30 oct 2008
Niños
"Los niños son la esperanza del mundo." José Martí no estaba ebrio cuando escribió esa frase en el siglo XIX. Sin embargo, ya no vale la tesis. Por razones cuantitativas, y no cualitativas. No se trata de que el mundo de hoy sea realmente muy diferente, sino de la cantidad de niños que hay: 2.600 millones. Y, encima, están repartidos de una forma muy poco práctica. 2.300 millones viven en países pobres. Aunque no todos son pobres, sino apenas 2.200 millones, que, sumados a los niños pobres de los países ricos, vuelven a ser 2.300 millones. Una cifra que sigue creciendo, pese a los 10 millones de niños pobres que mueren cada año y los otros 10 niños que son adoptados por las estrellas americanas del cine y la música pop. La causa de esa desproporción está, precisamente, en los padres ricos -pero no tan ricos-, que no se reproducen ni adoptan lo suficiente.
Hay países como España donde la tasa de natalidad es tan baja que tienen que importar niños de otros lugares. Principalmente de Sudamérica. Ya los traen grandecitos por comodidad, para no tener que cambiarle los pañales y demás. No obstante, sufren de problemas de adaptación. Por ejemplo, algunos niños colombianos se empeñan en jugar con polvo. Eso en España no se ve bien. Al menos entre los padres, porque a los niños españoles les encanta el polvito.
Por esas razones es que el gobierno español ha decidido otorgarle la nacionalidad a los nietos de españoles en el extranjero. En Cuba, sin ir más lejos, hay unos 2 millones de nietos de peninsulares. Así, esos nietecitos podrían suplir lo que la vieja Castilla y el viejo Aragón ya no producen. Y serían, seguramente, más compatibles con los niños ibéricos. Porque, bueno, la sangre es la sangre. ¿Suena bien la idea, no?
Pero retomemos la yema del huevo reproductivo: ¿Por qué la gente no tan rica en los países más bien ricos no quiere tener hijos? Pues para no convertirse en pobres, claro está. Un hijo o hija cuesta 160.000 dólares. No hacerlo, criarlo. Y eso es si -y sólo si- a los 18 años le entregas un cuchillo o una minifalda y le dices que vaya a ganarse la vida por su cuenta. Sino sale más caro. Un hijo güevón, que estudie hasta los 30 y sus padres lo mantengan, puede llegar costar 500.000 dólares. ¡Dios nos coja confesados!
28 oct 2008
Milano
Si pueden ir a Italia, vayan. Si les es posible verla entera, háganlo. Si tienen una semana, recorran la Toscana. Si disponen de un fin de semana, visiten Venecia. Si se trata de un sólo día, quédense en Milán. Y, como no sea la moda o el fútbol lo que les atrae, inviertan su tiempo así:
Duomo
La catedral merece una visita. Así sea sólo porque demoraron casi 700 años en terminarla. Y no quiero críticas a la productividad italiana, pues la catedral de Colonia fue empezada por la misma época y aún no la han concluido. El altar es muy bonito, y la nave muy alta, pero que conste que el interior no es comparable con la basílica de San Pedro en Roma, ni con la catedral de San Marco en Venecia, ni con otras 25 iglesias italianas que se comen al duomo milanese sin empanizar y sin salsa de tomate. En cambio el exterior, siendo gótico, ya resulta más competitivo. Recomiendo subir al techo. Hay acceso a pie (€ 4) o con elevador (€ 6) por la parte trasera exterior de la iglesia. Los amantes del deporte sabrán qué hacer. Por su parte, los amantes de la adrenalina y demás hormonas deben saber que la escalera tiene apenas 50 cm de ancho, que es doble vía -subiendo y bajando-, y que abundan las turistas nórdicas: jóvenes, incautas y sin sostén.
Santa Maria delle Grazie
Esta iglesia renacentista es famosa por su cúpula -que dio origen a la forma del panettone o viceversa-, el portal y la tribuna. A eso hay que sumar el adyacente Cenacolo Vinciano, donde se encuentra el fresco más famoso del mundo: "La Ultima Cena" de Leonardo da Vinci. Es necesario reservar con antelación para poder entrar. El número de visitantes por día está limitado, pues la pintura mural se deteriora con la humedad del sudor anglosajón y con los gases del aliento japonés.
Teatro alla Scala
El templo principal de la Opera mundial es otra base que hay que pisar sin falta. Las entradas no son caras, unos € 60. El problema es conseguirlas. Suelen haber revendedores en las inmediaciones. Con € 300 en cash se resuelve casi seguro. Si quieren ver todo el teatro desde sus puestos, necesitarán suerte. Pero la parte que consigan observar desde el más retorcido ángulo del palco será hermosa.
Castello Sforzesco
La residencia-fortaleza de la familia Sforza -que representaba en Milán lo mismo que los Medici en Florencia- es un complejo con museo de arte, museo de armas y museo histórico. Hay manuscritos originales de Da Vinci y Michelangelo. Siempre soñé con poseer un dibujo original de Da Vinci, pero también aquí las vitrinas son blindadas. No, no hay pecado en la intención. Los Sforza eran condottieri (mercenarios) antes de convertirse en duques alla forza.
Galleria Vittorio Emanuele
Es un Shopping Mall, pero histórico, pues lo construyeron hace 130 años. La arquitectura es atractiva, las italianas también. Un poco neuróticas, como las argentinas -bueno, es la sangre. ¿Sabían que la copulazione italiana es una de las más cortas de la cristianidad? Promedio estadístico: 8 minutos all in. Claro que son neuróticas. Ah, y una aproximación a la Universitá Bocconi procurando belleza es inútil. Las compradoras ociosas están mejor.
Peck
Para los amantes del buen comer esto es más importante que todo lo demás. Se trata de la tienda gourmet número uno de Italia. Inaugurada en 1883 por un tendero de Praga llamado Franz Peck, y actualmente en manos de la familia Stoppani. Abarca 4000 metros cuadrados en tres niveles. En el sótano, la vinoteca. En la planta baja, la bottega: 150 metros de vitrinas con carnes, embutidos, quesos, vegetales, pasta. Sólo en quesos hay más de 160 especialidades. En la planta alta, dulces y café (con cafetería adjunta.) Lo mejor de lo mejor de cada tipo de alimento. Los llamados Peccati de Peck son más que famosos: tartufo bianco, foie gras, caviar Beluga, jamón de Jabugo, prosciutto culatello (el mejor jamón después del ibérico bellota), sottoli e sottaceti (conservas finas), pesti, formaggi (queso), torrone, pralines, cioccolato, biscotti, pasticceria, liquori e destillati. En su día enviciaron al poeta Gabriele D'Annunzio. Con fatal resultado. La tarde en que D'Annunzio llevó a su amigo sindicalista Alceste De Ambris a conocer la tienda Peck se inventó el fascismo. "Los desempleados también merecen comer estas cosas" –fue la reacción de De Ambris. Le darían forma a esa tesis meses después en la Constitución de Fiume.
La decoración en Peck es arte. Se puede mirar, olfatear, probar, comprar. Pero al final hay que sentarse en la cafetería y pedir un café Kopi Luwak de Indonesia. Cuesta € 7 la tacita en la cafetería, y € 450 el kilo en la tienda. Se prohibe usar azúcar. Hay que beber agua antes de probarlo. Y es sencillamente fabuloso. Divino. ¿Recuerdan el sabor de los pechos de aquella novia de la secundaria? (Me falta autoridad para preguntar a las chicas algo equivalente.) Bueno, pues no es igual, pero se aproxima algo a esos pechos. Resulta que el tal café no es tan especial ni tan caro por gusto. Hay un gato, en realidad es un marsupial, que se sube en las matas de café de Sumatra, Java y Sulavesi, y se come los frutos más maduros o podridos. El nombre ciéntifico es Paradoxurus hermaphroditus. Sí, pero no se entusiasmen, que el gato no es maricón. Cuando el gatico excreta, pasa alegre un malayo y recoge el producto. Luego sacan los granos de café y los limpian. Salen intactos. Se tuestan y procesan como cualquier otro. La diferencia radica en que las enzimas del estómago y el intestino del gato fermentan y añaden algo único al café. Exquisito, repito.
Ristorante Cracco Peck
El número 5 de Italia. Ma per me il migliore. Fundado en 2000 por la familia Stoppani con el chef Carlo Cracco, que ahora se ha independizado de los dueños de Peck. Saben lo difícil y peligroso que puede resultar la salida de una familia italiana, ¿no? Pues Cracco no sólo ha sobrevivido, sino que incluso ha mejorado el restaurante. Carlo fue un discípulo de la Scuola Alberghiera, propulsora del minimalismo culinario sobre la base de productos típicos -precisamente la combinatoria genial de la cocina italiana-, mas ha evolucionado hasta convertirse en uno de los ases de la cocina molecular. Así que recomiendo el Menu Degustazione. De lo contrario, un plato que lleve trufas. Lo que Cracco puede hacer con trufa blanca linda con la magia negra. Por cierto, hay una portera brasileña que ya incita al babeo antes de ver la comida.
La catedral merece una visita. Así sea sólo porque demoraron casi 700 años en terminarla. Y no quiero críticas a la productividad italiana, pues la catedral de Colonia fue empezada por la misma época y aún no la han concluido. El altar es muy bonito, y la nave muy alta, pero que conste que el interior no es comparable con la basílica de San Pedro en Roma, ni con la catedral de San Marco en Venecia, ni con otras 25 iglesias italianas que se comen al duomo milanese sin empanizar y sin salsa de tomate. En cambio el exterior, siendo gótico, ya resulta más competitivo. Recomiendo subir al techo. Hay acceso a pie (€ 4) o con elevador (€ 6) por la parte trasera exterior de la iglesia. Los amantes del deporte sabrán qué hacer. Por su parte, los amantes de la adrenalina y demás hormonas deben saber que la escalera tiene apenas 50 cm de ancho, que es doble vía -subiendo y bajando-, y que abundan las turistas nórdicas: jóvenes, incautas y sin sostén.
Esta iglesia renacentista es famosa por su cúpula -que dio origen a la forma del panettone o viceversa-, el portal y la tribuna. A eso hay que sumar el adyacente Cenacolo Vinciano, donde se encuentra el fresco más famoso del mundo: "La Ultima Cena" de Leonardo da Vinci. Es necesario reservar con antelación para poder entrar. El número de visitantes por día está limitado, pues la pintura mural se deteriora con la humedad del sudor anglosajón y con los gases del aliento japonés.
Teatro alla Scala El templo principal de la Opera mundial es otra base que hay que pisar sin falta. Las entradas no son caras, unos € 60. El problema es conseguirlas. Suelen haber revendedores en las inmediaciones. Con € 300 en cash se resuelve casi seguro. Si quieren ver todo el teatro desde sus puestos, necesitarán suerte. Pero la parte que consigan observar desde el más retorcido ángulo del palco será hermosa.
La residencia-fortaleza de la familia Sforza -que representaba en Milán lo mismo que los Medici en Florencia- es un complejo con museo de arte, museo de armas y museo histórico. Hay manuscritos originales de Da Vinci y Michelangelo. Siempre soñé con poseer un dibujo original de Da Vinci, pero también aquí las vitrinas son blindadas. No, no hay pecado en la intención. Los Sforza eran condottieri (mercenarios) antes de convertirse en duques alla forza.
Es un Shopping Mall, pero histórico, pues lo construyeron hace 130 años. La arquitectura es atractiva, las italianas también. Un poco neuróticas, como las argentinas -bueno, es la sangre. ¿Sabían que la copulazione italiana es una de las más cortas de la cristianidad? Promedio estadístico: 8 minutos all in. Claro que son neuróticas. Ah, y una aproximación a la Universitá Bocconi procurando belleza es inútil. Las compradoras ociosas están mejor.
Peck Para los amantes del buen comer esto es más importante que todo lo demás. Se trata de la tienda gourmet número uno de Italia. Inaugurada en 1883 por un tendero de Praga llamado Franz Peck, y actualmente en manos de la familia Stoppani. Abarca 4000 metros cuadrados en tres niveles. En el sótano, la vinoteca. En la planta baja, la bottega: 150 metros de vitrinas con carnes, embutidos, quesos, vegetales, pasta. Sólo en quesos hay más de 160 especialidades. En la planta alta, dulces y café (con cafetería adjunta.) Lo mejor de lo mejor de cada tipo de alimento. Los llamados Peccati de Peck son más que famosos: tartufo bianco, foie gras, caviar Beluga, jamón de Jabugo, prosciutto culatello (el mejor jamón después del ibérico bellota), sottoli e sottaceti (conservas finas), pesti, formaggi (queso), torrone, pralines, cioccolato, biscotti, pasticceria, liquori e destillati. En su día enviciaron al poeta Gabriele D'Annunzio. Con fatal resultado. La tarde en que D'Annunzio llevó a su amigo sindicalista Alceste De Ambris a conocer la tienda Peck se inventó el fascismo. "Los desempleados también merecen comer estas cosas" –fue la reacción de De Ambris. Le darían forma a esa tesis meses después en la Constitución de Fiume.
La decoración en Peck es arte. Se puede mirar, olfatear, probar, comprar. Pero al final hay que sentarse en la cafetería y pedir un café Kopi Luwak de Indonesia. Cuesta € 7 la tacita en la cafetería, y € 450 el kilo en la tienda. Se prohibe usar azúcar. Hay que beber agua antes de probarlo. Y es sencillamente fabuloso. Divino. ¿Recuerdan el sabor de los pechos de aquella novia de la secundaria? (Me falta autoridad para preguntar a las chicas algo equivalente.) Bueno, pues no es igual, pero se aproxima algo a esos pechos. Resulta que el tal café no es tan especial ni tan caro por gusto. Hay un gato, en realidad es un marsupial, que se sube en las matas de café de Sumatra, Java y Sulavesi, y se come los frutos más maduros o podridos. El nombre ciéntifico es Paradoxurus hermaphroditus. Sí, pero no se entusiasmen, que el gato no es maricón. Cuando el gatico excreta, pasa alegre un malayo y recoge el producto. Luego sacan los granos de café y los limpian. Salen intactos. Se tuestan y procesan como cualquier otro. La diferencia radica en que las enzimas del estómago y el intestino del gato fermentan y añaden algo único al café. Exquisito, repito.
Ristorante Cracco PeckEl número 5 de Italia. Ma per me il migliore. Fundado en 2000 por la familia Stoppani con el chef Carlo Cracco, que ahora se ha independizado de los dueños de Peck. Saben lo difícil y peligroso que puede resultar la salida de una familia italiana, ¿no? Pues Cracco no sólo ha sobrevivido, sino que incluso ha mejorado el restaurante. Carlo fue un discípulo de la Scuola Alberghiera, propulsora del minimalismo culinario sobre la base de productos típicos -precisamente la combinatoria genial de la cocina italiana-, mas ha evolucionado hasta convertirse en uno de los ases de la cocina molecular. Así que recomiendo el Menu Degustazione. De lo contrario, un plato que lleve trufas. Lo que Cracco puede hacer con trufa blanca linda con la magia negra. Por cierto, hay una portera brasileña que ya incita al babeo antes de ver la comida.
17 oct 2008
Confusión & Simetría
Ignorando el paisaje alpino, un grupo competía por alcanzar la cima. Mountain biking en el sur de Baviera puede ser atractivo, pero realmente no era mi elección para esa tarde del encuentro corporativo. Había escogido rafting, y lo cancelaron -al igual que canyoning- por peligro de crecida. Había llovido en las zonas superiores, y del lado suizo también. La otra opción era el senderismo. Allá estaban la mayoría de los colegas, y casi todas las mujeres. No puedo negar mis orígenes, caminar en rebaño me resulta indecoroso.
Incrementé el ritmo. Era una tontería, desde luego. Más tracción y menos propulsión. Sin levantarme del sillín los fui superando uno a uno. Cuando llegué a la cumbre, les sacaba tres metros a los dos siguientes, y diez al resto de la vanguardia. Esperamos a que llegaran todos. Después vino la bajada, no tan larga, y otra subida. Y de nuevo la competencia. Llegué tercero, aunque me paré sobre los pedales. Aquellos dos consiguieron cinco metros de ventaja.
Una nueva ascensión fue todavía más aburrida y con idéntico resultado, si bien esta vez se me adelantaron unos diez metros.
El guía nos condujo por un atajo en el bosque hasta reincorporarnos al camino. La siguiente elevación parecía más empinada. No estábamos ni en la mitad, y los dos viciosos parecían inalcanzables. Perdí el interés. ¿Qué hago yo aquí? Mejor era volver hasta el hotel para seguir el rastro de los caminantes. Con la bicicleta no sería difícil. Dejé pasar a todos para ser más discreto. Di media vuelta, y descendí la pendiente. Me adentré en el fangoso sendero entre los árboles. Al salir por el otro extremo vi a una ciclista solitaria en el camino. Era Zdenka, la checa coja de finanzas. Bueno, en realidad no era coja, sino que una de sus piernas lucía ligeramente más flaca que la otra. Me detuve a su lado.
- ¿Regresaste por mí? –me preguntó a bocajarro.
- Sí, claro –respondí con prontitud ante sus ojos verdes radiantes.
- Gracias -dijo con un suspiro que me hizo pensar que había calculado mal el riesgo.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? ¿Te perdiste? –traté de reinterpretar la situación.
Me miraba sonriente con un aspecto muy emocional. Tenía un colmillo superior más largo que el otro.
- Me quedé atrás –contestó en una acción secundante de su mirada a mis ojos-. Y después no sabía por dónde os habíais ido.
Pensé en explicarle lo del atajo. No llegué a empezar.
- No sabía que yo te importaba… –murmuró con voz ahogada.
- Ahora… lo sabes… -repetí como un cretino hinoptizado.
Apoyado contra la cerca de piedra del rústico mirador detrás del hotel contemplaba el espectacular panorama. Varias vacas pastaban indolentes en una colina más abajo. Con la misma cadencia había pedaleado de vuelta al hotel junto a la checa. Y con igual ánimo tragaba ahora mi cerveza de trigo. Ella también bebía. A mi lado. De espaldas al muro.
- … cuando te veía pasar –la escuché decir.
Me hablaba, al parecer. No dije nada, Zdenka siguió:
- ¿Recuerdas el proyecto de AMP que comenzamos?
- Sí, aquel que cancelaron tras pocas semanas –asentí.
- Me había alegrado tanto de que coincidiéramos alguna vez –agregó con una melancolía conmovedora.
Casi le pregunto: ¿Y tú estabas allí?, pero hice un esfuerzo.
- Claro, fue mala suerte -comenté.
- Nunca imaginé que tú también sintieras algo por mí… -continuó Zdenka.
Venía otra vez con ese brillo raro en los ojos. Quise poner mi mano cordial en su hombro y decir algo amable. Era la última línea de defensa. Tras esa, sólo mi inerme patrimonio. Pero su frágil figura se enroscó en mi brazo como un gato benévolo. En el segundo que quedamos nariz con nariz entendí que era inevitable. Y fue sorprendente, además. Su boca grande era suave. El colmillo mayor me hizo gratas cosquillas en la lengua. Entonces tomé la iniciativa. Puse la jarra en el muro. Para besarla mejor agarré su cabeza con ambas manos. La llave inglesa: una mano en la nuca y otra en la mandíbula. Se entusiasmó y, aún temblando, me subió una pierna sobre el muslo.
Su cuarto estaba en el ático del hotel. La ventana abierta en el techo mostraba el cielo nublado. Una pared era recta y la otra inclinada. Como los pezones de Zdenka. El que apuntaba hacia afuera era el del pecho derecho, algo mayor que el izquierdo, aunque pequeños los dos. Sabían, eso sí, exactamente igual.
Sin embargo, entre las piernas era perfecta. Con una quilla armoniosa en toda su longitud. Como en un barco vikingo.
Incrementé el ritmo. Era una tontería, desde luego. Más tracción y menos propulsión. Sin levantarme del sillín los fui superando uno a uno. Cuando llegué a la cumbre, les sacaba tres metros a los dos siguientes, y diez al resto de la vanguardia. Esperamos a que llegaran todos. Después vino la bajada, no tan larga, y otra subida. Y de nuevo la competencia. Llegué tercero, aunque me paré sobre los pedales. Aquellos dos consiguieron cinco metros de ventaja.
Una nueva ascensión fue todavía más aburrida y con idéntico resultado, si bien esta vez se me adelantaron unos diez metros.
El guía nos condujo por un atajo en el bosque hasta reincorporarnos al camino. La siguiente elevación parecía más empinada. No estábamos ni en la mitad, y los dos viciosos parecían inalcanzables. Perdí el interés. ¿Qué hago yo aquí? Mejor era volver hasta el hotel para seguir el rastro de los caminantes. Con la bicicleta no sería difícil. Dejé pasar a todos para ser más discreto. Di media vuelta, y descendí la pendiente. Me adentré en el fangoso sendero entre los árboles. Al salir por el otro extremo vi a una ciclista solitaria en el camino. Era Zdenka, la checa coja de finanzas. Bueno, en realidad no era coja, sino que una de sus piernas lucía ligeramente más flaca que la otra. Me detuve a su lado.
- ¿Regresaste por mí? –me preguntó a bocajarro.
- Sí, claro –respondí con prontitud ante sus ojos verdes radiantes.
- Gracias -dijo con un suspiro que me hizo pensar que había calculado mal el riesgo.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? ¿Te perdiste? –traté de reinterpretar la situación.
Me miraba sonriente con un aspecto muy emocional. Tenía un colmillo superior más largo que el otro.
- Me quedé atrás –contestó en una acción secundante de su mirada a mis ojos-. Y después no sabía por dónde os habíais ido.
Pensé en explicarle lo del atajo. No llegué a empezar.
- No sabía que yo te importaba… –murmuró con voz ahogada.
- Ahora… lo sabes… -repetí como un cretino hinoptizado.
- … cuando te veía pasar –la escuché decir.
Me hablaba, al parecer. No dije nada, Zdenka siguió:
- ¿Recuerdas el proyecto de AMP que comenzamos?
- Sí, aquel que cancelaron tras pocas semanas –asentí.
- Me había alegrado tanto de que coincidiéramos alguna vez –agregó con una melancolía conmovedora.
Casi le pregunto: ¿Y tú estabas allí?, pero hice un esfuerzo.
- Claro, fue mala suerte -comenté.
- Nunca imaginé que tú también sintieras algo por mí… -continuó Zdenka.
Venía otra vez con ese brillo raro en los ojos. Quise poner mi mano cordial en su hombro y decir algo amable. Era la última línea de defensa. Tras esa, sólo mi inerme patrimonio. Pero su frágil figura se enroscó en mi brazo como un gato benévolo. En el segundo que quedamos nariz con nariz entendí que era inevitable. Y fue sorprendente, además. Su boca grande era suave. El colmillo mayor me hizo gratas cosquillas en la lengua. Entonces tomé la iniciativa. Puse la jarra en el muro. Para besarla mejor agarré su cabeza con ambas manos. La llave inglesa: una mano en la nuca y otra en la mandíbula. Se entusiasmó y, aún temblando, me subió una pierna sobre el muslo.
Su cuarto estaba en el ático del hotel. La ventana abierta en el techo mostraba el cielo nublado. Una pared era recta y la otra inclinada. Como los pezones de Zdenka. El que apuntaba hacia afuera era el del pecho derecho, algo mayor que el izquierdo, aunque pequeños los dos. Sabían, eso sí, exactamente igual.Sin embargo, entre las piernas era perfecta. Con una quilla armoniosa en toda su longitud. Como en un barco vikingo.
10 oct 2008
El Protector De Los Cerdos XXII
Entre Potonchán y el río había una plaza despejada, donde los comerciantes foráneos –mayas, zapotecas, mixtecas, totonacas e incluso algunos aztecas– solían ofrecer sus mercancías en los días de feria. Mas en la mañana del 24 de marzo de 1519 los forasteros eran extraordinarios. 300 castellanos, a quienes su general había hecho formar en tres escuadrones. La mayoría poseía una rara tez clara, con pelos en lugar de tatuajes, escarificaciones, cicatrices rituales o carretes de piercing. Sus vestimentas, con partes de brillante metal, también resultaron impresionantes para los 3000 guerreros chontales que observaban escondidos en las primeras casas de la ciudad.
Para comenzar los cristianos desfilaron usando el pasillo de la Guardia Ducale Sforzesca[42]. Lo habían ensayado la noche anterior siguiendo las instrucciones de Doménico el genovés, un antiguo condottiero y contrabandista. No quedó perfecto, pues no habían sido escogidos por su porte para venir a Las Indias. Incluso podría decirse que les faltaba cierto garbo. Así como varias orejas, y hasta un par de narices. Pero bastó para impresionar a los nativos. Al igual que la salva de arcabuces que vino detrás.
Tabasco recapacitó. Y envió a Cortés lo poco de comida que quedaba en Potonchán: ocho pavos, seis perros y diez morrales de maíz. También incluyó su propia máscara dorada de halach uinik, junto con las argollas y pendientes de oro que portaban los miembros de su séquito. Pidió a cambio que los españoles se fueran.
El caudillo devolvió los perros, pero dijo –para desconcierto maya– que no era suficiente comida. Y que no se iría si no le daban una cesta repleta de oro. Aunque también aceptaría un saco o un zurrón grande.
- No nos interesa el comercio, ni deseamos la guerra, simplemente no os queremos aquí –contestó el exasperado Tabasco en boca de sus mensajeros-. No tenemos más comida, ni más oro. Y si no os marcháis, os mataremos a todos.
- Nosotros tampoco queremos causaros molestias –aseveró diáfano Cortés-. Sólo queremos algo de comer, porque estamos muy hambrientos después de un largo viaje.
- Bueno, trataremos de conseguiros un poco más de comida –afirmaron los emisarios-. Pero luego os marcharéis.
- Pues no faltaba más, queridos amigos –contestó el caudillo, dando por terminado el diálogo.
Mas luego, cuando los legados chontales se retiraban, les gritó:
- ¡Y no os olvidéis de la cesta de oro!
Ante sus capitanes Cortés se mostró optimista.
- Por mi conciencia, os digo que esto promete.
- Este Cortés no tiene más conciencia que un perro –susurró Diego de Ordás a Francisco Montejo. Sus sonrisas ambos las suavizaron asintiendo instintivamente.
Durante tres días los indios no se dignaron a cumplir su promesa. Tabasco creía que los españoles simplemente se cansarían y se irían. Al cuarto día, desesperado y sabiendo que tres piquetes de cristianos campeaban por sus dominios, mandó otra comisión con ocho pavos más, los mismos seis perros y otros diez morrales de maíz. Cortés agradeció la dote, pero advirtió que aún era poco. Y que faltaba el oro. Los enviados chontales contestaron que analizarían esa propuesta, y se retiraron.
Esta vez el caudillo se había quedado con los canes por cortesía. Los repartió como mascotas entre los soldados que estaban más próximos sobre cubierta en aquel momento. El último de los afortunados, Pedro Pablo Rebollo, oriundo de Huelva, recibió el regalo con evidente asco. Cortés se detuvo ante él. El alabardero sostenía al perrito con tres dedos, colgando por la cola.
- ¿A ver, soldado, qué os acontece con este perro? –quiso saber el generalísimo mirándolo fijamente.
- Nada, nada me acontece, vuestra merced –dijo el hombre, pero su insegura mirada lo delataba.
- Don Hernando, no lo asustéis –intervino Gonzalo Sandoval-, que ese mozo es Bolillo, nuestro único morisco.
- ¡Vaya! ¿Conque esas tenemos? –se sorprendió el caudillo-. Pues entonces… ¡pero miradme a la cara cuando os dirijo la palabra, moro cabrón!
- Soy cristiano, vuestra merced, soy cristiano… –balbuceó el onubense.
- ¿Sois cristiano, no? ¡¿Y a qué viene pues vuestra tirria con el maldito perro?! –bramó Cortés.
- ¡Hostia!, alguien se va a encariñar hoy con su nuevo perro –dijo Portocarrero.
A esas alturas el soldado ya sujetaba al perro por el torso. El techichi lengüeteaba inocente la mano de su ingrato dueño. La densa pelambre negra de Rebollo lucía erizada.
- ¡Que lo bese! ¡Que lo bese! –salió de un coro de voces jocosas.
Rebollo tragó en seco al oírlo. Cortés, sin decir más, le hizo un gesto apremiador. Pedro Pablo, o Butros Boulos -como lo llamaban en casa, parecía temblar. Varios capitanes y soldados lo circundaban interesados.
- Vamos, hijo, besad al perrillo –quiso ayudar el bueno de fray Cabezuela-. Así nadie dudará de vuestra fe.
- ¡¿A qué puñeta esperáis?! –rugió Cortés.
En un arranque de voluntad Bolillo levantó al perrito y le propinó un rápido ósculo en la cabeza. Sin embargo, por cerrar los ojos no pudo evitar que el techichi, con ágil reflejo, le lamiese la cara. Justo cuando, sin abrir los labios, murmuraba "alahu akbar", y entre el júbilo y las risas de sus compañeros.
[42] Con la Guardia Ducale los Sforza habían creado en Milán el cuerpo militar más gentil de toda Europa. Se reclutaba entre los condottieri más gallardos de Italia. Portaban, además, hermosos uniformes, uno en verano y otro en invierno, diseñados exclusivamente para la guardia por el sastre particular del duque. De estos apuestos mercenarios se decía que más fácil los mataban las faldas lombardas que los cañones enemigos.
8 oct 2008
Gerencia A La Cubana

Me había preguntado varias veces cómo será la gestión empresarial en Cuba una vez desaparecido el Castrismo. Lo digo, más que nada, por la arraigada deshonestidad que se ha apoderado de la mentalidad popular cubana. Ahora mismo recuerdo a mi abuelo, que administraba una ferretería y era decente y honrado hasta la estupidez. Así no se podrá nunca más.
Mas la respuesta a mi curiosidad socio-económica está aquí en Miami. La he descubierto en una cadena comercial fundada por cubanos de la emigración primaria. Hoy día está probablemente en manos de un competidor de capital anglosajón, tras una maniobra intermediaria con un comprador fantoche cubanoamericano. En todo caso, los empleados no saben quién es el dueño actual. Pero la gerencia –por lo menos la baja y la mediana– sigue siendo cubana. Al igual que dos tercios del personal. Cubanos de verdad, no cubanoamericanos. Y es que siempre fue política de la empresa pagar poco. Así que, desde que empezó a crecer de veras hace más de una década, se nutre principalmente de gente calificada sin títulos americanos. Utiles explotables. O sea, cubanos del Castrismo.
La empresa me llamó la atención porque vi en un establecimiento como un empleado, que se iba a casa, antes de salir tenía que llamar al manager para que revisara su compra propia. Bolsa por bolsa y contra el recibo. Infelizmente no hubo un registro corporal, lo que sin duda hubiera hecho más atractivo el procedimiento. Para nosotros, los clientes presentes. Supe entonces que allí ese era el trámite rutinario.
Ante semejante aperitivo me propuse, pues, conocer el resto del menú. Nada mejor para ello que charlar con el personal femenino. Helo aquí, a grosso modo, salvando los detalles que el flirteo no me permitió retener.
Los empleados tienen prohibido usar abrigos oscuros. Las bolsas de las mujeres han de ser transparentes. Las casillas personales en el vestuario tienen que permanecer abiertas para inspecciones espontáneas de los agentes de seguridad, que son de cuatro a seis tipos y permanecen el resto del tiempo en un cuarto observando al personal en pantallas. Las imágenes provienen de cámaras distribuidas a razón de una cada dos metros cuadrados, según mi propio cálculo. Aclaro que soy un profesional de los números.
Hasta ahí estaba muy fea la cosa, pero luego me pareció un adefesio: cuando vi un bonito cartel recordando a los empleados que hay una línea telefónica especial para denunciar de forma anónima a cualquier colega que haya hecho algo incorrecto. Ese tema me permitió enterarme de que también se escuchan todas las llamadas telefónicas. En el argot corporativo lo denominan monitoreo. Suena mejor que espionaje -lo reconozco. Y su objetivo es impedir que se hable nada privado o insano durante el trabajo. Los celulares, naturalmente, están prohibidos. Incluso durante los diez minutos de almuerzo asignados al personal. 10 en arábigos o X en romanos –como más les guste.
Resumiendo, la preocupación de la gerencia por la salud moral de los empleados no escatima esfuerzos. Ni los menores, así que tampoco se les permite aceptar ni un café de un cliente amable. Y eso no fue una evasiva de aquella cubanita, porque luego nos vimos afuera.
6 oct 2008
El Protector De Los Cerdos XXI

Ante Potonchán
- Caballeros, ha llegado la hora de partir a Yucatán –anunció el caudillo ante su estado mayor, congregado bajo las frescas palmeras de Cozumel.
Las barbas de sus hombres asintieron con firmeza. Una larga siesta, estimulada por un suculento guiso de tortuga de carey, no había aletargado sus ánimos.
- ¿Cuándo zarpamos? –preguntó el íntimo amigo y paisano Portocarrero.
- Mañana al amanecer, don Alonso, porque esta tarde tenemos mucho que hacer.
- ¿Cuáles son vuestras órdenes, Excelencia? –inquirió Pedro de Alvarado.
- Ha sido la voluntad del Señor la que nos trajo de vuelta a esta ínsula –reflexionó Cortés en voz alta-. Y hay una razón: antes no cumplimos nuestro sagrado deber.
Algunos ceños se fruncieron con moderación. El almirante continuó.
- Señores, ésta no es una vulgar incursión de reconocimiento o comercio…
- Con vuestra licencia, don Hernando, pero no tenemos instrucciones de Velázquez, ni de la Real Audiencia, ni del… -interrumpió Diego de Ordás, un seguidor del gobernador de Fernandina.
- ¡Conozco perfectamente nuestro mandato, don Diego! –replicó enojado el caudillo, y detuvo a Ordás con un ademán-. Estoy hablando de otra voluntad, ¡una superior!
Se podía notar la tensión entre los oficiales. El capitán salmantino Francisco Montejo, otro partidario de Velázquez, acariciaba nervioso el mango dorado de la daga que colgaba de su cintura. Alonso Hernández de Portocarrero se colocó discretamente a sus espaldas. Portaba un agudo estilete veneciano escondido tras la manga del jubón.
- ¿Qué… qué… queréis de… de… decir, don Hernán? –preguntó con áspera voz Juan Velázquez de León, el fornido sobrino gago del administrador de Cuba.
- Por mi conciencia, os digo –contestó, ya sereno, Cortés-, que ésta es una empresa de Dios. ¡No lo olvidéis ni en aciaga hora –añadió enérgico-, cristianos, somos una santa compañía!
Asintiendo casi convencidos, los castellanos se relajaron ostensiblemente.
- Bien –exclamó el caudillo con autoridad-, si ya lo tenéis claro, pues poned manos a la obra: Destruid los ídolos paganos. ¡No partiremos mientras aún los haya en esta isla!
En menos de cuatro horas no quedó un solo tótem en Cozumel. A los más grandes no pudieron demolerlos, pero al menos los derribaron, y destrozaron sus infames facciones. Fue una extraordinaria muestra de eficiencia por parte de los castellanos y de sus indios cubanos, pues los cozumeleños no cooperaron. Por fortuna tampoco hicieron resistencia. Salvo dos sacerdotes del supremo Hunab, a quienes hubo que arrojar desde lo alto del templo. Apenas se quebraron algunos huesos. Sin embargo, sí que hubo un muerto maya aquel atardecer: un servidor del templo de Itzam Ná al que golpearon con una maza por error. Era un anciano desdentado, y sentado inmóvil allí con el atuendo ritual se parecía demasiado a su bondadoso dios. Además de que ya estaba oscureciendo. El culpable fue uno de los hombres de Gonzalo Sandoval. Como compensación por ese accidente, el justo Sandoval hizo pintar una gran cruz blanca sobre el zócalo mayor de Itzam Ná.
Partieron a la salida del sol. El viento no era propicio para superar el cabo Catoche, así que se detuvieron en la Isla Mujeres. Desafortunadamente, desde la incursión anterior se habían ausentado las vírgenes mayas. Esperaron dos días en vano. Luego el viento cambió, y zarparon nuevamente. Siguieron la ruta de Hernández de Córdoba y de Grijalva por el norte y oeste yucatecos. Caboteando con prudencia acabaron hallando el navío extraviado de Juan Escobar.
La undécima nave de la expedición de Cortés había ido a parar a la bahía de Campeche, llamada Puerto Deseado por Grijalva. Allí, mientras cargaba agua potable en un riachuelo, Escobar había encontrado a Leona, la enorme perra mastín que se le escapara a Grijalva un año atrás. Leona no había perdido tiempo. Al parecer se había apareado con un perro techichi[38], continuando el mestizaje iniciado por Guerrero poco tiempo atrás. Tenía tres cachorros chaparritos, regordetes y de rojiza pelambre. Gracias a las habilidades de la perra, Escobar cazó docenas de venados y conejos. Había acumulado mucha carne salada y forrado el barco de pieles. Eso aplacó el disgusto del caudillo.Reunificada, la flota continuó el bojeo de Yucatán. Aunque evitaron Champotón más al suroeste, dada la consabida insana conducta de los indios del renegado Guerrero. Pronto alcanzaron un río al que Grijalva había denominado con su propio nombre para celebrar su buena fortuna, pues los mayas chontales[39] de la región le habían regalado algunas piezas de oro para que continuara su camino sin demora. El jefe local se llamaba Tabasco[40], y esta vez no fue tan amable.
Cortés avanzó río arriba con los barcos menores y algunos botes. Divisaron muchos indios en la ribera derecha. Las plumas y los gritos no parecían muy cordiales. Ni tampoco aquella forma de levantarse los taparrabos reiteradamente. Unas leguas más adelante vieron una ciudad con casas de piedra. Era Potonchán, que albergaba la residencia de Tabasco, y las de veinte mil de sus súdbitos. Varias canoas se aproximaron a negociar con los castellanos.
- ¡Iros de aquí… vamos, fuera, fuera! –tradujo fray Aguilar.
- ¡Pero qué hijos de puta son estos indios! –exclamó alguien con voz ronca como la de Portocarrero.
- Dicen que Grijalva prometió, a cambio de oro, que los castellanos jamás volverían –añadió el fraile.
- ¡Qué hijo de puta es ese Grijalva! –dijo la voz ronca.
- ¡Joder, callaos de una vez, que no me dejáis razonar! –exclamó el caudillo, y luego se dirigió al traductor-. Padre, decidles que sólo queremos comprar comida, y que pagaremos bien.
Los emisarios de Tabasco volvieron con la respuesta.
- El jefe maya manda a decir que mañana debemos presentarnos en la explanada frente a la ciudad –interpretó don Gerónimo.
- Indios arteros –masculló Cortés-, os venís ahora con argucias, pero ya veréis… Padre, decidles que allí estaremos para agradecer la gentil hospitalidad del cacique.
Una vez terminado el parlamento con los indígenas el caudillo requirió la presencia del capitán Juan Gutiérrez Escalante, un fiel veterano de Grijalva que comandaba un chinchorro en aquel comando fluvial.
- Don Juan, bajaréis por el río hasta la flota, y retornaréis con otros 100 hombres, incluyendo a todos los ballesteros y arcabuceros disponibles.
- Así se hará, vuestra merced.
- Y traed a fray Díaz y a fray Cabezuela también, que fray Aguilar, de tanto andar con salvajes, se olvidó de oficiar…
- ¡Hostia, sí! –intervino Portocarrero-. Que el otro día le hemos pedido una misa, y ya quería sacrificar a un taíno…
Incluso Cortés tuvo que reir. Un triste Gerónimo de Aguilar protestó desolado:
- Me hacéis injusticia, caballeros. Tal vez he perdido la palabra divina, pero no la fe. Si aún vivo, es por ella.
- Vamos, vamos, don Gerónimo –contestó don Alonso en tono conciliador y sacudiéndole un manotazo en el espinazo-, que entre cristianos viejos bien podemos holgarnos.
Escalante, cuya madre era judía conversa, no quiso darse por aludido, e interpeló al generalísimo.
- ¿Y los caballos, vuestra merced?
Los 15 caballos de la compañía no habían pisado tierra desde Cuba. Eran el mayor secreto y la mejor baza en el juego del conquistador. Cortés caviló un instante, y luego decidió:
- Todavía no.
Cometía su primer error en suelo mexicano.
En tanto, Tabasco ordenaba la evacuación de la ciudad. Se fueron las mujeres, los niños y los ancianos. Y se llevaron todo el oro, y toda la comida.
- Si en verdad quieren comida, aquí tampoco hay –sentenció Tabasco.
En Potonchán quedaron únicamente los guerreros. Menos los de la legión Chich Nal[41], que acechaban escondidos en las acequias detrás de la ciudad.
[38] El perro techichi, antepasado del chihuahua, tenía tres funciones en las culturas precolombinas mexicanas: religiosa, nutritiva y doméstica. Estos diminutos canes compartían con el pavo la modesta actividad pecuaria de los antiguos mexicanos. Se usaban para sacrificios menores. Por ejemplo, solicitando salud para un pariente enfermo. En la cocina superaba ampliamente al conejo en popularidad. Y como animal de compañía era especialmente apreciado entre las damas toltecas. Una usual amenaza para una niña displicente de buena familia solía ser: ¡O te portas bien, o te haré un estofado con el techichi!
[39] Los chontales, chontalli en nahuatl, eran aquellos mayas vecinos del Imperio Azteca. En la lengua de los mexicas ese apelativo denota lo “extraño.”
[40] Tabasco -Taabscoob en maya chontal- era el halach uinik, un título traducible como “hombre verdadero”, y gobernaba el kuchkabal (cacicazgo maya) más occidental.
[41] La legión Chich Nal -“mazorca dura” en castellano- se componía de dos regimientos: el blanco, con los mejores guerreros de Tabasco; y el azul, con los guerreros de las mejores familias de Potonchán.
25 sept 2008
Nudismo
El cubano aprecia las tangas como el argentino los tangos. Por ellas, más que por el mar, frecuentaba las playas antillanas. Y una vez instalado en el centro de Europa asumí estoico la ausencia de playas porque, al menos en verano, había nudistas.
El primer día de la temporada allá me fui. El área nudista se encontraba junto a una antigua y enorme fosa minera inundada por la lluvia y por corrientes subterráneas. La arena parecía aserrín. Aserrín de piedra. Puse la toalla en el suelo, me quité la ropa y me acosté a observar el cielo y el agua. Ya venía en camiseta y en jeans sin calzoncillos para facilitar las cosas. En definitiva, igual andaba antes en La Habana por falta de ropa interior. O porque era un cochino, según una segunda opinión. Por entonces creía que entre unos calzoncillos desafortunados y nada lo segundo tenía más dignidad. Sobre todo al bajarse los pantalones. Todavía pienso lo mismo. Prefiero a una chica sin bragas que con un pañal de algodón.
A poco de estar allí llegaron dos rubias. Se detuvieron a dos metros de mí. Me taparon la visión del lago. No me quejé. En pocos segundos se despojaron de sus vestidos. Luego se echaron sobre sus vientres con las cabezas en dirección a la laguna. Doblé mi ropa una vez más para elevar mi improvisada almohada. La perspectiva era mucho mejor que las nubes o el estanque. Las ventajas del nudismo saltaban a la vista. Se me secó la lengua. Y tuve que acostarme bocabajo. Con la cabeza hacia el agua, por supuesto. Una rubia daba palmadas con las plantas de sus pies alzados desde las rodillas. La otra tensaba repetidamente sus largas piernas estiradas en una V inversa. Yo seguía el ritmo de las dos. Descubrí lo impráctico que puede ser un gato si no hay ponche. ¿Por qué no escarbé un orificio en el aserrín primero? Cuestionaba mi insensatez, cuando algo me golpeó levemente a un lado. Me costaba trabajo girar la cabeza. Sólo lo hice al percibir más emanaciones femeninas a mi diestra. Aún anclado, apoyé los codos y miré a estribor.
Había dos piernas torneadas y blancas allí. Y otras, algo más delgadas y bronceadas, detrás. Y un tercer par, muy rosadas, más abajo. Escuché risas. La de las piernas blancas se inclinó sobre mi espalda. Pero no por mí, sino por el balón en mis costillas. El largo cabello rojizo rozó mi hombro. Fue un movimiento tan lento que pude contar las pecas en su pecho derecho. Nueve. Aparte de aquel pezón obsesivo. Su dueña se irguió también. Y entonces me habló con un tono encantador:
- ¡Hola! ¿Quieres jugar voleibol?
El primer día de la temporada allá me fui. El área nudista se encontraba junto a una antigua y enorme fosa minera inundada por la lluvia y por corrientes subterráneas. La arena parecía aserrín. Aserrín de piedra. Puse la toalla en el suelo, me quité la ropa y me acosté a observar el cielo y el agua. Ya venía en camiseta y en jeans sin calzoncillos para facilitar las cosas. En definitiva, igual andaba antes en La Habana por falta de ropa interior. O porque era un cochino, según una segunda opinión. Por entonces creía que entre unos calzoncillos desafortunados y nada lo segundo tenía más dignidad. Sobre todo al bajarse los pantalones. Todavía pienso lo mismo. Prefiero a una chica sin bragas que con un pañal de algodón.
A poco de estar allí llegaron dos rubias. Se detuvieron a dos metros de mí. Me taparon la visión del lago. No me quejé. En pocos segundos se despojaron de sus vestidos. Luego se echaron sobre sus vientres con las cabezas en dirección a la laguna. Doblé mi ropa una vez más para elevar mi improvisada almohada. La perspectiva era mucho mejor que las nubes o el estanque. Las ventajas del nudismo saltaban a la vista. Se me secó la lengua. Y tuve que acostarme bocabajo. Con la cabeza hacia el agua, por supuesto. Una rubia daba palmadas con las plantas de sus pies alzados desde las rodillas. La otra tensaba repetidamente sus largas piernas estiradas en una V inversa. Yo seguía el ritmo de las dos. Descubrí lo impráctico que puede ser un gato si no hay ponche. ¿Por qué no escarbé un orificio en el aserrín primero? Cuestionaba mi insensatez, cuando algo me golpeó levemente a un lado. Me costaba trabajo girar la cabeza. Sólo lo hice al percibir más emanaciones femeninas a mi diestra. Aún anclado, apoyé los codos y miré a estribor.
Había dos piernas torneadas y blancas allí. Y otras, algo más delgadas y bronceadas, detrás. Y un tercer par, muy rosadas, más abajo. Escuché risas. La de las piernas blancas se inclinó sobre mi espalda. Pero no por mí, sino por el balón en mis costillas. El largo cabello rojizo rozó mi hombro. Fue un movimiento tan lento que pude contar las pecas en su pecho derecho. Nueve. Aparte de aquel pezón obsesivo. Su dueña se irguió también. Y entonces me habló con un tono encantador:
- ¡Hola! ¿Quieres jugar voleibol?
21 sept 2008
Inoportuno
El viejo llavín cedió de mala gana. Estuve especialmente torpe porque también sostenía la recia chaqueta de cuero en la otra mano. Me la había quitado para escalar los cinco pisos sin ascensor en el vetusto edificio. Sólo al tercer intento recordé el truco de presionar hacia arriba. En un par de meses se olvidan muchas cosas. El instinto, en cambio, es más fiel que la memoria. Tan pronto entré, percibí que había algo diferente. Cerré la puerta, y colgué la chaqueta en el recibidor. Junto a un sobretodo masculino. La intuición chocó con la evidencia. De haberlo sabido podía haberme ahorrado el viaje. Pero ya estaba aquí. Y debían haberme escuchado.
Le eché un rápido vistazo al sobretodo. No era muy grande. ¿Quién dice que la premeditación y la espontaneidad son antagónicas? Me desabroché un poco la camisa, y me dirigí con paso firme hacia el dormitorio.
Cuando moví el picaporte, el tipo se había puesto en pie e intentaba entrar en sus calzoncillos sin soltar el resto de la ropa. Empujé la puerta abierta con fuerza. Golpeó contra la pared. El sujeto perdió el equilibrio y se tuvo que sentar en la cama para no caer.
- ¡Levántate! –bramé.
Se incorporó cubriéndose con la ropa. Parecía un funcionario del gobierno, o algo así.
- Yo… realmente no sabía… –balbuceó.
- Son trescientos –le espeté avanzando sobre su desnudez.
- ¿Qué…? –preguntó atolondrado.
- Es lo que cuesta esta vagabunda –exclamé-. Pero, si no puedes pagar, resolveremos de otra manera.
Hurgó entre sus trapos buscando la billetera. No estuvo errado el cálculo. Tenía los trescientos marcos. Le sobró poco. Me los tendió con mano insegura. Pero no temblaba. Al parecer, iba ganando alguna confianza al asumirse, de cierta manera, consumidor.
Agarré el dinero.
- Sal de mi casa –lo conminé, mientras contaba los billetes.
Dudó un instante mirando su bulto indumentario.
- Vístete afuera –añadí apartándome-. ¿O quieres que te ayude a salir?
Se escurrió como una exhalación.
- ¡Y cierra la puerta al salir! –le grité.
Tiró la puerta. Con excesiva virilidad para mi gusto.
Guardé el dinero y observé a Katja. Se recostaba de la cabecera de la cama. La sábana apenas la cubría hasta la cintura. Involuntariamente me quedé enganchado en sus tetas rosadas. Me distrajo su voz.
- ¿Por qué serás tan hijoputa?
- ¿Qué? –me indigné-. ¡No pretenderás que comparta mi cama y mi mujer con un pelafustán!
- Esta no es tu cama, y yo no soy tu mujer –me corrigió.
- Eso lo veremos –rebatí tirando del extremo de la sábana.
Aguantó su cobertura con bastante energía.
- No soy tu mujer –dijo-. Simplemente cometí el error de dejarte una llave de mi apartamento.
- ¿Y por qué ibas a quitármela? Tú y yo nunca terminamos… -alegué sentándome en el borde del lecho, al alcance de sus protuberancias.
- ¿Terminar qué? –adujo con un raro cinismo que sonaba a reproche-. ¿Cuántos meses llevas en Francia? Y cuando estás cerca, ¿cuántas veces te veo? ¡Mejor lárgate... y devuélveme la llave!
Hirió mi amor propio.
- ¿Conque no hay nada entre nosotros? –repuse-. OK, comprobémoslo. Si mi cepillo de dientes y mi desodorante no están en el baño, me iré a un hotel.
- Pensaba arrojarlos a la basura cualquier día de estos –murmuró.
- Bueno, pues me iré al hotel –sentencié-. En definitiva, tengo con qué pagarlo –agregué palpándome el bolsillo.
Hubo un segundo de silencio. Luego ella hizo una mueca y dijo:
- Todavía no lo puedo creer…
- ¿Qué, que yo esté de vuelta? –indagué sonriendo.
- Que le hayas cobrado por mí a ese idiota… y que ese idiota te haya pagado… -aclaró más para sí que para mí.
- ¿Dónde lo recogiste? –quise saber-. ¿En la calle?
Adiviné su deseo de arrojarme una almohada o golpearme. No lo hizo. Sabía que entonces me quedaría con su almohada, con sus manos, con sus tetas y con ella toda.
- Es un colega del instituto –rezongó negando con la cabeza, indecisa entre la queja y el lamento.
- Bien, entonces te lo encontrarás nuevamente, no lo perdiste por mi culpa –declaré con burdo alivio.
Intentó odiarme, mas le faltó convicción para lograrlo.
- Dime una cosa, ¿usáis condón? –pregunté para cambiar de tema.
- Claro, yo me sé cuidar, animal –protestó-. Y, además, eso no es de tu incumbencia.
- Precisamente -refuté-, no lo decía por ti, sino por mí.
Antes de que me pudiera replicar nuevamente, me levanté y, en tanto ella me contemplaba sorprendida, caminé alrededor escudriñando. Sobre la cama, en la mesilla, por el piso. No vi nada parecido a un preservativo. Volví a sentarme en el mismo sitio.
- Déjame adivinar, ¿el tipo se lo tragó cuando me escuchó llegar? -dije.
Sonrió. Meneó la cabeza, y respondió:
- Hoy no habíamos llegado tan lejos.
- Lo siento… -confesé-. Si lo hubiera sabido… Oye, él no se estará pajeando ahora en la escalera, ¿verdad?
No intentó mover la cabeza para reprimir la sonrisa.
- No lo creo, tampoco eres tan atractivo como para eso –contestó regodeándose en el fustazo.
Esa tendría consecuencias. Katja lo sabía. La miré a los ojos.
- Te doy 300 marcos si me dejas quedarme contigo esta noche –propuse.
- ¡Cerdo! –me injurió y agarró la almohada a su derecha.
Cuando la soltó, yo estaba entre sus pechos y la almohada. Su brazó derecho se cerró sobre mi hombro izquierdo. Hasta el día siguiente no vi donde cayó la almohada. Justo al lado de la cama.
9 sept 2008
Rivalidad
El ventilador retorcía el aire caliente. No conseguía dormir. Ya iban dos noches idénticas en las tierras bajas del interior. Aparté el brazo inerte de Magaly, y me incorporé en la cama. Por la pequeña ventana trasera escuché a su prima moviéndose en el catre. Estábamos en su habitación, y ella maldormía en el cuarto de estudio. Abrí la puerta con cuidado. Fui hasta la sala, y me subí en la mecedora más grande. La madera resultaba más fresca.
Podía vislumbrar toda la casa. Aún en la semipenumbra distinguí a Cristo sufriendo en su óleo. Cada cual se deshidrata a su manera. Estuve unos minutos ahí, sereno y en ropa interior. Me distrajo el sonido de una puerta. Andrea abandonaba el estudio. Levantó la cabeza en mi dirección poco antes de entrar en el cuarto principal. Iba, pues, al baño. La nena de la casa podría despertar a sus padres, pero no usaría el baño común en el patio. Dejó la puerta entrejunta.
Durante todo el día Andrea me había cazado la mirada. Su risa acompañó cada cosa que dije. Disputó con Magaly mi atención en cualquier circunstancia. Tuve que ayudarla una y otra vez durante el paseo por la reserva ecológica. Al final me arrastró a comprarle otro helado, mientras el resto de la tropa se marchaba al estacionamiento. Y se quedó a disfrutarlo conmigo. Recostados en el muro de la cafetería a la distancia perfecta, visible y suficiente, de los pacientes amigos y parientes. No miré hacia los automóviles en ningún momento. No para eludir el rostro, seguramente irritado, de Magaly. Simplemente no quería perderme un instante de la prima degustando su helado, sin apuro y para mí. Luego nos acercamos riendo de algún chiste inmemorable. Y vi a Magaly dudando de su idea. La idea de venir hasta acá para lucirse ante la prima.
Salté del balance. Me senté en la silla del pasillo. Justo a medio camino entre el dormitorio principal y el segundo cuarto. Andrea no demoró. Al salir miró hacia la mecedora. Giró sobre sus talones, y se estremeció. Igual avanzó por el corredor, si bien no me enfocó directamente. Atrapé su mano cuando estuvo a mi altura. La atraje. Cayo dócil sobre mí. Quise asegurar su silencio con mi boca, pero sobraba la cautela: me dio su lengua. Los besos con ganas son largos y se sienten cortos. Es el efecto de la ansiedad. Seguí el rastro húmedo. Por su cuello y entre sus muslos. La ausencia de bragas era un beneficio. El lugar, no. Con cierta dificultad nos dirigimos al patio. Sólo solté su boca para quitar el también duro pestillo de la puerta del fondo. El ruido que hizó al ceder apenas sobrepasó los ronquidos de la abuela en el último cuarto.
Nos metimos en la caseta de la ducha. La levanté mientras se sacaba la bata. Se colocó a horcajadas. Con facilidad, como en corcel propio. Sudamos más. Mis ganas de tocarla eran mayores que la voluntad de sostenerla. La solté. Tuvo que bajarse. La aplasté contra la pared. De un lado, y del otro. Sus piernas temblaban. Se aferraba al tubo del agua. Eramos líquidos. Cuando me aparté, se deslizó y cayó sentada. Sus piernas la traicionaban. Me arrodillé. La besé otra vez. Recogí nuestras pocas piezas del suelo. Tragué aire cerca de su aliento, y levanté su cuerpo en vilo. La llevé al estudio con el escaso bulto de ropa sobre su vientre. Ella no dijo nada. Respiraba. Nos atoramos en su catre. Moviendo labios y lenguas sin hablar. Tras una eternidad demasiado rápida decidí regresar.
Me senté en la cama. Unos minutos después sentí la mano de Magaly en mi espalda. Percibí que había dejado la camiseta en el estudio. La alarma, sin embargo, vino con el tono de la voz que preguntaba:
- ¿Oye, pero tú por qué estás tan mojado?
Desde luego, había más salidas, pero la distracción siempre es la más atractiva.
- ¿Acaso tú no te mojas con este calor? -inquirí.
- Yo no... no así... -contestó, y no había letargo alguno entre las sílabas.
Miré hacia atrás de reojo. Magaly yacía de lado, mal cubierta apenas por una camisola, con la cabeza levantada y el codo apoyado en la almohada.
- No te creo, voy a ver si es verdad -anuncié ágil, subí al lecho y la volteé de un golpe alzando sus caderas.
Como siempre, desconectó todo lo que no fuera una función vital al sentirme en su clítoris. Recuperó luego una parte del raciocinio, mientras me incorporaba y acomodaba tras ella.
- ¿No vas a cerrar la ventana...? -masculló en tanto la penetraba.
Respondí con la pelvis. En clave morse rítmica. Pero sin saber lo que le decía. Tampoco importaba. Obviamente, ella deseaba que su prima estuviera mirando. Y lo estaba. La camiseta enrollada me dio en la espalda.
El siguiente fue un día feliz. Pese al cansancio. Nos lo pasamos en la piscina de un club social. Magaly me besaba con frecuencia. Andrea, en cada furtiva oportunidad. No hubo asperezas entre las primas. Ambas sonreían convencidas de la propia victoria. Y yo, humildemente, me alegraba por las dos.
Podía vislumbrar toda la casa. Aún en la semipenumbra distinguí a Cristo sufriendo en su óleo. Cada cual se deshidrata a su manera. Estuve unos minutos ahí, sereno y en ropa interior. Me distrajo el sonido de una puerta. Andrea abandonaba el estudio. Levantó la cabeza en mi dirección poco antes de entrar en el cuarto principal. Iba, pues, al baño. La nena de la casa podría despertar a sus padres, pero no usaría el baño común en el patio. Dejó la puerta entrejunta.
Durante todo el día Andrea me había cazado la mirada. Su risa acompañó cada cosa que dije. Disputó con Magaly mi atención en cualquier circunstancia. Tuve que ayudarla una y otra vez durante el paseo por la reserva ecológica. Al final me arrastró a comprarle otro helado, mientras el resto de la tropa se marchaba al estacionamiento. Y se quedó a disfrutarlo conmigo. Recostados en el muro de la cafetería a la distancia perfecta, visible y suficiente, de los pacientes amigos y parientes. No miré hacia los automóviles en ningún momento. No para eludir el rostro, seguramente irritado, de Magaly. Simplemente no quería perderme un instante de la prima degustando su helado, sin apuro y para mí. Luego nos acercamos riendo de algún chiste inmemorable. Y vi a Magaly dudando de su idea. La idea de venir hasta acá para lucirse ante la prima.
Salté del balance. Me senté en la silla del pasillo. Justo a medio camino entre el dormitorio principal y el segundo cuarto. Andrea no demoró. Al salir miró hacia la mecedora. Giró sobre sus talones, y se estremeció. Igual avanzó por el corredor, si bien no me enfocó directamente. Atrapé su mano cuando estuvo a mi altura. La atraje. Cayo dócil sobre mí. Quise asegurar su silencio con mi boca, pero sobraba la cautela: me dio su lengua. Los besos con ganas son largos y se sienten cortos. Es el efecto de la ansiedad. Seguí el rastro húmedo. Por su cuello y entre sus muslos. La ausencia de bragas era un beneficio. El lugar, no. Con cierta dificultad nos dirigimos al patio. Sólo solté su boca para quitar el también duro pestillo de la puerta del fondo. El ruido que hizó al ceder apenas sobrepasó los ronquidos de la abuela en el último cuarto.
Nos metimos en la caseta de la ducha. La levanté mientras se sacaba la bata. Se colocó a horcajadas. Con facilidad, como en corcel propio. Sudamos más. Mis ganas de tocarla eran mayores que la voluntad de sostenerla. La solté. Tuvo que bajarse. La aplasté contra la pared. De un lado, y del otro. Sus piernas temblaban. Se aferraba al tubo del agua. Eramos líquidos. Cuando me aparté, se deslizó y cayó sentada. Sus piernas la traicionaban. Me arrodillé. La besé otra vez. Recogí nuestras pocas piezas del suelo. Tragué aire cerca de su aliento, y levanté su cuerpo en vilo. La llevé al estudio con el escaso bulto de ropa sobre su vientre. Ella no dijo nada. Respiraba. Nos atoramos en su catre. Moviendo labios y lenguas sin hablar. Tras una eternidad demasiado rápida decidí regresar.
Me senté en la cama. Unos minutos después sentí la mano de Magaly en mi espalda. Percibí que había dejado la camiseta en el estudio. La alarma, sin embargo, vino con el tono de la voz que preguntaba:
- ¿Oye, pero tú por qué estás tan mojado?
Desde luego, había más salidas, pero la distracción siempre es la más atractiva.
- ¿Acaso tú no te mojas con este calor? -inquirí.
- Yo no... no así... -contestó, y no había letargo alguno entre las sílabas.
Miré hacia atrás de reojo. Magaly yacía de lado, mal cubierta apenas por una camisola, con la cabeza levantada y el codo apoyado en la almohada.
- No te creo, voy a ver si es verdad -anuncié ágil, subí al lecho y la volteé de un golpe alzando sus caderas.
Como siempre, desconectó todo lo que no fuera una función vital al sentirme en su clítoris. Recuperó luego una parte del raciocinio, mientras me incorporaba y acomodaba tras ella.
- ¿No vas a cerrar la ventana...? -masculló en tanto la penetraba.
Respondí con la pelvis. En clave morse rítmica. Pero sin saber lo que le decía. Tampoco importaba. Obviamente, ella deseaba que su prima estuviera mirando. Y lo estaba. La camiseta enrollada me dio en la espalda.
El siguiente fue un día feliz. Pese al cansancio. Nos lo pasamos en la piscina de un club social. Magaly me besaba con frecuencia. Andrea, en cada furtiva oportunidad. No hubo asperezas entre las primas. Ambas sonreían convencidas de la propia victoria. Y yo, humildemente, me alegraba por las dos.
4 sept 2008
Señales

Los hombres no saben interpretar las señales corporales femeninas. Así reza un consabido cliché. Y es cierto. Para la mayoría de los caballeros, en todo caso.
Se trata de una deficiencia que conduce a continuos malentendidos, que a su vez pueden desembocar en una bofetada o en un tribunal. No pretendo reparar ese defecto de mis congéneres, pero tal vez pueda ilustrar un poco la situación, y contribuir así a una mayor prudencia en el prójimo. Aclaro que no soy un profesional de los signos, pero más de tres décadas de atenta observación de las féminas me aportaron cierta pericia, que me ha permitido evitar muchas equivocaciones. Sobre todo últimamente.
La principal regla que el gentil varón debe seguir ante una aparición femenina es muy simple: La primera impresión es falsa. Sea cual sea. A menos que el sujeto sepa descifrar las señas. Veámoslo mejor con un ejemplo. Si en una playa Ud. se encuentra con esas dos lindas muchachas de la imagen superior, seguramente dirigirá su atención, sus pasos y sus palabras hacia aquella de la izquierda. Probablemente, de 10 individuos 11 se comportarían así. Pero en ese caso, amigo mío, Ud. está cometiendo un craso error: No ha reconocido las señales.
¿Cuáles? Se las mostraré.
Comencemos por la bella beduina del burkini azul.
¿Acaso ve mejor ahora? Su sonrisa es súmamente acogedora. Y su mirada causaría la envidia de las seductoras huríes del profeta. El alma se le endurece a cualquiera que se zambulla en esos ojos. O sea, el arma. Luego, la posición de su cabecita, esa leve rotación e inclinación, es un convite atrevido que parece decir: “¡Mójame, Mohamed!” (“Salpícame” –para quienes vieron una redundancia.) Sin embargo, las manos en la cintura exceden nuestras mayores expectativas. Esos dedos abiertos y arqueados nos indican que la camellita lo mismo quiere dar que agarrar. El que no lo vea, sencillamente no se la merece. Y por último, ahí tenemos el pie zalameramente levantado y con los dedos contraídos, la predisposición total para la algazara prenupcial.
Por el otro lado tenemos a la joven nórdica en su bikini negro. (Marca WickedWeasel –los recomiendo.)
¿Puede ver las señales? El rictus de su boca amaga un inicio de sonrisa, pero no logra ocultar la dureza de su carácter. La mirada fija es francamente hostil, casi amenazadora. Sus brazos cruzados indican que no tiene la menor voluntad de contacto. Y los puños cerrados dicen claramente que aproximarse a ella es peligroso. Encima, la postura adelantada y abierta de su pierna derecha nos reta directamente. Esos signos nos espetan: “¡Tú, atrévete a venir, y te humillaré!”
Entonces, amigo lector, ha comprendido su error de selección. Nunca ignore las señales. Así que, volviendo a la situación inicial, vaya Ud. por la chica de azul. A la otra desdéñela. Déjela para los que tenemos experiencia y podemos lidiar con los signos.
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