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18 oct 2007

Cual Enjambre De... Leones

Las guerras de independencia cubanas colmaron de personajes gloriosos las páginas de la historia patria. Fueron individuos que por su valor y virtudes conquistaron sobrenombres insignes salidos del corazón del pueblo. Algunos, como el general Antonio Maceo y Grajales, el Titán de Bronce, o el general Ignacio Agramonte y Loynaz, el Mayor, resultan muy conocidos. No pocos, como el general Vicente García y González, el León de Las Tunas, son menos famosos. Pero otros, sin embargo, han quedado en el olvido. Ese es el caso del brigadier Antonio Monzón y Soa, el Embudo de Mayarí.

Mayareño genuino por su condición de hijo del aguatero del pueblo, este ilustre varón y patriota tuvo dos grandes amores en su vida: su caballo Saeta y el aguardiente. Aunque en un corazón tan generoso siempre hubo lugar para otras pasiones menores: el lechón asado, las barajas, las criollas, los puros, el boniatillo asado en hojas de plátano, los tamales de maiz tierno, la patria, y otros.

Estaba dotado de un carisma sin igual. Su sola presencia contagiaba a la tropa de un apasionamiento irrefrenable. En aquellos momentos el aguardiente corría por las gargantas insurrectas antes, durante y después del grito de ¡Cuba libre! El nombre Monzón aterrorizaba a los bodegueros del oriente cubano. Así como a las unidades de avituallamiento del ejército español, en cuyas guarniciones se hablaba con espanto de "las hordas borrachas del titulado brigadier Monzón." Era fraternal con sus hombres, pero recto y estricto como ninguno. Especialmente a la hora de repartir el ron. ¿Que se le daba plan de machete a algún campesino poco cooperativo? ¿Que se jugaba al gaito colgaíto con los prisioneros peninsulares? ¿Que los primeros días de cualquier nuevo recluta eran conocidos como la pasión del guao? Sí, de todas esas cosas se contaba. Con exageración, sin duda. Pero nunca, ¡jamás!, de que en su tropa se maltrató a un caballo.

Aunque la brigada de Monzón pertenecía formalmente al Cuerpo Oriental del Ejército Libertador, estaba directamente subordinada a la Cámara de Diputados de la República en Armas, en funciones de abastecimiento. De esa manera no respondían a las órdenes de ningún jefe de región, y podían moverse libremente por todas las prefecturas. Si bien el general Manuel Calvar le había prohibido entrar en su jurisdicción por aquel asunto con el comandante Rubio.
El jefe de la vanguardia del general Calvar era un vizcaíno muy sincero llamado José Manuel Rubio. Vino a Cuba al heredar la bodega de un tío en Bayamo, y se incorporó a las fuerzas insurrectas al considerar justa su causa -la causa de cierta bayamesa de color incierto y pasiones definidas. Rubio no podía perdonarle a Monzón que lo llamase a gritos "gaito renegao" ante la oficialidad insurrecta reunida en los potreros de La Catalina. Y sólo por haber impedido, como Oficial de Día, que el cubano se bebiese el alcohol del botiquín de campaña. Toño Monzón, por su parte, tampoco podía olvidar que allí mismo Rubio lo arrojó al suelo de una trompada, y le propinó además media docena de patadas, sin considerar su avanzada embriaguez. Así que le había prometido una "macheteada de ley" al vizcaíno. Nunca se la dio. Por patriota que era. Y también porque Tomás Estrada Palma, entonces Secretario de la Cámara y responsable de los suministros, le dijo que había mucha gente esperando que lo hiciera para llevarlo ante un consejo de guerra como a su tío Juan Monzón. Toño siempre tuvo oídos para aquel joven inteligente. Y Estrada Palma nunca lo olvidó. Ni los paquetes personales que Monzón le reservaba de las vituallas capturadas. Por eso, ya fallecido Toño, su hijo Fernando Monzón fue designado teniente general de la Policía Nacional por el Presidente Estrada Palma al inaugurarse la República en 1902.

Fernandito era como su padre, un patriota. Debido a ello, y no por ser amigo personal de Yarini, fue que intervino y decidió la guerra chulicida que se desató en La Habana entre los guayabitos cubanos y los apaches franceses tras el asesinato del popular proxeneta criollo. Resultando los franceses de esta manera vencidos. Y si los guayabitos le garantizaron servicio gratuito desde entonces, fue precisamente en reconocimiento a esa acción patriótica de Fernandito Monzón para que San Isidro, por entonces la mayor zona roja del hemisferio, se hiciera definitivamente nacional.

Toda una pléyade de valientes peleaba bajo el mando del Embudo de Mayarí. Individuos forjados por la disciplina y el carácter de su jefe al calor de innumerables combates. Parcos y sencillos, pero inolvidables por su arrojo formidable. Hombres como Gervasio Serrano. Un enorme negro que cargaba siempre el primero. A pesar de ello sólo recibió una herida en toda la guerra: perdió dos dientes, los incisivos superiores, en el asalto al ingenio Nueva Galicia, cuando cayó de bruces del alazán que montaba. Había cargado presa de una terrible fiebre, producto de un empacho de jicotea, y nublado por la medicina, dos litros de agua de cañón, el aguardiente semielaborado de la destilería de campaña. Luego su voz adquirió un silbido particular, que al abalanzarse machete en mano y gritando como siempre "¡a coltai cabesssssa!" resultaba especialmente aterrador para los españoles.


Otros eran apreciados por su humildad y abnegación, como Feliciano Chang, un culí que era ayudante del brigadier, cocinero y organizador de la charada interna de la tropa en una persona. Había nacido en una aldea de la provincia de Quingnang, y desde los 8 años empezó a trabajar en los arrozales. Más tarde su familia perdió el arrendamiento de la parcela de pantano. Chen –su nombre de pila chino original– se dedicó entonces con varios de sus 26 hermanos al honroso oficio culí por excelencia: remolcador de barcos en el gran Rio Amarillo o Yang-tse. Una profesión perteneciente al Tao Sing Gao, como aparece muy bien descrito en el Capítulo 82 del Tao Te Ching -el libro canónico del Taoísmo. Cantando bellas melodías, como aquella sobre la blanca flor de loto que se ponía colorada de pudor si la tocaban, aquellos infelices remolcaban los juncos río arriba tirando de gruesos cables desde ambas orillas. A cambio de su esfuerzo diario recibían apenas unos puñados de granos arroz, que después vendían para comprar cáscaras de arroz, con las cuales alimentaban a sus familias. Por el precio de un puñado de granos se podía adquirir medio saco de cáscaras del mismo cereal. Lo duro de esta vida hizo que Chang Chen –los chinos dicen primero el apellido– y tres de sus hermanos se decidieran a abandonar el oficio. Con el pequeño capital reunido a costa de enormes sacrificios abrieron un reducido local, donde ofrecían opio de menor calidad a los culíes del Yang-tse. Conocían ya a algunos mal pagados marineros de los juncos que transportaban el opio por el río. De noche estos marineros dejaban caer algunos bultos al agua, que Chen, sus hermanos Chao, Chong y Lao, así como Liong, el arrendero del bote asociado, pescaban rápidamente. Este modesto negocio permitió subsistir por un tiempo a las familias Chang, Liong, y a las de media docena de marineros fluviales, y mejorar en algo sus ingresos al submandarín municipal Wong, así como a varios agentes de la policía local. Pero en 1861 los ingleses empezaron a transportar el opio por el Yang-tse empleando vapores. Los juncos, los culíes y Chang Chen empezaron perdiendo clientes y terminaron perdiéndolo todo. Tenía 36 años y había quedado completamente desposeído: de sus ahorros para comprarse una concubina, del negocio, y de la esperanza. Fue en estas circunstancias cuando supo que en Macao un chino de Manila, encomendado por las autoridades coloniales españolas, reclutaba culíes para trabajar en Cuba. Firmó un contrato no cancelable de 8 años a razón de 4 pesos al mes, pagaderos al concluir los 8 años, previo descuento por alimentos y alojamiento. No sabía que en Cuba, trabajando 16 horas en lugar de las 12 contractuales durante 7 días a la semana y bajo el eficiente maltrato de fornidos negros mayorales, la esperanza de vida un chino culí eran justo 7 años. Pero lo salvó la guerra.

Muy valorado era igualmente el ánimo emprendedor del capitán José María Pepe Flores, el Jefe de Operaciones de la brigada. Un hombre de acción que abandonó su próspera barbería La Realísima en el pueblo de Banes para marchar, armado únicamente de su fe en Cuba, a vender telas en la ciudad de Holguín. Allí no le fue bien, por lo que regresó, hallando a su local convertido en depósito de pertrechos de la Guardia Civil. El jefe español en Banes, capitán Bebelagua del Pozo, apoyándose en sus plenos poderes por el estado de guerra, se negó a devolver el inmueble. Por lo que la noche siguiente Pepe Flores, usando el disfraz de bucanero del último carnaval, acuchilló a la posta del almacén militar. Demoró un poco, pues el cuchillo de falso pirata era de palo. Luego, con lágrimas en los ojos, Pepe le prendió fuego a su antigua barbería, y se echó al monte tras arrancar, pisotear y escupir repetidamente la placa de la Guardia Civil ante el ya ardiente edificio. Pocos días después, en un acto de osadía increíble, entró a la hora de la siesta por el sur y atravesó a todo galope el pueblo saliendo al noreste. No sin antes haber arrojado un bulto por la ventana del cuartel de la Guardia Civil. Antes de que pudiera ordenarse una patrulla para perseguirle, el jinete había desaparecido, quedando en poder de las fuerzas de España sólamente aquel paquete, que al caer se había abierto derramando su interior. El envoltorio se identificó inmediatamente como un pabellón español robado dos días atrás de su asta frente al Casino Español -el cabo responsable aún estaba castigado. Y aunque el jefe de la plaza prohibió que se informara a la población del contenido de aquel bulto, desde entonces los baneses suelen excusarse diciendo "voy a la Guardia Civil". Cuando una semana después Toño Monzón y los suyos lo encontraron y reclutaron, Pepe estaba preparando una nueva acción patriótica con una jauría de perros sarnosos pintados a brocha gorda con los colores de España.

De gran popularidad gozaba también Genovevo Valdés, un temerario negro liberto que nunca se lo pensaba dos veces antes de actuar. Procedía de Santiago de Cuba, de donde había tenido que escapar en enero de 1869. Poco antes, durante la procesión de la virgen había gritado a todo pecho "¡Viva Cuba libre!". Por lo cual fusilaron a otro, a su compadre Cornelio, que hasta el último instante trató de disuadir al Bebo de la descabellada idea, y que sólo atinó a echarse a correr cuando un grupo de enfurecidos soldados y voluntarios se arrojaron sobre el segmento de la procesión de donde provenía el grito. Fue un grave error que lo convirtió en el culpable buscado. El Bebo no se movió de su sitio, pero queriendo ayudar a su cúmbila se atrevió a espetarle al militar que le pasó más cerca "yo creo que ese estaba borracho, mi capitán." El español, que era un sargento, creyó que se burlaban de él y, deteniendo su carrera por un instante, le propinó un brutal culatazo en la cabeza al Bebo Valdés. Cuando despertó estaba en casa de su tía Ñica la manisera, a donde lo habían transportado sus amigos. Allí, mientras lo reconfortaba el aroma del maní tostado por su tía, anciana alcahueta que vendía cacahuetes, supo que el desdichado Cornelio, tras una feroz cacería, había sido atrapado al otro extremo de la ciudad. Entre puñetazos que ahogaban sus "yo no fui", lo habían conducido hasta el cementerio de Santa Ana, donde inmediatamente fue fusilado contra la tapia. Aconsejado por sus amigos el Bebo permaneció varios días escondido, para en la primera oportunidad marcharse de la ciudad. Deambuló por el monte hasta juntarse con otros alzados y luego unirse todos a la tropa de Monzón en las inmediaciones de Baire.

Unos tragos después todos ellos, con el Embudo de Mayarí a la cabeza, caerían sobre el enemigo español cual enjambre de... leones.

11 oct 2007

El Bautizo Del Guerrero

El primer combate en que tomó parte el joven Antonio fue el rápido asalto a Mayarí por la tropa que comandaba su tío, el brigadier Juan Monzón, trágica figura de la contienda que en su celo patriótico hizo pasar por las armas a todos los comerciantes españoles de la villa conquistada. Toño, teniente y jefe de la vanguardia de su tío, no participó en las ejecuciones, pues era reacio a gastar municiones tan preciosas en aquellos momentos. Su tío, sin embargo, detestaba colgar gente, el ilegal pero usual procedimiento con los cuatreros en Oriente.

Mientras los hombres se lanzaban a realizar el apresurado inventario de los comercios, los almacenes y las viviendas de los españoles, Toño recorría la humilde casa familiar que había abandonado dos semanas antes. Allí había nacido de una madre que no llegó a conocer. Y también allí había fallecido, casi un año atrás, su esforzado padre Antonio. Llegado junto a su hermano desde Canarias en busca de mejor suerte, el viejo se había conformado con ser aguatero y arriero. No era un hombre tan emprendedor como Juan, quien en cambio quiso hacer negocios y se vio impedido por el gremio de comerciantes locales, peninsulares todos ellos. Como en el resto de la isla, la cámara de comercio no toleraba ni a naturales del país, ni a canarios. Para Juan fue una amarga experiencia que, diluyendo sus sueños, lo persiguió en un peregrinaje de derrota por los pueblos orientales. Al final, resignado, se afincó en un realengo circundado de hatos ganaderos. Se dedicó entonces a la recuperación de caballos. Recogía caballos perdidos en el monte, les quitaba la marca –había adoptado un ingenioso método basado en sanguijuelas filipinas–, y los vendía en alguna localidad lejana.

Toño se pasaba largas temporadas con su tío. De él aprendió a amar a los corceles. El tío le enseñó muchas cosas: a interpretar los movimientos y la mímica de un equino, cómo separar al mejor potro de la manada en el poco tiempo que quedase sin vigilancia, o cómo abrir el portón de un establo e introducirse en plena noche sin alarmar a los animales. El intrépido Juan impregnó la personalidad de su sobrino mucho más que su progenitor, muy laborioso, pero incapaz de alimentar las ansias de saber y el afán emprendedor innatos de su único hijo. Toño prefería acompañar al tío en las largas giras a vender ganado, escuchándole narrar innumerables anécdotas y atiborrándose de sus experiencias. Luego, durante la guerra, en las noches sin combates, sin marchas, ni fugas, entre el ligero gorgojeo de la destilería de campaña y el discreto chisporroteo del fuego, se las contaría emocionado a sus hombres. Cuando bebía, desplegaba una gran capacidad lírica.

Tras la muerte de su padre, el joven Antonio asumió su trabajo. Aguatero. Subido en un mulo recorría el pueblo pregonando con desgano. Una profunda insatisfacción le embargaba. Pero pronto, en menos de un año, su verdadero destino se abriría ante él. Los terratenientes liberales cubanos no lograban entenderse con el gobierno liberal en Madrid. En buena medida gracias a los grupos conservadores españoles en la isla. Es ahí, en el otoño de 1868, cuando el impetuoso hacendado Carlos Manuel de Céspedes, pese a su escasa relevancia dentro de los círculos desafectos al régimen, se alza contra España en Yara. En pocas semanas, cientos de hombres lo secundarían por todo Oriente.

La hora de Toño había llegado. Se incorporó a la insurrección tan pronto supo que su tío Juancho se había alzado con un piquete de 60 hombres en La Jutía, al sur de Jiguaní. Corría febrero de 1869. Nombrado brigadier por la República en armas, y ya con un centenar de insurrectos a sus órdenes, Juancho Monzón marchó sobre Mayarí, convencido de su importancia estratégica. Hubo de atravesar un enorme trecho, bordeando siempre la sierra para eludir a los batallones españoles que operaban en el llano. Dejó atrás los pueblos de Santa Rita y Baire, ambos en aquel momento apenas sin guarnición. Cerca de La Alegría se le unió, según convenido, su intrépido sobrino. Lo había mandado a buscar para comandar la vanguardia, dado su conocimiento del objetivo. Un poco más al norte, en Cauto Abajo, el flanco derecho de la brigada se enredó en una escaramuza con un pelotón del batallón élite español de López Cámara. No había sido percibido por la vanguardia, pues ésta, guiada por Toño Monzón, se había desviado al oeste hacia un trapiche que prometía una rica provisión de aguardiente. Aquella noche nacía un nombre épico: el Embudo de Mayarí. En los días siguientes la tropa insurrecta evadió los poco defendidos caseríos de San Felipe y Sojo, para luego, con un brusco giro al este, lanzarse sobre Mayarí.

La resistencia española fue breve, pero intensa. La guarnición estaba compuesta apenas por dos docenas de guardias civiles de la compañía asturiana Salustiano Benítez, comandados por un teniente. Eran auxiliados por un destacamento de 60 voluntarios formado por los residentes españoles y sus hijos. Los asturianos se negaron a rendirse y fueron completamente exterminados. Pero más de dos tercios de los voluntarios, en parte heridos, cayó en manos de los insurrectos. Fueron pasados por las armas junto con el resto de los españoles de Mayarí. Juancho únicamente dirigió en persona al pelotón que ejecutó al octogenario Celestino Santiesteban, patriarca y jefe de los comerciantes españoles en la localidad.

No habían pasado diez días desde aquellos hechos, cuando el general Julio Grave de Peralta, jefe superior cubano de Holguín, a cuya jurisdicción pertenecía Mayarí, procedió a arrestar al brigadier Juan Monzón. Se le sometió a un riguroso consejo de guerra y, para consternación de sus hombres, fue fusilado. El coronel Miguel Salinas, miembro del estado mayor de Grave de Peralta y defensor de Monzón, había apelado contra aquella dura sentencia, recordando los fusilamientos masivos indiscriminados de insurrectos y sospechosos por parte de los españoles, la inexperiencia política del jefe revolucionario, y la insensatez que trae consigo el calor de la lucha. Mas no logró hacer cambiar de juicio al tribunal, que apresuró la ejecución de la sentencia ante la creciente crispación de los subordinados del condenado. Estos, como era usual en aquella fase de la contienda con jefes locales y tropas apegadas a una región y a un comandante, eligieron un nuevo jefe, designando al sobrino del jefe anterior como su nuevo líder. Grave de Peralta se apresuró a ascender a Toño a teniente coronel, previniendo cualquier acción descabellada del joven. E inmediatamente le encomendó una operación de aprovisionamiento: asaltar a un convoy español en camino a Las Tunas antes de que cayese en manos del jefe cubano de aquel territorio, general Vicente García, el León de las Tunas.

10 oct 2007

La Gran Carga Curda

Uno de los combates más impresionantes de la Guerra de los Diez Años, y que sin embargo no es muy conocido, fue protagonizado por la brigada de Antonio Monzón, el Embudo de Mayarí, y aconteció el 8 de Octubre de 1873. Quedó registrado en los anales de la contienda como La Gran Carga Curda del Paso del Angel.
Allí perecieron 416 soldados y 27 oficiales españoles. Incluyendo a un sobrino del Conde de Valmaseda, jefe supremo español en el Oriente, y a la temida contraguerrilla guantanamera de Los Manganelos. Por la parte cubana hubo tan sólo 8 muertos en combate. Y un ahogado. El sargento Pancho Cedeño quiso engullir de una vez tres chorizos capturados y, como se había apartado para no compartir, no se le pudo socorrer.

Por enésima vez convencido de atrapar al jefe insurrecto Antonio Maceo, el general español Blas Villate, Conde de Valmaseda, había prolongado su salida de operaciones en la llanura del Cauto, concentrando sus 5000 efectivos de todos los institutos en la zona de Cabezas, donde la sierra entronca en el llano.
Aunque rápidamente había dado con los alzados, tras una semana no había logrado sacarlos de la intrincada manigua. Ya la tropa estaba perdiendo los ánimos, y los víveres se habían vuelto escasos. Además, un intenso malestar dominaba a los soldados españoles: Muchos padecían de desenfrenadas diarreas. La causa eran los gérmenes del trópico. Y de catalizador actuaban los continuos asaltos rompecerco, que a base de machetazos y plomazos a bocajarro intentaban los sitiados en el denso monte, donde ni la artillería ni las formaciones de infantería españolas resultaban efectivas. Como dormir entre machetazos, cólicos y mosquitos era un propósito imposible de consumar, los quintos y voluntarios presentaban un aspecto físico deplorable, así como la energía moral de un gitano labrando. Debido a esta situación Valmaseda reclamó a Santiago de Cuba el suministro urgente de alimentos, medicinas y ron.
El jefe de la plaza, general Simón de la Torre, dispuso el envío de todo lo preciso. Menos el ron que no había suficiente en reserva. Afortunadamente pudo hallarse una solución con la fragata Infante Don Alfonso, a la sazón en el puerto santiaguero, que recibió órdenes para la compra de ron jamaicano en Montego Bay. La idea provenía del joven oficial Francisco Marín y Villate.
Una vez que regresó la fragata, el teniente coronel Marín partió raudo con 450 soldados frescos y ron suficiente "para matar a todas los inmundicias de la sierra". Una expresión que resultó muy celebrada en la despedida por parte de los oficiales de la administración de Santiago y de la guarnición del fuerte de San Juan, a la salida de la ciudad. El intrépido joven iba orgulloso de ser útil a su ilustre tío en una importante empresa. No pocas veces los destinos fatales van precedidos de augurios de gloria.

Pocos días atrás el mayor general Máximo Gómez, jefe supremo cubano en el Oriente, se había entrevistado con Toño Monzón en el puerto serrano de Las Cruces. Preveía el envío de refuerzos para Valmaseda desde Santiago de Cuba.
– ¡Ombre, a usted ay que matarlo para pasar por aquí! –le advirtió Gómez, con su peculiar manía de omitir las haches.
El Embudo de Mayarí comprendió, sobre todo por la violencia con la que Gómez escupió al suelo tras decir aquello, que debía evitar a toda costa que los refuerzos enemigos lograran atravesar la sierra. Así que emboscó a sus hombres, 85 en número, cuatro leguas más adelante, en un pintoresco paso del angosto camino serrano de Santiago a la llanura del Cauto. Dos días llevaban destilando y empinando agua de cañón, el aguardiente de campaña, cuando el vigía anunció la proximidad de las fuerzas españolas. Segundo Silva, expanadero y explorador, llegó corriendo algunos minutos más tarde:
– Llevan tantos mulos con barricas de ron, mi brigadier, que el aroma se siente a una legua –reportó ante Monzón, ya enfebrecido de ardor patriótico, que ordenó entonces prepararse para el combate.

El Paso del Angel es un tramo de camino de medio kilómetro largo y unos 30 pies de ancho entre dos montañas. Con una de éstas colinda por un lado, mientras que por el restante una inmensa faralla lo separa de la otra elevación. Para llegar al paso el camino contornea la montaña de forma ascendente. Toño Monzón, con la lucidez estratégica que no le abandonaba ni en la oscuridad más espesa de sus sentidos, se dispuso a organizar la batalla. Colocó 20 rifleros comandados por el capitán Flores al flanco del camino, guarecidos en las malezas cubrían el corto segmento de ladera que permitía su ascenso. Otra docena de tiradores, los mejores, apostados más arriba debían decimar al enemigo a tiro certero y cubrir de fuego la retirada española, al disponer de magnífico blanco sobre la subida al paso. El resto, jinetes todos, dispuestos tras un recodo del camino, cargarían apenas los peninsulares se obstruyeran toda movilidad ocupando el paso completamente.

A la espera del momento adecuado para ordenar la carga, Toño Monzón colocó su caballo frente a sus hombres y se irguió sobre los estribos. Allí estaban, mal vestidos, hirsutos los cabellos, sin asear los rostros, sudorosas las manos en las riendas de los brutos y en los mangos de los machetes, brillantes los ojos de dias de alcohol impuro e intransigente. Más allá del remoto y ajeno ruido de la vanguardia ibérica aproximándose confiada sólo se escuchaban los sonidos del monte: el canto de los tomeguines y los sinsontes, el chirriar y zumbar de los insectos, el crujir de las ramas al viento, y el jadeo del alferez Quiñones vomitando a un costado. Entonces se oyó la voz del Embudo de Mayarí, seca y ecuánime esta vez:
–¡Compatriotas... la patria... machete con los gaitos!... ¡Paco [el corneta, n. d. a.], suena la mulata [la corneta, n. d. a.]!

Sorprendida, la vanguardia española, compuesta por 50 voluntarios guantanameros, fue arrasada por el impacto terrible del arma blanca cubana, empuñada por aquellos demonios de aliento vaporoso. Era la famosa contraguerrilla de Isidoro Mangán, un bravo guerrero cubano al servicio de España. Este individuo jamás se interesó por la política. Hasta el día en que la tropa del coronel mambí José Maceo, sin siquiera pedir permiso, le comió sus seis puercos: Aníbal, Julio Cesar, Cleopatra, Marco Antonio, Octavio Augusto y Rabilindo.

El centro de la columna hispana, víctima de descargas cerradas desde las alturas, viendo un cuadro tan sangriento ante sí, y sin posibilidad de desplegarse, cayó en pánico. Los disparos y el desorden provocaron la consiguiente reacción de los numerosos mulos de carga, unidos en arreos de una docena de animales. Varios de estos arreos, presas de un pavor desaforado, se arrojaron al vacío, arrastrando consigo a numerosos quintos.

Escenas apocalípticas, apenas descriptibles, se desarrollaban bajo aquel cielo serrano. En un saliente, una docena de españoles, encorvados por temor a las balas, luchaban desesperadamente contra un arreo de mulos, que les cerraban el paso. Con una bestia colgando ya barranco abajo por cada extremo, los mulos vacilaban entre el terror propio y el peso de sus congéneres por una parte, y el espanto y las fuerzas de los soldados por la otra. Mientras tanto, junto al comienzo del saliente y sin desmontar de su caballo, Rafael Arístides Chacumbele, descamisado guerrero natural de Guinea, entre una risotada y otra pinchaba con la punta del machete al mulo más cercano gritando contento:
– ¡Eto va bajo, su meisé!

El teniente coronel Marín trató inútilmente de contener el empuje de los atacantes. A la cabeza de tres docenas de dragones, los últimos que aún disponían de vida, montura y valor de 120 que habían sido, le salio al paso a los insurrectos. La ventura de la pelea lo enfrentó con el teniente criollo Manuel Alfonso Villalona, hombre de una fiereza legendaria. Durante un rato, con su buena esgrima, el joven oficial logró brindar resistencia a los golpes de machete. Mas, cuando el pundonor ibérico empezaba a ceder ante la razón y la otra mano a buscar la funda del revólver, un escupitajo del enfurecido cubano, empedernido mascador de tabaco, le cegó el ojo derecho al español. Estupefacto e indignado, Marín perdió por un instante la concentración. El ojo cubierto por aquella sustancia viscosa no percibió algo, y un tajo bestial de machete en el parietal derecho lo echó a tierra.

Más allá, al centro de la columna, tres pelotones de infantería de La Rioja formaban cuadro tras un parapeto de mulos sacrificados. Se encontraban frente a frente con los tiradores cubanos, con los que intercambiaban balazos y palabras gordas. Los cubanos emulaban en decir los improperios más horrorosos. Todos menos Feliciano Chang, que debido a su reservada naturaleza asiática se limitaba a gritar entre tiro y tiro:
– ¡Malicones, malicones!

Después de hora y media de disparos y centellar de filos en el aire, yacían cadáveres mutilados por todo el paso y la subida. Los últimos fugitivos habían sido abatidos a machete por sus perseguidores. Pero los infantes riojanos continuaban luchando. Sin embargo, ahora tenían que vérselas con los tiradores superiores, a los que se habían sumado dos docenas más, con fusiles y municiones del botín. Tras otra media hora se rindieron los ocho que quedaban con vida, pese a las protestas de los hombres de Monzón, que querían seguir en el tiroteo.

Cuatro días más tarde Antonio Maceo rompió el cerco de Valmaseda en Cabezas y se abrió camino en dirección a Jiguaní. Las extenuadas tropas españolas no consiguieron seguirle.
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