5 abr. 2011

Sangre en el Ganges


 La intervención franco-anglo-americana en Libia tras apenas unos miles de civiles asesinados por el dictador Gadafi es prueba de la fuerte tendencia al alza del valor de la vida musulmana. Y no sólo en el mercado occidental. Pocas décadas atrás era muy diferente. Un buen ejemplo es Bangladesh, cuyo aniversario 40 se cumple este año.

Para entender el caso hay que remontarse a la independencia de Gran Bretaña en 1947. Antes de retirarse los británicos optaron por dividir el subcontinente básicamente en dos estados: uno hindú –India– y otro islámico –Pakistán–. Este último quedó conformado por una región occidental (el actual Pakistán) y otra oriental en el delta del Ganges (la hoy independiente Bangladesh), separadas por 2.000 km de territorio hindú.

Por si fuera poco, a la distancia geográfica se sumaban otros defectos mayores. Pakistán Occidental estaba habitado por un conglomerado de tribus guerreras de piel clara con el urdu –una versión islámica del hindi– como sintético idioma oficial. En contraste, en Pakistán Oriental había tan sólo pigmentados bengalíes, cuya abrumadora densidad demográfica no era nada estimulante para la belicosidad. A diferencia del Pakistán Occidental, entre los bengalíes abunda el elemento genético dravídico, si bien no tanto como entre los sureños tamiles, pero la lengua bengalí es tan indoaria como el hindi y el urdu.

Durante más de dos décadas los bengalíes, aunque mayoría en números absolutos (67 millones frente a 56 millones del lado occidental), fueron las cenicientas de Pakistán. Incluso tenían que hablar en urdu con las autoridades nacionales en su propia región. Varios intentos de establecer el bengalí como tercera lengua oficial tras el urdu y el inglés fueron rechazados por el gobierno central desde las occidentales capitales –primero Karachi y luego Islamabad–. Poco aportó a la comprensión interétnica el hecho de que el poder en Pakistán cayó en manos de los militares con el golpe del general Ayub Khan en 1958. El ejército pakistaní contaba con 6.000 oficiales, de los cuales apenas 300 eran bengalíes. La proporción entre clases y soldados no era muy diferente.

A mediados de los años 60 el descontento étnico se organizó alrededor de la figura de Mujibur Rahman, un ex cabecilla estudiantil bengalí con un largo expediente subversivo escrito en urdu. Todavía en la cárcel Mujibur fundó un partido autonomista bengalí, la Liga Awami, y de inmediato fue confinado a un calabozo independiente.

En 1965 las tensiones entre Pakistán y la India en Kashmir desembocaron en una guerra que ninguno logró ganar, pero que dejó mal parado al general Ayub Khan. Finalmente, en 1969 Ayub renunció y fue sustituido por el general Yahya Khan.

El nuevo dictador militar era un aficionado al alcohol y a las mujeres, por lo que tuvo la sana idea de anunciar elecciones libres para poder dedicarse a sus hobbies. Su primer error. En noviembre de 1970, el mes previo a las elecciones, el gigantesco ciclón Bhola devastó Pakistán Oriental, matando medio millón de personas. El gobierno de Yahya no se dio por enterado. Su segundo error. Y como consecuencia llegó el desastre electoral. El parlamento pakistaní tenía 302 escaños. En concordancia con la cantidad de habitantes, 140 se elegían en occidente y 162 en oriente. La Liga Awami bengalí conquistó 160 de los 162 puestos orientales, seguida por el Partido Popular Pakistaní de Zulfikar Alí Bhutto con 81 de los 140 escaños occidentales.

Con la mayoría absoluta lograda Mujibur Rahman podía formar un gobierno puramente bengalí en Islamabad. Se trataba, sin duda, de una interesante situación con impredecible desenlace. Sin embargo, a Yahya y a Zulfikar no les gustó tal perspectiva, así que propusieron una división del poder. Como es lógico, Mujibur no aceptó compartir lo que le correspondía por completo. Yahya suspendió entonces la sesión constituyente del parlamento, colocó en alarma de combate a las tropas occidentales estacionadas en Pakistán Oriental y viajó a la ciudad bengalí de Dacca para negociar con Mujibur. Lo malo del plan era que no había nada que negociar. Y sucedió lo que tenía que suceder: Mujibur reclamó lo que le tocaba tras su clara victoria. Yahya no se lo dio. Mujibur proclamó la independencia del Pakistán Oriental como República de Bangladesh. Yahya arrestó a Mujibur. Los bengalíes protestaron. Y entonces, el 25 de marzo de 1971, el ejército pakistaní arremetió contra los bengalíes.

La vista panorámica del conflicto exponía en primer plano a entrenados soldados punyabíes masacrando a menudos bengalíes. Tan visceral odio por parte de sus hermanos musulmanes sorprendió a los bengalíes; pero pronto se organizaron en milicias, llamadas Mukti Bahini, para resistir. Las bajas diarias entre los civiles se contaban por miles. En abril el ejército pakistaní organizó una redada para capturar las mujeres bengalíes más bonitas, tarea nada fácil, alcanzando a reunir 20.000 muchachas que fueron distribuidas en burdeles militares para trabajar obligadas y sin remuneración. Durante el asalto a la casa de un jefe de las milicias bengalíes los pakistaníes sólo encontraron a su hijita de 4 meses y la mataron a patadas. Aldeas sospechosas de esconder separatistas fueron borradas por completo del mapa. Hay que reconocer que los pakistaníes carecían de conocimientos para construir cámaras de gas, mas hicieron lo que pudieron.

¿Y el resto del mundo? Indira Gandhi tenía dudas, pues las guerras del Kashmir habían demostrado que los pakistaníes eran un hueso duro de roer. Richard Nixon callaba, porque era aliado y amigo de Yahya Khan. Mao también. La antigua metrópoli británica no tenía opinión. Al menos mientras los americanos no la expresaran. Unicamente George Harrison abrió la boca: para cantar y organizar en agosto con otros artistas su “Concert for Bangladesh” en el Madison Square Garden de New York.

Leonid Brezhnev, en cambio, vislumbró la oportunidad de fastidiar a Yahya, a Nixon y a Mao de un solo golpe y presionó a Indira Gandhi para intervenir a favor de los separatistas. Así motivada, Indira reflexionó intensamente, aunque sin obtener conclusiones. En eso la cifra de refugiados bengalíes en la India alcanzó la marca de los 10 millones y se declaró una alerta de hambruna en las regiones fronterizas. Corría agosto y los soviéticos aprovecharon la crisis humanitaria para prometer ayuda militar a la India en el caso de que Pakistán reaccionase con un segundo frente desde occidente. En septiembre Indira casi se decidió a combatir, pero escogió meditar un mes más al respecto. En noviembre Yahya Kahn, temiendo lo peor por parte de la India, prefirió lanzar un ataque preventivo y bombardeó los aeropuertos militares indios, copiando al dedillo la táctica israelí en la Guerra de los Seis Días. Al parecer, la copia no salió tan buena, puesto que la flota aérea de la India no sufrió daños de consideración. Al enterarse de esto Indira no vaciló ni un minuto más y ordenó la invasión de Bangladesh, donde el exterminio total de las milicias rebeldes ya estaba casi consumado. El cuerpo expedicionario indio constaba de 450.000 soldados, incluyendo varias divisiones élites de sikhs. Cruzaron la frontera el 3 de diciembre.

Aisladas y privadas de refuerzos y pertrechos por tierra y mar, las unidades pakistaníes tuvieron que enfrentar a un enemigo muy superior en número y empezaron a perder terreno de inmediato. Cuando la derrota ya era inminente, el ejército de la República Islámica de Pakistán dio un paso único en la historia. Ya que no podrían impedir la independencia de Bangladesh, decidieron al menos utilizar las últimas reservas de municiones para privar al nuevo estado secesionista de su élite. El 14 de diciembre de 1971 se produjo el primer San Bartolomé de intelectuales en los anales humanos. Los soldados pakistaníes marcharon por ciudades y pueblos bengalíes, juntaron a los médicos, científicos, ingenieros, maestros, artistas, escritores, abogados, periodistas y estudiantes, y los fusilaron.

Dos días después Pakistán capituló ante la India en Bangladesh. A esas alturas el número total de musulmanes bengalíes asesinados ascendía a 3 millones. El 20 de diciembre Yahya Khan presentó su renuncia. De la pérdida en inteligencia Bangladesh nunca se ha recuperado.

7 comentarios:

  1. Yeap, tremendo concierto! Ravi Shankar le pidio ayuda a su amigo Harrison para hacer que de alguna manera occidente mirara la situacion en Bangladesh. Millones de personas padeciendo por la ambruna que la guerra de liberacion dejó. En el concierto tambien participaron, Ringo Starr, Eric Clapton, Bob Dylan entre otros.

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  2. si yo fuera allah o al menos mahoma, te nombraba historiador en jefe. despues qye eduardo lo menciono recuerdo aquello de ravi shankar, claro de eso me entere unos anos despues cuando jorge gomez empezo con aquel programa en radio "progreso"

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  3. Tiene razón Lázaro en cuanto al nombramiento de Historiador en Jefe, pero no creo que tal nombramiento lo haga Mahoma, el profeta, como muchos de sus discípulos, no creo que quisiese hablar de cuánto se odian éstos entre sí, y eso que cuando alguien no musulmán le da el merecido correctivo a iraquíes, palestinos o ahora libios, los islámicos fingen que son un pueblo unido y exigen que cese el citado correctivo.

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  4. ñooo! que masacre, me entero de esa mancha historica por ti. Lo de Libia ahora, no es nada comparado con Bangladesh. El avance tecnológico y la internet evitarían otro acontecimiento similar de tan magnitud? Se viene una crisis economica mundial?

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  5. Nuestro profesor de historia y la chispa...
    Gracias amigo Güicho.

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  6. Amigos Eduardo, Lázaro, Epiro, Danilo y Frida, gracias por pasar y comentar!

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  7. Gracias, Güicho, por este artìculo.

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