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11 dic 2008
Dos De Pisco, Uno De Ron IV
Atravesamos el lobby entre risas. Tomamos el elevador expreso hasta el bar del último piso. Subió despacio las 30 plantas. Al menos lo suficiente para jugar a mordernos las orejas. Perdí.
- Era a morder el lóbulo, no a tocarme la cola… -reclamó Leyla en tanto salíamos del elevador.
- No sólo a ti… -aclaró Lily, sin soltar mi otro brazo.
El portero me miró comprensivo. ¿O fue compasivo?
- Entiendo, únicamente con los dientes… -afirmé, y simulé una dentellada hacia atrás.
Reímos más. Nos sentamos en un diván frente a la pared de cristal.
- ¿Prometí demasiado? –pregunté.
- Uy, la vista es realmente impresionante –dijo Lily.
- Sí, la ciudad parece mucho más bonita de noche –añadió Leyla.
- La oscuridad ayuda… -se burló Lily.
Pedí una botella. El camarero la trajo. Puso vasos y una cestilla de nachos en la mesa. Revisé el frasco ambarino, un Pampero Añejo Selección 1938. Lo abrí, y percibí la leve huella del bourbon. Serví el licor, y bebimos.
- ¿Este es el ron cubano? –preguntó Leyla.
- Pues no, éste es venezolano, mejor.
- ¿Los rones venezolanos son los mejores?
- No exactamente, los mejores rones son éste, otro venezolano, uno dominicano, uno nicaragüense y uno cubano.
- ¿Y qué tiene de especial? –intervino Lily.
- Bueno, que baja suavecito… -comencé a explicar.
- ¿Y sube durito?
- Ese es el cubano… -repliqué en un alarde de retórica noctámbula.
La risa fue unánime, justificada o no. Mostré mi aprecio acariciándolas. Lily se acostó en el diván y apoyó su cabeza en mi muslo. Atraje a Leyla por la cintura para que no se sintiera solita. Los dos tipos de la mesa en diagonal miraban hacia acá. Sin embargo, no parecían argentinos. Mientras arrullaba a Lily, Leyla dijo algo. La besé al terminar. Sabía mejor que con whisky adulterado.
- ¿Cómo lo hiciste? –inquirió-. Me sorprendiste.
- Esperé a que acabaras la palabra –expliqué un tercio de la fórmula.
- ¿Así no más…?
Repetí el beso. Fue más largo, y me olvidé de completar la respuesta: que tuve que atraparla sin cerrar completamente los labios y antes de volver a respirar.
Dos pisos más abajo, en mi habitación, fue que besé a Lily apropiadamente. Hasta que me obligó a soltarla y entró con Leyla en el baño.
- ¡Ya puedes venir, Luchito! –anunció tras un buen rato.
Estaban las dos en el jacuzzi. La espuma superaba ampliamente el borde. Era evidente que caería agua al suelo al yo entrar. Les mostré unas latas de Red Bull que saqué del minibar. Mas me miraban a mí.
- ¿Qué? –pregunté.
- Bueno… esperábamos un striptease, pero ya vienes en pelotas… -dijo Lily.
- Sí, una para cada una…
Se rieron. También reí, y me sumergí entre ellas.
1 dic 2008
Dos De Pisco, Uno De Ron III
- Pero me dijeron a la derecha –se quejó el taxista-. ¿Realmente saben donde es?
- Dije derecho, no derecha –insistió Lily.
- Pues demos la vuelta –intervine con desgano desde mi oscuro puesto central en el asiento de atrás, hundido entre las dos chicas.
No fue tan simple. Sólo varias derechas e incluso algunas izquierdas más tarde hallamos el sitio. Un bunker en medio de un barrio residencial. Daba la impresión de ser un refugio antiaéreo, pero el blindaje funcionaba hacia adentro. Era una prisión para la música que aullaba en su interior. Le dije al conductor que nos esperara. Usaba dos tarifas, una por distancia y otra por hora. Lo tuve claro: Si se averiaba de nuevo -así fuese en un baño público-, no volvería esa noche.
- Te va a encantar –prometió Leyla.
- Contigo, seguro –susurré cortés a su oído.
Una pequeña fila de adolescentes impedidos aguardaba paciente, mas el torete de la puerta me hizo una señal con la cabeza. Un gringo con dos nenas era una buena credencial.
Dentro había vapor caliente y humo frío. Una enorme pantalla de dos pisos mostraba al fondo imágenes continuas y aleatorias, aunque suponía una proyección asociada al ecualizador de la música. El piso superior, al nivel de la calle, terminaba en un largo balcón en medio de la sala.
- ¿ No tienen hambre? –pregunté-. ¿Se puede comer algo aquí?
- Abajo hay un bar separado con comida –afirmó Lily.
Afortunadamente encontramos dos banquetas desocupadas. Resultaban un poco altas. Las ayudé a sentarse. Leyla se quedó de lado, apoyada en la barra. Agradecí en silencio su gentileza, y me recosté en su muslo para proporcionarle mayor estabilidad. Fue tan agradable como en el taxi.
- Seguro que hay sushi y ceviche… -deduje.
- No, pero tienen unas hamburguesas fantásticas –me interrumpió Lily.
- Estupendo, hacía años que no entraba en un McDonald’s –exageré, y acaricié afectuoso la espalda de Lily.
- ¡Nada que ver! –contestó-. Estas son hamburguesas criollas, Luchito. Criollas y deliciosas.
Me inspiró mucha fe, y pedimos tres. Y tres cervezas. Luego nos fuimos al balcón de arriba a bailar. O a vomitar. Ya se vería.
La música era más rock, pero podía ser cualquier cosa desde house hasta pop. Aproveché un blues para buscar licor. La bebida oficial del local era Tennessee whiskey. Lily estaba sola cuando regresé.
- Traje whisky –comenté colocando los tres tragos en el borde del balcón.
- Sí, creo que aquí tienen un contrato especial con Jack Daniel’s –contestó sonriente.
- Ah, por eso es tan barato… -supuse-. ¿Lo probamos?
- Está bien, Leyla fue al baño, probémoslo nosotros primero.
Chocamos levemente los vasos.
- Por el sabor diría que aquel contrato era más bien con un algún João Danilo en Manaos –resumí mi primera impresión.
- Puede ser –aseguró Lily riendo-. Tal vez pueda ayudarte con el sabor…
- Adelante…
Esbozó algo impreciso con los labios, se echó un trago en la boca, me agarró por el cuello, se paró en puntillas, y pasó el licor de sus labios a los míos. Me lo tragué rápido para probar lo demás, mas no me dejó demorarme suficiente.
- ¿Mejoró? –inquirió casi gritando.
- Muchísimo…
- ¿Mejoró qué? –preguntó Leyla, que apareció de repente entre los danzantes.
- El whisky…
- ¿Cómo así?
- Mediante la ingestión boca a boca... –expliqué entregándole su bebida-. ¿Quieres probar?
- Bueno…
[Continuará...]
26 nov 2008
Dos De Pisco, Uno De Ron II
La lluvia no era demasiado fuerte, apenas demasiado incesante. Por suerte, el escenario disponía de techo. Habría concierto hasta el final. La solidaridad de los artistas con el público se tradujo en esmero musical. Todo el mundo bailaba, y no por mera terapia antihumedad. Por las gradas caía el agua en pequeñas cascadas. Abajo, en el ruedo, se formó rápidamente un lodazal. Allí el baile se combinaba con el patinaje. El total poseía un nombre: alegría.
El combo de cumbia se retiró. Mientras una banda argentina de rock se instalaba en el tablado, nos refugiamos en el pisco para resistir.
- Luchito, ¿de dónde tú eres? –preguntó Lilita.
- ¿De dónde crees tú?
- Ay, pues de Panamá, del Caribe colombiano, de Venezuela…
- Si agarras un barco, puede que llegues –prometí, antes de que me metiera en Surinam.
- ¡¿Eres cubano?! –exclamó Leyla, y el brillo de sus ojos era un augurio feliz.
- Si mal no recuerdo – aseguré.
- Teníamos un profesor cubano en el instituto –explicó.
- Y todas sus alumnas estábamos enamoradas de él –añadió Lily.
El cantante de la banda abrió la segunda mitad del show con un comentario sarcástico sobre la Copa Libertadores, donde el Boca Juniors acababa de eliminar al equipo local. Siempre saben como ganar "amigos" –pensé. Pero el vocalista rioplatense, como queriendo contrariarme, se lanzó al lodo con los primeros acordes. Se deslizó de pie, de rodillas y de fondillo para deleite del público.
- Por algo lo llaman el chancho –murmuró la risueña Lily en mi oído.
Se lo repetí a Leyla en su oreja. Nos reímos más, y seguimos bailando. El chancho cantaba bien.
El diluvio acabó justo al vaciarse la plaza. A la noche aún le faltaba cuerpo. Mas era imposible conseguir un taxi. Afirmé tener eso resuelto. Y casi era cierto. Llamé al chofer privado que me había traído en su taxi inoficial, cómodo, limpio y libre de impuestos. El tipo juró haberse retrasado por culpa de una avería. Por los sonidos de fondo supuse que el taller se encontraba en una sauna o en un puticlub. En fin, tardaría en llegar.
Nos paramos en un portal. La menor temperatura nocturna ya se hacía notar. Y todavía más con las ropas mojadas. Las capas no habían logrado impedir tanto líquido.
- Abrázame, Leyla, que me voy a resfriar… –susurré, a punto de temblar.
Y Leyla me abrazó. Ya sabía que Lily vendría sola. Y Lily vino sola. Y también me abrazó. De momento, estaba a salvo.
[Continuará...]
21 nov 2008
Dos De Pisco, Uno De Ron
- Cuidado con mi prótesis, cielo –murmuré inclinándome sobre su oreja-, esa pata de palo es muy…
Asustada separó su espalda de mi pierna. Se volvió como pudo en la estrechez del graderío de la plaza de toros y, con sus uñas rojas entre los senos, me dijo:
- ¡Ay, perdóneme, no sabía…!
Sonreí y coloqué las puntas de mis dedos en su hombro.
- Tranquila, era sólo un chiste… -aseguré.
Agarré su muñeca, y conduje suavemente su mano en dirección a mi pantorrilla.
- No es de palo, es de aluminio… –comenté a medio camino.
Previsiblemente retiró la mano de un golpe. De algo sirve el jiu-jitsu, conseguí que mi mano se fuera con la de ella. Cayó sobre sus acogedores pechos. Fue un instante nada más, pero la intimidad estaba iniciada, también de mi parte.
Sonreí.
- Perdona, no pude evitar seguir bromeando –expliqué-. ¿Cómo te llamas?
- Leyla –contestó apartando una porción de su larga cabellera negra que una cómplice brisa andina arrojó sobre su cara.
- Lucho… -susurré asumiendo previo al contacto físico de rigor.
- Y yo soy Lily –dijo de repente la chica a la derecha.
También se había apartado un poco de mi otra pierna para atender a nuestro interesante diálogo. Ahora acomodaba su codo izquierdo en mi rodilla. No era tan cómodo.
- Encantado, Lily, tú puedes seguir recostándote, que esta pierna es genuina y forrada en piel…
Nos reímos los tres. Levanté la vista un instante. Si antes ya me había llamado la atención la total negritud de todos los cabellos, ahora era todavía más impresionante con la ausencia de espacios libres. Por cierto, oscurecía rápidamente, o se nublaba el cielo, mejor dicho.
- ¿Quieres pisco? –preguntó Lily. No, era Leyla. Me mostraba el frasco de etiqueta blanca y roja con tal dulzura, que casi vi correr el aguardiente de uva sobre sus tetas hospitalarias.
Me dio una sed franca y tremenda.
- Claro, gracias –afirmé-. ¿Y cómo entraron esa botella?
- A las mujeres nos revisan menos -aclaró Lily.
Empezaron a caer gotas mientras bebíamos de la tapita metálica. De la nada apareció un tipo vendiendo capas de agua desechables. Lo llamé, y le compré tres. Mi desgano para pagarle no fue por el precio -eran baratas aún al triple o cuádruple de su valor en la calle-, sino por tener que molestar a los dos torsos, las dos axilas, los dos brazos y –si no me equivocaba- las dos bases de sendas tetas, que en su conjunto se apoyaban en mis piernas, rodillas y muslos. Aunque, en realidad, era un bienestar provisional. Apenas nos enfundamos en los ponchos de nylon, comenzó a sonar la cumbia. Y nadie quedó sentado.
[Continuará...]
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