30 abr. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 24

Del pensamiento guevariano: Apartate de una vez, que no me los voy a llevar; es sólo para la foto.

Junio 28 de 1967
[…]
La tropa está cada vez más lenta. Actualmente no pasamos de 1 km/h. Eso es, más o menos, lo que hacía mi abuela Isabel cuando venía ebria a visitarnos en San Isidro. La noticia de la radio sobre tres muertos del ejército en el combate me ha irritado bastante. Por lo visto, uno de los cuatro cadáveres junto al río simulaba estar muerto. ¿O acaso simula ahora estar vivo?

Encontramos una casa deshabitada, aunque había varias vacas. Nos llevamos algunas para protegerlas del abandono.

Pombo y Ñato tuvieron una fea disputa. El primero, en su condición de herido, demandó ayuda del segundo para satisfacer una necesidad fisiológica, ya que no puede flexionar la pierna. El Ñato no sólo se negó, sino que también se lo tomó a mal y contestó con una grosería. Todo indica que Pombo estaba desesperado. No pudo aguantar hasta la llegada de otro compañero, y se hizo en los pantalones. Entonces, humillado y frustrado, parece que Pombo le arrojó excremento al Ñato.

Los gritos atrajeron a otros. Pacho, Aniceto, Benigno y Chingolo se acercaron primero. Encontraron al boliviano con la cara y la camisa embarradas. Aprovechando el único ojo descubierto le apuntaba la pistola a Pombo mientras juraba que lo mataría. Por su parte, el cubano se agarraba las pelotas con una mano y, entre imprecaciones, amagaba con lanzarle al Ñato más porquería que tenía en la otra. Nadie quiso meterse en el medio. Mas, por suerte, se les pudo disuadir a ambos y evitar una catástrofe.

No sé por qué en esta guerrilla ya nada me sorprende. No obstante, entre estos dos irresponsables y los otros dos, Moro y Ricardo que se rezagaron en la marcha, me estropearon el descanso.

Junio 29 de 1967
[…]
Reuní a los 24 hombres restantes para exponer la necesidad de mejorar el rendimiento durante las jornadas de marcha. Planteé que el verdadero revolucionario no se atrasa, ni se cansa, ni cojea, ni tiene callos, ni nada que comprometa a nuestra causa. Les mostré que la lentitud también provoca muertes innecesarias en el campo de batalla, como la de Tuma por no retirarnos rápido. Moro y Ricardo fueron sancionados a comer media ración por tres días. Además, dejé claro que el reglamento del ELN ha sido ampliado. Y con vigencia inmediata. El artículo 16 reza ahora como sigue: Se asistirá a un compañero herido si está sangrando o defecando. Pombo recibió una doble amonestación por incontinencia, de vientre y de carácter.

Necesitamos un colirio fuerte para la conjuntivitis del Ñato.

[…]

28 abr. 2009

La Danza de la Cosecha


En realidad nunca me interesó la cosecha de la fresa, la manzana o el higo. Le tengo alergia a la agricultura desde la secundaria, si bien nunca conseguí que un médico me la certificara. Empero, no dudé en aceptar la oferta del colega Blagói para ir a la fiesta de las braceras eslavas. Desconocía por completo ese mundo, hasta que el búlgaro me habló de él. Alguna ventaja hay en todo. Según Blagói, salvo algunos pocos y menospreciados rusos, aquellos peones agrarios eran todas mujeres.

- Abundan las yugoslavas, pero las que me interesan a mí son las polacas y las checas –decía el búlgaro, mientras intentaba encender el motor del vehículo por cuarta vez.

- Esas son manías de sudeslavo –sentencié.

- No, no es manía, las eslavas occidentales son más…

- ¿…exóticas?

- ¡…aristocráticas!

- Ahora que lo dices –confesé-, me percato de la elegancia y nobleza en la manera de trapear de Bogumila.

- ¿Cuál Bogumila?

- La polaca que limpia en el instituto.

Nos reímos los tres. Es decir, nos reímos los dos y el carro arrancó.

Dos horas de camino por la campiña germana no sería gran cosa. O sea, si el camino estuviera asfaltado todo el trayecto. O si no hubiera llovido. O si el automóvil prestado no fuera un veterano de la Primavera de Praga en el 68. (Sí, el dueño de aquel Skoda juraba que la abolladura en la defensa era obra de un tanque ruso.) En fin, alguna desventaja hay en todo.

Estacionamos en medio de dos tractores sucios entre dos establos vacíos. La música provenía de la edificación del fondo. Tenía un rótulo de "Cantina."

Entramos en la barraca y apenas tuvimos tiempo de arrojar las chaquetas sobre el montón en una esquina. Algo rosado, azul y rubio con falda y botines me arrastró hasta el centro con la autoridad de quien se apropia de un asiento en un vagón repleto. Blagói tendría el mismo destino.

La música sonaba como una polca y, al parecer, la bailaban como una polca. La gran mayoría de las parejas estaban formadas por dos chicas. Alternaban correteos por ambos lados hacia dentro y hacia afuera de un círculo. Nada más fácil y divertido, me dije. Apreté a la rubia, y en aquel local tuvo lugar la premiere mundial de la polca apambichá. Antes de acabar la pieza fui consecutivamente expropiado por otras tres sonrientes eslavas.

Luego alguien anunció:

- ¡Mazurca!

Entonces pusieron otra melodía más lenta, y enseguida todos formaron una gran rueda dados de las manos. Imité a los de enfrente con el mejor ánimo. Todo iba bien. Girábamos acompasadamente, y había que dar unos salticos y zapatear con determinada frecuencia. Le cogí la vuelta con facilidad: paseo, ganso y cucaracha, paseo largo, ganso y cucaracha, paseo, ganso y cucaracha, paseo largo, etc. Sin embargo, de repente crearon varios bloques de dos hileras, una interna y otra externa. Entendí veloz que se trataba de una fila de hombres y otra de mujeres. No obstante, la mayoría de los “caballeros” eran damas. De manera que no estaba seguro de hallarme en la línea adecuada. Sobretodo después que comenzó una especie de entretejido de posiciones al ritmo de la música. Había que ejecutar, además, otros saltillos, tipo gallinita coja; y en los cambios de compás engancharse por el codo con la pareja más cercana para dar unas vueltas.

Fue ahí, cuando me tocó dar esas vueltas agarrado del codo de un fornido ruso, que comprendí que me encontraba en la fila incorrecta. Pero la danza había tomado mayor velocidad y no había forma de cambiar de puesto. Recé porque no hubiera una tercera parte más engorrosa. Por suerte, mi temor era infundado. Los bloques fueron trenzándose paso a paso. Y, alternando con muchas chicas risueñas, tuve el gusto de girar del brazo de los restantes siete rusos. Y de mi carcajeante colega búlgaro, por supuesto.

Estaba bien, pero me sentí más cómodo cuando la música paró y alguien gritó:

- ¡Paiduska!

26 abr. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 23

De la sociología revolucionaria: macho alfa, macho omega.

Junio 21 de 1967
[…]
La guerrilla padece de una extraña epidemia de caries. Ya perdí la cuenta del número de dientes que extraje últimamente.

Abandonamos el caserío por la tarde. Pretendíamos llevar a Calixto de guía. Sin embargo, ante la perspectiva de tener que correr tras él por el patio para convencerlo -y probablemente luego por la serranía para que no escape-, decidimos colocar a Paulino en su lugar. Tomamos el mulo de Calixto como requisa revolucionaria. Calixto lloró tanto por el animal que Pacho comentó que el mulo acaso era cuñado de Paulino. Seguramente nos lo comeremos un día de estos. De momento, cabalgo.

A los tres espías los soltamos sin más prendas que las interiores.

Junio 22 de 1967
[…]
Nos perdimos. Por lo visto, el joven práctico no conoce el terreno tan bien como a la hija del alcalde.

Junio 23 de 1967
[…]
Seguimos perdidos. La única novedad ha sido un fuerte ataque de asma. Se me están acabando las medicinas y no hay un hospital medianamente asaltable en 100 leguas a la redonda.

Junio 24 de 1967
[…]
Ahora estamos menos perdidos, gracias a que encontramos huellas frescas de ganado. Las seguimos.

El asma se ha puesto peor.

Junio 25 de 1967
[…]
Continuamos por la ruta del ganado. Si bien las bestias son más rápidas. No conseguimos alcanzarlas.

Sobre las 10 de la mañana encontramos un potrero incendiado y vimos una avioneta dando vueltas por la zona. No supe cómo interpretar la situación. El Tuma dijo que aquello era mala señal, porque también habíamos visto un pájaro negro muerto en el potrero. Le expliqué que el cadáver del pájaro estaba calcinado por el fuego, pero que probablemente tenía otros colores en vida. No permitiré que la racionalidad dialéctica abandone a esta guerrilla ni por un instante.

Por la tarde arribamos a Piray, que se compone de tres casas: una abandonada, otra vacía y otra de la familia de una hermana de Paulino. El marido de ésta y el vecino Paniagua de la casa vacía habían salido para el cercano pueblo de Florida. No hallamos comida en la casa de la hermana. Incluso sus cuatro chiquillos parecían bastante hambrientos. En la casa del vecino ausente no había ni pan ni agua. Era de esperar.

Recorrimos otro kilómetro hasta la choza de una hija de Paniagua, que tenía una ternera. No quería venderla, pero Paulino le habló del mulo de Calixto. La mujer nos dio un buen precio. Ordené preparar el asado sin perder tiempo.

Mandé a cuatro hombres a comprar algunas cosas en Florida. Regresaron rápido con la noticia de que el ejército está en el pueblo. Coco propuso atacar, ya que no pasan de 50 los soldados. Le hice un señalamiento por su imprudencia. No sabemos si el enemigo recibirá refuerzos próximamente.

El asado no me ayuda con el asma.

Junio 26 de 1967
[…]
Aciaga suerte la mía. Hoy me mataron al Tuma.

Todo iba bien hasta que a las 5 de la tarde se reportaron disparos desde la emboscada preventiva en el camino a Florida. Cuando llegamos habían cuatro soldados muertos junto al río. No sabíamos si habían otros más vivos entre las malezas. Así que no nos arriesgamos a recoger las armas. Decidimos esperar la noche. El enemigo oculto, en cambio, tuvo menos paciencia y abrió fuego. Entonces ordené la lógica retirada. Mas no se procedió con la rapidez necesaria, y pronto avisaron que teníamos dos heridos. Los llevamos para la casa de la hermana de Paulino. Pombo había sido baleado en una pierna. Tuma, en el vientre. Lo operamos y se nos murió sobre la mesa. La bala le había perforado el hígado. El bisturí, los intestinos. No pude hacer más nada por él.

Ha sido una baja muy dolorosa. Creo que Tuma gritaba honestamente. Se llamaba Carlos Coello y era un compañero extraordinario, de una fidelidad casi inhumana. Desde mi ascenso a comandante fue mi escolta en la Sierra Maestra. Tuve que obligarlo a terminar de aprender a leer y escribir para poder ponerlo de sargento jefe de pelotón en La Cabaña, pues de lo contrario no hubiera podido leer las sentencias revolucionarias antes de ejecutarlas. Mas tarde me acompañaría hasta el Congo. También que disponía de una pigmentación epidérmica propicia para esa tarea. Aunque recuerdo que parecía casi blanco al lado de los compañeros congoleses. No sólo por su disciplina y diligencia. Sus últimas palabras inteligibles fueron "¡ay, eso duele, coño!"

Ahora tendré que cebarme el mate yo mismo.

[…]

24 abr. 2009

Murió Esperanza

Esperanza fue asesinada en la tarde de ayer en su propio patio del popular barrio de Santa Bárbara en Santiago de Cuba. Le dieron tres puñaladas que buscaban el corazón. Sólo la tercera alcanzó su destino. A Paco, que empuñaba el arma homicida -un largo matavaca de fabricación artesanal-, nadie le dijo nada. Por supuesto, tampoco nadie se interpuso, nadie protestó, y nadié lloró.

He aquí una foto de la víctima tomada poco después de su muerte.
[Pinchar en la imagen para agrandarla.]

Esperancita pesaba 472 lbs. Apenas sobrepasaba el año de vida. Aún así hubiera dejado 14 hijos, de no habérselos comido. En menos de 4 horas se vendió libra por libra. Por cierto, su noble nombre completo era Esperanza D'Comercarne.


22 abr. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 22

Del pensamiento guevariano: ...yo que nunca bailo y a este cabrón chino se le ocurre pedirme una polka...

Junio 19 de 1967
[…]
El caserío no tiene nombre, pero sí un alcalde llamado Calixto. Estos bolivianos son como las gallinas: si te acercas, huyen. Al menos Calixto dio la cara, o sea, una vez que lo cazamos corriendo tras él por el patio de su choza. Se negó a vendernos comida, y tampoco quiso darnos información sobre los movimientos del ejército. El Tuma quería propinarle un tiro, pero ordené confiscarle la comida solamente.

Los tres comerciantes que arribaron al caer el sol pasaron por la posta sin ser vistos. Y no sólo eso, sino que también traían un revólver y un fusil, algo bastante raro para unos viajantes de comercio. Según Calixto, son comerciantes del pueblo de Postrer Valle y viejos conocidos suyos.

Junio 20 de 1967
[…]
El Ñato entró en confianza con Paulino, un chico del caserío y novio no autorizado de la hija de Calixto. Paulino le contó al Ñato que el viejo Calixto es un degenerado y que no lo acepta como novio de su hija. Y que el título de alcalde se lo dio el ejército al pasar por aquí el mes pasado. Hice traer al pibe para interrogarlo mejor. Así nos enteramos de que la hija de Calixto lo quiere mucho, y de que ya han tenido un encuentro carnal junto al río. Dos veces, incluso. Además, la muchacha le dijo a Paulino que los tres comerciantes eran un teniente y dos soldados en misión de espionaje.

Rodeamos el rancho de Calixto y anunciamos que, si no se rendían los militares, todo el mundo sería fusilado. Paulino vino a la carrera para pedirme que no fusiláramos a su novia. No tenía nada en contra de que liquidáramos a su suegro. Le prometí que a la muchacha no le pasaría nada. Paulino se alegró. Luego se acercó a la casa. Se recostó del muro y se puso a dar voces para recordarles a los soldados su deber con la patria y su honor militar. Lo sacamos a rastras cuando empezó a cantar el himno nacional boliviano. Ese chico promete, sólo necesita una ideología.

Poco después salió uno de los sitiados. Era el teniente y lloraba como una nena. Pidió clemencia, alegando que él era apenas el suboficial del puesto de policía de Postrer Valle y que cumplía órdenes de un coronel del ejército, que invadió su aldea con una compañía de infantería. Sus dos acompañantes resultaron ser otro policía y el maestro del pueblo. También se entregaron. A Calixto, en cambio, tuvimos que caerle atrás por el patio para atraparlo. Ordené fusilarlos a los cuatro. Tuma ya se los llevaba, cuando me lo pensé mejor y decidí perdonar a Calixto y al maestro. Tuma se llevó a los otros dos. Mas acto seguido mandé al Ñato con instrucciones de que la ejecución fuera simulada únicamente. Los trajeron al rato. Olían mal. Les leí la cartilla sobre la ética de la guerra: El engaño es un privilegio de los revolucionarios. Creo que no volverán a espiar en su vida.

La reunión de análisis dejó claro que los espías enemigos pudieron pasar la posta por culpa de Aniceto. Lo mandé a buscar. Lo encontraron dormido en plena guardia. A él y a Chapaco. Fueron sancionados a no comer del puerco frito de hoy, ni del asado de mañana. Tampoco se les permitió probar el sabroso potaje de la cena, ni el arroz con leche con azúcar tostada. Los senté a comer pan de maíz en medio de nuestra suculenta cena.

[…]

21 abr. 2009

El negro y el gorila

"...es en ese transcendental momento del encuentro inmediato... en que el gorila acepta tu presencia y te mira a los ojos... con esa mezcla de desconfianza y curiosidad... es ahí cuando comprendes que se trata de una bestia familiar, muy cercana... un semejante... tan sólo más salvaje que tú... pero, definitivamente, un semejante... y esa es la experiencia más extraordinaria de tu vida..."
Dian Fossey, Virunga, Uganda, 1982

18 abr. 2009

Gentilicios

Los gentilicios del castellano son tal vez los más irregulares de las lenguas romances, las cuales a su vez resultan en ese sentido mucho menos predecibles que los idiomas bárbaros del norte y el este de Europa.

En España es realmente asombrosa la irregularidad de los gentilicios. Y aquí excluyo a las colonias anexadas de Catalunya y Euzkadi. No así a Galicia, pues la distancia del castellano al portugués es mucho menor que hasta el provenzal y el neandertal respectivamente.

Así tenemos que un nativo de Salamanca no es un salamanqués ni un salamancano, sino un salmantino; que no sólo suena a menos, sino que lleva también cierto toque perruno. Un aborigen de Huelva, en cambio, es un onubense. Algo así como un obnubilado permanente, podría suponerse; si bien huelvano y huelvense no estarían mucho mejor. El indígena de Cádiz, por su parte, es un gaditano; lo que parece más bien el apelativo para un gitano con trastornos del habla, aunque tal vez conviene más que cadizano o cadicero. ¿Y qué tal Madrid? Madrileño luce cual alegoría al trabajador forestal con mucho apego a su progenitora, o como una alusión al castigo corporal materno mediante el uso de una vara, o qué sé yo.

Son muchos los ejemplos que podría mencionar, pero es que ni siquiera con igual nombre local se homogeniza el gentilicio castellano.

La denominación más común para una ciudad hispana es Santiago. El seminal es Santiago de Compostela, desde luego. Mas prácticamente en cada país hispanoamericano hay alguna localidad llamada Santiago. (Eso, sin contar que Tiago es sinónimo de Diego y de Jacobo, lo que p.ej. emparentaría a la ciudad californiana de San Diego.)

Incluso ciudades que hoy no portan tal nombre fueron fundadas como Santiago originalmente:

- Santiago de León de Caracas, hoy capital de Venezuela
- Santiago de los Caballeros de Guatemala, hoy capital de Guatemala
- Santiago de Montevideo, hoy capital de Uruguay
- Santiago de los Caballeros de León, hoy León en Nicaragua
- Santiago de los Caballeros de Mérida, hoy Mérida en Venezuela
- Santiago de Cartago, hoy Cartago en Costa Rica

Por el contrario, otras tantas ciudades sí retuvieron oficialmente su nombre apostólico tocayo:

- Santiago de Compostela (España)
- Santiago de Guayaquil (Ecuador)
- Santiago de Cali (Colombia)
- Santiago de Veraguas (Panamá)
- Santiago del Estero (Argentina)
- Santiago de Querétaro (México)
- Santiago de los Caballeros (Dominicana)
- Santiago de Chile
- Santiago de Cuba

Sin embargo, buscaríamos en vano la regularidad entre sus gentilicios. Vean Uds. cómo se llaman sus habitantes. (Nada mejor para ello que auténticas representantes de la mitad más estética de dichas poblaciones, por supuesto.)


Colocar el cursor sobre las imágenes para ver los gentilicios.

13 abr. 2009

El viejo y las sirenas


Maria Mena: noruega de padre nicaragüense.


Soha: francesa de padre argelino y madre sudanesa.



Ayo: alemana de padre nigeriano y madre gitana rumana.


Coincidimos en el mismo proyecto un lustro atrás. Al igual que en mi caso, Norbert era un matemático dedicado a la informática y con vocaciones diversas. También era un freelancer, si bien acababa de cumplir los 60 años. No obstante, lo importante era que poseía una intuición inusualmente grande. No sólo para latitudes germanas. Se convirtió en una habitual compañía filosófica-cafetera en el trabajo.

Norbert había vivido de proyecto en proyecto, de ciudad en ciudad y de mujer en mujer durante 30 años. Nunca echó raíces, ni se casó, ni tuvo hijos. Las niñas de sus ojos eran sus dos sobrinas. Cuando nos conocimos un poco, me dijo que era una pena que las dos ya estuvieran casadas, sino me las presentaba. Obviamente no tenía ni pizca del alma campesina del hombre ario común.

Supongo que era algo genético. Su padre estaba vivo. Había sido un oscuro contador toda su vida. Luego del retiro, a los 65, entre las risas condescendientes de parientes y amigos, empezó a componer con ayuda de una pianola de plástico que se compró en una juguetería. A sus 85 años tenía un estudio profesional en casa y unas mil piezas registradas, que harían las delicias burlonas de Mozart, pero que aún así le reportaban dividendos desde el sector Easy Listening y hasta de fabricantes de juguetes.

Un día, bebiendo sendos expresos en la cafetería del espacioso lobby de la central de un banco en Francfort del Meno, tras ver pasar a una trigueña beldad, Norbert me preguntó:

- ¿Sabes lo que realmente lamento habiendo llegado a esta edad?

Intenté mi mejor cara de neutralidad esperando escuchar algo sobre pastillas azules o bombas de plástico. Y dije que no, que no sabía.

- Pues que ahora es muy tarde para mí… –confesó Norbert y, tras soltar una bocanada de humo, continuó-. Ahora que florecen las hijas de los inmigrantes… Esas italianas, turcas, serbias, portuguesas, españolas… Todas esas meridionales no las había cuando yo era más joven… Apenas estaban las escasas esposas de los inmigrantes, afeadas por la pobreza, celadas por sus maridos, sin dominio de la lengua anfitriona… No, no eran rivales para las alemanas bien peinadas y en minifalda… Sin embargo, hoy la mayor belleza en este país la aportan sus hijas crecidas aquí con cierto bienestar…

Lo miré y asentí reflexivo. Norbert prosiguió:

- ¿Y las mezclas? ¿Qué me dices de las mezclas? ¡Hay cada ejemplar! En la calle de mi hermana vive un matrimonio… un africano obviamente simiesco y una gorda alemana que en la escala de repugnancia del 1 al 10 saca fácil un 14 o un 15… Pero si tú ves la hija que tienen… Es un sabotaje biológico a la seguridad del tránsito…

- Te entiendo -afirmé con toda la convicción de un meridional testigo, reo y convicto de la mezcla racial, teórica y práctica.

- ¿Viste esa que pasó ahora mismo por ahí? –inquirió exhalando más humo.

- Ajá… Cristina –mascullé.

- Espera… ¿es ella con quien estabas almorzando ayer?

- Ujum… -asentí.

- ¡Wow…! -exclamó.

Fue ahí que tuve un corto y cruel instinto. Casi creo que me excedí.

- Se puede beber su sudor… -musité.

Norbert no abrió la boca. Dejó salir el humo por la nariz y -al menos así me pareció- por las orejas.

12 abr. 2009

11 abr. 2009

Una playa africana

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10 abr. 2009

De las Memorias de Mariela Castro: Con Carreras y a la carrera (2)

Previously in… Con Carreras y a la carrera (1)

Tras el cuarto cognac yo no paraba de reirme, ni José Carreras de hacer chistes. Creo que fue con el octavo cognac cuando me propuso algo indecente. Me lo dijo y luego le arrancó un pedazo a una servilleta con los dientes. De paso olfateó la servilleta con placer. Curiosamente la servilleta tenía el mismo color que mi blúmer. Y el mismo bordado. Me toqué entre las piernas. Era mi blúmer. No sé cómo ni cuándo, pero me había sacado las bragas. Quise bajarme de la banqueta. Mas no era una banqueta, sino la pierna de José. No me soltó. Volvió a repetir la pregunta. A tanta insistencia, y por tratarse de él, dije que sí.

Creí que me llevaría a una habitación, a una oficina o, al menos, a un baño. En definitiva, estábamos en el hotel Habana Libre. Pero no, en aquel cuartico sólo había algunas escobas y trapeadores, varios cubos y un vertedero. Lo vi más claro con el dolor. Sólo eso me faltaba, otro más que se equivocaba de orificio. Es la desventaja del exceso de vellos, la herencia materna. Y suerte que no saqué el bigote de abuela. Dolía bastante. Tuve que aferrarme a un tubo de agua. José bramaba. Quise imaginar que cantaba un aria. No lo conseguí.

De repente José se zafó. Me dio la vuelta y me colocó de rodillas.

- Déjame ponerme arri… –intenté decir, mas no pude terminar la frase con la boca llena.

- ¡Chupa, muñecona, chupa! –exigió José mientras sujetaba mi cabeza y movía la pelvis.

Hice un esfuerzo y me liberé.

- Ugrrh –protesté, por lo visto tenía otro pedazo de croqueta pegada al cielo de la boca.

José se aproximó nuevamente.

- Uglp –grité exasperada.

El tenor resultó ser todo un caballero. Aceptó mi deseo y se detuvo, me puso en cuatro y volvió a las andadas. La combinación del dolor, el sudor y la croqueta era realmente desesperante. Más que nada, la croqueta. Yo sacudía la cabeza y chasqueaba la lengua continuamente. Sin otro efecto que el de excitar a José. Parecía dispuesto a perforarme el estómago. Sentí un gran alivio cuando acabó.

Me volteó y agarró mi mentón. Se trataba, evidentemente, de un hombre tierno.

- ¡Potranca de pura raza! –dijo lisonjero propinándome un par de cachetadas en la mejilla.

¡Qué mano bendita! Percibí como la porción orgánica se soltaba del cielo de la boca y caía en mi paladar. No sabía a jamón. Ni a nada bueno. No me atreví a masticar. Hice otro esfuerzo y también me la tragué.

- ¿Quieres beber algo? –preguntó galante el tenor, en tanto se subía los pantalones.

- Alcohol de 90… –murmuré.

Alejandro regresó a la fiesta una hora después. Me encontró sola en mi mesa, sonriendo feliz y discreta con el undécimo cognac.

- ¿Cómo la has pasado? –indagó, dejándose caer en la silla a mi lado.

- De lo mejor –afirmé.

- ¿Ves?, era mejor venir que aburrirte en casa –sentenció mi hermano.

- Claro que sí, acá estoy bien y en buena compañía –anuncié radiante.

- ¿A quién te refieres? –inquirió Alejandro.

Le señalé a José Carreras, que conversaba con dos sujetos de guayabera unos metros más allá.

- ¿Sabes quién es ese? –pregunté.

- Sí, ese gallego es Nicolás –contestó indiferente-. Trabaja aquí, en la administración del hotel.

8 abr. 2009

Casi un cuento de hadas

Los siete enanitos negros fueron al palacio de Blancanieves a visitarla. Blancanieves es el tercero de los tres cerditos, y el segundo al mando. El primero al mando es el segundo cerdito. El primer cerdito es Mongo, y por eso no manda.

Blancanieves recibió con mucho cariño a los siete enanitos negros. Cuando Blancanieves era niña, o sea, chiquita, su papá tenía muchos enanitos en su feudo de Birán. Venían de un reino llamado Haití y eran muy felices trabajando allí. El papá de Blancanieves era un Angel y les pagaba a los enanitos con chapitas, que podían cambiar por comida en la tienda del propio patrón. A Blancanieves le encantaba jugar con los enanitos haitianos: a los dados, a las barajas y a los gallos. Blancanieves usaba un revólver que le prestaba su papá. Siempre ganaba y se quedaba con las chapitas de los enanitos. A veces Blancanieves tenía que amenazar un poco a los enanitos con el revólver para que soltaran las chapitas. Sobre todo cuando el gallo de Blancanieves era el que moría. Luego su papá le daba dinero a Blancanieves a cambio de las chapitas, descontándole el alquiler del revólver.

Sin embargo, ahora Blancanieves está viejita, y es más bondadosa que cuando era chiquita. Al menos eso parece, porque a los siete enanitos negros les prometió pagarles con chapitas.

Tres Tristes Panteras

Emanuel Cleaver II (Democratic Party, Missouri): "¿Dictadura en Cuba? ¿Cuál dictadura? Esto es pura democracia. Y lo mejor es que en Cuba no hay racismo: Si un negro está preso o fue fusilado, ha sido por delincuente. En USA es diferente: Si un negro fue electo, ha sido por negro."

Bobby Lee Rush (Democratic Party, Illinois): "Cuando yo era un Black Panther admiraba a Castro, ahora simplemente lo venero. Sin embargo, no debí fumarme de un golpe la caja de habanos que me regaló, me ha dejado la bemba chupada."

Barbara Jean Lee (Democratic Party, California): "Los Cohibas de Bobby no son delito, pues él no pagó por ellos. No, no se los robó, fue un regalo de Castro. Además, se los fumó aquí. Por cierto, tengo otra caja para el presidente Obama, pero no se lo voy a decir a nadie. Lo que sí voy a decirle al presidente es que éste es el momento de pedirle perdón a la familia Castro."

2 abr. 2009

Los argentinos y la ingratitud boliviana

Diego Maradona es fiel a sus amigos. Por eso en marzo del 2008 acudió a la capital boliviana ante el llamado de Evo Morales, presidente nativo y viceversa. Evo orquestaba una campaña para revertir la decisión de la FIFA de prohibir partidos internacionales a más de 2.750 m de altura. En su párrafo más sano el alegato boliviano hablaba de la discriminación del pobre pueblo andino por parte de los imperialistas del deporte.

Dicho sea de paso que La Paz queda a 3.680 m sobre el nivel del mar. Resulta un sitio donde los equipos de fútbol visitantes pierden habitualmente, tras vagar por el campo en plena diletancia provocada por el inusual bajo nivel de oxígeno sanguíneo o cualquier otra maldad de las alturas. Maradona le dio su apoyo a la demanda boliviana y hasta jugó un partido amistoso benéfico junto a Morales.
Finalmente, la FIFA retiró su prohibición. Y Evo condecoró a Diego con la Orden Simón Bolívar Por El Mérito, la cual se sumó así a la Orden Simón Bolivarión Por El Gran Mérito, otorgada anteriormente por Hugo Chávez.

Un año tras estos sucesos, Diego regresó a La Paz como flamante e invicto entrenador de la selección albiceleste para un partido clasificatorio al Mundial del 2010.

El equipo argentino, valorado en 500 millones de dólares, vino en su mejor forma.

El modesto team boliviano, en cambio, es penúltimo en el grupo clasificatorio sudamericano, sin esperanzas de jugar el mundial, ni de comer carne todos los días.

¿Y que pasó? Pues ayer los bolivianos la metieron 6 veces bajo la malla argentina. El mayor bochorno en la historia del balompié del Río de la Plata.



Al primer impulso podría concluirse que el indio es ingrato por naturaleza. Pero no es cierto, no siempre.

También podría creerse que Bolivia no le sienta bien a los héroes argentinos. Eso, tal vez. Al menos, ni al Che, ni al Pibe, ni a los dos juntos.

Mas la verdad es muy simple: Quien sirve a la izquierda, tarde o temprano jode a su patria.

Ilustración e ilustraciones

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