31 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 58

En la repartición de trofeos el soldado Graciano Taypa Chikhi tuvo poca suerte. Le tocaron los calzoncillos del Che. Y no había tales, sino material orgánico seco.

Septiembre 29 de 1967

[…]
Ya van 3 días de intenso nerviosismo. Lástima que no se pueda fumar. El hambre ni se siente. Menos mal, porque los mulos se llevaron casi todo. Sigo estreñido, lo cual resulta práctico en estas circunstancias. Es extraño, hasta ahora siempre había sido lo contrario. Durante el día pequeños grupos de soldados y campesinos pasaron llevando mulos con y sin carga. De noche no aparecen. No obstante, a los que roncan se les puso mordaza. La mía es doble por el asma.

Seguimos vigilando la casita. La tentación de escapar por ahí es muy grande. Si no fuera por los soldados, que salen y entran, ya lo habríamos intentado. De noche sería más fácil, sin duda, pero están los perros. Ya se ha visto en otras ocasiones que los canes acá reaccionan muy sensibles ante el olor fuerte.

Chapaco tiembla menos. Willy, en cambio, ha empezado a temblequear. Olo y Pombo no se hablan. Benigno está mejorando. Inti se ha recompuesto bastante. La radio enmudeció respecto al ELN. Da la impresión de que lo hacen a propósito, para crearnos aún más incertidumbre. Radio Santa Cruz no para de poner huayños. Quieren provocarnos para que delatemos nuestra posición gritando. Es la guerra sicológica en su versión más descarnada.

Septiembre 30 de 1967
[…]
Por fin hubo noticias. La radio chilena anunció hoy temprano que me encuentro agazapado en un rincón de la selva rodeado por el ejército boliviano. Son malas noticias.

Decidí desmentir a la radio, y ordené descender a gachas para salir por la vía de la cabaña. Empezamos a bajar a las 11 AM. Ibamos despacio. Es complicado moverse en cuclillas loma abajo. En especial para Muganga con su lumbago. Y peor fue subir de igual manera, luego de que a las 12 se apareciera el ejército con 40 efectivos en la casita. Después de ésta creo que el Moro ha quedado baldado de forma permanente. Una vez alcanzada nuestra ubicación original mandé a Inti y Willy cañón arriba en busca de la apremiante salida.

Al anochecer los exploradores regresaron con buenas nuevas. Hay un escape por arriba. Se puede llegar incluso hasta el Río Grande. Salimos antes de medianoche. Fue una caminata penosa, subiendo muy lentos por culpa del Chino, que tiene que ir a gatas de noche.

Resumen del mes
[…]
En total hubo 3 enfrentamientos con el ejército: El 2, Pombo y el Chino contra un soldado y un caballo cojo. El 6, Urbano, Miguel y otros 8 hombres contra una patrulla militar. El 26, la emboscada de La Higuera. Todo iba bien hasta que nos sorprendieron ese día. 5 bajas de una vez es mucho. O incluso 4, pues Camba era un verdadero desperdicio.

Los muertos del enemigo fueron menos: el caballo cojo y un soldado, éste sin confirmar.

Perdimos las mulas con el excedente de comida que acumulamos en Alto Seco. El que más lo ha sentido es Muganga. No pienso utilizar más animales de carga. A no ser que regrese el asma.

Por lo visto, el grupo de Joaquín ha sido golpeado con cierta severidad. La euforia del gobierno hay que tomarla con reserva. Lo más probable es que algunos hayan caído y que el resto esté escondido como nosotros.

Las únicas diferencias con el mes anterior son las siguientes: se han multiplicado nuestras bajas, se ha estrechado el asedio alrededor nuestro y el ejército se ha vuelto eficaz y contundente. El resto sigue igual: permanecemos aislados, el campesinado es hostil, la moral anda por el suelo y no hay contacto con Joaquín. Lo último va tomando carácter definitivo.

Los objetivos de octubre son: escondernos mejor, romper el cerco y emigrar a otra región de Bolivia o del continente.

La buena noticia del mes es la salida de Camba, aunque su inestable lugar ha sido ocupado por Willy. Tanto él como Chapaco podrían intentar huir o entregarse en los próximos días.

[…]

29 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 57

Del pensamiento guevariano: A la pobre Aleidita la tuve que enseñar a fumar para congraciarme con Fidel... Necesito urgentemente mi propia revolución...

Septiembre 28 de 1967

[…]
Estos momentos de ansiedad y zozobra marcan un hito en el desarrollo emocional de la guerrilla. Cada uno de nosotros ha visto temblar hoy a 16 de los 17 combatientes. Resultó un poco desalentador. Lo bueno es que acá no tenemos espejos. Podría ser desmoralizante.

El primer susto fue menos grave. Sólo se orinaron Chapaco y el Chino. Aunque creo que lo de Chapaco fue algo más. Eran como las 10 de la mañana cuando pasaron 46 soldados encima de nuestros escondites. Iban extremadamente despacio y escudriñando los matorrales. Era como si quisieran mortificarnos. Demoraron una eternidad en desaparecer. Todo ese tiempo a Chapaco hubo que sujetarle la mano, aferrada a la cuchara y queriendo cavar. Primero fue Olo, luego entre Olo y Pombo.

La segunda alarma culminó en franco terror. Al mediodía llegaron 77 guardias. Desfilaban con exacerbada lentitud a escasa distancia de nosotros, y el forcejeo por la cuchara de Chapaco se volvió patético. Se hizo evidente que, si no lo soltaban, Chapaco iba a gritar. Entonces Olo perdió en control. Desenfundó la pistola y se la colocó a Chapaco en la sien. Se nos heló la sangre en las venas. Por un segundo creí llegado el fin del ELN. Comprendí que tenía que hacer algo, y me arrastré como pude. Sin embargo, no logré alejarme lo suficiente. Pude así ver como Pombo mantenía la sangre fría para buscar una solución. Tras pedir calma por señas a Olo y Chapaco, Pombo se sacó una bota, se quitó la media y se la puso a la cuchara como silenciador. Luego, muy despacio, fue apartando el arma de Olo de la cabeza de Chapaco. Y ahí fue que se escapó el tiro.

El disparo tuvo un efecto pavoroso. Incluso Chapaco se paralizó, tras repetir la excreción. En lo alto los soldados entraron en zafarrancho y se desplegaron con el arma en ristre. El jefe dio la orden de descender la quebrada. Estábamos perdidos. Ante un ataque desde arriba no teníamos escape. Vi clara envidia tras el desespero de varios pares de ojos que fijaban la chuchara de Chapaco. Pero ya era inútil cavar. Encogerse era la única opción. Habría que considerar, una vez que pase esta fase, las ventajas de una guerrilla de enanos. ¿Será ese acaso el secreto del Vietcong? De súbito el soldado radista se acercó al oficial y le pasó los auriculares. Al parecer, un superior exigía que apurasen la marcha. Eso nos salvó.

Se le incautó la cuchara a Chapaco. La dejé con la media.

Por la noche la radio anunció mi muerte. Pensé que me irritaría, pero no fue así. Más bien lo contrario. Poco duró el alivio. Antes de medianoche corrigieron la noticia, diciendo que únicamente me tienen cercado. Eso sugiere que de momento el acoso no cesará.

[…]

22 oct. 2009

Angustia entre Zapata y Villa

Doña Angustia no más pretendía preguntar si don Pancho y don Emiliano gustarían de un café. Sin embargo, al entrar al revuelto salón presidencial se vio rodeada de villistas, zapatistas y simpatizantes que se aprestaban a posar frente a una cámara. Así acabó en el centro de la histórica fotografía. Y nunca supo de quién era la mano joven y firme que, por primera vez en años, se le posó en la grupa.

[Pinchar en la imagen para agrandarla.]

Hay pocos eventos en la historia que merecen el título de revolución. Entre muchas farsas que no califican, apenas tres consiguen aunar verdadero caos, auténtica guerra civil y genuina transformación política. De esas tres la Revolución Mexicana es la única con carácter viril. Franceses y rusos se enfundaron en una compleja enagua ideológica, los mexicanos no. Mis galones son mis cojones –opinaba el general Victoriano Huerta. Aquí al que se me caliente lo enfrío –explicaba el general Alvaro Obregón. Y ninguno fingía.

Esta es la foto más célebre de la Revolución Mexicana. Fue tomada el 6 de diciembre de 1914. El presidente de facto Venustiano Carranza había escapado de Ciudad de México ante el avance de los rebeldes tanto por el sur como por el norte. Luego de reunirse el día 4 en la vecina Xochimilco, Emiliano Zapata, jefe del Ejército Libertador del Sur, y Pancho Villa, jefe de la División del Norte, entraron en la ciudad sin encontrar resistencia y desfilaron durante 8 horas por las principales avenidas metropolitanas. El saqueo y la violencia que vaticinaron los constitucionalistas no tuvieron lugar. Luego, mientras los zapatistas pedían comida de casa en casa y los villistas se hacían invitar de cantina en cantina, en un céntrico restaurante el Caudillo del Sur y el Centauro del Norte disfrutaban de un opulento banquete junto a sus respectivos estados mayores por cortesía de un comité ciudadano de bienvenida. Después de la comida don Pancho propuso visitar el Palacio Presidencial. La idea fue acogida con entusiasmo. Rara vez solía acontecer lo contrario. Y en tal caso no se vivía tan largo como para contarlo.

En el magno edificio apenas quedaba escaso personal de servicio. Se recibió a los caudillos con respetuoso temor y se les condujo al salón presidencial. Ante la dorada silla el general Pancho Villa, alto y rubicundo, con un gesto amable le cedió el paso al general Emiliano Zapata, chaparro y atezado.

- ¡Siéntese Ud., general! – contestó el de Morelos.

- ¡No, señor, Ud. se lo merece, general! –insistió el de Durango.

- ¡Que no, mi general Pancho Villa, mejor se me sienta Ud. en la silla! –dijo Zapata.

- ¡Pues yo le digo que se me siente Ud., mi general Zapata! –repitió Villa.

- ¡No se me ponga tan duro, don Pancho, y siéntese de una vez! –continuó el sureño.

- ¡Hágale ya, don Emiliano! –ripostó el del norte.

- ¡Andele Ud. a sentarse, Pancho!

- ¡Orale, ¿acaso me está mandando, amiguito?!

- ¡Claro que no, Panchito, si te lo estoy rogando! –respondió el Caudillo del Sur con la mano en el revolver.

- ¡Ah, bueno, pues entonces me siento y me resiento! –consintió el Centauro del Norte y se dejó caer en la pesada silla.

Unos minutos más tarde Pancho Villa ordenó que les trajeran un fotógrafo. No hubo que buscarlo muy lejos. Entre los numerosos curiosos que habían seguido a la comitiva rebelde por la ciudad se encontraba Agustín Víctor Casasola, el más importante fotógrafo documentalista que vio el mundo en el primer tercio del siglo XX.

Casasola había fundado en 1911 la Asociación de Fotógrafos de Prensa, y también había sido el fotógrafo de palacio todavía en tiempos de Porfirio Díaz como fotorreportero del oficialista El Imparcial entre 1905 y 1910. Era, además, veterano de El Tiempo, El Globo, El Universal, El Popular, El Correo Español y El Liberal, así como miembro fundador de la Asociación Mexicana de Periodistas y, desde 1912, propietario de la Agencia de Información Gráfica, una de las primeras del planeta y que llegaría a tener casi 500 fotógrafos bajo contrato con un archivo de medio millón de fotografías. No obstante, la principal virtud de don Agustín era estar en el lugar apropiado en el momento preciso. Ese lugar apropiado podía ser el extremo superior de un poste telefónico, como en 1907, cuando fotografió del otro lado de los muros de la prisión de Belén la ejecución de los asesinos del general guatemalteco Lisandro Barillas, presidente exiliado y conspirador activo. En 1914 el lugar apropiado era la antesala del Salón Presidencial en el Palacio Nacional.

La foto es fenomenal. Casasola realizó tres tomas, de las cuales se conocen dos. El fotógrafo medía más de seis pies, uno más que el mexicano promedio de su época, y poseía una óptica especial para enfocar al prójimo. El resto lo hicieron la adrenalina y la testosterona presentes en el salón.

En primera plana vemos a 5 generales: Tomás Urbina (villista), Pancho Villa, Emiliano Zapata, Otilio Montaño (zapatista) y, de pie, Rodolfo Fierro (villista), que acababan de ocupar triunfantes la médula del poder. Mas sus destinos posteriores revelan la quintaesencia de la revolución: A Tomás Urbina lo mató Rodolfo Fierro en 1915 por orden de Pancho Villa. A Otilio Montaño lo mandó a matar Emiliano Zapata en 1917. A Zapata lo asesinaron por órdenes de Venustiano Carranza en 1920. A Pancho Villa le dieron muerte en 1923 los sicarios de Alvaro Obregón, sucesor de Carranza tras su asesinato en 1920. Y Rodolfo Fierro, el duro de Sinaloa, el más macho de los machos revolucionarios, el mayor asesino de prisioneros de la Revolución Mexicana, hasta hoy el único bandido que asaltó y conquistó un tren convoy solo y con sólo dos güevos, murió ahogado en el agua pantanosa de un lago de Chihuahua en 1915. Aquella tarde una hembra nueva lo esperaba al otro lado y Fierro decidió atravesar la laguna, en lugar de bordearla como su tropa. Entonces el caballo comenzó a hundirse en el fango por el peso del botín saqueado en dos haciendas y una iglesia. El general no quiso pedir ayuda porque él era un hombre. Tampoco soltó el oro. Ante los impresionados ojos de sus soldados, que intentaban acercarse desde la orilla, Rodolfo Fierro luchó solo y con sólo dos güevos contra la ciénaga. Se ahogó sin miedo y sin decir palabra.

17 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 56

Trendchetter
Septiembre 27 de 1967
[…]
Hasta las 4 de la mañana intentamos dormir. A esa hora Inti propuso contraatacar y reconquistar La Higuera. Es obvio que está sobremotivado debido a la muerte de su hermano. No acepté perpetrar semejante acto de revanchismo. No menos de 300 rangers nos estarían esperando. Ordené continuar la subida. No había forma. Envié de exploración a los más prescindibles: Eustaquio, Aniceto y Chapaco. Inti pidió ir con ellos. Le dije que no. Probablemente le dispararía al primer soldado que viese. Tras unas 2 horas retornaron los exploradores con la noticia de que se podía subir por un costado. Trepamos y nos agazapamos entre unos arbustos. El planteamiento táctico está claro: Esperar a que el ejército se canse y se vaya.

Descubrimos un trillo que baja de la loma pasando junto a una casita. Era la salida que necesitábamos. Vi a la gente cobrar ánimo. Sólo había que aguardar a la noche. Sin embargo, por la tarde llegó un pelotón de soldados y se acomodó en la cabaña. Un campesino salió del rancho con un soldado. Comenzaron a ascender la pendiente en dirección nuestra. Eso provocó una gran crispación en la tropa. Ordené no disparar bajo ninguna circunstancia. Inti desenvainó un machete y comenzó a deslizarse hacia abajo. Chapaco sacó una cuchara y empezó a cavar una trinchera. Tuve el impulso de acribillarlos a ambos. No lo hice por no contrariar mi propia orden.

Afortunadamente, el campesino y el guardia se detuvieron a mitad de la loma. A recaudo de las miradas del resto de los soldados, aunque no de las nuestras, los dos se pusieron a jugar de manos en una perturbadora escena. Inti regresó de inmediato arrastrando el machete. Chapaco soltó la cuchara. Decidí no comentar nada en ese momento, pero tengo la convicción –y no es nueva– de que las UMAP bolivianas van a ser muy numerosas.

Escuchamos disparos en la colina vecina, y luego voces conminando a un fugitivo a entregarse. Debió ser Camba. Parece que se tomó al pie de la letra lo que le prometimos anteayer y se largó por su cuenta en La Higuera. Para nosotros es un beneficio. Las otras bajas, en cambio, dejan pérdida de forma bastante clara.

Coco Peredo fue el mejor cuadro del ELN durante esta primera etapa, el candidato a vanguardia del año. Tenía un gran futuro. Como revolucionario preparado y combativo estaba destinado a altas funciones de gobierno, inalcanzables para un labriego indígena o un peón cocalero.

Miguel era un soldado a toda prueba. Se llamaba Manuel Hernández y venía del batey de Santa Rita. Le pusimos Miguel por analogía con su tocayo poeta, puesto que de niño el bardo español pastaba cabras y a esa edad Manuel ya era un cabrón. En su última noche se durmió sin colocar postas, y nada sucedió. En su último día lo mandé a una fiesta, y murió. Analizaré esa paradoja en otra oportunidad.

Pocholo al principió sólo se destacaba por el olor de los pies. No obstante, se supo integrar perfectamente. Después de un tiempo todos olíamos igual que él. Llegó a ser un buen combatiente.

León sabía dibujar. Al comienzo, como era de esperar, no disponía de suficiente madurez ideológica. Durante los primeros días toleré su manía de pintar comics. Hasta que me dibujó vestido de supermán. Lo castigué a pintar 10 Lenin, 10 Stalin, 10 Mao, 5 Kim Il Sung, 5 Ho Chi Minh y 1 Fidel. No cumplió por completo el castigo porque no conocía la apariencia de todos los líderes. Lo acepté. Si Fidel ve el retrato que le hizo, lo manda a fusilar.

La radio anunció que fuimos golpeados por una compañía del ejército, la cual nos sorprendió en pleno día deambulando de fiesta en fiesta. Se mencionan 3 muertos, pero ningún prisionero. La unidad de rangers se denomina Galindo. Lo apunté. Si el pueblo lo exige, tras la victoria recibirán el trato que merecen.

[…]

15 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 55


Ya lo decía el presidente Ramón Grau San Martín: la cubanidad es amor.

Septiembre 26 de 1967

[…]
Ha sido una jornada nefasta para la revolución. Debí sospechar cuando alcanzamos Picacho y nos encontramos con un verdadero carnaval. En aquel villorrio a 2,300 m de altura había una fiesta popular andando desde la noche anterior, y nadie pareció asustarse con nuestra llegada. La mujer del corregidor nos ofreció singani, aduciendo que era bueno contra el soroche. A Pacho y Pombo les brillaban los ojos, mas rechacé el aguardiente. Algunos hombres, sobre todo Chapaco, el Ñato, Willy y Pablito comenzaron a moverse al ritmo de un huayño titulado Corazón de Piedra. Avisé en voz alta que la pausa era sólo para beber agua y descansar unos minutos.

Pablito se acercó a Inti e intercambiaron algunas frases. Luego Inti vino a sugerirme que celebrar con los lugareños supondría ganar muchas simpatías, y que tal vez podríamos quedarnos a bailar waca waca más tarde. Me irritó bastante, pero me limité a aclarar que teníamos prisa por llegar a La Higuera. Inti volvió a insistir, añadiendo que Pablito se había ofrecido para enseñarme unos pasillos de huayño. Me encolerizó. Estuve a punto de gritarle un improperio. Sin embargo, me contuve y le expliqué, no sin cierta aspereza, que la danza era un vano escape a la dura realidad del pueblo, una manifestación de desidia poco revolucionaria y, por lo demás, una actividad física absurda. Inti asintió con expresión muy seria. No fue necesario mencionar que en mi primera y única clase de tango me torcí un tobillo, lo que me impidió jugar rugby por todo un mes. Poco después me levanté y ordené la salida. Pude comprobar con satisfacción que todos los combatientes se pusieron en marcha sin chistar. En el Congo era diferente. En cuanto sonaba un tambor se nos fastidiaba la guerra.

Antes del mediodía llegamos a La Higuera. Estaba desierta. Apenas tropezamos con unas pocas viejas. Nos dijeron que todos los vecinos se habían ido para Jagüey, porque había fiesta. Mandé a Coco a revisar el puesto de correos. Volvió con tres telegramas de interés. El primero anunciaba que habría serenata taquirari y banquete en la fiesta de Jagüey. El segundo avisaba de que la guerrilla había sido vista en la zona. El tercero era de hoy por la mañana y recomendaba que todos los habitantes saliesen de inmediato para Jagüey. Sin duda que aquella fiesta sí era a lo grande. Coco descubrió asimismo un teléfono, aunque la línea sólo comunicaba con Jagüey y nadie atendía por culpa del guateque.

Decidí enviar a la vanguardia hasta Jagüey. Miguel me preguntó qué debía hacer al llegar a la verbena. Le dije que decidiese según lo que viese. Partieron a la 1:00 pm. A la 1:10 apareció el Ñato con un prisionero. Era un viejo que encontró escondido en una casa. El hombre permanecía encorvado y temeroso. En los siguientes 15 minutos pidió permiso 4 veces para ir al baño, 3 veces para ir a apagar un horno que dejó encendido, 2 veces para ir a ponerse una ropa más abrigada, y otras 2 veces para ir a dar comida a las gallinas. A la 1:15 llegó un vendedor de coca con una mula. Contó que venía de Valle Grande, vía Pucará, y que no había visto soldados en todo el trayecto. También lucía muy amedrentado ante nuestra presencia. Aprovechó una de las solicitudes del viejo para anunciar que también necesitaba ir al baño. A la 1:25 los autoricé a los dos. Se precipitaron por la calle polvorienta. Me sorprendió la agilidad del anciano. Trotaba a la par del mercader en su mula. A la 1:28 los perdí de vista. Y a la 1:30 comenzó a caer una lluvia de tiros.

Nos atacaban desde todas partes. Formé una línea defensiva. Lo curioso es que no estaba claro para dónde disparar. La tropa apuntaba de forma aleatoria. Mandé a suspender el fuego cuando un disparo de Willy le dio a mi mochila. Poco a poco me fue abordando una idea sagaz: El ataque era apenas una distracción del enemigo para concentrar su embestida sobre la gente de Miguel, en el camino a Jagüey. Me dispuse a aguardar por los sobrevivientes. Al final, los hechos me dieron la razón. El primero que apareció fue Benigno con una herida leve. Más tarde llegó Aniceto con Pablito herido en un pie. Da la impresión de que no podrá bailar por un buen tiempo. El resto: Miguel, Coco y Pocholo muertos, Camba desaparecido. De inmediato salimos velozmente por el camino a Río Grande. Las balas enemigas venían detrás. Inti se retrasó con su gente. Nos escondimos para esperarlos. Mas nos seguían disparando cada vez más cerca, por lo que resolvimos abandonarlos. Arrancamos a toda carrera. Y en ese instante Inti nos sobrepasó.

Nos reagrupamos algo más lejos, comprobando que también León desapareció. Antes se había visto a alguien corriendo abajo por el cañón. Debió ser León. Enviamos igualmente las mulas hacia abajo por el cañón para completar el rastro de León y engañar al ejército. Nosotros subimos. No conseguimos llegar muy arriba, mas ahora tampoco podemos bajar.

[…]

13 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 54

Por supuesto, no habrá represalias contra los oficiales del ejército. Hasta que depongan las armas.

Septiembre 23 de 1967

[…]
Santa Elena resultó ser un lugar hermoso, podría denominarse idílico. Me recordó los jardines de Tucumán, aunque aquí nadie nos dispara por coger las naranjas. Muy dulces, por cierto, un verdadero deleite. El descanso también era necesario, pues salimos muy cargados de Alto Seco. Comimos opíparamente para disminuir el peso de la comida. Benigno preparó un guiso maravilloso. Me atraqué como un animal.

Me desperté a medianoche con un empacho soberbio. No conseguí vomitar.

A las 2 partimos para el chaco de Loma Larga. Se suponía con ganado. Parece que no comimos suficiente, puesto que la tropa seguía agobiada por la carga de provisiones. Amanecía cuando arribamos a nuestro objetivo. Enseguida vino Benigno a preguntarme si debía preparar desayuno. Por respuesta solté de un golpe toda la comida de Santa Elena.

Septiembre 24 de 1967
[…]
Al vernos, los pobladores de Loma Larga se dieron a la fuga sin remilgos. La tropa estaba muy cansada para impedirlo. No obstante, entre espasmos biliares ordené intentar darles alcance. Fue un esfuerzo inútil.

Finalmente, en medio de las náuseas vi venir a Miguel con un campesino y un cerdo atado a una cuerda. El hombre cojeaba de la pierna derecha y se llamaba Sóstenos. El puerco era tuerto y respondía al curioso nombre de Colirio. Pagamos 80 pesos por el chancho. Me pareció adecuado sentar un precedente de generosidad revolucionaria. Otro más.

La gente lucía realmente extenuada de la larga marcha con tanto peso. Yo, además, me pasé todo el día vomitando hiel con el hígado descompuesto. Se preparó Colirio con cebollas. Lo probé y me hizo llorar. Las convulsiones eran tan fuertes que creí incluso haber expulsado algún órgano. Por suerte, fue sólo un pedazo de carne.

Un incipiente ataque de asma también demostró ser falso, una vez que vacié mis vías respiratorias. Responsabilicé a Miguel con la organización de las postas.

Espero que mañana nos vaya mejor en Pujio.

Septiembre 25 de 1967
[…]
Entramos en Pujio sin ninguna sorpresa. La población huyó en masa, como es habitual. Soltamos al cojo con otros 20 pesos. Se internó en el monte renqueando tras la gente. Media hora más tarde los campesinos fueron reapareciendo poco a poco. Todos los fugitivos de Loma Larga se encontraban acá.

La información que obtuvimos es que no hay soldados a menos de tres días de marcha a la redonda. De manera que se nos acabará el mes sin poder enfrentar de nuevo al enemigo. Después nos contaron que dos horas antes de llegar nosotros se había marchado de Pujio un policía. Era de Chuquisaca y vino a buscar a un tal Olegario porque le debía dinero al corregidor de Serrano. Fue precisamente Olegario quien previno al carabinero de que la guerrilla venía subiendo desde Alto Seco y que debían apurarse.

Seguimos el avance hasta Tranca Mayo. La mula de Muganga intentó dos veces evadirse. Advertí al Moro de que no podía dormirse sobre los estribos. Los animales ya han desertado con provisiones, municiones y armas, pero todavía no se han llevado a un combatiente. Fui con Inti a ver a Camba, que no para de repetir que necesita la baja por motivos de salud, familia y trabajo. Acordamos que iría con nosotros hasta La Higuera y que desde allí seguiría por su cuenta.

Ovando declaró en la radio que me agarrará en cualquier momento. Eso es una falacia. El sabe bien que sería un momento muy especial.

Dispuse dormir en Tranca. El sitio era bastante duro y molesto, pero el cansancio pudo más. Nos acostamos justo al borde del camino. Desperté con una urgencia, para descubrir que no había nadie de posta. Miguel está cada vez más negligente. Fui a llamarlo, mas dormía con el arma levantada y temí que me disparase por reflejo. La descarga será en otro momento.

Mañana salimos para Picacho.

[…]

11 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 53

¡Pará, pibe, claro que no voy a fusilar a tu viejo por una pavada! Es por hablar mal de la revolución.

[Pinchar para agrandar una imagen desconocida de la célebre alimaña.]

Septiembre 21 de 1967

[…]
Caminamos 6 horas sin ver reses ni gentes. Sobre las 9 aparecieron 2 arrieros. Informaron que faltaban 2 leguas para Alto Seco, pero que había un caserío bajando la próxima cresta. Me alarmó nuestra lentitud: 2 leguas en más de 6 horas. Ni con una epidemia de lumbago.

En Piraymiri nos recibieron con cierta reserva. Tuvimos que insistir golpeando puertas y ventanas para que abrieran. En dos cabañas conseguimos medio morral de maíz y una docena de papas. En las otras dijeron que no tenían nada. Nos recomendaron visitar mejor el rancho del alcalde más abajo. Allá fuimos, para que nos invitara a almorzar. El mandatario local dijo llamarse Cipriano. Tenía 3 gallinas, harina y algo de manteca. Nos instalamos en su casa.

Por la noche, cuando nos íbamos, el alcalde afirmó que para las próximas elecciones comunales ya no iba a postularse. Antes de salir rumbo a Alto Seco exigí mejorar el rendimiento del día anterior. Se cumplió: 2 leguas en menos de 6 horas.

Septiembre 22 de 1967
[…]
Alcanzamos Alto Seco al amanecer. Fuimos directo a casa del alcalde para desayunar. No lo encontramos. Se había ido ayer para Valle Grande a denunciar nuestra presencia en la zona. Le incautamos una tiendecita que tenía, así como la despensa de su casa. La mujer del alcalde se comportó dramática en exceso. Comenzó a llorar y a pedir, por el amor de Dios, que le dejásemos sustento para sus 4 hijos. Le dije que no fuera ridícula, que yo también tenía 4 hijos y no andaba por ahí llorando comida para alimentarlos. Estuvo gimoteando toda la mañana. Al final cedí ante tanto llanto y ordené mudarnos para otro rancho. Nos llevamos la comida.

Mandé a recoger más provisiones por las casas, pues hay unas 50 familias en la aldea. Se acumuló una buena cantidad.

Por la tarde emboscamos la camioneta de Villa Grande. No vino. Tuve ganas de quemarle la casa al alcalde. Desistí. Habría que aguantar a la mujer gritando.

Para la noche anunciamos una conferencia popular del ELN en la escuela. Se presentaron 15 personas. Inti expuso los objetivos de la revolución durante hora y media. Al final, la única mano levantada era la del viejo maestro. Quería saber si combatiríamos dentro de los pueblos. Inti respondió que no, por supuesto que no. El malicioso maestro preguntó entonces si pondríamos bombas y organizaríamos atentados en los pueblos. Inti volvió a decir que no, obvio que no. El sujeto insistió con que si nos apropiaríamos de bienes y alimentos en los pueblos. Se le aclaró que no, que eso era muy improbable. El intrigante intentó preguntar otra cosa, pero Coco y Ñato lo invitaron a charlar afuera y se lo llevaron. Nadie quiso incorporarse a la guerrilla. Mao me dijo una vez que la primera tarea de la revolución era preparar nuevos maestros; y la segunda, internar a los viejos. El chino se equivocó, aunque por poco, es al revés.

Barrientos y Ovando anunciaron a la prensa que el grupo de Joaquín está completamente liquidado. En un alarde de pedantería mostraron la documentación capturada y revelaron la identidad de los muertos. Igual erraron en algunos nombres, mas esta vez creo que es cierto. El fallo fue escoger a Joaquín de jefe. Demasiado indeciso e inepto. Más bien inepto. Sobre todo indeciso. E inepto. En todo caso inapropiado para el puesto.

Arrancamos a la 1 AM en dirección a Santa Elena.

[…]

10 oct. 2009

Un toque de luz sobre una sombra


Ahora mismo el más salvaje humor gráfico del subcontinente indígena: Alen Lauzán.

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 52

¡No me importa, ahora pertenece a la Revolución! Y si Bartolo protesta otra vez, ¡fusílenlo!

Septiembre 19 de 1967
[…]
Otra situación penosa se dio esta mañana. La burrita de uno de los campesinos no aparecía. Por más que lo amenazamos, el hombre se negó a abandonarla. Hubo que posponer la partida para buscar la bestia. Apareció después de una hora. Estaba amarrada a un arbusto y había sido abusada. El dueño la trajo hasta mí para quejarse. Un sospechoso silencio en la tropa me confirmó la veracidad de la demanda. Y en verdad era bonita la burrita. Solté una descarga de las grandes. Los llamé insanos criminales, y pregunté cómo era posible que me hubieran hecho perder una hora sabiendo casi todos dónde estaba la burra.

Por el camino atrapamos otros tres paisanos. Se supo por ellos de una finca con caña de azúcar a un par de leguas de distancia. Muganga y los 10 prisioneros relentizaron nuestro avance, hasta el punto de que sólo se alcanzó el chaco cañero de noche. Se ocupó un puerco, y se preparó una buena cantidad de jugo de caña.

Inti no fue demasiado receptivo con la crítica. Le recriminé que se comiera las raciones de los sancionados en numerosas ocasiones. Dijo que lo hacía para garantizar el cumplimiento del castigo. No acepté esa razón. A regañadientes me prometió una autocrítica pública cuando no hubiera nadie presente.

Hoy no escribo más porque se me acabó la tinta.

Septiembre 20 de 1967
[…]
Día particularmente inútil. Entre una cosa y otra la salida se retrasó hasta las 5 de la tarde. La noche nos sorprendió en pleno ascenso. La oscuridad era muy densa y, para colmo, se me apagó el mechón. No nos perdimos gracias a Aladino y su lámpara. Ordené andar en fila y de la mano. Llegamos poco antes de medianoche a la pulpería. No había otra cosa que cigarros, algunas herraduras y dos libras de cebolla. De ropa y calzado nada. Las herraduras eran muy grandes. Nos llevamos lo demás. Aladino guardó la burra en la casa. Dispuse descansar hasta las 3 AM para salir luego hacia Alto Seco, que está a 4 leguas.

También se ocupó la cabaña aledaña, donde vive Vargas, el corregidor del lugar. Hallamos un teléfono, pero estaba roto desde 1964. No obstante, vi por fin nuestra oportunidad de llamar a La Paz, La Habana, Buenos Aires o, incluso, París. Fui a buscar la libreta con los números mientras Moro, Urbano y Benigno reparaban el aparato. Lo lograron tras dos horas de trabajo. Seguía sin funcionar. Entonces Vargas comentó que el tendido de la línea telefónica a Valle Grande se cayó el año pasado.

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9 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 51

Alianza de Incivilizaciones
Septiembre 17 de 1967
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El cumpleaños de Pablito se celebró con arroz y carne asada. Sus 22 añitos lo hacen el benjamín del ELN. Es el único imberbe de la tropa. Esa juventud condiciona su inexperiencia. Cuando se incorporó a la guerrilla nunca había montado en un avión, ni en un tren, ni en una novia. Sin embargo, la revolución le ha dado la oportunidad de montar en balsa varias veces. Y tendrá más, pues mañana debemos seguir con la misma táctica de desplazamiento en zigzag sobre el río.

Aproveché el descanso para ejercer como dentista. A Arturo le saqué una muela. A Chapaco, dos piezas. Parece que del mismo diente.

La radio nos ignora olímpicamente. La captura de Loyola Guzmán supone el fin de nuestra red urbana. Ya funcionaba al 50% desde que Tania se quedó trabada en la guerrilla. La baja de Loyola también significa la desaparición nominal del sexo femenino en el ELN. Es una situación similar a la que teníamos en el Congo. Descontando todas aquellas prostitutas de Tanganika.

Septiembre 18 de 1967
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El día comenzó con otra escena de Chapaco. En esta ocasión la agarró con Arturo, a quién inculpó de hurtar 15 balas de su canana en horas de la noche. Arturo respondió de forma grosera. Un cubano sugirió que Arturo le devolviera al menos tres o cuatro tiros. Creo que fue Olo. Ningún boliviano reaccionó a favor de Chapaco. El fenómeno de la indiferencia nacional sólo se da con este alevoso cretino.

Salimos a las 7. Miguel reportó la vecindad de 4 campesinos cabalgando sus burros. Fueron capturados. Los prisioneros informaron de la presencia de otro lugareño, llamado Aladino, pescando más arriba. Envié a Benigno. Retornó anuciando que había hablado con el tal Aladino, su mujer y un cuñado. Le pregunté dónde estaban. Con pasmosa calma Benigno contestó que los tres se habían ido. Me dio un ataque de rabia. Lo llamé de animal para arriba. Benigno lloraba a moco tendido. Me serené, y le dije que era un inepto tarado y que si nos mataban a todos sería su culpa. En lugar de reaccionar e intentar reparar su error, Benigno lloró aún más sentido. Quería mandarlo tras Aladino, mas, como la iniciativa no partía de él, me limité a explicarle la fatal traición que acababa de cometer dejando ir a un posible delator. Doblado en el suelo, Benigno gemía mordiendo la gorra empapada en llanto. En eso llegaron Miguel y el Ñato arrastrando al susodicho Aladino y compañía.

El sujeto negó que pretendiese delatarnos. Es propietario de una pulpería y resultó muy difícil sacarle una rabaja, algo típico de su clase social. Al final conseguimos un 50% para la comida y 25% para el resto de la mercancía. Ya veremos mañana lo que tiene en la tienda. El pescado se le decomisó por no tener licencia del ELN para pescar en zona de insurgencia.

La baja del día fue la mula negra. Poco antes de llegar al primer cruce del río rebuznó y se arrojó por un barranco.

La radio reporta que Loyola se suicidó dos veces en La Paz. Sobrevivió también en forma doble. Luego declaró que intentó matarse ya que temía represalias de parte nuestra por lo que ella pensaba contar al ejército. Hay efectos de la altitud, como este delirio andino, que ni yo mismo entiendo.

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6 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 50

¡Pachemama, ayúdame a consumar el socialismo cocalero!

Septiembre 14 de 1967
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La marcha comenzó temprano para la vanguardia, reforzada por el Ñato. En una hábil estrategia destinada a eludir las farallas debían avanzar por el borde del río hasta donde fuese posible, para luego construir una balsa y avisarnos. La retaguardia se acomodó en una emboscada de cobertura. Los del centro partiríamos tan pronto se recibiera la señal de la vanguardia. No se recibió ninguna, de manera que hacia mitad de la tarde ordené la partida. La mula no entendió la orden. Se negó a moverse portando mi peso sobre la pedregosa ribera. Sólo arrancó cuando me bajé. Se la entregué a León antes de que me diese por acuchillarla de forma prematura. Acto seguido comenzó un ataque de asma. Esta vez no era posible el transporte en hamaca. Tuve que caminar, y me fatigué mucho.

Hacia las 6 de la tarde se pudo conducir a los animales nadando hasta el otro lado. La balsa estuvo lista un kilómetro más adelante, en un punto más estrecho pero menos propicio para nadar. Se acabó la claridad sin que pudiese cruzar toda la tropa. 12 permanecimos de este lado hasta mañana. Los otros 10 hombres se quedaron sin cenar, puesto que la última porción de carne la teníamos nosotros. Estaba podrida. Hubo que comerla bien cocida.

Septiembre 15 de 1967
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Cruzamos al amanecer. Casi todos vomitaron antes de alcanzar la mitad del río. El primer grupo nos recibió con mala cara. Camba masculló en voz alta que anoche se sentía el aroma de la carne asada desde la otra orilla. León contestó en igual tono que la parte que le había tocado estaba ahora en el río. No hubo más comentarios resentidos.

Avanzamos casi 2 km, hasta que encontramos un peñasco enorme en el camino. Ordené cambiar otra vez de ribera. De nuevo mi mula mostró claros síntomas de indisciplina. No la pinché en medio del río para no atraer a las pirañas. Del otro lado Camba manifestó su descontento por tener que empujar él solo la balsa con el Moro y su lumbago encima. Mandé a Darío para que lo ayudara. Caminamos otro tramo de 1 km. Luego una pendiente empinada nos cerró el paso. Había que cruzar nuevamente. Sin embargo, del lado opuesto un brazo de monte de unos 200 m también obstaculizaba el avance. Se decidió, por tanto, pasar en diagonal. En la práctica resultó muy difícil a contracorriente. Sólo lo consiguieron los animales, exceptuando la mula díscola. Nos tocó atravesar la maleza cargando la balsa y al Moro. Abandonamos la balsa en medio del montecito. Con el Moro hubo dudas. Se optó por continuar transportándolo. Después de desplazarnos 3 km surgió otra barrera: una especie de lodazal con arbustos espinosos. No obstante, cuando hablé de otro cruce, todo el mundo se alineó con la mula. Será mañana.

Sacrificamos al último torito. Hasta pensé en darle prioridad a la mula, mas me decanté por el factor culinario antes que el disciplinario.

Septiembre 16 de 1967
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La nueva balsa es la mejor que hemos construido hasta ahora. Si tuviera frenos sería perfecta. A media tarde procedimos a cruzar. Olo y Chapaco se quedaron de últimos. Desde el otro lado se podía ver como gesticulaban y se gritaban. Al llegar Olo anunció que había sancionado a Chapaco con 5 días a media ración por falta de respeto. Chapaco se llevó una mano a las pelotas. Olo dijo que ahora eran 6 días. Por la mirada de Chapaco era evidente que él habría hecho lo mismo de tener mayor rango. Dado el carácter personal del incidente decidí no entrometerme.

La denuncia nocturna hecha por Eustaquio no fue menos bochornosa. Acusó al Ñato de comer más que el resto de los compañeros. La investigación arrojó como resultado que se trataba de un pedazo de cuero con algunos de retazos de gordo. Se le decomisó el resto para el próximo desayuno. Respecto al castigo me hice el de la vista gorda. Ñato es el mejor nadador y fundamental durante los cruces de río.

Más tarde fue necesario apelar a mis mejores dotes psicológicas para enfrentar otro caso. Muganga vino a quejarse de Pocholo, quien habría insinuado que aquel era un simulante y que resultaba un estorbo para la guerrilla. Le expliqué que, en efecto, calificaba como impedimento, pero que su enfermedad era real.

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3 oct. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 49

Doble contradicción: jabón y alcohol guevarianos.
Septiembre 12 de 1967
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La falsa alarma que se desató esta madrugada parece el preludio de una nueva psicosis. Faltaba un poco para la diana cuando Olo le ordenó a Eustaquio que nos despertase a todos porque venían 5 hombres por el arroyo. No venía nadie. Olo tuvo que soportar diversos comentarios venenosos de Pombo, Miguel y el Moro. Sobre todo del último, que llegó arrastrándose al zafarrancho por culpa del lumbago matutino.

Más tarde me senté a conversar con Olo. Hasta ahora no se nos había aflojado ningún cubano, pero siempre hay una primera vez. Olo negó estar preocupado, y sollozó un poco. Después dijo que su único problema era que estaba muy cansado. Acto seguido reanudó el llanto. Estuve a punto de prometerle vacaciones en diciembre para que se tranquilizara, mas lo dejé desahogarse.

De nuevo hay dificultades con Chapaco. Debimos fusilarlo en mayo. Ahora no hay semana que no me enoje. Lo mandé a lavar mis peales, y regresó diciendo que los había quemado. Lo castigué con tres días de ayudante. Ya bien entrada la noche, mientras me calentaba los pies, Chapaco se acercó para pedirme que lo traspasara a la vanguardia, puesto que no se entiende con Olo. Le dije que no.

Decidí continuar las exploraciones inconclusas del día anterior. Inti salió por el arroyo con León y Eustaquio. Río arriba se fue Coco con Aniceto y Pocholo. Regresarán mañana.

En la radio siguen con la necia noticia del premio de 50,000 pesos o 4,200 dólares por mi cabeza. La insana opinión general es que se trata de muy poco dinero para mi peligrosidad. Un desvergonzado comentarista radial puso el ejemplo de un tal Ciro Huanca Patilla, ladrón de vacas en el interior de Cochabamba, por el cual una cooperativa llegó a ofrecer la misma cifra de 50,000 pesos en 1957, año en el que fue ajusticiado. Se dice que ese sujeto alcanzó las 300 vacas, o quizás más. Nosotros no pasamos de 20.

Septiembre 13 de 1967
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Los resultados de las dos exploraciones nos colocaron en un dilema. Hacia el curso superior del arroyo hay una cordillera con muy difícil acceso y mucho frío. Se extiende hacia el oeste y se trata de un territorio deshabitado e intransitable para los animales. La otra opción es seguir por el río. Aunque resulta mucho más fácil, tampoco es un lecho de rosas. Coco cruzó 11 farallones antes de llegar a un cañón habitado, suponemos que es el río La Pesca. En esa área hay varias finquitas. Aniceto divisó incluso un buey.

Tomar la primera ruta significaría zafarnos del ejército para arrojarnos en los brazos del hambre. La segunda vía representa lo mismo que hasta ahora: soldados hostiles y campesinos taimados, o viceversa, aunque con frecuentes posibilidades de avituallamiento. Me bastó una mirada a la última res para decidir. Seguiremos en nuestra zona habitual.

Terminado el reporte de los exploradores, anuncié que construiremos una balsa y que será mejor que aquella con la que se ahogó Carlos en marzo y que el prototipo que se nos hundió el 26 de julio. Esta tiene que flotar.

Me vi obligado a conversar con Darío. En los últimos días viene manifestando deseos de salir de la guerrilla. Lo encaré y le dije que, si tanto lo quería, podía irse ahora mismo. Eso sí, tenía que entregarme el arma y las botas. Contestó que prefería esperar un poco antes de marcharse, pues en estos momentos el ejército nos pisa los talones y no quería caer preso. Tuve que reaccionar con vigor. Le aclaré que el ejército no nos pisa nada, y añadí que el ELN no es ningún escondite hasta que pase el mal tiempo, o se iba ahora mismo o se quedaba para siempre. Pidió un día para pensarlo. Le di un minuto, tras el cuál solicitó otro. No se lo concedí y exigí una respuesta. Dijo que se quedaría. No obstante, únicamente fue aceptado después que prometió superar su defecto y mostrarse en primera línea de aquí en adelante.

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