21 jul 2008
Estampa 85 de Luis Carbonell
Luis Mariano Carbonell Pullés nació en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1923. Después de seis hijas, sus padres, Luis y Amelia, querían un macho varón masculino. Escogieron mal la fecha. El carnaval santiaguero no suele ser propicio a los propósitos audaces. Treinta años después tampoco lo era.
Carbonell sigue vivo, aunque muy enfermo. La probabilidad de que cumpla 90 es escasa. Por tanto, hay que honrar su extraordinario arte ahora. Y es que se trata de uno de los artistas más sui generis que ha dado el Caribe. Realmente original. Insustituible.
Era vástago de una familia mestiza de clase media, o lo que es lo mismo, de mulatos con aspiraciones. Dos de sus hermanas se hicieron profesoras universitarias ya en los años 40. Su madre era una reconocida maestra que escribía poemas. Doña Amelia le enseñó a recitar, y quería que su hijo estudiara medicina o derecho. No obstante, como era natural en su grupo social, puso al pequeño a recibir clases privadas de violín y de inglés. El idioma fue un éxito, pero pronto quedó claro que el instrumento no se le daba tan bien. Así que lo cambiaron para la profesora de piano Josefina Farret, una recia catalana que era tan buena como impetuosa con sus pupilos. Josefina comprendió en breve que con Luis Mariano tendría que concentrarse en el piano.
Y así fue. El aplicado chico progresó con las teclas y ya en 1938 entró a trabajar en la radio local. En 1944 se había convertido en un personaje imprescindible en la CMKC santiaguera. No sólo declamaba de una manera cada vez mejor elaborada, sino que concebía y dirigía programas. Y, además, acompañaba al piano a cuanto cantante pasara por la emisora. Fue ahí donde convenció a un tímido muchacho llamado Pacho Alonso para que cantara boleros. Eso le trajo a Pacho una mala fama que no perdió ni cuando nació Pachito, pero le dio a Cuba uno de sus mejores boleristas. También tuvo la oportunidad de conocer y acompañar a estrellas nacionales de visita en la ciudad oriental. Por ejemplo, a Rita Montaner y a Esther Borja.
Sin embargo, a los 22 años Luis Mariano se percató de que los límites del progreso en Santiago de Cuba se alcanzan rápido. Los estaba pisando en ese mismo instante. Decidió emigrar a La Habana. Fue en ese momento cuando Sissi, un amigo que había sido corista en Broadway, le aconsejó probar suerte en Nueva York, aprovechando su dominio del inglés. «En La Habana -le dijo- sólo serás otro mulato oriental sin pedigrí.» Carbonell se marchó a los EE.UU.
En aquel 1946 neoyorquino, trabajando en una joyería, el joven inmigrante se reencontró con Esther Borja, quien inmediatamente asumió generosa el rol de protectora, y lo presentó a Ernesto Lecuona. El compositor, a su vez, lo conectó con la diva boricua Diosa Costello. Para un artista latino en Nueva York eso significaba entonces lo mismo que conocer a Lucky Luciano para un mafioso. Diosa lo colocó en un casino, o sea, en El Teatro Hispano en 116th Street & 5th Avenue, donde Luis Mariano Carbonell descargó con enorme éxito su expresiva poesía afroantillana, mientras en la tramoya se manejaba la bolita del Bronx. Tan buena acogida le trajo incluso la presentación en un programa de poesía que organizó la NBC para emular el éxito de la CBS con "El Show de Eusebia Cosme." La negra Eusebia, también santiaguera, era pianista, actriz, narradora, locutora, y la única declamadora de poesía afroantillana con fama internacional hasta aquel día. En realidad era más. Era la creadora del género. Eusebia asistió al programa de la NBC con Carbonell, y al salir de allí resolvió concentrarse en su matrimonio con Freddy, su cónyugue americano, y dejar la recitación. Volvería al escenario en 1955, tras la muerte de Freddy, pero únicamente de actriz. Luis Carbonell de la NBC fue para el Carnegie Hall.
A finales de 1948 el declamador, ya consagrado en América, pensó que era la hora de regresar a Cuba. Más de dos años de teatro en New York le habían permitido perfeccionar su disciplina hasta niveles insospechados, incorporándole técnicas y elementos histriónicos ajenos al medio radial anterior. Creyó que podría entrar en La Habana por la puerta grande. Llegó, y no había puerta. Ni grande, ni chiquita. Sólo había puestos en la policía. Pero, desde luego, a Luis Mariano le faltaba vocación.
Nuevamente su gran amiga y hada madrina Esther Borja se encargó de abrirle una ventana. Lo instaló en su propia casa, y luego lo llevó a un homenaje que le hacían a René Cabel, el tenor de las Antillas. Cabel era un tipo muy querido, y toda la farándula, artistas y mecenas, vino al evento en el Auditórium. Esther habló con el presentador del espectáculo, José Antonio Alonso, el anfitrión de "La Gran Corte del Arte", para que colara a Carbonell en el programa.
Carbonell se quedó horas junto al escenario esperando a que lo llamaran. José Antonio lo ignoró. Hasta que Esther subió a presionarlo otra vez. «Mira –respondió Alonso-, no lo voy a llamar porque aquí recitaron ya cuatro primeros actores y no pasó nada.» «A ti eso no te importa –insistió Borja-. Llámalo de todas maneras.»
A la una de la mañana, tras cuatro horas de show, Alonso por fin anunció a Carbonell. El mulato subió y recitó Rumba de la negra Pancha de José Antonio Portuondo. Los aplausos echaron abajo el teatro. El público, que había aplaudido tranquilo una pieza de cada artista, aclamó a Carbonell tras cada uno de los cuatro números que declamó esa madrugada.
Inmediatamente empezaron a caerle contratos. Uno de esos lo llevó a la residencia del multimillonario Ernesto Sarrá, coincidiendo con el payaso argentino Pepe Biondi. El sudamericano había estado en el homenaje a Cabel y reconoció a Carbonell. Lo abordó y le dijo: «Che, vos no recitás, vos pintás el poema, vos hacés una acuarela de poesía.»
Poco después Luis Mariano Carbonell debutó en el cine-teatro Warner de la CMQ, llamado luego Radiocentro hasta que la intervención comunista de las propiedades de los Mestre Espinosa le trajo una denominación más agreste: Yara. Fue en CMQ donde le quitaron definitivamente el Mariano de su nombre artístico. En enero de 1949 se inauguraba un nuevo programa radial patrocinado por Bacardí. Y aunque Goar Mestre, el director de CMQ, pensaba que Carbonell era más bien un artista de cabaret, lo contrató a prueba por un mes. Se quedó los 8 años que el popularísimo "De Fiesta con Bacardí" se mantuvo en el aire. Aquello resultó un fenómeno, el ron era gratis para la audiencia en vivo, creando una euforia que parecía transmitirse por las ondas radiales. Esa fue su consagración definitiva como el acuarelista de la poesía antillana.
En CMQ Luis Carbonell puso de moda la Estampa. Una especie de monólogo-sketch costumbrista, donde el artista podía personificar a varios personajes bufos modulando hasta 4 voces diferentes de cada sexo. Fue un invento de Felix B. Caignet, el padre de la radionovela y telenovela latinoamericanas. Este otro oriental le escribió a Carbonell las primeras estampas: Coctel de son, Soy bongosero y Me voy de flirt. Otros autores, como Enrique Martínez, Rafael Sanabria, José Miguel Botardi o Enrique Núñez Rodríguez, se embullaron también. Mas fue el humorista villareño Alvaro de Villa quien le hizo una estampa que causó verdadero furor: Mi Habana.
Luego el camagüeyano Jorge González Allué, el compositor de Amorosa guajira, le daría la estampa más emblemática: Los 15 de Florita.
Como hoy la mala política cubana, antes el buen arte nacional provocaba émulos en el vecindario latinoamericano. Entre otros, el boricua Fortunato Vizcarrondo se le apareció con Y tu abuela ¿a'onde etá?
Carbonell también estuvo en 1950 entre los primeros artistas en aparecer en la televisión cubana, integrando el espectáculo inicial transmitido por Canal 4 Union Radio TV desde el Teatro Alcázar. Además participó en las transmisiones experimentales del Canal 6 CMQ TV.
Empedernido perfeccionista y con una capacidad creativa en plena explosión, a partir de 1956 el acuarelista desarrolló la estampa hasta un nuevo género: el Teatro Unipersonal Criollo. Durante 8 meses el Teatro Hubert de Blanck fue escenario de un verdadero derroche artístico: Luis Carbonell fusionando pequeñas piezas narrativas de Félix Pita Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso y Virgilio Piñera con técnica declamatoria, reducidos efectos de escena y un mínimo acompañamiento musical. La plasticidad de su voz, desplegada sobre múltiples personajes, hacía el resto. Carbonell llegó a desdoblarse en 17 personajes distintos en una sola pieza de 4 horas. Inigualable.
No obstante, los poemas y estampas no pasaron a un segundo plano. El maestro pasó a integrar sus textos hablados con acompañamiento músical rítmico. Clave y percusión básicamente. Algo que 30 años después llamarían rap. La diferencia es la dicción, la articulación y el humor, es decir, la inteligencia. Carbonell resulta un stradivarius al lado de los violines plásticos del rap.
Su repertorio lírico incluyó lo mejor de la poesía negra y mulata -mucha de la cual consiguió revalorarse gracias a la interpretación del acuarelista- de autores como Nicolas Guillén, el venezolano Aquiles Nazoa, Arturo Liendo, Emilio Ballagas, el brasileño Jorge de Lima, José Zacarías Tallet, Regino Pedroso, Agustín Acosta, el puertoriqueño Luis Palés Matos, o el dominicano José Antonio Alix.
Aunque sí recitó al más afín Federico García Lorca, también dominaba a su antojo a Luis de Góngora y a Lope de Vega. Y en el más rancio español castizo. Nunca quiso declamarlos en público.
Tras la implantación de la dictadura castrista Luis Carbonell no abandonó la isla. La que sí desapareció fue la creatividad. Empezó a repetirse. Pero eso le llega a todo el mundo en algún momento… en algún momento… en algún momento, no importa dónde.
En todo caso, su carrera aún continuó largos años en un nicho artístico tan único como personal. Paralelamente comenzó a dedicarse a la docencia de canto y declamación. Igualmente trabajó como repertorista y asesor artístico de diferentes entidades de la música cubana, como Los Cañas, Pablo Milanés, Facundo Rivero, Las D’Aida, el Cuarteto del Rey, el Trío Antillano, Liuba María Hevia o Paulito F.G. Algo que había hecho antes con Pacho Alonso, Orlando de la Rosa, Esther Borja y Linda Mirabal.
No hay muchos discos de Luis Carbonell. La expansión audiomediática lo alcanzó en pleno socialismo cubano: planeamiento cultural con mucho racionamiento artístico, abundante escasez de recursos y absoluta ausencia de iniciativa privada.
Disponibles hay apenas dos o tres CDs de la compañía dominicana Kubaney, y algún compilatorio de la EGREM. Una tenue ignominia para semejante dimensión cultural.
Aquí están las Estampas de Luis Carbonell: Parte 1 & Parte 2
Formato: mp3, 256 kbit/s.
9 jul 2008
Objeto
No dormí mucho, pero me desperté de un golpe. No por la luz matutina, sino por el peso de Nina. Ella estaba sobre mí. Yo, dentro de ella. Desenredé mi pierna derecha del cobertor para no ser potro cojo, y apreté con fuerza sus nalgas.
Cuando acabamos, me limpié con la sábana. Sus líquidos vaginales casi llegaban a mi ombligo. Desistí, y fui al baño.
- Buenos días –dije regresando al cuarto.
Suspiró. O tal vez fue un resuello.
- Disculpa que te haya despertado –reclamó.
- No fue nada, apenas una cabalgata matutina –contesté sincero.
- Es que por la mañana no puedo salir de la cama, si no me meto algo antes –explicó–. Y como tenías la tienda de campaña montada...
- Lógico –asentí, me senté en la cama, y añadí–. ¿Qué hubieras hecho de estar sola?
- Hay otros objetos.
- Claro, aunque espero ser más convincente que mi colega banana –convine mordaz.
- De los vegetales prefiero el pepino –anunció con una naturalidad casi vegetariana.
- Ciertamente me parece mejor que el tomate –reflexioné en voz alta-. Si bien la banana seguramente...
- No, ya cometí ese error –me interrumpió–. Hasta que se me reventó una adentro.
- ¡Coño!
- Sí, me llevé un sustillo –agregó–. Tuve que ir al ginecólogo, y resultó un poquito engorroso...
- ¿Para el ginecólogo? –indagué.
Soltó una carcajada.
- También –concedió.
Sonreí, y destapé su cuerpo.
- Lo mejor es el plástico –murmuró mirando de reojo la gaveta de la mesilla de noche.
Abrí el mueble. Había tres consoladores de diferentes formas y colores. Súbitamente la miré, y tomé uno de los dildos. Pero no llegué a elaborar la frase. Lo solté, porque la oí decir:
- Ese es el de mi marido...
7 jul 2008
El Protector De Los Cerdos XIX

Un indio diferente
La flota castellana se disponía a abandonar Isla Mujeres con proa hacia el norte de Yucatán, cuando Juan de Escalante anunció una emergencia en su bergantín mediante una salva de cañón. Poco después un mensajero en un bote informó al generalísimo de que la nave de Escalante hacía agua.
- ¡Hostia, que se nos jode el casabe! –exclamó el caudillo consternado.
- Os lo advertí, excelencia –reconvino fray Simón-. Poner todo el pan casabe en un solo barco fue una imprudencia.
- Regresaremos a Santa Cruz –decidió Cortés-. Hay que carenar ese barco.
El retorno a Cozumel fue rápido. Afortunadamente sólo se perdió medio quintal de casabe. No se echó a perder. Sencillamente se perdió de la bodega del bergantín, junto con una pinta de aceite de oliva y algo de sal.
La reparación de la nave demoró varios días. Una vez que todo estuvo listo para zarpar, Cortés mandó a embarcar la tropa, y llamó a sus oficiales a una reunión en el templo de Ixchel. Luego, a sugerencia de Cabezuela, se procedió a celebrar una misa por el éxito de la expedición.
Rezando estaban, cuando Portocarrero, que se entretenía oteando el horizonte dada la prohibición de blasfemar en misa, divisó una canoa dirigiéndose rauda a Cozumel.
- ¡Virgen de los demonios, esos indios sí que reman, y a las buenas! –exclamó el extremeño.
- ¿Cuál virgen? –preguntó Alvarado separando las manos y siguiendo la mirada de su vecino.
- ¿Están buenas, eh? –inquirió Ordás levantándose a mirar.
- ¿Dónde, dónde? –dijeron varias voces, mientras se perdía la posición oratoria general.
- ¡Caballeros, por Dios, no abandonéis la misa! –exclamó fray Olmedo visiblemente enojado.
- ¡Pero dónde diablos os habéis creído que estáis! –gritó Cortés enfurecido-. Por mi conciencia, os juro que…
Prontamente se reaunudó la ceremonia. Finalizada la misma el caudillo ordenó a Andrés de Tapia dirigirse a la playa para averiguar qué traía la piragua.
Tapia bajó con su escolta. Ya en la costa, mandó a sus hombres a señalizar intenciones de paz hacia la canoa próxima. Sus tripulantes, cinco indios en taparrabos, saltaron de la embarcación. Avanzaban vacilantes entre las débiles olas.
- Tintorero, ¿acaso no me habéis escuchado? Bajad esa ballesta ahora mismo –masculló don Andrés, y agregó para los restantes soldados-. Sonreíd, joder, imaginaos que son indias.
La sonrisa colectiva de la tropa hispana hizo retroceder instintivamente a los desarropados indígenas. Uno, sin embargo, continuó adelantándose, y entonces gritó:
- Señores, ¿sois cristianos y cuyos vasallos?
Las palabras castellanas de torpe acento desconcertaron a los conquistadores. Angel Tintorero fue el primero en reaccionar.
- Sí, cristianos somos, y vasallos del rey de Castilla –aseguró con firmeza.
Aquel nativo semidesnudo cayó de rodillas llorando y rezando a un tiempo.
Los castellanos se acercaron. Comprobaron, con cierta dificultad, que realmente se trataba de un europeo curtido por la vida agreste. Era un individuo de contextura mediana, de tez morena, aún más bronceada por el sol. Llevaba el cabello al estilo maya: rapado en todos sus bordes, y con el largo resto atado atrás.
Tapia se agachó y le puso una mano en el hombro.
- ¡Nada temáis, buen cristiano! Decid: ¿quién sois? –inquirío el oficial.
- Soy fray Gerónimo de Aguilar, de la Orden de los Hermanos Menores[32], oriundo de Ecija, y náufrago de la Santa María del capitán Valdivia[33] –anunció el hombre respirando agitado.
La emoción del náufrago era contagiosa. Con gran regocijo los soldados lo abrazaron y cumplimentaron. Tapia mandó a Tintorero corriendo a dar la buena nueva al caudillo, que ya descendía del templo.
- Venid, hermano, y traed a vuestros indios con vos –reclamó don Andrés, y seguidamente se volvió hacia sus guardias-. ¡50 maravedíes a que don Hernando no distingue al franciscano entre los salvajes!
- Vale, me apunto con 20 –afirmó Pero el desorejado[34].
- E io con il resto –añadió Doménico el genovés[35].
Ambos grupos se encontraron en un pequeño claro de la arboleda que separaba la playa de la aldea de Chamaco.
- ¿Dónde está el náufrago castellano? –preguntó impaciente el caudillo, pues no veía ningún cristiano desconocido entre los presentes.
Gerónimo de Aguilar se había colocado en las habituales cuclillas, al igual que sus acompañantes indígenas.
- ¡Arriba, Perillo y Dominguete, vengan esos maravedíes! –exclamó el capitán Tapia.
- Me cago en la leche –se lamentó el primer aludido.
- Figlio di putana –imprecó el otro.
- Por mi conciencia, ¿de qué puñeta habláis? –se exasperó Hernán Cortés-. ¿Dónde está Gerónimo de Aguilar?
- Ese soy yo –dijo un indio.
Recuperado de la sorpresa, el caudillo mandó traer unos calzones, una camisa y un jubón para el pobre Aguilar. El propio fray Cabezuela sacó de su zurrón las alpargatas de reserva, y las donó al hermano Gerónimo. Juan de Escalante le regaló su montera para que cubriera la deformada cabellera.
Comiendo y bebiendo en el patio del cacique cozumeleño, Gerónimo de Aguilar contó su asombrosa historia.
[32] Los frailes franciscanos de la Ordo Fratrum Minorum, fundada por San Francisco de Asís en 1209, fueron pioneros en la evangelización de América, al igual que los padres dominicos de la Ordo Praedicatorum, así como, en menor medida, los también mendicantes hermanos agustinos de la Ordo Sancti Augustini y los penitentes monjes jerónimos de la Ordo Sancti Hieronymi.
[33] Otro caso homónino entre conquistadores. Este Pedro Juan de Valdivia no debe ser confundido con su tocayo Pedro de Valdivia, conquistador de Chile. Tampoco estaban emparentados. Y tuvieron destinos muy diferentes: Pedro Juan, modesto capitán de barco, fue atrapado en 1511 por los mayas cocomes tras una breve escaramuza. Los cocomes lo sacrificaron sin mucha ceremonia, y se lo comieron junto a tres de sus hombres. Pedro, Capitán General de Chile, fue capturado en 1553 por los araucanos de Lautaro en la sangrienta batalla de Tucapel. Durante tres día los mapuches le aplicaron atroces tormentos. Como colofón, usando afiladas conchas de almejas, le quitaron la carne de los antebrazos y se la comieron a la brasa delante de sus ojos. Luego siguieron con las pantorrillas y parte de brazos y muslos del desesperado conquistador. Finalmente, su antiguo paje Lautaro le sacó el corazón a carne viva y lo degustó crudo, compartiéndolo con otros toquis (caciques). Aunque el moribundo resto de Valdivia sólo llegó a vislumbrar el mordisco inicial de Lautaro. Su cráneo fue conservado como trofeo. Tres generaciones de toquis lo usaron para beber chicha, hasta que en 1608, como gesto de paz, el cacique Pelantaro lo entregó a los españoles junto a otra vasija de chicha: la calavera del gobernador Martín García Óñez de Loyola, caído en la batalla de Curalaba en 1598.
[34] La usanza castellana de cortar nariz y/u orejas de los condenados por hurto o estafa trajo numerosos mutilados a las Indias. Entre los hombres de Cortés habían varias decenas de ellos.
[35] La tropa conquistadora no se componía exclusivamente de ibéricos. Dos docenas de italianos, principalmente genoveses, integraban las tripulaciones de los barcos de Cortés, algo muy usual en la marinería de las naciones mediterráneas. También algunos marineros franceses y varios griegos participaron en la conquista de México.
27 jun 2008
Aperitivos
Eran las dos de la tarde, pero faltaba bastante para el almuerzo. La alemana dueña de la casa se había empeñado en cocinar ella misma esta vez. Sería algo típico balear, o valenciano, o catalán. Demoraría. Los que no teníamos que ayudar nos regamos por el jardín.
Me senté junto a la graciosa niñera. Los dos niños jugaban del otro lado del cantero de cannabis. Tras unos minutos compaginando, insinué que tal vez le vendría bien afeitarse las piernas.
- Hm… es que en el invierno necesitaré mi vellón –respondió acariciándose las pantorrillas.
- Aquí en Mallorca no –repliqué, y seguí rozando sus vellos con las puntas de mis dedos-. Lo único que vas a conseguir es que el sirocco te empolve estos pelitos.
Me miró a los ojos.
- ¿Quieres rasurarme tú?
Dejamos a los chicos bajo la vista de la pareja de franceses. El pintor occitano ya estaba flotando en el humo aromático, mas su mujer era alsaciana, cuidaría de los críos.
Usamos el baño de la habitación principal. Había confianza, supuse. También supuse que aquella gillette pertenecería a la anfitriona.
Traté a sus piernas como nunca trato a mis mejillas. Ciertamente jamás me hago un masaje post-depilatorio en la cara. Fui convincente explicando su utilidad para la recuperación epidérmica. Ella agradeció mi delicadeza. Me cercioré al tacto de la ausencia de vellos en sus muslos. Y, tirando gentil del borde inferior de su short, le recordé que la higiene capilar igualmente requeriría atender a otras áreas.
Su sonrisa era la inducción perfecta a la succión, a la lamida o, al menos, a la mordida. Justo me había decidido por un cobarde beso, cuando me empujó levemente con un pie.
- No seas tan listo –dijo sin enfado-. Eso lo haré yo sola.
Salió tan rápido que no conseguí entretenerla. Me quedé mirado el corto pantalón, con sus pequeños sobrantes de trasero bajo los bordillos. Se alejó atravesando el cuarto. Esperé, hasta perder protuberancia, para ir a buscarla nuevamente.
En la terraza me detuvo el argentino. Ingeniero de mezclas y DJ, según él. Fumando sin parar farfulló unas boludeces sobre una nueva banda franco-argentina que hacían una fusión macanuda de tango y electrónica. Yo asentía, y observaba a Lotte chequear los niños tras el cantero. Una vez, sólo una, ella volteó la cabeza para mirarme.
- Oye, pibe, me voy a hacer un poco de ejercicios al patio de atrás –anuncié para deshacerme de él, pero pensando que contraer los músculos serviría para descontraer la mente.
- Che, no te calentés, pero vos sos un loco -reparó-. Mirá bien, esto acá es una fiesta...
- Todavía no... -contesté apartándome.
Pasando frente a la cocina me llamó el anfitrión.
- Prueba esto, viejo –propuso ofreciéndome una bandeja de brownies aún calientes.
- Tesoro, por favor, deja eso para después del almuerzo –lo interpeló su esposa.
- Le falta dulce –proclamé con la boca llena.
- ¡Pero le sobra yerba, mi socio! –ripostó mi amigo casi flemático-. Esa es índica, entra más suave, pero llega más profundo, tú verás.
Tuve que bajar el dulce con una cerveza. La dejé sin acabar, pues la inglesa me ofreció de una jarra de sangría que traía del chalet vecino. Al parecer la habían enriquecido con varios chorros de whisky. El marido inglés era un duro bonachón. Se puso a hablar de su época como jugador del Liverpool. Lo mismo que contaba siempre. Había perdido en la trágica final de Heysel contra el Juventus. Y ahora todo el mundo perdía el tiempo escuchándolo. Bueno, la inglesa era simpática y entusiasta. La naturaleza había sido generosa con ella. Tendría acaso unas librillas de más. Pero, en fin, el tipo era buena gente. Fui paciente, mientras discurrían las palabras del británico y revoloteaban las feromonas de su mujer.
Al llegar al patio no me acordaba de a qué había venido. Ya, ejercicios. Tenían algunas instalaciones elementales allí, aunque no las usaban. Me agarré de la barra fija. Flexioné los brazos y ascendí. Experimenté la crispación de cada fibra. Por separado. Percibí, además, como cada vaso sanguíneo se llenaba de sangre. Fascinante. Descendí, y volví a subir. Llevé la nuca hasta la barra. Mantuve la posición maravillado ante la intensidad en la individualización de las fibras musculares. Miré al suelo. Vi a mis pies allá lejos. Recordé a Lotte con sus piernas depiladas entre mis manos. Y se me escaparon las fuerzas. Me quedé colgando de la barra fija.
Con el pasar del tiempo decidí tomar un baño para despejar. Me solté de la barra algún otro tiempo después.
Subí hasta mi solitario cuarto en el último piso, donde el resto era una azotea con más canteros.
Abrí la puerta, y ahí estaba Lotte. Completamente desnuda. Urgaba en un maletín tirado sobre la cama.
- No aparecen mis bragas limpias –alegó sin levantar las pestañas.
Me aproximé alucinado. Se había afeitado el pubis también.
- ¿Quieres que te ayude a buscarlas? –pregunté para acercarme a su oído.
La superficie de mi nariz se humedeció al hablarle. Sólo se había secado a medias. Pequeñas gotas de agua perlaban sus hombros y sus pechos.
- Este era mi cuarto –murmuró-. Me mudaron con el menor de los niños, porque tú llegaste.
- No debieron hacer eso –mascullé cazando con los labios, una a una, las gotas de agua en su espalda.
Quiso volverse cuando llegué a la grupa. Se lo impedí sosteniendo firme su cintura. Sus nalgas oblongas se separaban progresivamente hacia la base y los lados. La abertura entre los muslos y el pliegue glúteo permitía apreciar el fresco rasurado. Presioné suavemente su espalda, y ella bajó el torso, apoyándose en la valija. Arqueó las rodillas y colocó los pies de puntillas al sentir mi lengua. Por entonces, la humedad sobre mi nariz ya no era agua.
17 jun 2008
El Protector De Los Cerdos XVIII

Una isla y la otra
Con su generosa actitud los hispanos se ganaron la buena voluntad de los indios de Cozumel. Durante la primera velada, tras probar el vino cristiano, el cacique Chamaco se franqueó con Cortés. Le dijo que dos hombres pálidos y barbudos se encontraban prisioneros en Yucatán desde hacía varios años. Al caudillo se le iluminaron los ojos al entender la noticia. Pensó que esos españoles habrían aprendido la lengua maya en su largo cautiverio. Sin duda resultarían muy útiles, si conseguía incorporarlos a la expedición.
Cortés le pidió entonces a Chamaco que enviase un mensajero a los cautivos dando cuenta de su presencia en Cozumel. Pese a su amistad, el cacique se negó rotundamente. Alegó que los mayas yucatecos se comerían al recadero.
- Si os sacrifican a Ixchel o a Chaac, o hasta al apestoso Ah Puch, es un honor –afirmó tajante el jefe cozumeleño-. ¿Pero que os coman después? ¡No, ese ultraje se pasa de cacao oscuro!
- ¿Pero por qué esos yucatecos devoran a los forasteros? –quiso saber el contrariado Cortés.
- Pues... porque les da apetito... –contestó el cacique mirando asombrado al capitán español.
Más tarde se analizó el asunto entre Cortés y sus consejeros.
- Desembarquemos en Yucatán, y vayamos por esos cristianos –propuso don Pedro de Alvarado.
- ¡Y si los indios osan oponérsenos, por los santísimos cojones que lo pagarán caro! –bramó Portocarrero, colocando una de sus manotas en el hombro izquierdo de don Hernando.
- ¿Cual es vuestro juicio, padre? –preguntó el caudillo haciendo un ademán hacia fray Cabezuela.
- Excelencia, si esos indios se comen a los extraños, pues enviad el mensaje con algunos de ellos mismos –dijo el fraile.
- ¿Qué? ¿Cómo? -clamaron varias voces.
- Por supuesto, tendréis que atraparlos primero –añadió el franciscano–. Pero a fe mía que esa empresa es menos incómoda que penetrar a ciegas en Yucatán.
- Sabias son vuestras palabras, padre –sentenció el caudillo–. Mandaré un bergantín al Yucatán para capturar algunos indios.
Juan de Escalante fue el encargado de la misión. Regresó a los cuatro días con seis nativos yucatecos. Dos de ellos eran orgullosos guerreros, que se mostraron poco interesados en cooperar. Hubo que degollarlos con discreción, para evitar que los indios de Cozumel los sacrificasen cruelmente ante sus paganos dioses. Los cuatro restantes, en cambio, provenían de castas de artesanos. Se quedaron maravillados frente a los objetos y herramientas cristianos. Y de buena gana aceptaron servir de mensajeros a cambio de una tijera, una cuchara, un jarro de cobre y un cuchillo.
Sin embargo, la noche previa al regreso a Yucatán los cuatro correos se pelearon entre sí por los premios. Sólo sobrevivieron el que tenía la tijera y el que se quedó con el cuchillo. El de la tijera disponía ahora también de la cuchara. Y el del cuchillo se había apoderado del jarro. La forma en que se miraban las respectivas adquisiciones hizo que Cortés ordenara darle un jarro y un cuchillo al maya de la tijera y la cuchara, así como una tijera y una cuchara a su colega con el cuchillo y el jarro. El sagaz caudillo acababa de concebir uno de los preceptos fundamentales para la conquista de México: a los indios no importa cuan poco les deis, mientras sea parejo.
Los mensajeros fueron llevados de vuelta a su tierra por tres barcos a las órdenes de Juan de Escalante y Diego de Ordás. Desembarcaron a los indios, y esperaron una semana. Sin éxito. Decidieron entonces regresar a Santa Cruz.
- Excelencia, no me cabe duda de que ha sido traición, otra cosa no se puede esperar de estos indios –afirmó Ordás ante Cortés–. Se han ido a casa sin llevar el mensaje a los prisioneros cristianos.
- ¡La puta india que parió a esos desleales! –gritó Portocarrero.
- Yo no lo creo así –intervino el gentil Escalante–. Seguramente perecieron a manos de otros indios, que codiciaban nuestros obsequios.
- ¡La puta madre de esos indios ambiciosos! –rectificó don Alonso.
- Da igual, mañana partiremos a Yucatán –determinó el caudillo con enojo, luego su rostro se suavizó para añadir algo más-. Mas primero pasaremos por la otra ínsula.
Zarparon con rumbo a Isla Mujeres[31]. Aquella pequeña isla estaba dedicada a Ixchel, la diosa de la fertilidad, habían sabido los conquistadores poco antes por boca de Chamaco. El cacique relató, además, que las mozas de Yucatán peregrinaban hasta la isla para dar el paso ritual de niña a mujer. Cada día llegaban canoas con jóvenes mayas portando estatuillas de ofrenda. De manera que la labor de los viriles sacerdotes del Ahkin Cochel o Templo de la Desfloración era sumamente ardua. Pues la ceremonia exigía interrumpir el acto en su mejor momento para verter la savia litúrgica sobre el ombligo de las mozas en honor a Ixchel. Equivocarse era un afrenta a la diosa, y se castigaba con la emasculación y expulsión del sacerdote, y con el sacrificio de la jovencita.
Tan pérfidos ritos habían provocado la indignación de los cristianos. Al enterarse estuvieron más que dispuestos a navegar hasta allí para poner fin a los depravados desmanes.
- ¡Bauticemos a todas las jóvenes indias, salvemos sus almas del diabólico mal! –demandaba fray Cabezuela persignándose.
- Eso es, padre –respondía convencido Pedro de Alvarado–. Pasaremos por las armas a esos brujos depravados, y mojaremos a las castas mozas.
- ¡Con zumo cristiano! –lo apoyaba Gonzalo Sandoval.
- ¡Por mi conciencia, os digo, que es ese nuestro deber! –acabaría proclamando el caudillo para alegría de sus hombres.

Y ahí estaban, en Isla Mujeres. Por un lado yacían los cuerpos desmembrados de los insanos sacerdotes. Por el otro se erguían los vitales cristianos, con todos sus miembros, bautizando a las indias en nombre de nuestro señor.
[31] Isla situada al norte de Cozumel, frente a Cancún. Denominada así por el desafortunado Hernández de Córdoba en 1517 al descubrir en sus playas numerosas figuras de arcilla con formas femeninas.
3 jun 2008
El Protector De Los Cerdos XVII

Cozumel
Como podía preverse, la travesía de la flota de Cortés hacia Yucatán resultó algo accidentada. El mal tiempo apareció en la primera noche, obligando a las naves a separarse. El punto de reencuentro acordado era la isla de Santa Cruz de Cozumel, que todos los pilotos ya conocían. Por alguna razón el caudillo había decidido llevar a los tres sacerdotes de la expedición en su nao principal. Se rezó mucho durante la tormenta. Con éxito, pues sólo se perdieron tres caballos, y un negro, que imprudentemente habían atado a estribor, entre los equinos y la borda.
Al llegar a Cozumel, Cortés descubrió que su lugarteniente Pedro de Alvarado, con la carabela San Sebastián, se le había adelantado. Por dos días completos. En ese tiempo se había dedicado, lógicamente, a cazar indias y saquear templos. Esa insensata actitud indignó al caudillo. Esperaba entenderse con los nativos para obtener informaciones sobre Yucatán. Y ahora todos los indios habían huido al interior de la isla. Tampoco resultaba halagüeña la perspectiva de gastar las provisiones de alimentos en una fase tan temprana de la excursión.
Una tras otra fueron llegando las restantes naves. Todas menos la del capitán Escobar. Aunque muchos expedicionarios ya habían visitado la isla con Hernández de Córdoba o con Grijalva, para la mayoría fue impresionante descubrir las pirámides y casas de piedra de los mayas locales. Eso les aportó nuevos bríos para la joven empresa.
Otra grata sorpresa fue que los hombres de Alvarado se comportaron solidarios, compartiendo las indias capturadas con las otras tripulaciones. Este gesto calmó el enojo del propio comandante, que recibió una de las bizcas nativas, muy ágil y dispuesta. Cortés era un hombre bastante ilustrado para su época, si bien de manera autodidacta, y no le faltaba curiosidad antropológica:
- ¿Habéis visto, caballeros? –comentaba a sus hombres más cercanos en la cima del templo de Ixchel–. Estas indias tienen algunos pelos en sus vergüenzas.
- Joder, sí que lo he visto –respondió alegre el procaz Portocarrero, que se chupaba un dedo untado en sabrosa miel maya–. Nada tengo en contra de los conejillos lampiños de las taínas, pero me gustan más así, velludos...
- Pero vamos, que sois un gran exagerado, don Alonso –intervino mordaz Sandoval, también oriundo de Medellín como Portocarrero y Cortés–. Cuatro pelos delante y dos detrás no hacen a un coño cristiano.
- Don Gonzalo –agregó Pedro de Alvarado, aquel otro entusiasta extremeño–, será que a don Alonso se le caen las barbas comiendo...
Las carcajadas sobre la pirámide hicieron eco en la selva.
- Perdonadme, Señorías, ¿qué os parece si convencemos a los indios de que regresen a la aldea? –dijo fray Cabezuela acercándose a la tertulia unos minutos después.
Don Alonso, don Gonzalo y don Pedro lo miraron con fastidio.
- ¿Qué tenéis en mente, padre? –indagó don Hernando.
- Una misa bautismal, Excelencia –explicó el clérigo–. Debemos convertir a estos indios para gloria de Dios...
- No, padre, me refería a qué haríamos para que retornasen los indios.
- Ah... perdonad mi torpeza, Señor. Es muy simple: soltad a varias indias, y que vayan donde los fugitivos con vuestra promesa de paz...
- ¡Que me folle la santísima virgen! –blasfemó Portocarrero–. ¡La mía no la entrego!
- Y prometed también que devolveréis lo robado de las chozas.
- ¡Sois un cabrón con sotana, don Simón! –exclamó Alvarado mirando de reojo a Cortés, que asentía serio.
- ¡Por mi conciencia! –juró el caudillo–. ¡Apuesto a que así se hará!
Y así se hizo.

Los indígenas regresaron trayendo abundante comida para los españoles. Por órdenes de su jefe los conquistadores procedieron a restituir el botín del previo saqueo. Exceptuando el oro, desde luego. En definitiva, para los indios eran más útiles las plumas o las cazuelas de barro. Cortés también mandó que se compensase a los naturales con cierto número de tijeras y bolas de cristal.
El caudillo estaba inspirado con ese progreso apaciguador. Reunió a los cozumeleños y los conminó a abandonar sus viciosos y sangrientos rituales. Se comunicaba con ayuda del intérprete Melchorejo[29].
- Los sacrificios humanos son algo aborrecible –exponía don Hernán al auditorio insular.
- ¿Y entonces, cómo se honra a los dioses? –quiso saber el gordo cacique Chac Mab Koc.
- Chamaco[30], para eso tenemos a los frailes –respondió el líder cristiano señalando a fray Cabezuela, fray Olmedo y fray Díaz.
- ¡Ya, si aceptamos vuestro dios, podremos sacrificar a uno de esos!
Mas no hubo nuevos sacrificios humanos en Cozumel. Al menos mientras los cristianos permanecieron allí. Sólo algunos pájaros, y muchos perros.
[29] Un maya que había atrapado Hernández de Córdoba para que aprendiera castellano y sirviera de intérprete en subsiguientes viajes. Melchorejo era un simple pescador de Cozumel, que incluso en su dialecto maya natal dominaba un escaso vocabulario. No fue una gran ayuda para Cortés, pero al menos jugó su papel en la comunicación inicial.
[30] El nombre hispanizado del cacique de Cozumel ha perdurado hasta hoy en el lenguaje popular mexicano, conservando incluso el carácter paternalista que usó Hernán Cortés.
27 may 2008
Blanco
La mitad del colchón había quedado al descubierto. Una almohada hacía equilibrio en el borde. La otra estaba oculta bajo la desordenada cabellera marrón.
Yacía de lado. Desnuda.
Observé su espalda. Continué por la curva de la cadera hasta las piernas. Largas y torneadas descansaban una encima de la otra. Regresé al culo. Era redondo y blanco. Lo asocié con la nieve en el tejado de enfrente. Entreabrí una celosía, casi por comprobarlo. Había un cuervo posado en la baranda del balcón. Se apartó prudente, y derribó un poco de la escarcha helada sobre el tubo de metal.
El pasamano en el aeropuerto también me había parecido muy frío. Pero, antes de soltarlo, la mano tibia de Siggi cubrió la mía. Me sorprendió. No la había visto entre las personas que esperaban a la salida del área de recogida de equipaje.
- Hola –dijo.
Sonreí con gratitud buscando el azul. Me abrazó cuando estuve completamente afuera. La agarré con un brazo, sin desasir el maletín.
- ¿Cómo has estado? –indagué.
- Extrañándote...
- ¿A dónde vamos? –murmuré acariciando su mejilla con la mano libre.
- A mi apartamento –contestó.– El niño está con su padre.
- De acuerdo –asentí.
Entrando al estacionamiento la solté para cambiar de mano el bagaje. Pesaba muy poco.
- Ayer no me respondiste la llamada –se quejó llegando al automóvil.
- Sí, la vi tarde...
- ¿Tienes hambre?
- Vamos a casa y lo sabremos mejor –respondí arrojando el bulto en el asiento trasero.
Volví a mirar el culo blanco. Mas me sobrepuse rápidamente. Fui al pasillo a ponerme el abrigo. Cuando lo descolgué, algo cayó. Lo reconocí al levantarlo del suelo. Era el abrigo rosado del crío. Entonces me hizo caso –pensé.– Le ha comprado otro gabán al chico.
- ¿Pero qué tiene de malo este abrigo? –lo había defendido dos semanas atrás.
- Nada... ¿por qué no le colocas un lazo en la cabeza también?
Enganché la desacreditada chaqueta en su lugar otra vez. Sí, le importo –me dije.– Exactamente como no quiero. Y como quien no quiere, me asomé al cuarto. El culo no se había movido. Ella tampoco.
Cuando salí a la calle, había comenzado a nevar. Pisé la nevisca fresca. Como... –quise asociar– ...no, la nieve es aún más blanca...
Me levanté el cuello de la cazadora, y seguí andando.
16 may 2008
Sore-Made (Fin del Combate)
Cuando nos sentamos, en los tatamis laterales sendas parejas de judocas se enfrentaban por las dos medallas de bronce: los perdedores de las semifinales contra los mejores de la ronda de consuelo. Era la categoría de más de 100 kg.
Me concentré en el tatami de la izquierda. Carlos Zegarra de Perú vs. Albenis Rosales de Venezuela. El blanco peruano con sus 194 cm y 156 kg contrastaba con el zambo venezolano de 168 cm y 108 kg.
Tuve que reir. A carcajadas.
El grandulón parecía pasivo. Su rival, en cambio, se esforzaba más.
- ¡Dale, enano, que el gigante es un muerto! –exclamé, sin perder del todo el decoro de la imparcialidad.
Un sujeto en la fila anterior también se embulló y gritó con acento cubano:
- ¡Tanque de ceviche!
Lo felicité por esa lucidez peyorativa.
Poco después salieron al tatami central los protagonistas de la disputa del oro. Walter Santos de Brasil contra el cubano Oscar Brayson.
La inmensa mayoría del público se lanzó a un espontáneo coro:
- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!
- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!
- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!
Si no fuera por el banderón americano en el centro, y por el buen estado relativo del auditorio, creería estar en La Habana y no en Miami –pensé-. Si bien estos paisanos están mucho más gordos que el cubano insular.
La entrada al Campeonato Panamericano de Judo en el James L. Knight International Center de Miami era barata. Costaba apenas 10 dólares para un día, 15 para dos, 25 para tres y 35 para los cuatro días del evento. Obviamente las proyecciones contra el suelo no son favorables para las matemáticas.
Mayor precio hubiera dejado al torneo sin público. Y ese precio trajo al único público con cultura polideportiva en el sur de la Florida: los cubanos de la última oleada migratoria. Para mi asombro reconocían desde la pasividad hasta la imperfección de un waza-ari. Y apoyaban fervorosamente a los compatriotas al servicio deportivo de la dictadura.
Miami ya no es la misma. Definitivamente.
Los atletas estaban alojados en el Hyatt Regency, anexo al Knight Center. Naturalmente que los cubanos trajeron a sus guardianes ordinarios, claramente reconocibles en la inutilidad deportiva y la vigilancia del público. Mas no fue ningún problema acercarnos y dialogar con los judocas. Gente sencilla, ante todo. Incluso pudimos mezclarnos con los oficiales y participantes del evento en el area restringida al público. Y es que los organizadores eran cubanoamericanos. Tanto los contratistas como los de la federación americana de judo, que tiene funcionarios y entrenadores de origen antillano. Hubo un permanente desorden durante el campeonato.
Brayson perdió por ippon, pero se desquitó de igual manera con Santos al día siguiente en la final de la categoría abierta. Brasil dominó en el masculino, a pesar de traer sólo al segundo equipo. Cuba venció en el femenino. Se destacaron por su perfección técnica el canadiense Keith Morgan y la americana Valerie Gotay, pupila del ex-campeón cubano Israel Hernández. Y por supuesto, el trofeo de fair play se lo dieron, merecidamente, al enano venezolano.
En fin, el torneo estuvo bien. Sobretodo luego de que escapó la bicampeona mundial Yurisel Laborde, que había desembarcado en Miami declarando: "Aquí no se queda nadie."
14 may 2008
Neutralidad
No hubo tiempo para la sorpresa. Me di de bruces con ella en medio del centro comercial. Allí iba Irene con su paso elástico, mezcla de taekwondo y aerobics.
Se detuvo al verme.
– ¿…? –pregunté mostrando las palmas de las manos.
Si fuera más blanca -pensé-, se habría sonrojado. No obstante, percibí la sangre bajo la suave piel bronceada.
– ¡Hola! –dijo, y me asestó un beso en la mejilla.
– ¿…? –repetí usando el mismo gesto.
– Estoy sólo de paso para Santiago… –murmuró.
– Un largo paso, sin duda –reflexioné, y sonreí.
– Bueno, es que la compañía me da los vuelos Sao Paulo-Lima y Sao Paulo-Santiago. Si me voy directo de Perú a Chile, lo tengo que pagar yo misma –explicó.
– Qué buena vida, ¿no?, especialista peruana, contrato chileno y proyecto brasileño –asentí comprensivo–. ¿Y qué tal te fue con tu novio miraflorino?
– Pues muy bien… –contestó aún insegura, pero decidió enseguida pasar a la ofensiva–. Fue un reencuentro muy intenso…
– Claro, y por eso te quedaste apenas un día en Lima –convine sacudiendo levemente su barbilla.
– Fueron 30 horas… –replicó.
– Cierto –confirmé–. Pero supongo que el tipo en Santiago es más interesante, ¿no?
Se mordió el labio inconscientemente. Sospeché la vuelta del rubor invisible. Quise comprobarlo y le agarré una oreja. Estaba caliente.
– Eres muy malo… -balbuceó.
– ¿Pretendes sobornarme con eso? –la reprendí sonriente asegurando su brazo.
– No… antier te dije que volvería en una semana… y es verdad, el domingo podemos…
– Espera, a mí no tienes que redirme cuentas, cariño –la interrumpí sanamente–. Aunque sí me pregunto qué le dijiste al caballerito limeño…
– Nada, que tengo una reunión en Santiago… –masculló.
– Lo cual es muy cierto, desde luego.
Me devolvió la media sonrisa. Y quise saber algo más.
– ¿Es otro ejecutivo ese santiaguino?
– No… o sea, es un empresario.
– Me gusta tu perspectiva, Irenita –confesé.
– Bueno, tú sí que no vas a casarte conmigo… –ripostó mirándome de frente.
Me propuse suavizar sus ideas.
– Por tu distribución del tiempo apuesto a que el chileno va ganando…
– En realidad es libanés…
– ¡Coño, chica! -exclamé-. ¡¿Un beduino?!
– No, no, es nacido en Chile… y católico…
– Querrás decir maronita.
– Sí, eso…
– Es un alivio, porque podría ser paraguayo y chiita…
– Pues mira, Bashir es tan latino como tú y yo…
– ¿Bashir...? ¿Sabes qué? –anuncié, resuelto a ser justo–. No vamos a dejar a nuestro hermano peruano en desventaja. Tienes que llegar a Santiago cansada. ¡Ven conmigo!
– Ay, pero si… –dijo, mientras nos dirigíamos a la salida– …yo vine al Shopping porque necesito un…
– Y lo tendrás... todito –la tranquilicé sobre la marcha–. Te lo aseguro.
12 may 2008
Maternidad
- Luis… estoy embarazada –dijo una voz familiar.
Miré a mi acompañante. Le indiqué con una señal que la llamada telefónica era importante. Podría demorar. Ella dejó de acariciarme la nuca. Se alejó algunos pasos de cortesía.
- Felicidades –respondí por el celular.
- ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? –replicó la voz.
- Claudia, ¿qué supones que deba decirte?
No contestó.
- ¿Qué vas a hacer? –indagué.
- Pues voy a tenerlo, obviamente –afirmó–. Ni se te ocurra pedirme que…
- Nunca se me ocurriría –la interrumpí–. El vientre es tuyo.
Calló nuevamente.
- No te preocupes –añadí en un arranque de buena voluntad–. En realidad esto es una suerte a tu edad.
- ¿Cómo que a mi edad? –se indignó.
- Claro, con 35 no es tan fácil como con 25… –arguí.
- ¿Tú qué dices? Si eres un año mayor que yo…
- No tiene nada que ver, los ciclos reproductivos son tan diferentes como los sexos…
- Gracias por la gentileza –ironizó malamente.
- Fue en la playa, ¿verdad? –cambié el tema.
- Sí...
- Estábamos borrachos los dos –alegué.
- Tú fuiste quien no quiso ponerse un condón –me inculpó.
- Si los hubiera tenido a mano, habría usado uno –sostuve–. Pero tú los traías y no sabías donde estaban.
- Bueno, pues por desesperarte para clavarme la verga serás papá.
- No me hables así por teléfono –dije bajando la voz-. Ya me dieron ganas de clavarte otra vez, y sin condón.
- Ahora ya puedes –asintió.
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