31 dic. 2008

Fragmentos del diario infantil de Antonio Castro Soto del Valle

Foto: Tony de niño

28 de enero
Como cada noche, papá estaba viendo unas películas secretas de la Seguridad sobre diversas actividades de algunos compañeros del Comité Central y de las Fuerzas Armadas, entonces fui corriendo a sentarme en sus piernas. Papá me empujó al intentar subirme. Me dijo que eso no era de hombre. Mamá me agarró por una oreja y me arrastró hasta mi cuarto. Me propinó un fuerte chancletazo y me advirtió de que no volviera a importunar a papá, que llegaba muy cansado del trabajo.

[…]

13 de febrero
A la hora del almuerzo le dije a papi que quería ser pelotero. Me dio un bofetón. Pero sin mucha fuerza, más bien con un poco de cariño. Mami me ordenó que recogiera el diente debajo de la mesa. Se lo llevé. Entonces mami me dio otro bofetón y me dijo que eso era un frijol blanco del caldo gallego de papi. A papi siempre se le caen, y el arroz también. Al final encontré el diente con ayuda de Alejandro. Por la tarde me llevaron al dentista, que se encuentra en la parte de servicios de la finca. El dentista estaba muy asustado porque mamá lo amenazó con meterlo en pelotas en el Combinado en caso de que no quedara bien. Cuando mami salió, le dije al doctor que yo también quería ser dentista y malo para poder jugar pelota en ese Combinado.

[…]

4 de marzo
Ayer papi le dijo a Alexis que ya era hora de convertirse en hombre. Alexis preguntó si se lo iba a llevar el servicio militar. Papi estuvo a punto de levantarle la mano, pero se contuvo y le contestó que por la noche un escolta lo acompañaría hasta la casa de las compañeras de servicio de la finca. Alejandro y yo nos quedamos esperando con mucha curiosidad sin poder dormir. Alexis no demoró, pero cuando volvió no parecía haberse convertido en un adulto. Ni siquiera le salió barba. No quiso decirnos nada. Hoy papi lo felicitó y le regaló un reloj de submarinista. Alexis estaba muy orgulloso y fue a la tabaquera de papá, sacó un tabaco y se lo puso en la boca. Casi se lo traga por culpa del gaznatón que le soltó papi. Estuvo llorando mientras Alejandro y yo intentábamos sacarle el puro de la garganta. Papi le dijo que el único que podía fumar en la casa era él, y que por echarse a una guajirita no se pensara que era un hombre de verdad. Mamá añadió que había averiguado que la guajirita elegida por Alexis era bastante oscurita, y que la había mandado de vuelta para Manicaragua. Fue ahí que yo le pregunté a mami si la metieron en un sarcófago para llevársela a la guajirita que se echó Alexis. Mami respondió que el único muerto aquí iba a ser yo si no cerraba la boca, me agarró por los pelos y me sacó de la sala.

[…]

Foto: Tony con papi en cama

29 dic. 2008

Ex Tabú


- Coño, Felo, ¿qué te pasa? –pregunté acopiando sensibilidad.

No contestó. Era evidente que estaba mal. Tenía los ojos enrojecidos. Eso salvaba su expresión de emular a un gato muerto. Parecía moribundo nada más. Lo había encontrado junto a la ventana en el comedor de la residencia. Me saludó apenas con un ademán. Algo raro en un buen amigo que estudia en una ciudad lejana y apenas viene un par de veces al mes, cuando visita a su novia.

- Ah… ¿pasó algo con Adis? –indagué por reflejo, y no pude evitar desenfundar el fuete-. ¿Te la encontraste con un bacán…?

Por la forma en que me miró supe de inmediato que había dado en el blanco sin apuntar. En el mismísimo centro.

- ¿Tú lo sabías? –inquirió mirándome a los ojos muy serio.

- ¿Saber qué…? –empecé con honesto ánimo escandinavo, pero de pronto caí en plena Sicilia-. No, no lo sabía, pero sí la creía muy capaz.

Dejó caer la cabeza. Tenía toda la ropa ajada tras 7 horas de tren.

- Lo siento, socio –mascullé-. ¿Quién es el tipo?

- Da igual…

- Entonces es un nativo… -especulé.

- No… es Ramón…

- ¡No jodas! ¿El Mongo? ¿Ese anormal? –me asombré francamente.

- Gracias –respondió sin alzar la voz-. Puedes reirte también.

Estaba bajo shock todavía. Eso era obvio. Quise llevarlo por otra ruta.

- ¿A cuál de los dos le pegaste?

- No fastidies…

- Suena a Mongo mejor, será más elegante –sugerí.

Chasqueó la lengua por toda respuesta. Después de todo, Mongo le llevaba más de media cabeza. Por fuera, quiero decir, pues Rafael tendría tres veces más volumen de actividad cerebral. Alguien entró al comedor. Era Doble Ubre, que ya entendía bastante español de tanto revolcarse con los miembros de la Brigada Fisiológica. Me llevé a Felo para mi cuarto. Mi compañero de habitación no entendería ni cojones. Bueno, comprendía precisamente cojones y otras cuatro o cinco palabras de rigor. Nos saludó desde su escritorio sin quitarse los audífonos.

- Toma, Felo, coge esto –le dije con espíritu solidario.

Miró indiferente el par de objetos que puse frente a él sobre la mesa.

- No necesito tus manoplas –murmuró.

- No son mías, son de Matthias –aclaré-. Y están bautizadas, ya sabes como son los partidos de segunda liga…

Levanté una y la acerqué a la luz.

- Mira, por cada muesquita que ves aquí le falta un diente a uno en Leipzig…

Sonrió. Iba por buen camino. Continué:

- Vas y buscas al Mongo. Cuando lo veas, no le digas nada. Dale directo aquí -señalé mis costillas-. Verás que se dobla con la primera fractura. Y ahí le trabajas la jeta. No lo golpees muy abajo en la quijada, que lo anestesias. Tócalo un poquito más arriba para que se acuerde de ti debajo del dentista. Hazme caso, pregúntale a Matthias si no ha sido feliz usando lo que le he enseñado. Antes peleaba a lo ario, al sopapo alegre, y ahora le dicen Max Schmeling en la barra. Entonces, cuando la ambulancia se lleve a Ramón, vas al cuarto de Adis, y te la tiemplas. Y no te preocupes, no habrá policía, yo mismo llamo al rescate, digo que Mongo se cayó en plena embriaguez desde el segundo piso, y me voy con él hasta el hospital para evitar malentendidos.

Sabía que Felo no haría nada de eso. Pero por lo pronto, de alguna manera, se sentía mejor. Ya era algo. Bebimos unas cervezas.

- No sabía que te gustaban las prietas –comentó algo más animado.

Le iba a decir que las prietas bien cuidadas no tienen desperdicio; mas pensé en Adis, una mulata sin desecho anatómico alguno, y desistí de la idea.

- Bueno, éstas las compró Matthias –expliqué.

Tocaron a la puerta. Era Adita. Quería hablar con Rafael. El con ella no. La miré con cara de hijoputa y media sonrisa. Cedió terreno, pero insistió. Los dejé solos. Matthias regresaba del baño por el corredor y lo persuadí de tomarnos una cerveza en la cocina.

- ¿Por qué no hablan en el cuarto de ella? –preguntó incomprensivo tras el primer sorbo.

- No, eso no puede ser, amigo mío –repliqué-. ¿Conoces a Britta, la que vive con Adis?

- ¿Una pelirroja flaca?

- Esa misma. No se ha ido a casa este fin de semana.

- ¿Y...?

- Bueno, pues Adis se inhibe cuando hace un soplete en presencia de otras personas no involucradas –concluí.

- Eso quiere decir que ahora mismo Adis le está chupando…

- Correcto -asentí.

- Pero…

- Pierde cuidado, se lo traga –atajé-. El cuarto quedará inmaculado.

- ¿Se lo traga…?

- Seguro, se lo traga –confirmé, y alcé el fondo de mi botella para brindar.

- ¡Se lo traga! –dijo el alemán chocando el cristal.

- ¡Se lo traga! –agregué, y bebí.


[Continuará...]

22 dic. 2008

Foto de grupo en Bahía

Abajo, de izquierda a derecha: Ronald Venetiaan, presidente de Surinam; Cretina Kirchner, presidenta de Argentina; Poncho Morales, presidente de Bolivia; Lula da Silva, presidente de Brasil; Michelle Bachelet, presidenta de Chile; Fernando Lugo, presobispo de Paraguay; Tabaré Vazquez, presidente de Uruguay. Arriba, de izquierda a derecha: Rafael Correa, presidente de Ecuador; Hugo Chávez, previtalicio de Venezuela; Raúl Castro, posvitalicio de Cuba; Felipe Calderón, presidente de México; Bharret Jagdeo, presidente de Guyana; Luis Giampietri, vicepresidente de Perú.

He aquí una fauna tan diversa como sus pensamientos durante la sesión fotográfica protocolar. ¿Puse fauna? Perdón, quise decir flora y fauna, por supuesto. Mas veanlo Uds. mismos.

S.E.S.P. Dr. Venetiaan: “Uno más uno son dos, dos más dos son cuatro… Hm, me pusieron de primero para congraciarse con Obama…”

S.E.S.P. Kirchner: “Me colocaron entre el negro y el indio... ¡¿Serán pelotudos…?! ¡Y yo que le encargué seis pares de zapatos nuevos a Manolo Blahnik para la ocasión…! Mejor me viro para el boliguayo… Es feo también, pero un poco menos… Por Dios, no… Esto se lo tengo que contar a Néstor… Los brasileños siempre queriendo humillarnos…”

S.E.S.P. Morales: “Esta vieja quiere algo con yo... Se ha dado cuenta de la fuerza seminal del indio nativo de América Hispana... Ha llegado la hora de los reprimidos… Por cierto, debí ponerme calzoncillos, se me va a notar… Caray, es que no me acostumbro... Bueno, en cuanto acaben con las fotos voy a preguntarle a Hugo para que me deje cogerme a la vieja… Ya verá lo que es una boleadora aymará... ¿Cómo era que se llamaba ella? ¿Néstor…?”

S.E.S.P. Lula da Silva: “Meu Deus, qué limpia vino esta señora chilena…! Mejor me aparto... Y, además, por la ropa parece que es chavista… Sí, me conviene no juntarme demasiado con ella... Había que poner ahí al cura paraguayo... Tiene menos barba, y sin sotana no es tan elegante como yo...”

S.E.S.P. Dra. Bachelet: “¡Qué bonito es ese niñito bahiano…! Tan saludable, tan negrito, tan gordito, y tan cabezoncito… con su cámara, igual que los otros fotógrafos… ¡Dios mío, si es un enano…!”

S.E.S.P. Lugo: “Si el padre Hélder Câmara pudiera vernos ahora… Sus primeras Comunidades de Base de la Teología de la Liberación se fundaron aquí mismo… Ahora tenemos la presidencia en Paraguay, y los demás compañeros Lula, Hugo, Daniel, Evo y Rafael también… Si me persigno ahora, ¿estará fuera de protocolo…? ¿El uruguayo habrá inhalado algo...?”

S.E.S.P. Dr. Vázquez: “Je je je... Je je je... Je je je... Je je je...“

S.E.S.P. Correa: “El pueblo brasileño me saluda... El pueblo brasileño también me merece… Todos los pueblos latinoamericanos me merecen, igual que mis hermanos anfitriones… Pero que ni piensen que voy a pagar por el hotel… Aunque a lo mejor Hugo me da otro anticipo…“

S.E.S.P. Chávez: “¿Y esta pava por qué le sonríe así a Evo…? A mí me costó unas cuantas maletas de PDVSA… Bah, me quedan veinte o treinta cumbres de éstas… Ya aparecerán hembras mejores… Y ningún otro aquí estará presente… Caramba, Evo está más flaco… Será por eso… Bueno, pues tenemos que hacer una campaña por el movimiento deportivo bolivariano, y ponerme al frente, a ver si bajo unas libritas… Este domingo lo diré en Aló, presidente…”

S.E.S.P. Castro: “¡Esto sí que está bueno! Aparte del angolano y del hindú, el único que no nos debía favores era el mexicano, y también entró por el aro… Como me dijo Fidel, ¡que se joda el PeRDeré…! Teníamos razón con Lula también, ¡cómo le gustan los gallos…! Y le encantó el gallito que le trajimos… Lo tenemos en un puño... no, no, en la espueja del gallo... Je je...”

S.E.S.P. Calderón: “A ver si los cubanos me devuelven esos papeles como prometieron… porque, si caen en las manos equivocadas, me corren de la presidencia… Ese cabrón de López Obrador no se contentaría con dinero… Y si me quedo en la calle, el maldito cartel de Guerrero me los arranca como juraron… Mejor voy aflojando un poco con esos güeyes, por si acaso los cubanos me fallan…”

S.E.S.P. Jagdeo: “¿De qué se ríen estas gentes…? Si estamos jodidos todos… Mis abuelos debieron quedarse en Bombay… El primo Rajemputrah ahora está trabajando en Silicon Valley y gana seis veces lo que yo de presidente… Ojalá que los ingleses acepten la propuesta que les hice para colonizar Guyana nuevamente… De lo contrario renuncio y me voy a California…”

S.E.S.V. Giampietri: “Alan no quería venir, y pensó que me hacía un favor… Menudo favor éste acá, que me ponen siempre junto al hindú… ¡Qué furioso me ha dejado este tipo...! No por lo vendepatria que es, no, sino por el pedo salvaje que se ha tirado aquí como si tal cosa… ¡Y el de anoche en el banquete de comida bahiana…! Mi mujer casi vomita… Para la próxima que venga Alan, o que ponga a otro, por mí que envíe hasta a Fujimori...”

18 dic. 2008

El Protector De Los Cerdos XXV


La Batalla de Centla

Formando un erizo de lanzas y espadas la columna de Gonzalo Sandoval se defendía con gran dificultad de la abrumadora superioridad numérica de los aborígenes. Completamente cercados por una masa de indios beligerantes, de poco servían arcabuces y ballestas. La desorganizada hostilidad de los chontales prometía aplastar a los valientes conquistadores en cualquier momento. En eso, afortunadamente, llegaron las otras dos columnas castellanas. Una por el este, con Domingo García de Albuquerque al frente; y la otra por el suroeste, al mando de Gonzalo de Alvarado, hermano de Pedro. Sin embargo, los guerreros Chich Nal continuaron asediando a la escuadra de Sandoval como si tal cosa, sin dividir sus fuerzas pese a los refuerzos enemigos. Para un militar profesional esa actitud hubiera servido de advertencia de que algo no estaba bien. Mas en la Santa Compañía escaseaban los profesionales. A menos que se contase a los especialistas en incursión inmobiliaria, conocidos como gatos en Castilla. Nadie percibió, pues, el peligro. Y una vez que ambas columnas chocaron con los flancos chontales, fue demasiado tarde. Desde las acequias posteriores del norte salió un aluvión de mayas. Eran los restantes regimientos Mazorca Dura, constituídos por vástagos de las mejores familias de Potonchán. Dos mil guerreros en total. Seguidos de otros dos mil reagrupados sobrevivientes del combate anterior junto al río. En menos de lo que se asesta un mandoble los castellanos quedaron atrapados por un doble cerco de cinco contingentes indígenas.

Desde la pequeña elevación que ocupaba su columna don Gonzalo Sandoval pudo apreciar la crítica situación.

- ¡Estamos jodidos, capitán! –exclamó un ballestero, ya sin proyectiles.

- ¡Animo, soldado, que Santiago no nos abandonará en esta hora! –contestó el capitán.

El bravo oficial metellinense empujó al infante hacia la línea interior de defensa, y vociferó a su tropa:

- ¡Por Santiago y por Castilla!

Nadie respondió.

- ¡Por Santiago y por Castilla! –repitió Sandoval.

Ni eco.

- ¡Que viva Santiago Apostol, joder! –gritó el desaforado don Gonzalo.

- ¡Viva Santiago! –salió de las reanimadas gargantas cristianas.

Y en ese instante sucedió el milagro. Por el sur aparecieron doce jinetes. Iban de completa armadura: del escarpe a la gola. Bajo el sol del mediodía relucían sus petos y hombreras de acero. Llevaban los yelmos con las viseras cerradas. Un centenar de infantes los seguía. Y otro centenar de taínos avanzaban temblorosos detrás. Un jinete portaba el estandarte blanco con la cruz roja de Santiago Apostol. A su lado cabalgaba un gallardo hidalgo sobre un inquieto corcel tordo. Aquel caballero desenvainó su espada y señaló hacia los infieles nativos.

- ¡Es Santiago! ¡Santiago! ¡Santiago vino en nuestro socorro! ¡Viva Santiago! –gritaron voces entusiastas entre los cercados, que comenzaron a rechazar con más vigor la presión de los chontales.

Pronto los jinetes arrancaron al galope y cargaron contra los Chich Nal, causando pavor entre sus filas. No era Santiago, desde luego, sino Francisco de Morla. Los otros jinetes eran el propio Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Alonso Hernández Portocarrero, Cristóbal de Olid, Francisco Montejo, Juan Velázquez de León, Juan Gutiérrez Escalante, Pedro González Trujillo, Alonso de Avila, Gonzalo Domínguez y Amador de Lares.[50] El caudillo había hecho traer los caballos con gran sigilo durante la noche.

Para los mayas la aparición de la caballería hispana resultó devastadora. Ante sus ojos inexpertos eran seres monstruosos. No podían diferenciar al cristiano de su cabalgadura, y aquello les parecía una sola bestia, veloz y mortífera. Era el glorioso debut de la caballería militar en el nuevo mundo.

Los infantes recién llegados también se incorporaron al combate por el flanco derecho. Incluso los taínos cubanos auxiliares lograron sobreponerse un poco a su miedo. Ayudaban rematando a los mayas heridos. Al mismo tiempo, y poco a poco, los castellanos cercados iban rompiendo las líneas enemigas. No obstante, los laureles pertenecían definitivamente a la caballería. Desenfrenados, los jinetes cristianos arremetían contra los Chich Nal. Velázquez de León blandía un robusto Goedendag flamenco, con el que saludaba continuamente a los chontales.[51] Los demás caballeros usaba sus espadas, decapitando y rajando con diligencia. Tan sólo Trujillo, que montaba el rocín Rolandillo, hacía huir ante sí a sesenta guerreros nativos.

El pánico maya se generalizó cuando la última columna castellana, la de Gonzalo de Alvarado en el flanco izquierdo, logró romper el cerco. Se componía únicamente de rodeleros. Con endemoniada precisión empujaban rítmicamente con el escudo -llamado rodela- en un brazo, para inmediatamente pinchar el bajo vientre enemigo con una larga daga -denominada riñonera- en la otra mano. Apenas dos reiterados comandos de Alvarado mantenían funcionando aquella furibunda máquina de destripar mayas:

- ¡Pujad…! ¡Hincad…!

Los chontales escapaban hacia el noroeste, pero esta vez el caudillo ordenó perseguirlos, y encabezó en persona el acoso a lo largo de una legua. Al final se contabilizaron casi mil mayas muertos. Podrían haber sido sólo setecientos, si los taínos hubieran sido más mesurados con los heridos. Por el lado europeo habían sesenta lastimados, algunos severamente. Varios perecerían después al contraer infecciones en sus heridas. Mas la primera batalla campal de la Santa Compañía fue una victoria cabal y brillante. Gracias a la caballería.
Al atardecer se presentaron treinta nobles chontales vestidos con finos mantos y bellas plumas. Sus servidores traían abundante comida. Pavos, tortillas, frutas y miel. Solicitaron permiso para quemar a sus muertos.

- ¡Pues que venga Tabasco a pedírmelo! –respondió el caudillo.

Los indios asintieron humildes.

- Pero que no se moleste en venir si no trae el oro –añadió, ecuánime, el vencedor de Centla.

Un poco más tarde arribó Tabasco en persona. Era un indio robusto. Tenía unos sesenta años y el largo cabello completamente gris. Su opulenta ornamenta de plumas de quetzal abanicó a Cortés al saludarlo. Traía una cesta llena de joyas de oro y otra repleta de turquesas, así como 20 hermosas doncellas.

- Os las regalo para que os cocinen –dijo el halach uinik con maliciosa sonrisa, y agregó-: He oído que no tenéis mujeres. Tal vez por eso sois tan agresivos.

Cortés guardó el oro y las piedras preciosas, y repartió a las indias entre sus capitanes, quienes en seguida se pusieron contentos. A continuación se dedicaron a impresionar al cacique. Trajeron a Cabeza de Moro, un fuerte caballo ruano que siempre se ponía salvajemente cachondo en primavera. Previamente habían colocado cerca de los nobles chontales a una voluptuosa yegua blanca, escondida con discreción tras una improvisada empalizada de lanzas, escudos y pendones. El fogoso corcel relinchó con gran violencia y trató de avanzar para montar la potranca. Cuatro hombres lo contuvieron a duras penas tirando de dos cadenas. El animal relinchó aún más fuerte y se irguió entonces sobre sus patas traseras, dejando ver toda su longitud viril. Tabasco y su comitiva se quedaron espantados. Ipso facto los chontales hicieron ofrendas al caballo: maíz, pavos y flores. Con ayuda de Aguilar, el caudilló explicó al cacique que aquellos "doce apóstoles", así llamó a los equinos, eran muy poderosos, y que se habían enfadado mucho por la taimada emboscada maya.

- Y habéis tenido suerte de que los apóstoles no han querido montaros… –agregó.

Tabasco temblaba. Al momento, y bien de cerca, dispararon una bombarda. Uno de los ayudantes del cacique se orinó. La delegación maya se encontraba en el punto anímico perfecto para dialogar.

- ¿Dónde están las minas de oro? –inquirió Cortés.

- No tenemos minas, noble señor –contestó sincero el cacique-. El oro es un adorno, no nos importa mucho.

- ¿Y la plata?

- Tampoco tenemos plata, señor, pero hacia el interior, en las tierras altas, viven los mexicas, un pueblo muy fuerte y rico, que tienen oro y plata en abundancia –anunció el jefe maya.

- ¿Por qué me habéis atacado a mí, y a mi hermano Grijalva lo habéis tratado bien antes? –preguntó don Hernando.

- Vuestro hermano sólo pidió oro. Vos pedisteis comida, y trayendo muchas más bocas –explicó Tabasco-. Vos sabéis lo que realmente tiene valor, aunque también parece gustaros bastante el oro.

- ¿Por qué habéis huido siendo muchos más que nosotros? –quiso saber el generalísimo.

- Vuestras espadas matan mucho más que las nuestras. Y también vuestros truenos nos atemorizaron –declaró el vencido chontal-. Pero vuestros apóstoles son muy rápidos y nos asustaron más, sobre todo con sus hocicos. Y menos mal que los apóstoles no quisieron montarnos, habría sido peor que la muerte.

A una señal del caudillo fray Cabezuela leyó los requerimientos al cacique, que aceptó sumiso ser vasallo del gran señor al otro lado del mar. Luego Cortés le dio un discurso sobre lo bueno que era Dios y lo malo que era hacer sacrificios humanos. El halach uinik no entendió, pero igualmente aceptó. Además, asintió cuando le pidieron destruir sus ídolos. Incluso admitió que ya no le servían.

- Un dios que no ayuda a ganar en la guerra merece la muerte –declaró Tabasco.

El generoso caudillo, por su parte, prometió a los chontales que podrían regresar a sus hogares en Potonchán al día siguiente.

Esa noche, de vuelta en la ciudad, se reunió la plana mayor de la Santa Compañía.

- Esos mexicas son nuestro objetivo –dijo don Pedro de Alvarado.

- Necesitaremos más caballos –apuntó don Gonzalo Sandoval-. Habrá que conseguirlos en Fernandina o en La Hispaniola.

- Y a partir de ahora no reclaméis más comida, por el amor de Dios –infirió fray Simón de Cabezuela-. Oro, y nada más, caballeros.

- Razón lleváis todos –sentenció don Hernán Cortés.

- Vale, y ahora excusadme, vuestras mercedes –exclamó don Alonso Hernández Portocarrero-, que tengo una india que bautizar.

La india que le tocó a Portocarrero entre los regalos de Tabasco tenía 14 años y se llamaba Malinali. Don Alonso la bautizó hasta bien entrada la noche, y pasó a llamarse doña Marina.



[50] El astuto Amador de Lares jugó un papel nunca suficientemente ponderado en la Conquista de América. Natural de Burgos, al norte de Castilla, era analfabeto pero sabía contar, sumar y restar. Así devino el contador oficial de Diego Velázquez. Fue Lares quien sugirió a Hernán Cortés para comandar la tercera expedición a México que organizaba el gobernador de Fernandina. Eso Cortés supo agradecerlo, pues lo nombró contador de su empresa. Algo excepcional, ya que el caudillo sólo confiaba en extremeños, y si eran de su pueblo natal, Medellín, tanto mejor. Otro mérito indiscutible de don Amador fue la introducción de los negros en Cuba. En 1512 el burgalés solicitó y obtuvo permiso de la Real Audiencia para llevar a Cuba a cuatro negros esclavos que había comprado en Santo Domingo. Los bautizó como Gaspar, Melchor, Baltasar y Chucho. Precisamente dicho Chucho resultó el primer negro ajusticiado en Cuba. Fue empalado en 1514, luego de que la concubina taína de Lares diera a luz un bebé afroamerindio.

[51 ] Goedendag, en castellano “buendía”, arma medieval flamenca, era un largo garrote armado con una afiliada punta de hierro sujeta por un pesado refuerzo metálico. Era muy difícil sobrevivir al “saludo” de esa arma.

14 dic. 2008

Black Love

Si Ud. está planeando regresar en su próxima vida como mujer, le recomiendo que al llenar su solicitud sea cuidadosa -o cuidadoso- a la hora de especificar la raza. Sepa que sus posibilidades de ser feliz como afroamericana no son exageradamente elevadas, sino más bien escasas. No se guíe apenas por Michelle O. o por Oprah. En su nueva existencia como mujer negra probablemente estará Ud. bien jodida, que en este paradójico caso es lo mismo que mal jodida. Le explicaré por qué.

Por cada 100 bebitas negras nacen 104 bebés negritos. Eso puede parecer promisorio, pero al alcanzar la mayoría de edad 6 de los 104 habrán muerto de forma violenta, por lo cual –entre otras cosas– 9 más estarán en la cárcel. Otros 8 habrán desaparecido, lo que teóricamente los vincula con aquellos 6. (Digamos que tal vez algunos se incorporaron a ese grupo de una forma más discreta.) Por último, 21 individuos serán vagos, drogadictos, alcohólicos o subnormales. Las estadísticas no especifican con mayor detalle dentro de este conjunto por la altísima frecuencia combinatoria. O sea que, por ejemplo, es difícil encontrar a un negro vago que no sea ni drogadicto ni alcohólico ni subnormal. Desde luego, eso vale para un blanco, hispano o amerindio en igual medida. Sólo que no son 21; sino 8, 3 o 42 (en el caso de los indios, aunque con subsidio del casino de la tribu.) De más está decir que un workaholic o un hombre de éxito, aunque sea drogadicto, alcohólico o subnormal, no entra en el grupo de los 21. Así que Whitney es de las que tuvo suerte.

Entonces tenemos que para 100 negras en edad de gozar quedan apenas 60 negros capaces de alegrarles la vida. 60 tipos que están vivos, trabajan y no son delincuentes. ¿Correcto? No del todo. De los 60 hay 3 que viven con mujeres blancas. Para mayor precisión: se trata de 3 de los 5 que más ganan. Y otros 2 son gay a tiempo completo. Generalmente los 2 restantes con mayores ingresos. De ahí que 45 afroamericanas se ven obligadas a escoger entre un vago (con más hobbies) y un delincuente, o simplemente ser pareja secundaria o esporádica de alguno de los 60, digo, 58. Tres opciones para ser infelices.

Por otro lado, 3 blancos análogamente dispuestos a contentar a féminas negras brillan por su ausencia. 3 latinos, igualmente. Y a más tardar ahora debe estar claro para el lector que la latina de raza negra no clasifica como afroamericana.
Esta dramática situación es equivalente al resultado de una guerra, o peor. Veamos: En 1946 en la Unión Soviética quedaban 70 hombres en edad viril por cada 100 mujeres fértiles. Pese al esfuerzo mancomunado de Stalin y Hitler, las mujeres soviéticas de entonces tenían más chances de ser amadas que las afroamericanas de hoy. De acuerdo, 45 de los 70 rusos serían alcohólicos, sí, pero laboriosos. En cambio, hacia 1900 en los EE.UU. había tan sólo 50 irlandeses disponibles por cada 100 irlandesas. Los demás hombres irlandeses eran inútiles por borrachos, violentos o desempleados. Por lo común, las tres cosas. Sin embargo, todas las 50 irlandesas sobrantes encontraban pareja entre polacos e italianos. Sobre todo los últimos siempre estaban dispuestos a satisfacer a una pelirroja pecosa y juguetona. En fin, también las irlandesas, con un problema mayor, se las arreglaban mejor que las negras. Tampoco olvidemos que las rusas pasaron por semejante debacle solamente durante una generación. Con las irlandesas fueron cuarenta años. Por su parte, el mal de las afroamericanas empezó cuando Martin Luther King y no tiene pintas de mejorar en un futuro calculable. Rusas e irlandesas contaban, además, con la simpatía de toda la nación. ¿Y las negras?

Ellas, obviamente, también tienen responsabilidad en esa antipática coyuntura. Muchas se presentan al mercado marital tempranamente convoyadas. A los 19 años 26 de 100 afroamericanas ya son madres solteras. Entre las blancas son 11, que siempre tendrían la opción de un negro, aunque sólo 3 lo aprovechen. De 100 latinas incluso 34 tienen un hijo extramatrimonial antes de los 20. Mas el continuo flujo inmigratorio de machos hispanos útiles resuelve para esas 34, y hasta para alguna que otra de las 11 gringas. Eso podrá ser perjudicial para las hembras en Tamaulipas o en Matagalpa, pero no es el tema de esta reseña.

Recapitulemos las cifras finalmente: Cada 100 afroamericanas hay 55 papeletas para disfrutar. Las 100 blancas tienen 86. Y las 100 latinas encuentran 96. Se lo repito, escoja con cautela.

12 dic. 2008

El Protector De Los Cerdos XXIV


Castigo & Honra

La única pérdida de las huestes cristianas durante el combate en Potonchán resultó ser un desertor: Melchorejo, aquel indio yucateco capturado por Hernández de Córdoba dos años atrás, y que fuera el tosco traductor inicial de Cortés en Cozumel. En cambio, había más de cien prisioneros locales. Y no atraparon mayor número porque el caudillo desistió de perseguir a los vencidos. Aún confiaba en ganar la buena voluntad de los chontales.

El interrogatorio de los prisioneros puso al descubierto que el traidor Melchorejo se había pasado al enemigo desde la noche anterior. Llegó hasta la orilla nadando y se introdujo en la ciudad en plena celebración del Báalam Wiix. Fue una aparición muy afortunada para los chontales, que aprovecharon para improvisar un estimulante sacrificio ritual. Los sacerdotes declararon que su inesperada llegada era un buen augurio. Eso provocó el entusiasmo de los guerreros, ya que suponía el favor de los dioses en la lucha que se avecinaba. Originalmente habían cancelado los sacrificios humanos reglamentarios para aquella ceremonia por falta de recursos. Sólo disponían de un totonaca sordomudo y amaestrado, la mascota personal del cacique. Tabasco no quiso entregarlo al sacrificio por lo útil que era como ágil trepador de cocoteros.

- ¡Qué el señor le acoja, y le perdone su traición! –exclamó fray Díaz al enterarse del triste fin de Melchorejo.

- ¡Joder, se lo ha buscado él mismo! ¡Quién lo manda a traicionarnos! –ripostó Pedro de Alvarado.

- Olvida vuestra merced que el pobre Melchorejo, pese a todo, era un cristiano… -insistió el padre.

- Era un cobarde y un dersertor –se entrometió Portocarrero-. ¡Que le den por…!

- Bueno, bueno, ya está bien –quiso apaciguar fray Cabezuela-. Padre Juan, vuestra misericordia os honra. Capitán Portocarrero, seguramente Melchorejo hubiera preferido vuestra sugerencia antes que el cruel sacrificio.

- ¡Válgame Dios si os miento, y la virgen si soy veraz! Os juro que sí, padre –aseveró don Alonso-. Os digo que estos salvajes no os dan ni de beber antes de arrancaros el corazón.

- ¡Pacheco! –llamó Alvarado a su ayudante-. ¡Joder, Pacheco!

José Pacheco, extremeño, aseguraba a sus incrédulos compañeros de armas que era sobrino de la condesa de Medellín. Y en verdad que cierto vínculo con dicha dama no le faltaba: había sido su caballerizo. Pronto se presentó. Venía arreglándose las vestiduras.

- Perdonadme, vuestra merced –pidió afable-. Es que hacía tres días que no había hecho a mi persona. ¡Pero, gracias a Dios, ahora pude! Ya tenía hasta calambre en las tripas…

- ¿Lo véis? Es lo que os digo –intervino Portocarrero-. ¡Por eso Castilla está tan jodida! Cuando más apremia su presencia, ¿dónde está la nobleza? Cagando…

Menos Pacheco, nadie pudo contener la risa.

- ¿Qué se le ofrece a vuestra merced? –preguntó el homenajeado.

A don Pedro le costó un minuto recordarlo.

- ¿Tenemos sacerdotes entre los prisioneros? –preguntó el osado lugarteniente de Cortés.

- Creo que hay uno nada más, mi señor, al menos tiene toda la piel llena de tatuajes como los sacerdotes de Cozumel.

- Muy bien –contestó Alvarado-. ¡Ahorcadle!

- Y decidles a esos paganos que no es por gusto –agregó fray Díaz persignándose-, sino el castigo por hacer sacrificios humanos.

- Esperad, Pacheco –se inmiscuyó Portocarrero nuevamente-. Igual podemos quemarlo, joder, que aquí ha sobrado leña de la fiesta de anoche.

Los presentes se miraron entre sí, sopesando la sugerencia.

- No es mala idea… -comenzó Alvarado.

- Prudencia, caballeros –terció don Simón con benevolencia-. Si armáis una hoguera, don Hernando querrá saber qué sucede, y quién mandó, y por qué…

- Vale, vale, ahorcadlo no más, Pacheco –cedió don Pedro.

Este justo castigo tuvo un efecto inesperado. Mientras izaban al sacerdote, otro indígena menos tatuado comenzó un raro monólogo gesticulando hacia los españoles que observaban curiosos la ejecución.

- Dice que no lo maten de esa forma tan seca y deshonrosa –tradujo fray Aguilar.

- Yo lo sabía –masculló don Alonso-, les gusta más el fuego…

- Bueno, pero que se calme, que el hombre ya está muerto –comentó Sandoval mirando el cuerpo pendiente que apenas se sacudía.

- No, dice que no lo maten a él –aclaró don Gerónimo.

- ¿Cómo? –se extrañó Alvarado-. ¿Es otro sacerdote? Pacheco, colgadlo también.

Las súplicas del sujeto se volvieron frenéticas en tanto dos soldados lo arrastraban hasta una hermosa ceiba.

- Dice que, si le damos una muerte decorosa, nos revelará algo importante –indicó el traductor andaluz.

De esta manera los castellanos se enteraron de que el artero cacique Tabasco había escondido a sus mejores guerreros fuera de la ciudad. Y que nunca se rendiría mientras dispusiera de los valerosos Chich Nal. El sacerdote pudo morir con una sonrisa en los labios. Fue dignamente degollado.

El caudillo no se desanimó al escuchar semejantes novedades. Mandó a interrogar con mayor meticulosidad a los prisoneros. Así se supo que Centla, ubicada a unas seis leguas, era el granero de Tabasco. Se encontraba en una fertil llanura llena de maizales y con numerosas acequias para la irrigación del cultivo. El generalísimo decidió tomar la iniciativa.

A la mañana siguiente tres columnas, de 80 hombres cada una, marcharon sobre Centla desde diferentes direcciones. La columna central, comandada por Gonzalo Sandoval, incluía al traductor con la misión de leer los requerimientos. Se dieron de bruces con la vanguardia Chich Nal, conformada por los mejores guerreros, reclutados por su fiereza y no por su linaje. Mil en número, con sus cuerpos pintados de círculos amarillos.

Uno vestía diferente: estaba cubierto de vistosas plumas, y se adelanto llamando a voces. Era el kóot‘aan.[48]

- ¿Qué dice ese pajarraco? –preguntó Sandoval tras formar en cuadro a su tropa.

- Quiere saber quién osa enfrentarse a la legión de la Mazorca Dura –interpretó don Gerónimo.

- ¡Pues contestadle que somos la compañía del Nabo Tieso! –respondió el bravo capitán, provocando carcajadas entre las tupidas barbas cristianas.

De las filas mayas salían alaridos y rítmicos baladros de guerra. Creaban un crescendo aterrador. Sandoval se volvió hacia sus hombres.

- Sí, son muchos y parecen fieros –exclamó el capitán extremeño-. Pero, recordadlo, castellanos, ¡valemos más y Santiago nos acompaña! Desenvainad vuestros aceros, que pronto lucharemos al tajo. Avanzaremos en bloque, y retrocederemos en bloque. ¡Que nadie se separe y que nadie se amilane!

- ¡Por Santiago y por Castilla! –gritó uno de los cuatro arcabuceros abriendo la cazoleta, tras avivar la mecha de un soplo.

- ¡La puta que los parió! –rugió la tropa.

Se desplazaron en formación hacia atrás y a la izquierda buscando un sitio más seco para combatir. Los chontales habían abierto las acequias, y el agua anegaba el suelo hasta los tobillos. Los nativos se movían paralelamente sin acortar distancias. Cuando el bloque hispano se detuvo en lo que parecía una tenue elevación, un enorme y fornido maya se adelantó blandiendo una exuberante macana verde. Había sido escogido para el tohol túum, la prueba del valor, como mostraban los finos cortes en su rostro. Sangraban levemente, diluyendo un poco la pintura de guerra. El fiero chontal arrancó en una ágil carrera hacia las filas castellanas.

- ¡Que nadie dispare! –ordenó Sandoval-. ¡Jaramillo, ese indio es vuestro!

Un espigado piquero de Fregenal de la Sierra, Badajoz, dio un paso al frente para esperar al guerrero maya.

- Virgen Santa María de los Remedios, no me abandones, ni me dejes estragar mi honra –murmuró el soldado.

- ¡Ensartadlo, Juan! ¡Fuerza a la pica, chaval! –lo animaron sus compañeros.

Juan Jaramillo se había quedado dos veces dormido durante la vigilia de guardia, y don Gonzalo le había tomado cierta ojeriza. A tres pasos del cristiano el guerrero chontal, en plena carrera, levantó el gigantesco garrote sobre su cabeza usando ambos brazos. Zancada y media después la pica le rajó el pecho en el aire. Entre los vítores cristianos Jaramillo remató al indio hundiéndole el cráneo con el otro extremo de su pesada lanza. Luego le arrancó las dos argollas doradas de las orejas antes de entrar de vuelta en la formación. Mil furiosos chontales ya venían corriendo y gritando.



[48] Kóot‘aan, literalmente: águila habladora, un oficial cuya función era retar al enemigo a la lucha, e intimidarlo mencionando los poderes de los guerreros chontales.

11 dic. 2008

Dos De Pisco, Uno De Ron IV


Atravesamos el lobby entre risas. Tomamos el elevador expreso hasta el bar del último piso. Subió despacio las 30 plantas. Al menos lo suficiente para jugar a mordernos las orejas. Perdí.

- Era a morder el lóbulo, no a tocarme la cola… -reclamó Leyla en tanto salíamos del elevador.

- No sólo a ti… -aclaró Lily, sin soltar mi otro brazo.

El portero me miró comprensivo. ¿O fue compasivo?

- Entiendo, únicamente con los dientes… -afirmé, y simulé una dentellada hacia atrás.

Reímos más. Nos sentamos en un diván frente a la pared de cristal.

- ¿Prometí demasiado? –pregunté.

- Uy, la vista es realmente impresionante –dijo Lily.

- Sí, la ciudad parece mucho más bonita de noche –añadió Leyla.

- La oscuridad ayuda… -se burló Lily.

Pedí una botella. El camarero la trajo. Puso vasos y una cestilla de nachos en la mesa. Revisé el frasco ambarino, un Pampero Añejo Selección 1938. Lo abrí, y percibí la leve huella del bourbon. Serví el licor, y bebimos.

- ¿Este es el ron cubano? –preguntó Leyla.

- Pues no, éste es venezolano, mejor.

- ¿Los rones venezolanos son los mejores?

- No exactamente, los mejores rones son éste, otro venezolano, uno dominicano, uno nicaragüense y uno cubano.

- ¿Y qué tiene de especial? –intervino Lily.

- Bueno, que baja suavecito… -comencé a explicar.

- ¿Y sube durito?

- Ese es el cubano… -repliqué en un alarde de retórica noctámbula.

La risa fue unánime, justificada o no. Mostré mi aprecio acariciándolas. Lily se acostó en el diván y apoyó su cabeza en mi muslo. Atraje a Leyla por la cintura para que no se sintiera solita. Los dos tipos de la mesa en diagonal miraban hacia acá. Sin embargo, no parecían argentinos. Mientras arrullaba a Lily, Leyla dijo algo. La besé al terminar. Sabía mejor que con whisky adulterado.

- ¿Cómo lo hiciste? –inquirió-. Me sorprendiste.

- Esperé a que acabaras la palabra –expliqué un tercio de la fórmula.

- ¿Así no más…?

Repetí el beso. Fue más largo, y me olvidé de completar la respuesta: que tuve que atraparla sin cerrar completamente los labios y antes de volver a respirar.

Dos pisos más abajo, en mi habitación, fue que besé a Lily apropiadamente. Hasta que me obligó a soltarla y entró con Leyla en el baño.

- ¡Ya puedes venir, Luchito! –anunció tras un buen rato.

Estaban las dos en el jacuzzi. La espuma superaba ampliamente el borde. Era evidente que caería agua al suelo al yo entrar. Les mostré unas latas de Red Bull que saqué del minibar. Mas me miraban a mí.

- ¿Qué? –pregunté.

- Bueno… esperábamos un striptease, pero ya vienes en pelotas… -dijo Lily.

- Sí, una para cada una…

Se rieron. También reí, y me sumergí entre ellas.


1 dic. 2008

Dos De Pisco, Uno De Ron III


- Pero me dijeron a la derecha –se quejó el taxista-. ¿Realmente saben donde es?

- Dije derecho, no derecha –insistió Lily.

- Pues demos la vuelta –intervine con desgano desde mi oscuro puesto central en el asiento de atrás, hundido entre las dos chicas.

No fue tan simple. Sólo varias derechas e incluso algunas izquierdas más tarde hallamos el sitio. Un bunker en medio de un barrio residencial. Daba la impresión de ser un refugio antiaéreo, pero el blindaje funcionaba hacia adentro. Era una prisión para la música que aullaba en su interior. Le dije al conductor que nos esperara. Usaba dos tarifas, una por distancia y otra por hora. Lo tuve claro: Si se averiaba de nuevo -así fuese en un baño público-, no volvería esa noche.

- Te va a encantar –prometió Leyla.

- Contigo, seguro –susurré cortés a su oído.

Una pequeña fila de adolescentes impedidos aguardaba paciente, mas el torete de la puerta me hizo una señal con la cabeza. Un gringo con dos nenas era una buena credencial.

Dentro había vapor caliente y humo frío. Una enorme pantalla de dos pisos mostraba al fondo imágenes continuas y aleatorias, aunque suponía una proyección asociada al ecualizador de la música. El piso superior, al nivel de la calle, terminaba en un largo balcón en medio de la sala.

- ¿ No tienen hambre? –pregunté-. ¿Se puede comer algo aquí?

- Abajo hay un bar separado con comida –afirmó Lily.

Afortunadamente encontramos dos banquetas desocupadas. Resultaban un poco altas. Las ayudé a sentarse. Leyla se quedó de lado, apoyada en la barra. Agradecí en silencio su gentileza, y me recosté en su muslo para proporcionarle mayor estabilidad. Fue tan agradable como en el taxi.

- Seguro que hay sushi y ceviche… -deduje.

- No, pero tienen unas hamburguesas fantásticas –me interrumpió Lily.

- Estupendo, hacía años que no entraba en un McDonald’s –exageré, y acaricié afectuoso la espalda de Lily.

- ¡Nada que ver! –contestó-. Estas son hamburguesas criollas, Luchito. Criollas y deliciosas.

Me inspiró mucha fe, y pedimos tres. Y tres cervezas. Luego nos fuimos al balcón de arriba a bailar. O a vomitar. Ya se vería.

La música era más rock, pero podía ser cualquier cosa desde house hasta pop. Aproveché un blues para buscar licor. La bebida oficial del local era Tennessee whiskey. Lily estaba sola cuando regresé.

- Traje whisky –comenté colocando los tres tragos en el borde del balcón.

- Sí, creo que aquí tienen un contrato especial con Jack Daniel’s –contestó sonriente.

- Ah, por eso es tan barato… -supuse-. ¿Lo probamos?

- Está bien, Leyla fue al baño, probémoslo nosotros primero.

Chocamos levemente los vasos.

- Por el sabor diría que aquel contrato era más bien con un algún João Danilo en Manaos –resumí mi primera impresión.

- Puede ser –aseguró Lily riendo-. Tal vez pueda ayudarte con el sabor…

- Adelante…

Esbozó algo impreciso con los labios, se echó un trago en la boca, me agarró por el cuello, se paró en puntillas, y pasó el licor de sus labios a los míos. Me lo tragué rápido para probar lo demás, mas no me dejó demorarme suficiente.

- ¿Mejoró? –inquirió casi gritando.

- Muchísimo…

- ¿Mejoró qué? –preguntó Leyla, que apareció de repente entre los danzantes.

- El whisky…

- ¿Cómo así?

- Mediante la ingestión boca a boca... –expliqué entregándole su bebida-. ¿Quieres probar?

- Bueno…


[Continuará...]
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