13 mar. 2008

Flor Marchita


Está acabada -pensé.

Igual me acerqué.

Desde lejos la había identificado. Nada menos que vendiendo salchichas en el merendero del parque.

El último cliente se apartó mordiendo su embutido. Ella levantó los ojos azules. Me reconoció. Mas no hizo ningún gesto amistoso.

Estoy acabado -pensé.

Me alejé unos pasos, y me dejé caer en una silla plástica.

Solté los inmundos guantes de jardinero, y roté la silla hacia el lado del césped. Por lo visto, estudiar, tanto para un inmigrante como para una proscrita, es un negocio sucio. Y a mí, encima, me faltaba el cantero más grande.

- ¿Cómo era tu nombre? -la escuché decir entre los roces de la taza sobre el platillo.

Había colocado un café frente a mí. Se sentó.

- Gracias por el café -dije sincero, y luego mentí-. Rigoberto.

- No, no era ese -me contradijo-. Era corto.

- No, no era corto -me indigné-. Ni era, ni es.

Me concedió, por un instante y con desgano, una sonrisa mustia. Nada que ver con la risa radiante del día de su boda. Tres años atrás ella era una rosa. Yo estaba allí. Entre los invitados del novio. Otro cubano.

Aquel tipo y yo no éramos lo que se dice amigos. No obstante, nos llevábamos bien. Su formato genético se parecía bastante al mío. Para las europeas seríamos incluso hermanos. El entró primero en la ciudad. De manera que a mi llegada fui blanco inmediato de la sed de aquellos pozos que él ya había vaciado. Y no eran pocos. El sujeto era un depredador. Semejante beneficio era apreciable, aunque por el carácter fortuito no hubiera gratitud.

Observé a la chica abiertamente. No había frescura en sus rasgos. Todavía sin arrugas, pero ajada. La ropa de camarera hacía el resto para devaluarla. Aún así resultaba un pedazo de hembra. Medio balcánica, medio germánica. Tanta mujer era la que había domesticado al empedernido cazador. Se casó con ella, y renunció voluntariamente a las otras presas.

- Hace poco fui a Cuba -murmuró.

- ¡Ah, qué bien! -respondí, disimulando mi asombro, y en lugar de un franco "¡No jodas!"

- Quizás nos casemos de nuevo... en algunos meses...

- Me alegra oir eso -aseguré, intentando un tono positivo.

Pero creo que a ella no le importaba mi tono. A mí, en realidad, tampoco. Algo más de un año tras las nupcias el esposo se había largado para su tierra natal. Definitivamente. Faltando dos semanas para defender la tesis. Fue como una autoflagelación migratoria. De nada sirvió que sus amigos y conocidos le sugiriéramos pensarlo. Que le pidiéramos no hacerlo. Que le ofreciéramos emborracharnos con él por turnos. Día tras día. Hasta la defensa del título. Para que después se fuera a donde le viniese en ganas. No aceptó. Como yo no era lo que se dice un amigo, no lo amarré, ni le quité la idea a trompadas. No, el hombre regresó a Cuba.

Y todo porque encontró a otro en su cama. A un camerunés.

Ella, en cambio, fue repudiada por su familia. No sólo por el camerunés, sino también por el ghanés que vino después, y por el guineano posterior. Y por el nigeriano, que nos vendía las tarjetas telefónicas infinitas. Y por el sierraleonés, aquel tronco de mandingo tan serio. Y por el otro camerunés, que jugaba fútbol con nosotros.

Se levantó de la mesa.

- Tengo que continuar trabajando -me dijo, y agregó algo bajito-. ¿Tienes algún plan para luego?

- No... -contesté, pero no pasé de ahí.

Ella esperó un segundo, y retornó al quiosco. Yo volví al cantero. Acabé de limpiarlo. Me marché antes de que cerraran el merendero.

La próxima vez que supe de ella fue algunas semanas o algunos meses después. Se suicidó. Metió la cabeza en el horno de gas. Dejó una larga y amarga carta para su familia.

Para el cubano o para los negros, ni una letra.

14 comentarios:

  1. La pobre... con tanto negro porvenir(se), que queres, che?... eso denota ya una obsecion malsana... no se puede ser tan antisemita...

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  2. si le hubieras cantado lo de mamita llorona, tal vez no se hubiera suicidado.

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  3. Grieguita,
    se me olvidó decir que quien encontró a la occisa fue un marfileño...

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  4. Miqui,
    quién sabe! Sólo que a la llorona la conocí mucho después.

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  5. Conocí a un tal koffe (somalí) durante mis estudios en holanda, el tipo era el príncipe de la escuela. Yo le decía Casanova (en realidad era buena gente) por la parrilla de su bicicleta paso media Europa y ademAs, escuela y media...
    ;)

    tony.

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  6. Pobrecita... hubiera cantado mejor lo de "Ebony and Ivory"... oye y el cubanito de que color era?

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  7. Triste.
    No logro verle ninguna arista para tirarlo a relajo como hubiera querido.
    Le perdono los negros y todo, pero no lo del horno de gaz.
    Saludos,
    Al Godar

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  8. y de tu antiguo amigo nunca supiste más?

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  9. Tony,
    la parrilla? Será manía de somali, no sé, pero los caribeños las colocamos en el tubo... ;-)

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  10. Grieguita,
    el cubano era un criollo trigueño. Vaya, Ivory de elefante cafetero.

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  11. Al,
    es una historia trágica, pero una tragedia autoinducida. Ni entonces ni ahora la entendí. Me sigue pareciendo una tontería y una lamentable pérdida de carne -incluso si ya era sólo para los leones africanos.

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  12. Aguaya,
    bueno que pensaste en nuestro compatriota... :-) Sí, todavía tengo contacto con ese socio (vía email.) El sacó su título y se casó en Cuba. Tuvo dos niños, y se divorció. A finales de los 90 se fue de la isla. Promovió en Canadá. Vive en Toronto con una hija (el otro hijo vive con la madre en Miami.) Trabaja de investigador en un instituto científico.

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  13. Aunque suene extraño, siempre he admirado a los suicidas. Comprendo el dolor de encontrar a otro hombre en la cama de ella. Ese dolor ya lo he pasado y yo hubiera hecho lo mismo en un arrebato: dejarlo todo e irme a refugiar en una patria vieja, con caras conocidas que tal vez me den por mi lado. Gracias por visitar mi blogcito. Saludos.

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  14. Marie,
    a veces el suicidio puede ser una solución, pero en este caso... para qué?
    Gracias por pasar y comentar!
    Saludos!

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