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21 may 2013

Les misEUROables 3




III  Italia

 

Uno de cada cuatro euros adeudados en Europa lo debe Italia, la nación que inventó Giuseppe Garibaldi hace 150 años y que porta en sí las dos regiones –léase dos culturas– que en mayor escala componen la Unión Europea. El norte con ancestros celtas y el sur con raíces griegas. El norte con siglos de administración germana y el sur con siglos de gobierno ibérico. El norte con Ferrari y Beretta, y el sur con Camorra y ‘Ndrangheta.


Desde hace un siglo y medio los italianos del norte y del sur han compartido la misma moneda, el mismo mercado y las mismas tasas de interés. Durante ese tiempo el norte ha transferido recursos hacia el sur en una medida que supera múltiples veces todas las ayudas recibidas por los griegos de la UE. Sin embargo, las diferencias económicas, condicionadas por las mentalidades distintas en el norte y el sur, se mantienen intactas. El sur sigue siendo sucio, corrupto y pobre porque la deshonestidad no se arregla con subvenciones, dado que el pícaro siempre interpreta el obsequio como un soborno. 

Obviamente, el fracaso italiano no impide a los socialistas europeos soñar con redistribuciones y planes de ayuda para los meridionales. La fe no entiende, cree. Y no sólo los italianos del sur apuestan por los planes europeos. Los lombardos, piamonteses o romanos –que a estas alturas se oponen estrictamente a subvencionar a napolitanos, calabreses o sicilianos– también prefieren que al mezzogiorno lo sustenten los vecinos trasalpinos. 


Una mirada a los números nos revela el dudoso beneficio que el Euro trajo a Italia. Desde 2000 hasta 2010 los costos laborales subieron en 37%. En Alemania, Austria u Holanda, en cambio, esa cifra no pasó de un solo dígito. La productividad de la industria italiana, dicho sea de paso, es apenas el 66% de la alemana, aunque con la productividad de los servicios gastronómicos sucede lo contrario. Pero hay más, mientras que en 2000 los italianos tenían un nivel de vida 18% superior a la media europea, pasada una década habían caído justo al nivel promedio continental. El tradicional excedente en la balanza de pagos se convirtió en déficit cuando la no menos tradicional deuda pública dejó de ser compensable con obligaciones en liras y se tuvo que acudir al crédito neto externo.

Pese a todo, Italia está más cerca de la tabla de salvación que Francia. Primero porque ha optado por un gobierno tecnócrata en lugar de un mentecato socialista. Luego la cuota económica del estado italiano escasamente sobrepasa el 50%, o sea, 6% menos que el vecino galo. Y para reducir la deuda pública a un aceptable 60% del PIB en 2030 Italia precisa bajar los gastos 3.1% por año, menos de la mitad de lo que necesitan los franceses.


[Continuará…]

20 feb 2013

Les misEUROables 2

 

II  Francia


En 2002, al entrar en circulación el Euro como heredero común del Marco alemán, 8.2 % del comercio mundial era francés. Por primera vez desde su fundación la 5ta República tuvo acceso a abundantes créditos blandos. El lema nacional parecía condenado a ser ampliado: Liberté, égalité, fraternité et felicité. Sin embargo, transcurrida una década, la parte francesa del comercio mundial había caído al 6.2%. En ese mismo intervalo de tiempo la participación germana había pasado de 14.3% a 16.2%. En 2012 Alemania presentaba un excedente comercial de 160 mil millones de Euros y Francia, un déficit de 70 mil millones. En otras palabras, y por extraño que parezca, con el Euro beber Bier en un BMW se había vuelto todavía más atractivo que comer Baguette en un Peugeot. Los costos laborales, por su parte, subieron en Francia en 30%, en contraste con el 9% en Alemania. La cuestión no es, por tanto, cuánto prestas, sino a quién. 

Los caminos de la productividad son menos impredecibles que los de la fe en el Euro. Los franceses cobran 15% más y producen 15% menos que los alemanes. A eso se suma que, tal como en 1900 Made in France era sinónimo de refinamiento, en 2000 Made in Germany significa calidad. Los primeros en reconocerlo son los propios franceses: Francia es el comprador número uno de productos alemanes, primero que EE.UU. y China. 

Antes de las últimas elecciones el gobierno de Nicolas Sarkozy se mostraba imprudentemente consciente de la necesidad de cambios estructurales en la sociedad francesa. Por ejemplo, la participación total del estado en la economía francesa alcanza un estratosférico 56.6%. Eso es 4% más que en Suecia, una nación dominada por los socialistas de 1920 a 2002. La cuota de deuda pública francesa llega al 85% del producto interno bruto. Para bajar esa deuda a un, digamos, 60% en 2030 el estado francés necesitaría gastar 6.5% menos de lo que ingresa desde ahora hasta dicho año. Pero la realidad es que gasta 3.5% más de lo que puede. Y empeorará irremediablemente, pues el electorado francés dejó bien claro que el lema republicano contemporáneo se ha reducido a Égalité et Parasité. Los socialistas franceses le darán el tiro de gracia a la ex Grande Nation con más impuestos y redistribuciones. 

Ayer mismo Titan, una productora estadounidense de neumáticos invitada por el gobierno socialista, rechazó asumir una improductiva planta francesa que Goodyear cerrará próximamente al descubrir que, como es típico en Francia, los operarios locales emplean no menos de 3 horas laborales diarias en actividades recreativas con el apoyo de los sindicatos. El repliegue oficial de la empresa americana dirigido al ministro de industria francés concluía con una interrogante muy poco gringa: ¿Cree que somos tan tontos?


[Continuará…]

3 ene 2013

Les misEUROables


Un resumen crítico sobre las improductivas naciones de Europa meridional: Francia, Italia, España, Portugal y Grecia en el marco de la moneda común: el Euro. 

 I  EUROrígenes 

Habría que remontarse a la Guerra de los 30 Años para entender las raíces del antagonismo entre las dos naciones herederas del Imperio de Carlomagno. Francia y Alemania, sin embargo, se comenzaron a odiar de verdad tras la desilusión alemana con Napoleón y la posterior devastadora carga prusiana contra la retaguardia de aquel en Waterloo. En los siguientes 130 años ese odio fue el nutriente conflictivo continental. Con tres platos fuertes: la derrota de Francia en 1871 con la consecuente unificación imperial germana alrededor del estandarte prusiano; el humillante Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial con la pérdida de Alsacia y Lorena, las desproporcionadas reparaciones y la ocupación francesa de la orilla oeste del Rin; y por último la invasión alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial con el traumático pánico colaboracionista de la mayoría de los franceses. 

La derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial fue a manos ajenas: eslavas y anglosajonas, por lo que no tuvo efecto terapéutico alguno en Francia. Durante toda la conflagración la Grande Nation no había sido otra cosa que un grande péon del ocupante bárbaro. Ese complejo arrojó frutos tan diversos como dramáticos: el exitoso esfuerzo por la bomba atómica, la traición hacia los colaboracionistas argelinos, el celo independentista frente a la OTAN, pero sobre todo la amarga reconciliación con el rival alemán. 

“Si no puedes con tu enemigo, pues entonces únete a él” –reza un sabio adagio tribal que resulta empático para el amerindio o el turcomano, pero no para el celta. A menos que sea un protestante escocés. Tanto más mérito tiene, por tanto, la voluntad integradora que la élite francesa asumió al descubrir a mediado de los años 50 que Alemania, vencida y destruida una década atrás, ya los superaba ampliamente en todos los renglones económicos a pesar de haber quedado reducida a sus dos tercios más occidentales: la RFA. 

No menos profundo era el complejo germano. De culpa en este caso. Los espantosos crímenes alemanes durante la guerra marcaron el carácter nacional por un mínimo de 5 generaciones. No era para menos, desde luego. Pero no se trataba de la mera atrocidad de la barbarie nacionalsocialista, sino de dos fechorías no menos horrendas desde el punto de vista psicosocial: haberse mantenido firmes junto al Führer hasta el desastroso final y no haber castigado a los (más) culpables en un engañoso rapto de auto conservación. 

Fue así que dos contrincantes trastornados finalmente se encontraron en Europa y decidieron, si no copular, al menos cohabitar. Resultó el inicio de un proceso que desembocó en la Unión Europea, aunque en privado el uno siguió pensando que el otro era un tosco y el otro continuó creyendo que el uno era un débil. 

No obstante, con la integración franco-alemana la contradicción intrínseca no disminuyó. La enorme productividad y seriedad fiscal de los alemanes había convertido al marco en la única moneda fuerte de Europa. Una moneda fuerte tiene una gran ventaja: créditos blandos. Y si el que más produce también dispone de más capital, su ventaja crece. Casi tanto como la envidia del vecino. Al lastimado orgullo galo le quedaba un consuelo: el patronazgo político sobre los teutones. Como aliado formal en la coalición que venció y ocupó a Alemania, potencia nuclear y miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, Francia hacía de tutor y vocero público de su socio avergonzado y mucho más rico. 

Y entonces llegó Gorbachov. El diletante líder bolchevique apartó la espuela cosaca del flanco derecho alemán y arrojó a los parientes cautivos de la ribera este del Elba a los fornidos brazos de Germania. Fue terrible para Francia. El vecino de la casa grande, el carro nuevo y la esposa bonita había heredado la cabaña de atrás con todo el terreno del fondo. En esa hora desesperada los franceses se inventaron el Euro. A cambio de crecer aún más anexándose a la RDA y sus 16 millones de habitantes Alemania debía compartir su poderoso crédito con Francia. Los alemanes creyeron que aceptando se limpiarían definitivamente de su ignominioso pasado. Y los elementos secundarios de Comunidad Europea aplaudieron la idea. Los sensatos, como Holanda, con sana inocencia. Los irresponsables, como Italia, con franca alegría. 

 [Continuará…]
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