quiero decir aún no lo sé, mas sigamos. Creo que la mayor alegría que me ha dado la victoria electoral de Barack Hussein es la posibilidad de mejorar la suerte africana. Para ser más exacto: esa es la única alegría.

Ahora me he detenido a profundizar en esta vieja inquietud mía, y me percato de que, en el fondo, mis razones son globalmente humanistas. Es decir, se trata de un asunto de interés para toda nuestra especie. Si no salvamos a Africa, la biodiversidad se verá severamente limitada. Ya sé que también debería pensar en salvar a los blancos. Sin embargo, a estas alturas todos comprendemos lo inútil de tal empeño. Cuando un animal ya no quiere comer, hay que priorizar el forraje de las otras bestias –decía mi bisabuelo, que tenía ganado. Perderemos a los blancos, sí, pero aún podemos salvar a los negros. De lo contrario tendremos apenas tres genotipos en poco más de dos siglos: changaio, bombayo y guadalajaro.

Entonces, ¿cómo podemos ayudar a Africa? Lo primero que Africa necesita es paz. Para conseguir la paz entre los africanos hay únicamente dos caminos: o les quitamos las armas, o les entregamos más y mejores. Lo último, desde luego, de una manera selectiva: no a todos, ni al mismo tiempo. En lo primero ya fracasó Bill Clinton. De ahí que estemos obligados a lo segundo. Y esto nos crea un dilema moral. ¿A quiénes les damos las armas? ¿A los más bonitos? ¿A los más grandes? ¿A los más sanos? Mi bisabuelo no tendría dudas en este caso. Mas en el siglo XXI las decisiones son más complicadas.

Sobre eso, incluso, me pregunto cuán imparcial podría ser el nuevo presidente americano. El es un nilote, a diferencia de los afroamericanos ancestrales, provenientes de Africa occidental, que son bantúes. No, todos los negros no son iguales, señor. Las diferencias entre un nilote y un bantú equivalen a aquellas entre un bielorruso y un andaluz -los gitanos de ambos lados no cuentan.

Así pues, miro a Africa y me pregunto: ¿a quién entregará las armas el presidente Obama?

El tiempo dirá.

Mientras tanto bailemos un rico ritmo africano que a mí me encanta. Damas y caballeros, de Angola... la kizomba:

Obama, el pueblo te reclama


Que un negro asesino con mucho dinero salga absuelto, ya lo habíamos visto. Que un negro con muchísimo más dinero de campaña que el rival gane la presidencia, lo vimos ayer. En América ya no hay racismo. ¡Y está muy bien así!

No olvidemos la ayuda mediática. Empezando por Fox. Sí, ese canal de TV fue el único que no apoyó la candidatura de Obama. Por cierto, no entiendo qué les molesta de un par de Black Panthers, escasamente armados con unas navajas, estimulando a los pocos votantes de McCain en el colegio electoral de un ghetto. En Haití eso incluso es folclor. Pero es que Fox hizo algo más sutil y mucho más importante para el candidato vencedor de estas elecciones: le vendió al público, con suficiente adelanto, un dignísimo presidente negro en la serie 24. E inclusive otro más, bastante convincente y hermano del primero. Anoten. Barack Hussein no tiene un hermano apropiado, pero sí a Michelle, aunque no sea argentina.

Hasta ahora Obama es apenas un escalador hábil y afortunado con algunas ideas socialistas. Eso no es la lepra comunista, sino sólo una roncha rojiza. Puede sanar. Pero me temo que el afrohawaiiano fastidiará a los que más se esfuerzan y a los que más arriesgan, como siempre hacen los socialistas. A los ricos -a los de verdad- no los jode nadie. Unicamente los comunistas. Y ante estos, dicho sea de paso, los socialistas suelen ablandarse. Mas, en fin, Obama es un hombre y puede aprender.

Eso sí, coño, prepárense para el trabajo voluntario, digo, para el servicio comunitario.


2 nov. 2008

Contrapeso



- ¿Cómo supiste del concierto? –pregunté.

- Lo dijeron por la radio mientras desayunaba esta mañana.

- Parece que mucha gente escucha esa emisora –comenté-. ¡Mira qué cantidad de fanáticos!

- ¡Y cómo se meten en la vía sin siquiera mirar! -agregó ella.

- No podremos evitar atropellar alguno… -quise forzar un chiste.

- No juegues así… -me reprendió, pero se contuvo-. Tenemos que salir de aquí.

- ¿Por qué? Hay público, pero esa barraca parece bastante grande… -argüí.

- Mi marido está ahí –dijo alarmada.

Seis centécimas de segundo reflexionando me llevaron a la misma conclusión.

- Nos ha visto –murmuró ella.

- Bueno, ya no importa, ¿cuál es? –indagué.

- Aquel grande con la cabeza rapada… se ha dado la vuelta…

- ¿Aquel muro de espaldas? –inquirí-. Entonces, ¿nos vio o no?

- Sí, me miró antes de virarse –masculló.

- ¿Por qué se ha volteado? –me extrañé.

- ¿Acaso yo estoy en su cabeza? –replicó nerviosa-. Alguna pena tendrá. O no querrá que Pedro Juan le vea la cara –añadió.

- ¿Pedro Juan?

- Así te llama…–explicó-, …por el libro.

- Te lo había regalado a ti –objeté.

- Sí, pero vivo con él bajo el mismo techo, ¿lo recuerdas?

- ¿Entonces se ha leído la Trilogía? –continué.

- Sí, dijo que quería saber por quién yo había perdido la cabeza -respondió.

Nos alejábamos, y el tráfico se enrarecía rápidamente.

- Arnold debe haberse hecho una idea errada de Pedro Juan –apunté-. Ese libro es literatura.

- Sí, pero muestra la cultura de la que provienes, por eso eres… así -refutó-. ¿Por qué le dices Arnold?

Había cierta incomodidad en su voz.

- Pues como es un austriaco grande y fuerte… -aclaré-. Sería injusto llamarlo Adolf… De veras, es un gigante –agregué conciliador.

- Bueno, sí, te supera en unos centímetros –aseveró.

- Me habías dado a entender exactamente lo contrario –reconvine.

No quiso entender o contestar.

- Por lo visto, te ha afectado que te viera conmigo tu trepador de montañas –sentencié.

- Se dice alpinista -me corrigió-. El incluso ya tiene cuatro de las Siete Cumbres.

- ¿Quieres regresar? Te dejaré con él. Mando Diao hacen un gran show, te lo garantizo -propuse comprensivo.

- ¡Claro que no!

- Como prefieras.

- ¿A dónde vamos? -me interrogó diez minutos más tarde.

- A contrarrestar el efecto –dije mientras doblaba en la entrada del enorme hotel-. Aquí hay un buen espectáculo. Es a las 11. Entre tanto alquilaremos una habitación. Contra el alpinismo no hay nada mejor que la inmersión.


1 nov. 2008

Mínimo

Algún alma barroca aseguró una vez que el minimalismo es la solución de los inconclusos. Yo no lo creo así. Conseguir exponenciar la intención con un mínimo de movimientos y componentes es un verdadero arte. Bien logrado, incluso el más impresionante. Y eso vale para todo en la vida. Lo dijo Valeria Mesalina en el siglo I: “un nubio desnudo me convence más que Claudio con túnica, toga, bula y laurel.”

Por eso apenas uso el punto y coma. Y tampoco me engancho en las subordinadas. Aunque, por respeto a la honestidad que caracteriza a estas notas, confieso que, la única vez en que fui algo parecido a un jefe, tenía tres subordinadas y me enganché en una de ellas. Pero fue ella quien me invitó a una fiesta en su casa. Y también fue ella quien me dijo que no me fuera cuando empezó la retirada general. Y es que se trata de mi única virtud. Lo afirmo sin sonrojo y sin la menor pretensión de modestia: Sí, tengo mis principios, pero no soy un fanático; puedo hacer perfectamente lo contrario.


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