Bürohengst es una hermosa expresión germana. Significa "semental de oficina", y denomina al individuo que día a día gasta su viril energía sentado frente a un escritorio. A mí me parece muy superior a la inglesa pen-pusher (ok, pushing, but where?)
Estoy seguro de que la invención de aquel término se debe a una fémina. Tal vez era una que observaba sedienta a los operarios constructores desde la ventana de su oficina. Y luego los comparaba con los sedentarios colegas en plena apatía emocional.
Puede que haya sido injusta. No creo que sean pocos los oficinistas que tienen por regla no comer la carne donde ganan el pan. En mi caso puedo afirmar que nunca me enredé con una colega. A menos que ella lo deseara también.
No obstante, aunque mi sedentarismo se mantiene dentro de límites, pues me llevo bien con la musculatura de mi cuerpo, me temo que también clasificaría como semental de oficina. En la última década no recibí un solo centavo sudando. Desde luego, sí que me los he gastado de esa manera. Perversa que es la sociedad moderna.
No siempre fue así. En otra época ejecuté labores físicas. Por ejemplo, por un tiempo fui obrero en una fábrica de la industria química. Yo era el operario que sostenía el saco abierto cuando la máquina desembuchaba aquel granulado humeante. Luego cargaba el saco hasta la paleta de transporte. Era un trabajo muy duro, que me provocaba, a la impronta, tanto fuertes dolores de cabeza como intensas erecciones. A veces por horas. Y lo dejé, sí, luego de unos meses. Por los dolores de cabeza. De las tres amiguitas que tenía entonces, sólo una apoyó mi decisión. Así supe que era la que de veras me amaba.
Hoy ciertamente percibo la innaturalidad de mi condición. Subsisto ajeno al esfuerzo corporal. Sin embargo, en verdad hay oficios simples que me gustan. El que más me atrae es el de carnavalesco en Brasil. Este es el sujeto que le coloca la decoración y el tapasexo[1] a las bailarinas de la escuela de samba. Es una labor manual, pero dedicada. Y sí, creo que me compensaría el sudor. Aunque me paguen una miseria. Incluso si no me pagan.
Esta bailarina se llama Viviane Castro, y es goiana, del interior de Brasil. Conozco esa región, Goias, tierra de ingenua belleza. En éste, su primer carnaval en Río, Viviane se hizo famosa porque se le cayó el tapa-sexo e igual siguió bailando para alegría del pueblo. Tal dedicación y disciplina no fue premiada, sino que, por el contrario, descalificaron a la escuela de samba por obscenidad. Pero la culpa es del chapucero de carnavalesco, que trata a ese cuerpo natural y perfecto con rudeza, como si fuera una vaca. Conmigo no hubiera pasado eso. Lo de la caída del tapasexo. A mi trabajo lo respeto. Si se lo pongo yo, no se le cae. Aunque tuviera que pegárselo con la lengua.
Nótese el coincidente interés por la técnica del carnavalesco que muestra el negro, primero a la derecha y luego a la izquierda.
[1] El tapasexo es una mínima franja de tejido que se ajusta con pegamento orgánico entre las piernas de la bailarina de samba.



