9 de feb. de 2012

Al-Assad: Una Saga Alauita

Alaouite, gentille Alaouite.
Alaouite, je te plumerai.
Alaouite, gentille Alaouite.
Alaouite, je te plumerai.
Je te plumerai le cul.
Je te plumerai le cul.
Et le cul! Et le cul!
Et le dos! Et le dos!
Et la queue! Et la queue!
Et les pattes! Et les pattes!
Et les ailes! Et les ailes!
Et le cou! Et le cou!
Et les yeux! Et les yeux!
Et le bec! Et le bec!
Et la tête, et la tête!
Alaouite, Alaouite.

I   El inescrutable sendero de Alí

Zulfiqar, la cimitarra de Alí, insignia alauita. 

Los alauitas son los Testigos de Jehová del Islam. Se trata de una secta chií considerada a menudo herética en la propia Chía, para no mencionar la opinión de los suníes. Formada en el siglo X, la secta alauita se afianzó con particular fuerza en las montañas del noroeste de Siria, así como en la franja costera suroriental de la actual Turquía. La población de esas regiones no era semita ni turca, sino indoeuropea, descendiente de los antiguos hetitas y de posteriores invasores gálatas y helénicos. Es por eso –y por la endogamia que practican– que entre los alauitas abundan los pelirrojos, las pecas y los ojos claros.

Durante mil años los alauitas no tuvieron suerte. En sus respectivos momentos tanto los califas suníes como los imames chiíes, los emires kurdos, los shahs persas, los khanes mongoles, los sultanes otomanos, los beys mamelucos y los príncipes cruzados miraron a los alauitas con ojeriza. Empero, las montañas de Latakia impidieron muchas conversiones forzadas y más de un genocidio. 

Los signos cambiaron con el colonialismo francés, que sucedió al dominio turco tras la Primera Guerra Mundial. A partir de 1920, al igual que los cristianos maronitas en el Líbano, los alauitas recibieron un trato preferencial en Siria y fueron admitidos en el sistema militar colonial francés. Esta última no fue una decisión descabellada. Por lo común el soldado árabe –fuese suní o chií- era capaz de traicionar en cualquier momento, lo mismo a sus oficiales europeos que a sus camaradas nativos. Por su parte, el soldado alauita también podía traicionar a los infieles con la mayor naturalidad, pero nunca a sus hermanos alauitas. De manera que, al quedar rodeado de belicosos beduinos, un pelotón colonial de alauitas hincaba la rodilla en la arena y se batía hombro con hombro hasta la última bala o la –más probable– retirada del enemigo. El oficial francés podía sobrevivir detrás de sus cipayos de piel blanca.

La independencia de Siria en 1946 concedió a los militarizados alauitas por primera vez en su historia ciertas opciones de poder. Desde luego, en contra tenían dos factores: su escaso número –apenas 15% de la población del país– y la falta de autoridad y liderazgo. Esto último pesaba más, pues eran precisamente unas pocas familias aristocráticas suníes con pasado otomano quienes controlaban el país. Así que en 1947 los parias de Siria: los alauitas, los cristianos ortodoxos y los todavía más heréticos drusos se juntaron para fundar el Ba’ath, el Partido del Renacimiento Arabe, que exportaron de inmediato al más fértil vecino Irak. 

En 1948 todas las fuerzas árabes se movilizaron para aniquilar al nuevo Estado de Israel. Contra cualquier pronóstico basado en las matemáticas los árabes fueron derrotados, pero el único frente donde no se encogieron fue precisamente el sirio. Básicamente gracias a la disciplina de los batallones alauitas Siria conservó las alturas del Golán esa vez. 

A partir de 1949 la élite tradicional damascena se desgastó en golpes de estado. Antes y después de la efímera unificación de Siria con Egipto bajo Nasser una serie de coroneles de nombre turco arabizado tomaron el poder uno tras otro, liquidando o poniendo en fuga al respectivo antecesor. Entre tanto, el Ba’ath aglutinaba militantes de todas las confesiones hasta convertirse en la fuerza política más pujante de Siria, especialmente dentro del ejército. Y por fin en 1963 le llegó su turno al Renacimiento Arabe para dar un golpe de estado.

Con el Ba’ath controlando Siria y los alauitas controlando el Ba’ath no se perdió la costumbre putchista. No obstante, cierto pudor público llevó a los alauitas del Ba’ath a colocar marionetas suníes a la cabeza del estado sirio. Entre golpes y amagos dos figuras alauitas acabaron acumulando suficiente fuerza para aspirar al poder absoluto: Salah Jadid y Hafez al-Assad. El showdown tuvo lugar en noviembre de 1970. Ganó al-Assad. Como buen alauita Hafez no ejecutó a su correligionario. Unicamente lo encarceló hasta su muerte en 1993.

En febrero de 1971 Hafez al-Assad decidió prescindir de la ocasional marioneta presidencial suní y se proclamó jefe de estado. Por primera vez desde que Alí fue acuchillado saliendo de una mezquita trece siglos atrás se entronizó una dinastía chií en Damasco.


II   Retrato de familia siria

La familia al-Assad: sentados los padres, Anisa y Hafez (☾2000); de pie desde la izquierda los niños: Majir, Bashar, Basil (☾1994), Mayid (☾2009) y Bushra. 

La foto más famosa de la familia al-Assad completa data de finales de los años 80. Desde entonces hasta la fecha ha perecido más del 40%. Para conocerlos mejor vayamos por partes, o sea, por trozos.

Hafez al-Assad (1930-2000) fue el primer militar sirio que conquistó el poder sin haber recibido formación turca o francesa. Hafez se había entrenado en la Unión Soviética. A la postre eso demostró ser ventajoso, puesto que con anterioridad el promedio de permanencia al mando para un golpista sirio había sido de 16 meses, en tanto Hafez gobernó durante 30 años hasta su muerte. El joven al-Assad fue uno de los primeros pilotos de combate alauitas. Mucho antes de escalar posiciones en el Ba’ath participó en todas las guerras regionales, donde demostró mucha sangre fría. A diferencia de los oficiales suníes, a Hafez nunca le tembló la voz para ordenar una retirada. Cuando Siria perdió las alturas del Golán ante Israel en la Guerra de los Seis Días Hafez al-Assad era el ministro de defensa. Ya en la presidencia el patriarca alauita adquirió la mala costumbre del culto a la personalidad. Obviamente, algunas cosas las hizo bien. Sin ir más lejos, Hafez consiguió desarrollar una excelente red nacional de denunciantes. E igual fue sorprendido en 1983 por la intentona golpista de su propio hermano Rifaat al-Assad, a quien tuvo entonces que desterrar a Francia. En cambio, con los conspiradores suníes de la Hermandad Islámica Hafez no tuvo contemplaciones y dispuso masacrar varios miles para restablecer la obediencia social.

Anisa Majluf se casó con Hafez sin soñar que llegaría a ser la primera dama de Siria. Una vez convertida en tal solía actuar muy discreta. Y desde que enviudó no aparece en público. Sin embargo, quienes la conocen aseguran que Anisa siempre tuvo la última y mordaz palabra en la casa al-Assad. Su influencia en los hijos es ahora mismo indiscutible.

Basil al-Assad (1962-1994) era el mayor de los varones y el elegido para heredar a su padre. Amaba el deporte y adoraba correr a caballo y en automóvil. Con los caballos tuvo suerte, pero con su nuevo Mercedes Benz se mató en 1994. En alusión a esa tragedia Udai Hussein comentó en público en Bagdad que los al-Assad eran tan miserables que no podían matarse en un Ferrari o un Lamborghini.

Mayid al-Assad (1966-2009) murió de una sobredosis a los 43 años. Desde la adolescencia era drogadicto. Es comprensible si se tiene en cuenta que su madre no aceptaba a ninguno de sus amigos. A instancias de Anisa en 1983 Hafez hizo desaparecer a Karim, el amigo que Mayid más quería, y de paso a toda su familia. En defensa del padre cabe decir que aquel fue un año muy difícil para el presidente Hafez: primero sufrió un infarto del miocardio, luego su hermano Rifaat intentó tomar el poder, y encima Anisa no paraba de quejarse de las inclinaciones de Mayid. Como quiera que sea, el remedio fue peor que la enfermedad, pues Mayid no lo superó y pasó directo de la marihuana a la heroína. Nada cambió cuando lo obligaron a casarse con Ru’a, una casta alauita del clan Ayub. Como era de esperar, no hubo descendencia. Ni tampoco condescendencia, pues Bashar –instigado otra vez por Anisa– también espantó a los nuevos amigos del infeliz Mayid.

Bashar al-Assad (1965) quería ser médico, pero la necesidad lo obligó a ser presidente. Bashar estudiaba en Londres al fallecer su hermano mayor, e ipso facto tuvo que regresar a Damasco. Apenas dispuso de 6 años para aprender lo que Basil había asimilado en tres décadas para heredar al padre. Tras recibir el cetro sirio en 2000 Bashar pronto demostró que con él las cosas serían diferentes. Inmediatamente trajo a su novia anglo-siria de Londres, una elegante suní, y se casó con ella. Los alaridos alauitas por la escandalosa unión fueron notables, especialmente los de Anisa. Bashar también emprendió reformas económicas, permitiendo la entrada de inversiones extranjeras y reduciendo la coima familiar en cada negocio serio del país a un máximo del 5%. En lo político fue más prudente: pactó con la vieja guardia e invirtió en nueva logística para la Shabija, la milicia paramilitar alauita-cristiana-drusa.

Majir al-Assad (1968) es el benjamín –digo, bilyamín– de la familia. Podría ser el hijo de Pablo Escobar sin ningún esfuerzo. Posee el grado de general en el ejército sirio, aunque nunca ha participado en una guerra –por escasez– ni en unas maniobras militares –por pereza–. Majir comanda las 4 unidades armadas esenciales del régimen sirio, cuyos soldados son en su mayoría alauitas: las tropas de élite de la famosa 4ta División de Infantería, la modernizada 4ta División Blindada, los 12.000 hombres de la Guardia Republicana, y los camisas pardas de la Shabija. Como parte de sus obligaciones, pero con innegable entusiasmo, Majir dirige la represión contra los rebeldes en la actualidad. Hay testimonios de que ha ejecutado personalmente a prisioneros. De hecho se le considera el hombre más peligroso de Siria. No sólo por su poder, sino también por su carácter inescrupuloso, cruel, agresivo y colérico. En 1999, por ejemplo, Majir le disparó en el vientre a su cuñado Asif, vicejefe de la inteligencia militar, tras unas acaloradas palabras. La organización del asesinato del primer ministro libanés Rafik al-Hariri en 2005 también se le adjudica a Majir al-Assad. Cuando aconteció la revuelta en la prisión de Saidyana en 2008 el menor de los al-Assad fue en persona a comandar la masacre de escarmiento. Por suerte ya es muy tarde para que coincidan, pero es difícil imaginar un lugar más peligroso para una chica que una fiesta organizada por Udai Hussein, Hannibal Gadafi y Majir al-Assad.

Bushra al-Assad (1960) es la primogénita y única hembra. Heredó el carácter firme de su madre y el sentido práctico de su padre. La niña de papá Hafez salió de armas tomar. Estudió farmacia y disfrutó de lo bueno de este mundo hasta que en el umbral de los 30 decidió que se casaría. A esos efectos empezó a visitar desfiles militares y cuarteles hasta que encontró un oficial de su gusto, Asif al-Shaukat. Se trataba de un sujeto diez años mayor, casado y con 5 hijos, y que, por esas casualidades de la vida, amaba a su esposa. Anisa no gustó para nada de la idea de su hija, si bien Asif –para su suerte– al menos era alauita. Toda la familia al-Assad trató de contener a Bushra, pero fue en vano. Asif tuvo que divorciarse y desposar a la princesa. Desde entonces Bushra hizo galopar a su marido por los peldaños del poder hasta mayor general, viceministro de defensa, vicejefe de la inteligencia militar y vicejefe del estado mayor general del ejército sirio. No la detuvo ni el plomazo de Majir.

1 comentario:

  1. No creo que esto te lo publicaría ninguna revista del corazón, pero ahora mismo te doy link.

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