
La historia demográfica cubana ha sido siempre cualquier cosa menos natural. En cada fase existieron fenómenos políticos o económicos con una incidencia, cuando menos, deformadoras de cualquier evolución natural. Eso puede hasta parecer trivial en el período colonial, pero en el caso cubano dura hasta el siglo XXI.
Podríamos hablar de cinco grandes fenómenos.
El primero es la rápida extinción de los taínos, trágica consecuencia de su debilidad física y mental ante la incursión hispana. Fáciles de matar y de contaminar, cuando no perecían antes extenuados por el trabajo forzado, se suicidaban en masa. Muchas mujeres taínas también se entregaban preferentemente a los españoles para aumentar las expectativas de supervivencia y progreso social para sí mismas y para sus hijos. De manera que el genotipo original desapareció para siempre de las grandes Antillas.
El segundo fenómeno es, desde luego, la introducción de africanos esclavizados, que no es lo mismo que esclavos africanos. Pero quien se imagine que tiene sangre de, digamos, un ashanti o un fuló traído en 1620 a La Habana debe saber que eso es bastante improbable. Lo probable es ser chozno o tataranieto de un congo o un yoruba llegado por Nuevitas en 1840. Y es que la esperanza de vida bajo las brutales condiciones de la agricultura esclavista eran apenas 8 años. El tiempo promedio para convertir a un mandingo en un etíope. No se trataba de puro sadismo, sino de cálculo: era menor el costo al comprar un reemplazo tras 8 años que la pérdida por explotar menos al esclavo. Por otra parte, los lotes de esclavos importados rara vez superaban el 15% de mujeres. La mayoría de las cuales tenían destinos domésticos y por tanto procreaban más mulatos que negritos. Aquí su conducta, pese a la coerción circunstancial, no difería de las taínas, pues una negra o una india o una blanca, antes que negra o india o blanca, es mujer. Así que durante el auge azucarero-cafetalero de comienzos del siglo XIX cualquier censo hubiera dado hasta 80% de negros en Cuba, pero no hubiera servido más que para saber que una rebelión general sería arrolladora. Para pronósticos demográficos sería inútil, pues cerca del 90% de esos negros se irían en blanco en cuestión de descendencia. Claro está que durante 300 años se formó un estrato social de negros libres y de esclavos de oficio, quienes, dicho sea de paso, estaban mejor preparados que la mayoría de los españoles que llegaban a la colonia insular, si bien no eran tantos. Su peso demográfico entonces –y por ende su huella en la cepa genética contemporánea– era muy limitado. Un esclavo de oficio vivía y trabajaba libremente, con la única obligación de entregar una parte de la ganancia a su propietario. Podía ser por ejemplo un ebanista en Guanabacoa o una prostituta en el puerto habanero. Ahora bien, al abolirse la esclavitud en 1880 quedó libre una masa afrocubana que constituyó la raíz básica de la negritud cubana actual en todos sus matices, pero que no produjo, ni de lejos, una descendencia equivalente a su volumen numérico, debido al desbalance genérico antes mencionado. Pero lo importante es que los negros, con la libertad reproductiva de los antiguos esclavos, dejaron de ser un mero y temporario valor económico, y pasaron a constituir un componente demográfico de peso, conformador de la cubanidad futura.
El tercer factor fue el genocidio practicado por Valeriano Weyler de 1896 a 1898. El Capitán General de Cuba, nacido en Mallorca de padre alemán y madre catalana, fue discípulo del Conde de Balmaceda, quien consiguiera frenar a los insurrectos cubanos en su momento de mayor empuje durante la Guerra Grande (1868-1878). Cuando asumió la Capitanía de Cuba, la tercera guerra independentista ya había llegado a Occidente, y allí la población civil colaboraba con los mambises como en Oriente. A Weyler entonces se le ocurrió una solución. Aunque no la patentó, pues apenas dos años después los ingleses la pondrían en práctica con los boers en Sudáfrica. Si bien la maestría, la variante Opus Magnum, sólo la alcanzarían los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. En aquel aciago 1896, en Cuba, Valeriano Weyler inventó los Campos de Concentración. Lo llamó Reconcentración. Entre 300.000 y 750.000 cubanos en todas las provincias, pero más en Matanzas, La Habana y Pinar del Río, murieron de hambre y enfermedades hacinados en esos campos. Tal vez un tercio de los cubanos de entonces. Esas víctimas eran básicamente criollos blancos. Es el único genocidio de población no indígena en la historia de América. Fue un golpe letal a la cubanidad original. Como consecuencia, el criollo ancestral, descendiente de los colonos andaluces primarios, cobrizo de generaciones al sol y de asimilar a los indios sobrevivientes a la Encomienda, el típico veguero cubano, dejaría de ser el fenotipo dominante.
El siguiente fenómeno comenzó casi de inmediato: La gran inmigración española, que vino a ocupar el vacío demográfico en el occidente cubano. Entre 1900 y 1950 llegaron casi un millón de inmigrantes de Europa. En su mayor parte, gallegos y canarios. Tres veces más que en toda la etapa colonial. Fue una inyección de blancura que modificó desde el pool genético hasta la cultura. Pasamos a ser hijos o nietos de gallegos en gran medida, y nos volvimos sustancialmente diferentes de los otros hispanoamericanos de la cuenca caribeña. Cambió así hasta la ética viril de nuestra rebeldía: de los clásicos pronunciamientos de los insurrectos criollos pasamos al gangsterismo revolucionario de los anarquistas españoles.
Entre aquellos inmigrantes de comienzos del siglo XX llegó el padre del generador del quinto fenómeno: La diáspora causada por el Castrismo. Tras 40 años de una dictadura política- y económicamente enajenante, la pérdida demográfica de la isla asciende a 2 Millones de personas. En su inmensa mayoría nietos de gallegos, por cierto. Esto ha propiciado sin duda una mayor pigmentación porcentual en la población que permanece en la isla. Aunque el factor fundamental en este proceso es el incremento del mestizaje, también condicionado por el Socialismo. El mestizaje es, por demás, el inevitable destino de cualquier cultura heterogénea, si se la observa a largo plazo. La fusión homogenizante. Generalmente se necesitan varios siglos. En nuestro caso apenas se aceleró por unos 50 años.
¿Qué sucederá demográficamente en el futuro de Cuba? Seguiremos mezclándonos, más rápido o más despacio. Habrá cada vez menos blancos, menos negros, y más mulatos. Tal vez un día sea exclusivo y atractivo ser claramente definible étnicamente, bien negro o bien blanco. Servirá para hacer carrera como modelo, supongo. Pero no creceremos, no ocurrirán explosiones numéricas. Tenemos la rareza de ser pobres y haber descubierto las ventajas de la planificación reproductiva. Un logro marxista? No lo creo. El Caribe no hispano más próspero, como Bahamas o Aruba, tiene índices de crecimiento aún más bajos. Sin aprender de la miseria, que resulta tan poco didáctica de otra manera.
Una variación demográfica sustancial sólo me resulta imaginable, si una Cuba próspera, tal vez en 50 años, se convierte en objetivo migratorio para millares de cholos venezolanos y centroamericanos. Pues el más pobre e ignorante es quien más se reproduce, y ese en Hispanoamérica lleva sangre indígena.