14 nov 2007

El Protector De Los Cerdos X

Por una perlas

El golfo de San Miguel albergaba a numerosas comunidades indígenas. No eran particularmente belicosas, y los conquistadores no tuvieron dificultades para apropiarse de sus piezas de oro. Y de las perlas. Disponían de muchas perlas. Los nativos declararon ser tributarios de un poderoso y fiero cacique llamado Terarequí, que dominaba a los costeños desde unas islas cercanas. Las perlas se pescaban en la vecindad de aquellas islas, y eran el pago que recibían los costeños por suministrar caza mayor a los insulares. Especialmente por los venados de rabo blanco, que tanto apreciaba el cacique.

Terarequí cobraba una comisión sobre los negocios que se efectuaban cuando llegaban los comerciantes de Birú, así como sobre los trueques con los indios de tierra adentro. En los últimos tiempos no habían aparecido las grandes balsas con sus tripulantes de caras angulosas vestidos con ponchos, pues se decía que en Birú había una guerra entre el gran cacique supremo, titulado Sapa Inka[15], y su hermano, llamado Wawqi Sapa Inka[16].

- ¿Entonces el oro lo traen esos piruanos? -quiso confirmar Balboa con Coquera, un jefe local que interrogaban.

- Sí, señor... el oro viene de Birú... -aseguró el indio con dificultad, pues lo tenían colgado por los pies de la rama de una frondosa ceiba.- Aquí no tenemos oro... y las perlas... el señor ya me las quitó...

- Hernán, ¡por gentileza!, ¿queréis parar de zarandearlo? -reclamó Francisco Pizarro a su hermano.- Apenas se puede entender lo que dice el maldito indio.

- ¿Es poderoso ese Inca? -continuó preguntando Balboa.

- Muy poderoso, señor... Cuentan que el Inca... tiene mil veces mil guerreros... Y hay enormes cabañas… y templos de piedras... llenos de oros… y piedras brillantes... Y tienen animales… grandes como venados... que llevan las cargas… en el lomo...

- ¡Don Hernando, si impulsáis al indio una vez más, una sola, os colgaremos a vos en su lugar! -dijo Balboa enojado.

- ¡Por Dios que sí, excelencia, yo mismo lo cuelgo, pero del pescuezo! -concluyó don Francisco.

Evidentemente aquel Birú, Pirú, o como se llamara, prometía. Por supuesto habría que reunir y armar muchos hombres para esa empresa. Por el momento al menos podrían hacerle una visita al cacique de las perlas.

Aunque primero asaltaron la aldea del cacique Tumaco, que también era vasallo de Terarequí. El 28 de octubre se embarcaron en frágiles canoas rumbo a las islas. Remaban los indios de Tumaco y Coquera. No era fácil, pues estaban en plena temporada de huracanes y había mal tiempo. Pero por unas perlas se soporta eso y más. ¡Por unas perlas Nicuesa hasta comió indios!

Tan pronto divisaron las islas Vasco las bautizó con el original nombre de Archipiélago de las Perlas. Una denominación que perdura hasta nuestros días. Mas al aproximarse a la isla mayor, que Balboa denominó Isla Rica, buscando el mejor lugar para desembarcar, fueron sorprendidos por una artera emboscada de los isleños. Una enorme cantidad de piraguas surgieron a barlovento, maniobrando para cortarles la retirada a los expedicionarios. En la orilla aparecieron de repente muchísimos indios armados, ululando y dando gritos de guerra. En el centro de aquel temperamental comité de recibimiento vieron a Terarequí. El temido cacique portaba su impresionante escudo, hecho de cocos secos, y su macana oficial. Estaba subido en una litera a hombros de su escolta, compuesta únicamente por los nativos más fuertes.

Ya más cerca, los cristianos pudieron escuchar el estremecedor coro indígena:

- ¡Te- ra- re-quí! ¡Te- ra- re-quí! ¡Te- ra- re-quí!

- ¿Qué hostias dicen? -indagó un temeroso Rabanito- ¿Te la haré aquí?

Si caían en aquella tenaza entre los cientos de indios en la orilla y los cientos en las canoas, estarían irremediablemente perdidos. Balboa lo comprendió en pocos segundos. Ordenó hacer un esfuerzo y remar circunvalando la isla para regresar a tierra firme. Aquel puñado de extenuados conquistadores vivían el momento más crítico del descubrimiento del Mar del Sur. Tampoco los perseguidores cejaban en su empeño. Por el contrario, se acercaban cada vez más disparando sus flechas. El mal tiempo arreciaba. Ahora batía un fuerte viento cargado de llovizna.

La canoa de Santiago Telatrava, donde iban los artesanos de la expedición, se había ido quedando rezagada. Varios de sus indios remeros de Tumaco se habían lanzado al agua y nadaban hacia Isla Rica. Balboa, erguido en su bote, pudo ver con amargura como una flecha le atravesó el cuello al arquitecto segoviano. Otros dardos acertaron también a diversos tripulantes indios y cristianos. Poco después dos canoas de Terarequí abordaron la embarcación de Telatrava, y en pocos segundos degollaron a los vivos y a los muertos.

A medida que se alejaban de las islas fueron ganando distancia de los indios enemigos. Evidentemente éstos no tenían instrucciones de seguirlos lejos del archipiélago. Balboa decidió entonces poner proa de vuelta a la aldea de Tumaco. Allí esperaban los frailes y varios enfermos cuidando del botín. Pasado el terror, los conquistadores sólo sentían una cosa. Ira.

Al llegar a la aldea costeña el capitán, sin perder un instante, hizo traer a las familias de los desertores del bote de Telatrava. Todos. Hombres, mujeres y niños. Pretendía quemarlos vivos. No obstante, aunque no prestó oídos a los pedidos de moderación por parte de Cabezuela, tan extremo castigo no sucedería ese día. Sus hombres no quisieron esperar a juntar la leña necesaria, y masacraron a los condenados a tajos de espada. Luego, como es lógico, los indios caretanos auxiliares saquearon y quemaron las cabañas de los traidores. Y las de algunos otros tumaqueños sospechosos. Ahí el fuego se pasó a otras chozas. Al final los consternados lugareños vieron desaparecer casi la mitad de su aldea entre las llamas. También hubo violaciones de nativas por parte de los auxiliares caribeños. El desorden suele ser propicio para tales menesteres. Si bien los caretanos llevaban buen tiempo envidiando las exclusivas orgías de los hispanos.

Con los ánimos ya más calmados, Balboa reunió en el batey a sus hombres, cristianos o caretanos, y a los nativos de Tumaco sobrevivientes. Junto a la cruz que habían montado la semana anterior, el jerezano juró, espada y pendón castellano en mano, que se vengaría de Terarequí.

Tres días más tarde emprendieron el regreso a Santa María.

Tomaron una ruta diferente buscando más riquezas que conquistar. Se cruzaron con los cacicazgos de Teoca, Pacra, Bugue Bugue, Bononaima y Chiorizo. Quién no entregó el oro por las buenas, lo perdió por las malas. Se recaudó un gran botín. A Balboa le dio una fiebre muy fuerte, y hubo que transportarlo en una hamaca. Los caretanos se peleaban por portarla. A continuación tuvieron que vérselas con un cacique llamado Tubanamá, que tenía bastante mal carácter y ofreció seria resistencia. Igual lo vencieron y desvalijaron. Y tras una corta incursión en la pobre aldea de Pocorosa, más conocida por la afición del cacique a la sodomía, alcanzaron el Caribe en el golfo de San Blas, donde el viejo amigo Careta.

Desde la aldea de su aliado indígena Balboa mandó un correo en canoa avisando a la villa del Darién para que vinieran a recogerlos en una carabela. Y mientras tanto organizó una corta visita de cortesía a Comagre. Pero se encontró con que el sabio jefe había fallecido. Así que se limitó a renovar la alianza con el heredero Pankiak usando el resto de vino de Jerez que le quedaba. Finalmente, el 19 de enero de 1514, arribaron triunfantes a una jubilosa Santa María. Sólo en oro traían 100.000 castellanos[17]. A eso había que agregar una gran cantidad de perlas, y bienes diversos, entre los que destacaban las telas de algodón. Sin embargo, nada se comparaba con el valor del descubrimiento de un nuevo mar para Castilla y la fe cristiana.

Tras los actos en su honor y las cálidas manifestaciones de regocijo popular por el regreso exitoso de la expedición, Balboa distribuyó las ganancias meticulosamente. Y envió a Pedro de Arbolancha para España llevando la noticia del descubrimiento y la quinta parte del botín para las arcas reales, tal como estipulaba la ley. El nuevo emisario debía solicitar de la corona el mando en propiedad de Castilla de Oro para su jefe.



[15] Unico Inca

[16] Hermano del Unico Inca

[17] En 1514 la suma de 100.000 castellanos (oro) equivalía a 130.000 ducados (oro) o 65.000 doblones (oro) o 1.422.700 reales (plata) o 48.500.000 maravedíes (cobre). Para que se tenga una idea: 5 años después la expedición de Fernando de Magallanes alrededor del mundo costaría 8.750.000 maravedíes, mientras que una libra de pan por entonces valía 2 maravedíes.

12 nov 2007

El Protector De Los Cerdos IX

La Orilla


Un nuevo entusiasmo se había apoderado de los expedicionarios. Aquella visión del anhelado mar, tras crueles privaciones y atroces peligros, renovó de un golpe las menguadas fuerzas. A sabiendas de la grandeza del descubrimiento marcharon hacia la costa.

El cacique Chiapes, que habitaba a los pies de la cordillera, les salió al paso. Intentaba cobrar peaje, pero fue desbordado rápidamente. Una salva inicial de los arcabuces y los proyectiles de las ballestas diezmaron la primera línea de guerreros. La segunda linea se dio a la fuga repentinamente. Y Chiapes, que conformaba la tercera línea con sus parientes y escoltas, se rindió por convicción.

La aldea de Chiapes no era tan grande como la de Comagre o la de Cuarecuá. Ya casi anochecía cuando la alcanzaron. Balboa explicó a Chiapes que respetaría vidas y bienes, si le entregaban todo el oro. Así como algunas indias jóvenes, pues abundaban las mujeres bonitas en la tribu. Aquí las indígenas poseían figuras y miembros más delgados y estilizados que las del lado caribeño. El cacique se apresuró en complacer a los conquistadores, que se reunieron en la cabaña ceremonial con las lindas nativas. Después de las fuertes emociones del intenso día, era preciso liberar la sobrecargada virilidad de aquellos nobles varones. Zumárraga, desprovisto de la sotana por el calor, propuso brindarles vino de Jerez a las indias. El resultado fue tan inesperado como satisfactorio. Entre alegres risas las esbeltas aborígenes se avalanzaron sobre los españoles. Pocas veces la espada cristiana fue provocada por la carne infiel con tanta saña. Todos, laicos y frailes, enfrentaron el reto con fe digna de mártires. Los bautizos duraron toda la noche.

Por la mañana, Balboa, consciente de la necesidad de descanso de sus hombres, comprendió que, mejor que disponer una agotadora marcha general, convendría proceder de otra manera. Decidió enviar a Alonso Martín, acompañado por auxiliares indios, a buscar el mejor camino hasta la costa. Escogió a este soldado por suponerlo el menos fatigado de la tropa, ya que en ningún momento se le vio tomar parte en las actividades de la cabaña mayor. Alonso era natural de Murcia, un individuo de escasa corpulencia y apacible temperamento, aunque tenía un carácter tal vez un poco extraño. En todo caso esa noche había preferido permanecer lejos de la gran cabaña, ayudando a Juan Agramonte, el fornido cargador africano devenido en capataz de los portadores indios.

Alonso regresó a los dos días. Había conseguido llegar hasta el mar.

- ¿Y entonces? -preguntó Balboa.

- ¡Capitán, sí que es mar! -contestó el explorador.- ¡Probé un buchito de agua y era saladita!

- ¡Hostias, verdad que sois prudente, Don Alonso!

- Luego no pude resistir la tentación de bañarme en el nuevo mar -continuó Alonso.- Tomé un baño con algunos indios. Y con Pichako nadamos hasta lo hondo incluso.

- ¿Quién es Pichako? -inquirió Balboa.

- Es ese indio de Careta con cara de bujarrón, don Vasco. El que siempre anda con el negro Juan -aclaró el secretario Rabanito, que tomaba notas de la entrevista.

- ¿Es que no pudisteis llevar indios decentes, don Alonso? -preguntó Balboa, riendo como todos los presentes.

- ¡Ay, qué infamia! Capitán, ese indio es muy buena persona. Rabanito, vos mejor no habléis, porque yo sé un par de cosas de vos, que si las buenas gentes se enteran...

- ¡Dejaos ya de cuentos! -lo interrumpió groseramente Francisco Pizarro.- ¿Es eso todo lo que tenéis que decir sobre el mar?

- Casi, porque tampoco resistí la tentación de ser el primer marinero del nuevo mar...

- ¡¿Cómo?! -se extrañó Vasco.

- Le pedí prestada una canoa a unos indios del lugar... -aclaró el murciano.

- ¡Joder, pero es que no habéis dejado gloria para los demás! Me dan ganas de daros una hostia en esa jeta -saltó un irritado Hernando Pizarro.

- Os doy la razón, don Hernando -dijo Balboa, y luego se dirigió al asustado Alonso.- Ciertamente sólo os ha faltado mearos de primero en el nuevo mar.

- Bueno... capitán, cuando estaba nadando... -balbuceó Alonso, pero no terminó, porque dos de los Pizarros le fueron encima y tuvo que correr para ponerse a salvo.

El 29 de septiembre la expedición arribó a las playas del nuevo océano junto a la desembocadura del río Sabán. Balboa ordenó detenerse en la orilla. Entonces él solo, de armadura completa, con una espada en la diestra y el invicto estandarte de Castilla en la otra mano, entró en el mar hasta las rodillas y tomó solemne posesión del mismo en nombre de la reina de Castilla doña Juana, de la que era regente su padre, el rey don Fernando de Aragón. Se levantó el acta por el escribano Andrés Valderrábano. Cuatro testigos oficiales: Francisco Pizarro, Miguel de Zumárraga, Simón de Cabezuela y Andrés de Vera probaron el agua, juraron que era salada y firmaron el acta. El nuevo mar fue bautizado por Balboa como Mar del Sur, por ser ésta la dirección que llevaban al arribar a sus costas. Para el golfo donde se encontraban Balboa escogió también un nombre: Golfo de San Miguel, pues era el día de San Miguel Arcángel.

Mas hubo algo que Vasco Núñez de Balboa no pudo prever. En aquel momento de máxima gloria, cuando el capitán, pendón y espada en mano, temblando loaba a Castilla dentro del agua, tras un promontorio rocoso de la orilla, agachado y fuera de la vista de todos, Alonso Martín aliviaba su vientre entre el vaivén de las olas del Mar del Sur.

8 nov 2007

El Protector De Los Cerdos VIII

Visión de la Mar

Mientras esperaban por los recursos y los mil hombres solicitados a la corona para acometer la conquista de la otra mar, Balboa se dedicó a la exploración de las márgenes del río Atrato. Intentaba encontrar más indios con oro. Pensaba que si Comagre les entregó tanto metal, los otros caciques también tendrían algo que ofrecer. Principalmente el tal Dobaiba. De manera que organizó una incursión a las tierras del rico jefe, pero no dio con él. Para compensar saquearon todas las aldeas que hallaron. En un sitio llamado Murindó casi los sorprende mortal peligro. Cachita, que había hecho amistad con nativas del lugar, informó a su amado Balboa que los jefes locales se habían unido para vengarse de los abusos españoles. Tenían 5000 hombres armados en las inmediaciones de la aldea del cacique Ponca.

Vasco no dudó, y Zumárraga, único fraile que lo acompañaba esta vez, bendijo el plan. El capitán entró raudo en la aldea de Ponca con sus 50 hombres, y agarró a los caciques complotados debatiendo a quién le tocaría su cabeza. No perdió tiempo con ceremonias. Los hizo ahorcar en los jagüeyes que rodeaban el centro del batey. Nueve caciques se zarandeaban de sus respectivas cuerdas, y miles de aborígenes armados rodeaban a los escasos españoles. Era una situación de colosal tirantez. Los indios corrían ululando de un lado a otro entre casas y árboles, mas no avanzaban. Podían haber aplastado y sacrificado fácilmente a los conquistadores. Pero no acurrió así. Espantados ante el arrojo hispano y los cuerpos colgados de sus caciques, primero 100, luego 500, y al final los 5000 guerreros acabaron huyendo al fondo de la selva.

El siguiente peligró lo auguró un mensajero que llegó de Santa María enviado por Cabezuela. Del emisario Colmenares en España aún no habían llegado buenas nuevas, pero sí malas desde Santo Domingo. Se rumoraba que un juez había partido de Cádiz con la orden de retornar a Balboa en cadenas para España. No obstante, el conquistador no perdió el ánimo. Volvió a Santa María decidido a descubrir el otro mar antes de que llegaran a juzgarlo y sin esperar refuerzos. Tras la misa del siguiente domingo, celebrada en la aún incompleta catedral de Santa María, Balboa se dirigió a los colonos anunciando su decisión de conquistar el otro mar. Preguntó quienes querían acompañarlo. Muchos se ofrecieron. Los cuatro aguerridos hermanos Pizarro de primeros. Luego los tres piadosos padres de confianza. Prácticamente todos los soldados. Pero también civiles, como el introvertido Santiago Telatrava, arquitecto de la villa y constructor de la primera catedral en tierra firme. Judío converso por más señas.

El 2 de septiembre de 1513 salieron 190 españoles de Santa María la Antigua buscando un nuevo océano. Todos a pie, pues la selva no da visa para caballos. Llevaban casi mil portadores de la tribu de Careta, y una jauría de mastines para mantener la disciplina de dicho personal. Tomaron el camino que recomendara el cacique Comagre, o sea, dieron una vuelta enorme e inútil.

Fue un trayecto repleto de insoportables horrores para los expedicionarios. Los mosquitos no superaban a los pájaros en tamaño, pero sí en su peso total. Aunque tal vez molestaban menos que las flechas de nativos pendencieros. Cuando no llovía en forma diluvial, el calor era simplemente insoportable. No pocos tramos de pantanos, llenos de cocodrilos y serpientes venenosas, tuvieron que cruzar lentamente. Sin embargo, allí donde el suelo era firme emulaban en agilidad con los fieros escarabajos, los agresivos escorpiones, los belicosos cienpiés, las violentas garrapatas y las feroces hormigas.


Muchos soldados se enfermaban y morían. Numerosos indios desertaban y morían, si los cogían. A cuatro conquistadores enfermos e impedidos los dejaron atrás en un cobertizo improvisado. Y al tener que retroceder dos días después, empujados por las flechas de indios hostiles, encontraron muertos a los cuatro enfermos. Las hormigas se los habían comido vivos. Para evitar tan espantoso tormento Balboa ordenó degollar a quien no pudiera caminar. Fue ese día cuando los guerreros rastreadores del peleador cacique Torecha encontraron varias muletas abandonadas.


El 22 de septiembre quedaban 69 cristianos. El 23 de septiembre estaban cercados por guerreros nativos. El mismísimo cacique Torecha encabezó el ataque final, que resultó en su propio final cuando el arquitecto Santiago lo trabó con la alabarda. Al verse sin jefe, los indígenas se dieron a la fuga sin titubear un instante. Luego muchos regresaron para ofrecer sus servicios al gallardo conquistador, que aceptó generoso.

El 24 de septiembre, ya en la aldea del difunto cacique, pudieron descansar y recomponer algo sus maltrechas constituciones.

- ¿Cómo se llama esta aldea? -preguntó Balboa a un nativo que había asumido el papel de jefe de los asistentes locales.

- Cuarecuá, duro señor -repondió el indio.

- ¿Cuarecuá? ¿No es ese el nombre de un famoso cacique? -indagó el español.

- Un hombre se llama como el lugar donde manda, duro señor -sentenció el nativo.- El cacique Torecha, que habéis matado, era Cuarecuá.

- Pero si esto es Cuarecuá, entonces sólo estas montañas aquí en frente nos separan de la mar -reflexionó en voz alta Balboa.

- Esa es la Sierra de Chucunaque, duro señor -dijo el cuarecuano y luego señaló a una elevación- Si ascendéis sobre aquel pico, veréis la mar del otro lado.

En esa hora se reunieron los principales de la expedición y acordaron subir a la sierra al día siguiente.

Ascendían penosamente ya casi cuatro horas y apenas faltaba el último trecho para alcanzar la cumbre del pico serrano, cuando la vanguardia, comandada por el propio Balboa, se detuvo para una corta pausa.

- Ya falta poco, señores -balbuceó Francisco Pizarro, aún sin aliento.

- ¡Animo, que la gloria nos espera! -exclamó más alto su medio hermano Hernando.

- Y vosotros esperaréis por ella -intervino Balboa.- ¡Que nadie me siga! ¡Hasta que yo os avise, aguardaréis aquí! Dispararé desde la cumbre, y entonces os juntaréis conmigo.

Eran las 10 de la mañana del 25 de septiembre de 1513 y Balboa escalaba solitario la última pendiente que tapaba el mar. A las 11 alcanzó la cima bajo un sol radiante. El cielo era azul, y más profundo que el horizonte... No, eso era mar. Quedó absorto mirando tanta grandeza, y asimilando la bondad infinita del Señor, que le dio el tesón y la fuerza con qué descubrir este nuevo mar para la cristianidad. Era cierto lo que conjeturaban algunos cartógrafos, estaban en un Nuevo Mundo. Sintió un temblor recorrer su espina dorsal hasta el cuello, para causarle allí gran escozor... No, la picazón era más bien de... Se dió un manotazo en el cuello. Efectivamente, fue una de aquellas terribles mosquitas de cabeza verde, atraída por el sudor. Tendría que pedirle a Cachita que le desenterrara otra larva del cuello. Pero ya habría tiempo para eso, esas larvas sólo empezaban a crecer y comer penetrando la carne anfitriona después de 72 horas. Ahora lo importante era otra cosa. Cargó el arcabuz sólo con pólvora. Era un modelo alemán nuevo, más corto. Se podía usar con una sola mano. Era el único en Santa María. Se lo había cambiado por cuatro onzas de oro a un oficial de Enciso. En eso lo distrajo un gran lagarto marrón tomando sol sobre una piedra. Cambió de idea y le puso un plomo al arcabuz de mano. Destrozó al reptil.

Al mediodía arribaron sus hombres a la cima. La emoción fue tan grande que parecían niños a la llegada de un padre pródigo. Se abrazaban. Saltaban de alegría. Unos comenzaron a montar una pirámide de piedras para conmemorar. Tres o cuatro tallaban sus nombres en una ceiba solitaria. En medio de todos Santiago Telatrava no paraba de besar un crucifijo. Ver ese arranque de fe en aquel judío converso embargó tanto a los tres frailes que cayeron de rodillas. Santiago no lo notó, pues embelesado besaba la negra cruz. Para el neocristiano ese mar en el horizonte tenía un azul diferente. Era el azul de los ojos de Milena, aquel ensueño sefardí que, por no convertirse, partió de Segovia veinte años atrás con sus largas trenzas negras cruzadas y su piel tan blanca. Telatrava extendió los brazos y cantó bajito mirando el lejano azul. Los arrobados padres rezaron al verlo, y el capellán Vera entonó entonces el Te Deum Laudamus.

Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum patrem,
omnis terra veneratur.


Fray Cabezuela y fray Zumárraga lo acompañaron con fervor. Y en pocos segundos todos los hombres estaban de rodillas cantando entusiasmados.

Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.


Apenas Santiago Telatrava seguía en pie con los brazos abiertos en cruz. También él cantaba. Pero lo que salía de sus labios, inaudible para el resto, era una tonada ladina que solía entonar para Milena en sus lejanos días segovianos:

Si la mar era de leche
Yo m'haria un peshkador
Peshkaria mis dolores
con palabrikas d’amor


Acabaron todos llorando. Menos los portadores indios, que no entendieron nada.

Faltaba tomar posesión de la mar, y Balboa ordenó el descenso hacia la costa.

5 nov 2007

El Protector De Los Cerdos VII

Elucubraciones

La expedición punitiva contra Comagre tuvo un resultado inesperado. Veinte bajas sin que los indios arrojaran una sola flecha. Pero valió la pena, pues la cuantía del oro recibido compensaba con creces la pérdida. En todo caso en Balboa predominaba el asombro ante la cantidad de oro que requisó rápidamente entre sus hombres.

El cacique Comagre no estaba menos impresionado por la actitud depravada de sus huéspedes. Había escuchado que amaban el oro, pero nunca pensó que lo amaran tanto. Les dirigó un discurso, que ya tenía preparado de antemano, pero que ahora, con el auditorio salpicado de sangre, resultó más convincente. Con ayuda de un traductor indígena, que acompañaba a los hispanos, el cacique habló:

- Hombres de piel dura[11], veo que apreciais el oro más que vuestras propias vidas. Ahí lo tenéis, podéis llevároslo. Ese oro es todo el que tenemos. Nuestro padre Kankayay nos da leche cada dos lunas[12].

Nadie lo contradijo, y Comagre continuó:

- Ese oro es fruto del comercio con otros pueblos al otro lado del otro mar. Ese mar está lleno de perlas. Allí viven unos hombres que llevan camisas como vuesas mercedes, unos hombres que tienen un gran padre como vuesas mercedes, unos hombres que navegan en grandes piraguas con paños aventados como vuesas mercedes[13]. Para llegar a ese mar hay que atravesar la selva y cruzar las montañas. Por aquí no. Por aquí sólo encontraréis un pantano intransitable y una selva impenetrable llena de fieras y mosquitos grandes como pájaros. Volveos por donde habéis venido.

- Decid, amigo cacique Comagre, ¿cómo podemos alcanzar ese mar y esos indios con camisas y oros? -preguntó Núñez de Balboa.

- Seguid hacia el sentido opuesto a como llegasteis aquí -respondió el jefe inmediatamente- hasta encontrar a la tribu del cacique Dobaiba. Ese tipo es muy mala persona y muy mal cacique. Es un cobarde, y tiene mucho más oro. El comercia muchos años con los pueblos del mar. Ese sucio[14] Dobaiba siempre cobra peaje a mis hombres -insistió el cacique- yendo para allá y volviendo para acá. Y una vez que un forastero con un casco igual al de vuesas mercedes llegó perdido hasta su aldea, Dobaiba mandó a sacrificarlo cruelmente en el altar de su propia familia. Desde entonces usa ese casco para sus necesidades nocturnas.

- ¿Entonces ese malvado Dobaiba vive junto al mar? -inquirió Francisco Pizarro.

- No, pero tenéis que pasar por sus tierras -continuó Comagre-. De ahí lo mejor sería ir hacia la dirección de la puesta del sol, pero sólo un poco, hasta llegar a la aldea del jefe Cuarecuá, que es un compinche de Dobaiba. Carecuá tiene casi tanto oro como Dobaiba. No tanto, pero casi que lo alcanza. Carecuá es un sucio[14], y tiene muchas mujeres, que no las presta, porque son muy bonitas y las quiere todas para él solo. Tal vez a vuesas mercedes, que también sois unos duros[14], os las preste. Luego ya únicamente tendréis que atravesar la sierra que veréis frente a vuesas mercedes. Así encontraréis el otro mar.


Balboa decidió regresar a Santa María la Antigua con el oro y los heridos para comunicar a la corona las sorprendentes noticias, y obtener hombres y recursos conque emprender el descubrimiento de aquel mar desconocido y la conquista de los pueblos ribereños, al parecer ricos y civilizados.
Una vez de vuelta en la villa, envió a su fiel teniente Enrique de Colmenares de emisario a La Hispaniola. Colmenares regresó sin refuerzos y con noticias desalentadoras. Fernández de Enciso había persuadido a las autoridades del virreinato de que su destitución en Santa María fue una grave violación de la ley. Así que se urdían planes para castigar a Balboa y se había informado a las cortes.

El jerezano no era un hombre temeroso, pero la perspicacia no le era ajena, pues llevaba sangre gallega en sus venas. Hijo era de Nuño Arias de Balboa, un hidalgo gallego segundón, que intentó fortuna en Andalucía sin mucho éxito. Su madre era extremeña, provenía de Badajoz y, aunque proba, también probó fortuna con inciertos caballeros andaluces, hasta encontrar un gallego. La nueva situación con Enciso intrigando en la capital colonial era muy alarmante. Por tanto Balboa reunió a sus más cercanos consejeros para analizarla. Colmenares, Zumárraga, Cabezuela, el capellán benedictino Andrés de Vera, su secretario personal Andrés Valderrábano Rabanito, y Cachita, para servir los refrescos, estaban presentes en la terraza de su casa.

- Os lo dije a vuestra merced, que no dejaseis a Enciso irse vivo -decía Rabanito.

- No sólo vos, yo también os lo recomendé, excelencia -añadió Zumárraga.

- ¡Por los cojones de Judas! ¿Vais a recriminarme todos ahora?

- Vuestra merced, lo pasado es pasado. Tenéis que ver lo que hacéis ahora -intervino el capellán.

- ¡Es para eso que os he hecho llamar! ¿Acaso creéis que quería ver vuestros desgraciados rostros? Por cierto, Rabanito, si no queréis lavárosla, pues recortaos esa barba de vez en cuando. ¿Qué demonios es eso verde? ¿Os ha cagado un pájaro en las barbas?

El golpe de hilaridad de las risas de todos, menos del aludido Valderrábano, hizo que se relajara la tensión en el ambiente.

- Excelencia, no tenéis mas remedio que dirigiros a las cortes directamente -acotó Cabezuela.

- ¿Estais oyendo, don Enrique? -dijo Balboa alzando la vista hacia su lugarteniente.

- Soy todo oídos, excelencia.

- Pero no puede ir con las manos vacías, vuestra merced -infirió Cabezuela nuevamente.- En las cortes no se llega lejos sin dineros. Enviad el oro de Comagre o el Consejo de Indias ignorará vuestras demandas.

- ¡Joder! -se escuchó en coro.

Y así partió Enrique de Colmenares a España para buscar ayuda y reconocimiento con el oro del cacique Comagre.




[11] El traductor indio decidió usar el adjetivo "duro" en lugar de "sucio", la otra acepción posible de kachasú, el calificativo indígena original en lengua natá.
[12] Esta afirmación nadie la entendió entre los cristianos, pero decidieron obviarla. La retórica india resultaba a veces incomprensible.
[13] El jefe Comagre describía a los incas por primera vez ante los oídos españoles. Sutilezas sobre las diferencias entre una camisa y un poncho o entre una carabela europea y una balsa de juncos inca no venían al caso.
[14] Kachasú.

30 oct 2007

El Protector De Los Cerdos VI

Regalos
La primera noticia que Balboa tuvo del otro océano fue por boca de Cachita, una india que le regaló su padre, el de ella, un cacique llamado Careta. Fray Zumárraga la bautizó como María Caridad de los Rosales a solicitud de Balboa.
El cacique Careta había perdido una escaramuza contra Vasco y sus hombres a pesar de contar con más de 500 indios contra apenas 60 conquistadores y un negro: Juan Agramonte, encargado de cargar todas las provisiones y los utensilios de los españoles. Sin embargo, como era un hombre práctico, Careta se sometió a Balboa, y le ofreció su amistad, así como suministrar los víveres suficientes para la colonia. Ahí Vasco le obsequió vino de Jerez al jefe aborigen. Entonces Careta, eufórico, le entregó al conquistador a su hija más bonita, Uraka. Vasco aceptó a la sensual catorceañera, y le sirvió más vino al cacique. Careta mandó a buscar a su esposa más valiosa, Pakana, y se la ofreció a Balboa. El conquistador observó a la india cuarentona, y rechazó el presente. No se dejó convencer por los argumentos de Careta sobre la fuerza de Pakana para las labores agrícolas, ni sobre la inigualable sopa de iguanas que sabía preparar. Pero, para calmar al contrariado cacique, Vasco propuso asaltar y aniquilar a alguna tribu rival del jefe. A Careta se le iluminó el rostro y gritó:
- ¡A ese cacique degenerado de Comagre, ahora sí que le llegó su hora!
Los españoles pernoctaron en la aldea agasajados por los nativos. Y el primer comentario de sus hombres en la mañana, cuando el capitán salió de la choza con la hermosa indígena, fue:
- ¿Vasco, qué tal la urraquita?
Inmediatamente Balboa le pidió a su confesor que la bautizara, y desde ese momento se llamó Cachita.
Poco después se retiraron a Santa María la Antigua para preparar la expedición contra el cacique Comagre. Ya en la villa, Cachita le contó de otro gran mar detrás de las montañas, y Balboa descubrió su destino. A partir de ahora tenía un objetivo concreto. Se lo dijo a su confesor, fray Zumárraga. Y el confesor de Miguel de Zumárraga, fray Cabezuela, sentenció:
- El camino al otro mar pasa por las tierras de la tribu de ese Comagre. Si es cierto, allí lo sabrán mejor. ¡Dios todopoderoso es nuestro benefactor!
Balboa llegó a reunir 150 hombres, incluyendo al propio Pizarro, que esta vez no quiso quedarse cuidando a Santa María. Mas el asalto a Comagre no resultó lo esperado. El astuto hijo del cacique, nombrado Pankiak, se adelantó y abordó a los españoles en el camino, mientras leían los requerimientos a cuatro leguas de la aldea de su padre. Dijo clara y repetidamente que sí. Esto causó un gran disgusto en la tropa. Pizarro estuvo a punto de degollar al joven indio, pero Balboa se opuso. La ley era la ley. Además, si hacía lo que Pizarro quería, podría acostumbrarse, y quién sabe a quién le tocaría la próxima vez colocar el cuello bajo la daga del extremeño.
Pankiak llevó a los conquistadores hasta la aldea principal de su tribu, donde Comagre y los suyos, bien emplumados, los esperaban con tambores y flautas. Adentrándose en el bello poblado, los iberos se asombraban de las dimensiones. Tal vez albergaba cinco mil indígenas. Abundantes cisternas públicas mostraban el carácter previsor del jefe Comagre y sus súdbitos. Fray Zumárraga no pudo resistirse a comentárselo a fray Cabezuela. Y también le dijo:
- ¿Habeis observado, padre, lo empinado del busto de estas indias?
- Por mi fe, que sí lo veo -repondió el otro franciscano.- Con ese orgullo pagano que tienen, ya ardo en deseos de entrarles con el catequismo.
- Si os fijáis con detalle -agregó el padre Miguel- ellas usan unas cintas bajo el busto y hacia esos graciles cuellos, que evidentemente las favorece.
- Ciertamente, padre, el efecto educador de esa costumbre no puede negarse -concluyó Cabezuela.- Creo que serán grandes receptoras de nuestra fe, si Dios, nuestro Señor, así lo quiere.
- ¡Alabado sea el Señor!
- ¡Y la vírgen, padre, también la vírgen!
- Eso es, padre. Vírgenes. Eso.
Y ambos se persignaron.
Comagre y sus consejeros recibieron a los forasteros en la enorme cabaña ceremonial. Tenían una sorpresa para los castellanos. Estos, perspicaces como su estirpe, temían una sorpresa. Así que dejaron las armas discretamente desenfundadas, y se acomodaron sentándose en el suelo cubierto de coloridos tapetes rústicos, hechos de los suaves filamentos de alguna planta tropical desconocida. Para una cosa o la otra convendría estar prestos a empuñar las armas. Y entonces sucedió. Sin previo aviso, entraron seis indios y vaciaron sendos sacos sobre el centro de la cabaña. Era oro. Hermosas piezas de arte, joyuelas de oro fino, y grandes pepitas. Antes de que Balboa pudiera hacer nada, sus hombres se abalanzaron sobre el preciado metal. Con las armas en la mano. Y se armó la de Dios. Se dieron tajos y cuchilladas. Se patearon. Y se escupían mutuamente blasfemando sin parar. Sólo los frailes se quedaron apartados de aquella orgía de codicia, pues estaban desarmados.
Balboa y Pizarro, que logró sacar a sus dos hermanos del tumulto para que ayudaran, se pusieron a vociferar amenazantes y dispararon varias salvas de arcabuces al aire hasta conseguir, al cabo de 20 minutos, controlar la situación.
En el centro de la cabaña yacían cuatro españoles muertos, y otros dieciseis sangraban de heridas de arma blanca.

29 oct 2007

El Protector De Los Cerdos V

Caníbales


Habían pasado apenas unas semanas desde la partida de Enciso, cuando la incertidumbre política volvió a adueñarse de la colonia del Santa María La Antigua. El legítimo gobernador de Castilla del Oro Diego de Nicuesa y sus hombres hicieron aparición en la villa.

Llegaron en un barco destartalado, carcomido por las termitas, y en un estado físico más que lastimoso. Habían fundado Nombre de Dios al oeste, pero sólo cosecharon penurias. Los nativos del lugar eran pescadores de perlas, que abundaban en sus costas. Desde luego que no era una labor estrictamente económica. Si bien las perlas servían también para el trueque, su búsqueda respondía esencialmente a fines decorativos y hasta deportivos. Por eso los indígenas no comprendieron por qué los españoles los despojaron de todas las perlas.
– ¿Acaso tiene algún valor una perla que no pescaste tú mismo? –argumentaba un cacique asombrado.

Encima, los indios eran obligados a pescar más perlas. Una actividad para la que no todos estaban capacitados. Además resultaba muy dura. Especialmente en las horas de alta marea, cuando los tiburones y las barracudas se acercan a la costa. Pero los españoles, guiados por el espíritu de eficiencia europeo, pretendían aprovechar cada hora de luz solar para la pesca de perlas por los indígenas. Estos, nada belicosos, se daban simplemente a la fuga. Un caso típico de incomprensión entre culturas diferentes.


Pronto no quedo una aldea habitada en toda la comarca, y los conquistadores organizaban incursiones tierra adentro, cada vez más profundas y penosas, para capturar indios que buscasen las perlas. Estos reemplazos pertenecían generalmente a otras comunidades que desconocían la pesca de perlas. Pese a las amenazas y fuertes castigos no resultaban productivos. Obsesionado por las perlas, Nicuesa descuidó otras labores, y al poco tiempo escasearon los víveres. Ahí les sorprendió la estación de las lluvias. Los proveedores naturales, los poblados indígenas, estaban desiertos, y la selva únicamente alimenta a quien la conoce.

Entonces, acosados por los vendavales y el hambre, los conquistadores se vieron obligados a comer cadáveres de indios. Ingirieron únicamente las extremidades, pues las incesantes e intensas precipitaciones no permitían los asados extensos. Apenas terminó la estación, con grandes penas, los sobrevivientes lograron echar a flote un navío y cabotear hacia el este hasta descubrir, con indescriptible alegría, a Santa María La Antigua.

No menor fue la sorpresa de Balboa y los colonos. Al presentarse el gobernador hubieron de acogerle, claro está. Mientras los frailes y algunos hombres se ocupaban de atender y ayudar a reponerse de sus males a los recién llegados, el cabildo reunido en pleno analizaba la situación. Le habían dado todas las vueltas posibles, y no había duda ni escape: la autoridad de Nicuesa era legítima y habrían de entregarle el poder. Compungidos veían desaparecer el fruto de sus esfuerzos cívicos. Debían subordinarse a ese Nicuesa, que había conducido a los suyos a semejante estado de miseria y necesidad. ¿Fue para eso toda la lucha con Enciso?

En eso estaban, cuando entró uno de los padres dominicanos que curaban a los de Nicuesa, y contó espantado lo que habían oído de sus pacientes. Los frailes convenían en lo terriblemente pecaminoso de haber comido carne humana. Aquel dominicano reprobó amargamente a los presentes en la reunión del cabildo:
– ¡Os apoderáis de sus bienes, os amancebáis con sus mujeres, y ahora os alimentáis de sus carnes también!

Primeramente hubo risas. Balboa dijo algo sobre un "jamón de indio", lo que provocó mayor hilaridad. Pero Cabezuela, que llevaba el acta de la reunión del cabildo, interrumpió el regocijo general para dar la razón a los dominicos. No era posible aceptar trato con esos hombres que habían comido carne humana. No cabía en sus funciones juzgarles. La magnitud del mal era superior a las facultades de los presentes. Nadie ponía en duda los poderes de gobernador de Nicuesa. Nadie rebatiría su autoridad militar. Mas los cristianos residentes no podían tratar con aquellas gentes so pena de pecar igual que ellos. Balboa se llevó la idea al vuelo, y se tragó la risa para darle la razón al franciscano, mientras fray Zumárraga se apuraba en explicársela al noble don Francisco Pizarro.

Al día siguiente los magistrados Balboa y Pizarro hicieron comparecer a Nicuesa y los suyos. Se les interrogó sobre los hechos, que fueron confirmados por todos ellos, en vista de lo cual se les hizo saber la decisión de los magistrados, avalada por los frailes y todos los residentes. En Santa María no había obispo todavía. Nadie allí podía decir a quién incumbía juzgarles. ¿Al tribunal de la Audiencia en Santo Domingo? ¿A la Santa Inquisición? ¿O quizá sólo a la última instancia más alta, Dios mismo? Pero no podían andar en tratos con los pecadores, que debían abandonar inmediatamente la Colonia. Les darían alimentos como obra de caridad, pero nada más. Debían marchar con lo mismo que vinieron. El tribunal ordenaba explícitamente el uso de la fuerza en caso de negativa, así como la expulsión de todo aquel que les suministrase un solo clavo. Por supuesto, si Nicuesa regresase con una sentencia absolutoria o documento equivalente emitido en la instancia que se estimase competente por la autoridad correspondiente, sería bienvenido y reconocido en su cargo, que no dejaba de estarlo en ningún momento. Mas los escrúpulos cristianos que aquí obraban eran así mismo legítimos e innegables.

Se les entregó víveres y agua suficientes, pero no se permitió asistencia técnica, ni suministro de materiales. Para los servidores que los atendieron el primer día se organizó una misa y una acción purificadora, que incluía una procesión alrededor de la villa portando la virgen y quemando incienso, cuyo humo se arrojaba a los purificados. Un espectáculo doloroso para los de Nicuesa, ya a bordo del barco, porque se efectuó ante su vista. Los desdichados, muy desmoralizados, apenas se atrevieron a insistir un par de veces en que al menos les permitieran reparar la nave carcomida, que hacía agua continuamente por doquier. En vano ofrecían sus perlas a cambio.

Milagrosamente sólo se hundieron cuando en el horizonte ya divisaban a La Hispaniola. No se salvó ninguno.

Tras estos turbulentos acontecimientos la colonia de Castilla del Oro pudo por fin prosperar para la gloria de Castilla y de Dios. Balboa era el hombre idóneo para mantener alta la moral de los conquistadores y encauzar las energías de aquellos hombres emprendedores, que ahora pasaban el tiempo libre en espectáculos de perros. Balboa usaba aquellos feroces mastines de guerra para despedazar vivos a prisioneros indios. No por maldad, sino por deporte. Aún no habían toros bravos en las indias. Se apostaba mucho.
– ¡10 maravedíes a que San Sebastián le arranca el brazo a ese indio!


San Sebastián era un enorme mastín, propiedad personal de Balboa, que lo había nombrado así en recuerdo de Juan de la Cosa. En la nave de ese antiguo piloto de Cristobal Colón había arribado el mozo Balboa a La Hispaniola desde Cádiz. Años después, al trasladarse al Darién, se enteró de la muerte del veterano capitán durante la primera incursión de Ojeda: Los caribes lo ataron a un árbol en el camino de retirada de los españoles, y lo acribillaron a flechazos como a San Sebastián. Era todo lo que habían podido entender de las explicaciones sobre las costumbres cristianas que daba, en su difícil dialecto borincano, el atemorizado criado caribe del prisionero español. La confusión de las sencillas mentes nativas se perfilaba ya como el principal y funesto resultado de las escuelas dominicales que organizaban los franciscanos en las Antillas para la evangelización de la servidumbre indígena [10].

Pero en realidad a Balboa nada le interesaba tanto como descubrir un supuesto mar al otro lado de tierra firme, al sur de Castilla de Oro. Estaba preparando una expedición, y reuniendo datos entre los guías indígenas de más confianza. A diferencia de Enciso, que recelaba de los indígenas, y de Pizarro, que los menospreciaba, Vasco sabía ganarse a los aborígenes. Con vino de Jerez. Y la lealtad era recíproca. De esos indios que bebían con él, ni uno solo arrojaría el noble conquistador jerezano a los perros. Cuando Balboa creyó que la expedición estaba lista, le preguntó a su confesor, quien le acompañaría en la riesgosa aventura:
- Decidme, padre Miguel. ¿Vos qué creéis? ¿Nos falta algo?
Y una sóla palabra salió de los labios de Zumárraga.
- Cabezuela.




[10] Una encuesta de los dominicanos en 1600 entre los últimos 3000 indios en Cuba: taínos, guajiros y lucayos, desde 1570 liberados de las encomiendas y asentados en cinco poblados creados específicamente para ellos: El Caney, Mayarí, Jiguaní, Yaguajay y Guanabacoa, dió sorprendentes resultados, como queda recogido en Malentedidos Y Errores De La Evangelización Primaria En America editado en 1618 por el padre jesuita fray Genaro Guzmán. Así creían 62% de los indios encuestados que los santos cristianos eran una tribu de dioses, cuyo cacique Jesús tenía cinco mujeres: María Magdalena, la Virgen de la Caridad, Santa Bárbara, Isabel la Católica y Anacaona. Un africano liberto, miembro de la comunidad guanabacoense por matrimonio, llegó a plantear incluso que Santa Bárbara era "negro y poderoso".

24 oct 2007

El Protector De Los Cerdos IV

Ideas entre dos mares

Zumárraga ejercía una enorme influencia sobre Cabezuela, que le admiraba hasta el punto de seguirle en peligrosas empresas de conquista al continente, que por lo común solía eludir. Pero era sin duda una relación de aprecio recíproco, pues si Cabezuela no tenía las impetuosas iniciativas de su amigo, mucho impresionaba a éste, en cambio, con sus ideas prácticas.

Así por ejemplo, fue Cabezuela quien resolvió el dilema de los Requerimientos, una proclama que según la ley de 1513 debía ser leída a los indios antes de iniciar las hostilidades. En ella se requería la sumisión voluntaria al rey de España y la admisión de la misión cristiana. De paso se amenazaba con la guerra implacable, el sometimiento y la esclavización en caso de negativa. Con este documento se daba un fundamento legal a las acciones de la conquista, y al llegar a cada aldea indígena se debía proceder a su lectura por parte de un fraile o capellán militar.
En un principio los indios no contestaban nada. Al menos nada comprensible. Ellos, por supuesto, no entendían una palabra de castellano, y menos aún de derecho católico español. Así los soldados cristianos podían dedicarse con toda tranquilidad de conciencia al saqueo, al pillaje y al exterminio de los infieles. Se sabían amparados por la ley. Sin embargo, aquellos endemoniados indios pronto descubrieron que con exclamar "¡Sí!" al finalizar la lectura de los Requerimientos evitaban lo peor. Los franciscanos siempre estuvieron convencidos de que aquello era obra de los dominicos. Al arribar a los poblados los españoles se veían imposibilitados de actuar por la desvergonzada respuesta de los indios. Sin esperar a que acabase la lectura del documento, los indígenas irrumpían sonrientes en un coro de afirmaciones. Indignados, pero irresueltos a desobedecer la ley, los conquistadores perdían la motivación, colocando a la conquista en serio peligro de estancamiento.

Al explicársele el problema, Cabezuela propuso leer los Requerimientos de noche y a media legua de las aldeas indias. Esta idea tuvo una gran acogida y se convirtió en un rotundo éxito. Como pudo apreciarse entonces, con este método la actitud indígena no sólo dejaba de ser cooperativa, sino que resultaba incluso ofensiva hacia España y hacia la fe cristiana, por el menospreciante e ignominioso silencio que seguía a la lectura de la proclama.

En aquel momento Cabezuela había acudido junto a Zumárraga y otros franciscanos a Santa María La Antigua, fundada por Enciso en Castilla del Oro, la costa oeste del golfo de Darién. La idea de nombrar así al nuevo campamento era de Vasco Núñez de Balboa, quien era el favorito de Enciso desde el día en que fue descubierto cuando iba de polizón de La Hispaniola al Darién. Antes de ser lanzado al mar el despierto Vasco recitó un popular poema titulado La niña de la peineta carmesí que he visto sonreir esta tarde tras las rejas de un balcón en Sevilla mientras sus manos estrujaban un pañuelillo de seda blanco. Con ello logró conmover al sensible capitán y ganarse la simpatía de la tripulación. Sobre todo por los hilarantes pasillos de sevillana que intentó mientras recitaba. Acto seguido, al ver que no lo habían echado por la borda todavía, Balboa se arrojó a los pies del capitán, jurando fidelidad si le perdonaba la vida.

El nombre de Santa María La Antigua era fruto del particular sentido español para salvaguardar la honra. Pretendía borrar la memoria de un fuerte homónimo anterior, y de su desastroso final. Aquel Santa María La Nueva quedaba del lado este del golfo, la Nueva Andalucía, territorio de indios galibí[8]. Allí fracasaron Ocaña y Alvarado de Vaca, y luego Alonso de Ojeda y su sucesor Enciso. Después de arrasar las aldeas costeñas, aquellos ingenuos conquistadores habían mordido el polvo -o el humus, según el caso- una y otra vez al penetrar en la selva, pues los crueles caribes de tierra adentro emponzoñaban arteramente sus flechas con curare[9].

El valeroso soldado español estaba acostumbrado a avanzar matando indios con toda tranquilidad. Cubierto por una cota de malla o una coraza de metal y cuero reforzado, recibía apenas rasguños de las flechas en aquellos sitios donde la protección era más débil y el proyectil lograba hendirla un poco. O en las extremidades, siempre menos protegidas. Aquellas saetas de punta de madera afilada y endurecida al fuego eran inofensivas para el ecuánime cristiano. Mas en la selva del Darién bastaba que una flecha caribe al rebotar en la coraza arañase el dorso de la mano. El soldado caía al suelo a los pocos segundos, y perecía horrorosamente, presa de las desesperadas convulsiones de la asfixia.

Era esa forma vil de hacer la guerra por parte de los indígenas lo que hacía imposible expandirse hacia el sur. El recién llegado Martín Fernández de Enciso, luego de ser informado por Francisco Pizarro, que encabezaba a los sobrevivientes de la expedición del Adelantado Ojeda, dirigió a los conquistadores a la orilla occidental del golfo -al sur del istmo panameño-, denominada Castilla del Oro, donde encontraron indios mansos y reemprendieron la conquista, evitando una vergonzosa retirada a La Hispaniola.

En realidad aún quedaba un temor. La concesión administrativa de explotación para Ojeda, Enciso y los suyos se limitaba a la Nueva Andalucía, mientras que Castilla del Oro estaba asignada a Diego de Nicuesa. No obstante, al desembarcar, Enciso y Pizarro no hallaron rastro de Nicuesa.
– Habrán más devoradores de hombres al oeste –se burlaba el popular Balboa.
No tardaría mucho en verificarse esta terrible sentencia.

Gracias a sus maneras desembarazadas e insolentes, Balboa se había convertido rápidamente en el líder indiscutido de los colonos. Hasta los veteranos de Ojeda le prestaban más atención que a su jefe Pizarro, quien hubo de seguirle la corriente al más joven para mantener su posición. Por el contrario, el gobernador Enciso, hombre de alta instrucción -era bachiller-, con sus modales educados y su afán de mantener organizados a sus impetuosos subordinados -un empeño que en la práctica significaba la mayor inactividad posible-, era francamente impopular y considerado un estorbo.

En estas circunstancias Zumárraga como confesor de Balboa le trasmitió a éste una sugerencia de fray Cabezuela. Se trataba de convertir aquel campamento militar, donde la autoridad de Enciso era irrefutable, en un asentamiento colonial fijo, una villa, y a los expedicionarios en colonos residentes. Si Enciso estaba de acuerdo, se constituiría un cabildo, que una vez electo reconocería el mando de Enciso como gobernador y jefe militar de Nueva Andalucía. Una autoridad, naturalmente, no válida en la nueva entidad civil, por estar ubicada en Castilla del Oro, cuyo gobernador designado por la corona era Diego de Nicuesa. La autoridad en la nueva villa incumbía a un alcalde elegido por los residentes.

Enciso, que apreciaba el orden y la institucionalidad, no percibió la maniobra y hasta se entusiasmó cuando una comisión de conquistadores se presentó con la propuesta de fundar una villa en el lugar del campamento. El cabildo instalado eligió inmediatamente a dos alcaldes o magistrados para ejercer el gobierno de la villa y de la colonia en ausencia del legítimo gobernador Nicuesa. Se seleccionó a Balboa y a Pizarro, quienes rápidamente informaron a Enciso su nuevo estatus. Se le consignó un navío para dirigirse a Nueva Andalucía o a dónde le pareciese. Por lo que éste, con unos pocos fieles, se encaminó a Santo Domingo a quejarse.

De momento el litigio de gobierno estaba resuelto. Balboa tenía el papel de primera figura y lider innegable. Francisco Pizarro era nominalmente su igual, una concesión a su antigüedad y prestigio, pero de hecho sólo el segundo hombre de la villa. Segundo de Ojeda, segundo de Enciso, segundo del co-alcalde Balboa. En su día, el capitán Pizarro no vacilará en traicionar al co-capitán Almagro en la expedición al Perú para apoderarse del mando único. Temía terminar a la larga de segundo otra vez. De paso hizo que le aplicaran a Almagro el garrote vil y, para estar más seguro, que le cortaran la cabeza al cadaver. Luego un comando almagrista asaltó a Pizarro y lo decapitó en su propia casa. Juan de Rada, que dirigía a los asaltantes, había dicho, mientras le pasaba el sable a un un fornido extremeño, alzando la voz sobre los gritos de don Francisco:
– ¡De prisa, señores, que no hay tiempo para torniquetes!
A Pizarro lo enterraron en la segunda cripta de la Catedral de Lima.

Pero continuemos, que ésta es la historia de Simón de Cabezuela.




[8] El gentilicio arahuaco original galibí aún perdura en sus dos derivados castellanos: caribe y caníbal.
[9] El curare paraliza la musculatura del pecho y el diafragma.

23 oct 2007

El Protector De Los Cerdos III

En La Hispaniola

Al llegar a Santo Domingo, Cabezuela tuvo que escoger entre dos labores. La primera opción era soldado en la expedición de Alvarado de Vaca a la selva del Darién, donde las indómitas tribus antropófagas habían digerido ya a la guarnición del poco antes fundado fuerte de Santa María La Nueva y a los expedicionarios del Capitán Rodrigo de Ocaña, enviado luego a exterminar a los indígenas. Diego Alvarado de Vaca, lugarteniente de Ocaña y único sobreviviente de su tropa, había recibido la orden y los recursos para organizar una nueva expedición. Cuarenta años más tarde, en 1544, el padre Lafitte, misionero francés y primer europeo que logró internarse en el Darién, entrar en contacto con los naturales y morir en otra parte [3], supo por los indios del terrible destino de Alvarado de Vaca.

El valeroso capitán español fue capturado vivo después de un encarnizado combate. Para su honra lo reconocieron como participante en la expedición anterior por el penacho negro de su casco y el vistoso tallado de su coraza. Eso causó una fuerte impresión en los caribes, que apreciaban la valentía como la mayor virtud. Así que no lo degollaron y asaron como a los restantes prisioneros. Su destino sería diferente. Despojado de todas sus vestiduras, lo entregaron a un grupo de desnudas vírgenes caribes, quienes lo lavaron cuidadosamente con ayuda de hierbas aromáticas y le untaron todo el cuerpo con cucuy [4]. Luego lo obligaron a comer cachonguitos [5]. Finalmente, ya que creían en la transmisión del valor a través de la carne cruda, lo dieron a comer vivo a los pequeños de la tribu.

Los caribes del Darién, además de fieros, eran magníficos talladores e imitadores. Al menos en eso eran casi guaraníes. Sentían una enorme admiración por los diseños complicados, que se transmitían de generación a generación con suma exactitud. En el Museo Precolombino de Cartagena de Indias, Colombia, se conserva un cráneo humano tallado y reducido por los indígenas de la tribu tecaxaré [6], que data de alrededor de 1680. El diseño coincide plenamente con el blasón de los Alvarado de Vaca.
De interés resulta la tardía fecha de producción, un indicador del perfecto traspaso de conocimientos entre los indígenas. Pero lo más increíble es el hecho probado de que el tallado hubo de efectuarse antes de la reducción del cráneo. Algo ciertamente asombroso si se tiene en cuenta el complicado tratamiento artesanal. Al reducir el cráneo al tamaño de un huevo de agapí verde [7] se deforman asimétricamente las dimensiones originales. De esta manera, para que la figura en el cráneo tenga la forma deseada luego de la disección reductora, es necesario tallarla con determinadas alteraciones geométricas muy precisas, para cuyo cálculo hoy día habría que apelar a los ordenadores.

La otra tarea reservada para aquellos contratados era la de novicio en la nueva misión de Santa Micaela del Cibao, donde los franciscanos convertían a los últimos grupos de indios quisqueyanos.

De 39 contratados, 38 solicitaron la segunda tarea. A uno no se le pudo encontrar a la hora del reparto. Ni después tampoco. Los monjes, sin embargo, precisaban sólo de dos individuos, y la condición de saber leer y escribir la cumplían 3, entre los cuales se echó a suerte la selección. Los elegidos resultaron ser un mozo cordobés y un catalán de mal talante. A este último, hombre de pocos amigos, le estrangularon esa misma noche. Cabezuela, tercero con dominio de la palabra escrita, se vio obligado a tomar su puesto. Los restantes contratados continuaron viaje con Alvarado de Vaca. Desembarcaron en el golfo de Urabá y, después de clavar en tierra el estandarte de Castilla -Aragón no tenía derechos sobre las Indias-, se internaron en el Darién para siempre.

Diferente fue la suerte de Cabezuela y el cordobés, que se dirigieron a Santa Micaela del Cibao cabalgando en mulos junto a dos piadosos padres de la orden de San Francisco. La impresión de aquella incomparable opulencia de follaje y color, que les acompañó en todo el trayecto de cuatro días, tuvo un impacto decisivo en los mozos y alcanzó su clímax con la imagen que se abrió ante sus ojos al llegar la pequeña comitiva a las inmediaciones de la misión: En el centro de un bellísimo valle intramontano se alzaba un caserío rústico de preciosas maderas, dispuesto armoniosamente y rodeado de jardines, por donde un grupo de jóvenes padres corrían trás algunas hermosas nativas.
Uno de ellos, al parecer el líder del grupo, se detuvo a saludar a los novicios y se presentó como Miguel de Zumárraga. Era un vasco de fiel carácter, pero desprovisto de todo sentido de la moderación y el comedimiento, por quien Cabezuela sintió de inmediato una simpatía natural. Al lado de este hombre de fe viviría más tarde inolvidables días. Con su colaboración, ya ordenados frailes, Cabezuela redactaría un famoso ensayo de mucho éxito entre franciscanos y laicos: Sobre Como Introducir El Catequismo En Las Indias Por La Vía Natural, donde exponían el fruto de sus experiencias misioneras en Santa Micaela del Cibao. De esta opera prima de Cabezuela sólo tenemos referencias. Lamentablemente ningún ejemplar ha llegado hasta nuestros días. La última copia de la que se tiene noticia fue destruida en un auto de fe en Sevilla en 1717.

La porfía teológica con los frailes de la orden de Santo Domingo ocupaba por entonces gran parte de las energías de aquellos jóvenes franciscanos. Los dominicanos, encabezados por Pedro de Córdoba y Antonio de Montesinos, no cesaban de sabotear la árdua labor de colonos y franciscanos con los indios. Especialmente Montesinos no desaprovechaba ocasión para predicar y despotricar contra la encomienda. Luego le dio por reclamar que se sustituyeran los indios por esclavos negros, cuya fortaleza física les proporcionaba mayor resistencia en los duros trabajos. Mas cuando la audiencia prestó oídos a sus demandas y se trajeron esclavos africanos en abundancia, entonces Montesinos, arrepentido, empezó a protestar contra la esclavitud de los negros. Esto dio motivo a una famosa misa de Cabezuela que, complaciendo peticiones de los colonos, hubo de ser celebrada varias veces en cada villa de la isla: Nunc permutaremo hoc nigrori per boni sacerdotii dominicani.




[3] Pierre Everard Henri François Lafitte (Nantes 1512), teólogo y fraile gerónimo, desde 1566 cardenal, falleció en un burdel romano en 1570. Autor de memorias: Moustiques sur la soutane 1549, La croix et le feu chez les Indiennes 1558, y tratados: La varieté de la position du missionnaire 1552.
[4] Variante local del chile.
[5] Hongos alucinógenos muy usados por los indios para trances religiosos.
[6] Caribes cazadores de cabezas del Darién.
[7] Columbiensis esmeraldicus, ave endémica del noroeste de América del Sur, extinta desde el siglo XIX, antaño muy codiciada por su precioso plumaje verde y sus grandes huevos, a los que se atribuían propiedades afrodisíacas y que le impedían volar.

22 oct 2007

El Protector De Los Cerdos II

Camino a las Indias

La orientación profesional ya era a principios del siglo XVI un problema serio para la juventud española. Especialmente entre los jóvenes vagabundos y sin vínculo social. Es sin duda el descubrimiento de América lo que permitió erradicar este mal por muchas generaciones. Surgiendo así una nueva y accesible profesión para su ejercicio en el nuevo continente: el honroso oficio de Español. Se trataba, además, de un quehacer que prometía ser lucrativo como pocos.
Llevado por el tenue instinto de seguir los pasos de su padre, Cabezuela había marchado a Barcelona con la intención de enrolarse en los tercios de la campaña de Italia. Deambulando por la ciudad condal escuchó de marinos y comerciantes fabulosas historias sobre las nuevas tierras de ultramar. Decían que el oro abundaba como en Aragón los guijarros. Y al desembarcar bastaba apartar a las indias, que yacían desnudas y ociosas en la playa, para recoger las preciadas pepitas, gruesas como guisantes. Simón era un mozo despierto y nada crédulo. Por tanto no creyó ese cuento de las indias. Supuso que estarían vestidas o cubiertas de algún modo. Eso haría más fácil la tarea de echarlas a un lado para recolectar el oro, pensó. El mozo se ilusionó mucho con las Indias y decidió marchar a por ese oro, mucho más abundante y menos peligroso de obtener que saqueando iglesias y villas italianas. Así que se puso en camino a Cádiz lleno de esperanzas.

Como no pudo reunir el dinero del pasaje, Cabezuela arribó a las Indias enrolado con un capitán de Contrata. En aquel mismo año de 1504, debido a la falta de intrépidos conquistadores y colonos entre aquellos súdbitos que podían financiarse el viaje a ultramar, y vista la escasez crítica de personal en las nuevas colonias, la corona había ratificado la institución de la Contrata, iniciada sin mucha legalidad en 1502 por Jacobo Pérez Jiménez, un ex-rabino sevillano.
Los llamados capitanes de Contrata podían embarcar a expensas propias un número determinado de hombres para las nuevas tierras. A cambio, los contratados debían firmar unas obligaciones que estipulaban el reembolso al contratista del precio del viaje más los intereses. Estos alcanzaban generalmente entre 20 y 30 veces el valor del pasaje. La corona había puesto tal coto máximo de 30 veces para evitar los abusos iniciales de Jacobo Pérez.
Curiosamente muchos siguieron prefiriendo viajar de polizón antes que contratarse. A pesar de que ser descubierto infraganti significaba ineludiblemente la gentil conminación castellana a abandonar el navío inmediatamente, dicho con otras palabras, ser arrojado por la borda. No fue sino en 1577 que Las Cortes emitieron una ley estableciendo un trato humano para los polizones. A partir de entonces hubo que transportarlos encadenados a régimen de pan y agua hasta el puerto de destino para ser destinados a trabajos forzados.

De los intereses recibidos cada capitán de contrata entregaba un quinto a las arcas reales y un décimo a las autoridades coloniales, las que a su vez velaban el cumplimiento de las obligaciones por parte de los contratados. Por otra parte, las obligaciones comprometían a aceptar la labor que tuviera gestionada el agente del contratista en la colonia a la llegada del navío. De esta manera quedaba asegurado que se pagase al contratista y que funcionase todo el esquema. También se tomó en cuenta, por último, la importancia de evitar en las colonias la vagancia tan difundida en la península.[2]

A bordo de la carabela La Calavera de San Iñigo, en la que el joven Simón se dirigía a Santo Domingo, los contratados escuchaban de los marinos fascinantes historias de las Indias. Aquellos hombres de mar describían los terribles peligros de las tierras desconocidas: tigres feroces, serpientes venenosas, armadillos leprosos. Pero se referían reiteradamente a los habitantes de las orillas sureñas y las islas menores del mar antillano: los fieros caribes. Eran aterradoras historias que llenaban de pesadillas los sueños de los contratados, haciéndoles olvidar las diligentes pulgas, los intrépidos piojos y las incansables ladillas en la estrechez de la asfixiante bodega donde dormían.




[2] Hay que reconocer que numerosos contingentes de andaluces hallaron camino a América gracias a la Contrata. Mientras que los extremeños y los vascos se ocupaban básicamente de funciones militares, se calcula que hacia 1550 los andaluces constituían el 90% de la población civil en América. No quedó más remedio que esclavizar a los indios y luego traer africanos. N.d.A.

19 oct 2007

El Protector De Los Cerdos I

Referencias de familia

Simón de Cabezuela (1484-1562), primer maestro en tierras cubanas, fue un padre franciscano que enseñó a leer y escribir a Diego Velázquez, el algo retrasado Adelantado de la isla de Cuba. Cabezuela le hizo ver, además, que robar los cerdos del prójimo no era digno de un gobernador. Incluso cuando ésta hubiera sido su ocupación principal en los primeros 30 años de vida laboral, que en la España de entonces comenzaba no antes de los 5 años de edad, así como su gran afición en la última década, mientras fungía de colono en La Hispaniola. El fraile convenció a Velázquez de que resultaba más digno -aunque, desde luego, no tan divertido- robar en las arcas públicas, creando una costumbre que ya nunca se perdería en la isla. Esa incansable labor persuasiva en favor del cerdo doméstico ajeno le hizo merecedor del título honorífico de Protector De Los Cerdos, ratificado en la cédula administrativa número 26 anno domini 1516 de la Real Audiencia de Santo Domingo. Se le reconocía de esta manera su contribución a la estabilidad política de la colonia antillana.

El destino de fray Xavier Simón de Cabezuela y López muestra el carácter transcendental de la conquista de América para los habitantes de la península ibérica. El joven Cabezuela nunca hubiera soñado que terminaría sus días rodeado de reconocimiento público como Obispo de Vera Cruz. Cuando llegó a La Hispaniola en 1504 no había visto jamás a un seminario por dentro. Tampoco experimentó en su vida previa vocación eclesiástica alguna. Todo lo que sabía de religión eran vagos recuerdos de lo que le contaba su madre, quemada 10 años atrás por la Inquisición en Salamanca como seguidora del culto herético a Santa Carmela.

El origen de este culto se debía a una sencilla moza labriega del pueblo de Cañete, en las inmediaciones de Salamanca, que había adquirido mucha fama de milagrosa por amamantar a los cabritos huérfanos -cosa que hacía con evidente deleite-, aunque ella misma nunca hubiese estado preñada. Tras su muerte en 1483 surgió en Salamanca el culto de adoración de la leche de Santa Carmela. La difunta labriega era idolatrada celosamente por sus nuevos devotos. De toda Castilla y Aragón, y hasta de Navarra y Aquitania, acudían mujeres de poca leche a ver su tumba y rogarle a Santa Carmela. De vuelta a casa se frotaban los pechos con los retazos de piel de cabra que vendían algunos fervorosos peregrinos permanentemente anclados en las inmediaciones de la tumba de Santa Carmela.

Aquello adquirió tan grandes proporciones, que el concilio de Santiago de Compostela de 1487 declaró que, primero, la tal Carmela no estaba canonizada, y por tanto no era santa, y segundo, que el Gran Inquisidor de Salamanca habría de exterminar el infame culto con el purísimo fuego de la santísima Inquisición. Una decisión que despertó el regocijo de los leñadores salmantinos, aunque -o porque- no pocas de sus mujeres también adoraban a Santa Carmela.

El Gran Inquisidor Don Camilo Borges, el Implacable, se convirtió así en el mayor obstáculo para los astilleros, los hornos y las carpinterías del reino. El gasto de leña en Salamanca alcanzó cifras astronómicas. Durante 4 largos años no se apagaron las piras purificadoras en la ciudad. Inútilmente. En 1491 habían tres veces más adeptos al culto carmelista que al comenzar la labor del Santo Oficio. Entonces el arzobispo de Salamanca Don Lope Bernárdez apeló en el concilio de turno por la canonización de Carmela para acabar con el mal. El concilio de Oviedo acordó, primero, solicitar a Roma la beatificación de la cañetina, y segundo, que, en espera de una decisión de la Santa Sede, Don Camilo pasara a trabajar con mesura. En esta fase de fuego lento, con unas 8 o 9 hogueras por año, que duró hasta la beatificación de Carmela en 1497, fue fatalmente capturada Concepción Concha López Viuda de Cabezuela cuando osadamente imitaba a un cabrito hambriento -la señal de los carmelistas- durante la misa del domingo en la catedral de Salamanca. En la cual desde 1513 existe una bella capilla dedicada a Santa Carmela. Allí, en las secas tardes salmantinas, solía verse años más tarde al anciano Don Camilo Borges, dulcemente senil en su libertad de pensionado, narrando a visitantes de ocasión extrañas historias de reencarnaciones y cabras.

A la muerte de su madre Simón, que apenas tenía nueve años, se encontró completamente solo en el mundo. Si se exceptúan a sus 6 tíos maternos con sus respectivas familias. Estos, como es comprensible, se negaron a hacerse cargo del huérfano por razones religiosas. Aún no había comenzado la gran inflación que acompañó a la conquista de las Indias, pero la vida ya era bastante cara. Por eso sus parientes se apoderaron de todo lo que pudieron de las pertenencias de la difunta Concha, antes de que aparecieran los alguaciles de la Inquisición y encautasen todo.
El padre de Simón, un profesional de la guerra, había perecido a manos de los infieles de Granada en una de las escasas escaramuzas tácticas que precedieron a la rendición del último reino moro en España. Fue un lamentable e innecesario accidente, pues la escuadrilla a la que pertenecía Don Miguel de Cabezuela simplemente asaltaba a unos comerciantes árabes, que inesperadamente resultaron estar armados.

Un antiguo camarada de su padre, retirado desde aquel funesto combate y conocido como Don Alfonso el Manco, acogió a Simón en su casa de Valladolid. Y le dio empleo en la fonda que poseía. Lo empleó para limpiar los cobertizos, los pesebres y las letrinas principalmente. Allí permaneció el chico 5 años, hasta creerse fuerte para salir al mundo. Su instinto aventurero le hizo largarse una noche de junio cuando aún le ardían los azotes. Alfonso el Manco había perdido la diestra, pero desarrollado en cambio una increíble habilidad manejando el fuete con la zurda.

No obstante, esos pocos años en Valladolid Simón logró aprovecharlos muy fructíferamente. De Don Miguel Oropesa, antiguo capitán de su padre y parroquiano habitual donde el Manco, aprendió el arte de las letras y hasta algo de napolitano, la lengua preferida para maldecir por aquel veterano de dos docenas de guerras europeas. El propio Alfonso le enseñó algunas tonadas populares, como aquella de La cabra. Al cantarla a Simón se le hacía un nudo en la garganta, pues le recordaba a Doña Concha, su difunta madre:

La cabra, la cabra,
la puta dela cabra,
la matre quela pariou,
io tenía una cabra
i la mu puta se murriou
[1]






[1] La versión original visigoda, siglo VI, es muy parecida, casi igual, sólo que trata más bien sobre “magde de stunk gleik zeegoat“, o sea, “la moza que olía como cabra“, una tonada inspirada en la princesa Kothilde, tan bella como arisca al agua segun la leyenda germana. N.d.A.
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