
Vamos a imaginar algo muy trágico pero perfectamente posible: A los sicarios castristas que forzaron a Yoani Sánchez a entrar en su automóvil se les fue la mano y le partieron el cuello o la asfixiaron. Dada la enorme superioridad física, el torpe entrenamiento y el escaso cerebro, la probabilidad no debe bajar de un peligroso 15%, aún si la orden es de que no muera. Entonces, supongamos que sucedió lo peor y Yoani falleció en el incidente.
¿Y ahora qué?
En Cuba no pasaría nada. El DSE armaría un grupo de monitoreo del sepelio con plenos recursos. A Reinaldo, Claudia, Ciro, Orlando y demás correligionarios les caería todo el aparato represivo en alarma total y con el repertorio completo: coerción, amenaza, reclusión e incluso persuasión.
En Miami la TV tendría material de trabajo para rato. Habría por lo menos una misa en su memoria.
En la blogosfera del exilio cundiría genuina indignación. Se colgarían muchas decenas de posts de protesta. Hasta algún impedido envidioso, que antes la vilipendiaba, escribiría que Yoani fue una mujer valiente, brava y cojonuda.
La blogosfera internacional se haría eco del asunto. Por iniciativa de Huffington Post se crearía el Yoani Sánchez Civil Rights Award para blogueros defensores de la justicia y los derechos humanos. Primer premiado: un bloguero iraní condenado a la amputación de ambas manos por difamar al ayatola Jomeini (la zurda) y al profeta (la diestra.)
En Washington el vocero de la Secretaría de Estado brindaría un corto statement, afirmando que esa no era la señal que el presidente Obama esperaba de Raúl Castro y que, por tanto, la suspensión del embargo sería suspendida, al menos mientras no mejore la situación de los derechos humanos y la libertad de expresión.
En Madrid el ministro Moratinos declararía que no hay que generalizar, que no todos los policías cubanos son asesinos y que el gobierno cubano le ha prometido esclarecer el asunto. En cambio, el Zapatero, o sea, el presidente del gobierno, frente a toda la prensa acreditada daría el pésame a la familia de Yoani y prometería que, ahora más que nunca, su gobierno seguirá insistiendo en la cooperación crítica con las autoridades cubanas en aras de la mejoría de las condiciones sociales y económicas del pueblo cubano. Luego Esperanza Aguirre lo llamaría maricón en público por primera vez.
El sector bolivariano no se daría por enterado, pero los más conocedores y mejor ubicados descorcharían un buen Dom Pérignon.
José Saramago afirmaría indignado que “¡ahora sí que hasta aquí llegué, de aquí sí que no paso!”, para luego retractarse. El resto de los premios Nobel de literatura, menos Herta Müller, firmarían otra carta de apoyo a Fidel y a la revolución cubana titulada “Ella se lo buscó, él no tiene la culpa.”
Al final, una nueva reflexión del compañero Fidel explicaría que él no sabía quién era Yoani hasta hoy, que lo sucedido fue un accidente y que se analizarían las responsabilidades, puesto que él no había dado orden de matar a nadie esta semana. Como resultado, los agentes Edelmiro y Usnavys serían sancionados a cumplir servicio en su región natal, Jiguaní y Caimanera, respectivamente.
Ha sido apenas una abstracción. Pero me luce plausible. Y también me parece un desastre.









