1 dic. 2007

El Protector De Los Cerdos XV

La Fuga de Hernán Cortés

Santiago de Cuba, la capital de Fernandina, despertó con la noticia de que la flota de Yucatán, comandada por Hernán Cortés, había partido sigilosamente durante la noche. El Adelantado Velázquez no cabía en sí de la rabia. La noche anterior había decidido que su primera acción como gobernador en aquel 18 de Noviembre de 1518 sería retirarle el comando a don Hernando. Y ahora el muy traidor se había llevado 11 barcos, incluyendo 2 naos y 4 carabelas, 289 soldados, 10 cañones, 16 caballos, 4 espingardas, 12 arcabuces, 18 mastines, 200 esclavos indios y africanos, y lo peor: 26 cerdos, 11 de ellos ibéricos.

Al aproximarse, fray Cabezuela fue testigo de una dramática escena.

– ¡Maldito traidor! ¡Lo mataré! ¡Mataré a su caballo! ¡Mataré a su mujer! ¡Mataré a sus hijos! –gritaba el gobernador en el balcón que se había hecho construir en un promontorio frente a la bahía.

– Mi señor, Cortés no tiene hijos –corrigió Cervantes el loco, el bufón del gobernador.

– ¡Entonces mataré a sus nietos!

– Tampoco tiene nietos, amo.

– ¿Y caballo, acaso no tiene caballo?

– Sí, pero se lo llevó en su barco, mi señor.

– ¡Mi barco! ¡Es mi barco, mío! –vociferó el gobernador agarrando a Cervantes por las solapas.

– Sí, claro, es de vuestra Excelencia el barco, pero igual se lo llevó don Hernando…

– ¡Fray Simón, por Dios, cuanta razón teníais! Debí degollar a ese perro ayer mismo –exclamó Velázquez soltando al bufón al percibir la presencia del fraile.

– Excelencia, no todo está perdido. –intervino Cabezuela– Cortés se ha ido precipitadamente. No tiene suficientes víveres para una expedición tan larga.

– ¿Que queréis decir, padre?

– Digo a vuestra merced, que Cortés tendrá que recalar al menos una vez más para avituallarse.

– ¿Dónde? ¡Decidme, dónde lo hará!

– De aquí hasta Yucatán sólo hay dos villas, Señor.

– Trini-Trini-Trinidad –canturreó el bufón.

– ¡Callaos, cretino! –vociferó el gobernador, ya menos furioso– Sí, estáis una vez más en lo cierto, padre. ¡Allí lo detendremos a ese traidor!

– Verdugo será el verdugo, será el Verdugo, será el verdugo –volvió a canturrear el loco Cervantes.

Francisco Verdugo, alcalde de Trinidad y cuñado de Velázquez, recibió órdenes de detener a Cortés por alta traición. Mas Cortés ya lo había convencido de unirse a su expedición y contribuir con más recursos. Aún así no bastaban, así que tras varios días zarparon para San Cristóbal de la Habana, ubicada por entonces en la costa sur de la isla.

Velázquez mandó entonces a su asistente Vasco Porcallo de Figueroa a La Habana con instrucciones de arrestar a Cortés y colocarse al frente de la flota de Yucatán. Para ello debía convencer a dos oficiales de Cortés, Diego de Ordás y Francisco de Morla, de que le prestaran apoyo. El gobernador le pidió a fray Cabezuela que acompañara como asesor a su emisario.

Porcallo se presentó ante Cortés. El caudillo estaba sentado en la cubierta de su nao capitana rodeado de sus lugartenientes: Alonso Hernández de Portocarrero, Alonso de Ávila, Diego de Ordás, Francisco de Montejo, Francisco de Morla, Francisco de Saucedo, Juan de Escalante, Juan Velázquez de León –un sobrino del propio gobernador–, Cristóbal de Olid, Pedro de Alvarado y Antón de Alaminos. Todos con antecedentes penales. Todos con cicatrices de arma blanca. Fumaban hojas de tabaco enrolladas, un vicio aprendido de los indios. Cabezuela prefirió quedarse atrás, junto a la borda.

– ¿Venís de parte del gobernador? –lo interpeló Cortés sin dejarlo hablar primero.

– Así es...

– ¿Queréis fumaros un tabaco, Porcallín? –lo interrumpió el barbudo Portocarrero.

– No fumo, gracias –se aflojó más Porcallo–. Dice su Excelencia que…

– Porcallo –volvió a hablar Cortés–, ¿qué me estáis diciendo?

– Su Excelencia…

– Su Excelencia está en Santiago, y vos estáis aquí. Así que se trata de vos. De lo que vos queráis, o de lo que vos seáis capaz de hacer –exclamó Cortés con tono seco, mientras sus oficiales comenzaban a reir.

– Yo sólo... –protestó Porcallo.

– ¿De qué sois capaz, Porcallo? Veamos, ¿sois capaz acaso de apagarme el tabaco?

Una bocanada de humo negro alcanzó a Porcallo en pleno rostro. Ahora tenía a Cortés en pie frente a sí.

– Don Hernando, yo cumplo órdenes....

– Muy bien, pues yo os daré vuestras órdenes. Regresad a Santiago, y decidle al gobernador que le mandaré tres veces el precio de la expedición desde la ínsula de Yucatán, cuando la haya conquistado.

Dicho esto, el caudillo se retiró. Sus lugartenientes rodearon entonces a Porcallo.

- Porcallín, hemos oído que andáis capando indios por ahí -dijo Olid sonriente.

- ¿Con qué esas tenemos? -infirió Portocarrero.

- Bueno, es para que no se escapen... -balbuceó el aludido, quien efectivamente se divertía haciendo castrar a los indios de su encomienda.

- ¡Ah, es que vos os fugásteis de casa allá en Castilla, bribón! -exclamó Alaminos echándole un brazo en los hombros a Porcallo.

- No, no, yo... yo nunca me fugué -tartamudeó inseguro el mensajero del gobernador.

- ¡¿Cómo?! -exclamó Portocarrero.- ¡¿A vos también os caparon?!

- ¡Veamos si es cierto! -dijo Francisco de Morla tirando de los calzones de Porcallo.

Haciendo un esfuerzo el emisario se zafó del incómodo entorno y se precipitó hacia la borda del navío. Ya a horcajadas sobre ésta se justificó:

- Disculpadme, caballeros, pero debo partir, tengo un mensaje que llevar al gobernador.

- ¡Id con Dios, amigo Porcallo! -respondió Cristóbal de Olid entre las risas de sus camaradas.

En su apuro Porcallo ni se percató de haber dejado atrás a fray Cabezuela. Mas los oficiales de Cortés sí percibieron su presencia a un costado.

- Padre Simón, ¿y vos, no marcháis con Porcallo? -preguntó Alaminos.

- Hijos míos, creo que habré de acompañaros o poco quedará de Yucatán para Castilla.

Rieron todos a carcajadas.

Sólo Velázquez en persona hubiera logrado detener a Cortés, quien con toda calma se aprovisionó en La Habana. Salió definitivamente rumbo a México el 10 de febrero de 1519. Había conseguido aumentar la tropa hasta un total de 530 hombres, incluyendo a 30 ballesteros de la guarnición de San Cristobal y a un impensado fraile franciscano.

Mientras tanto, en Santiago de Cuba le esperaba otro mal momento a Porcallo.

- ¿Que no os hicieron caso, decís? –preguntó Velázquez malhumorado.

- No, excelencia, estaban todos confabulados, incluyendo a los habaneros…

- ¿Y dónde está el padre Simón?

Porcallo titubeó.

- También se lo quedaron, vuestra merced… -murmuró el fracasado emisario, mas se calló repentinamente.

El enfurecido gobernador lo había agarrado con brutalidad por donde más le dolía.

- ¿No tenéis güevos, don Vasco? – masculló con sorna don Diego en la cara de su asistente, que se contraía adolorido.- ¿O más bien es que son inútiles y os sobran?

El inseparable bufón del gobernador adoptó la misma postura torcida e hizo una mueca idéntica a la expresión de Porcallo. Los dos soldados junto a la puerta del despacho de Velázquez apenas podían contener la risa ante la estupenda imitación del loco Cervantes. Por el rostro de Vasco Porcallo corrían dos lágrimas de dolor.

- Hmmm, aaarg -gimió a duras penas.- Soltadme, Excelencia, por favor...

Ignorando esa súplica, el gobernador reclamó con voz ronca:

- ¡Loco, alcanzadme la faca de matarife!


8 comentarios:

  1. esta parte de la historia, Güicho, recuerdo haberla leído en una versión alguito diferente. No sabía que Cortés hubiera agitado a Porcallo de Figueroa de semejante modo, con anillo de humo contra el rostro y todo (esa estuvo graciosa). Y qué ¿te vas a meter con los aztecas ahora? Me gustaría ver cómo pintas el séquito de Moctezuma

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  2. Osvaldo,
    obviamente la versión que leíste está errada. ¿Será acaso la de Bartolomeo de las Casas, ese dominico farsante?

    Sí, Porcallo no tuvo suerte, pero tampoco se la merecía. Castraba indios para divertirse. O los quemaba vivos, si trataban de suicidarse comiendo tierra. Eso sí, nunca tocó a una india -ni a una sola- mayor de 12 años.

    Los aztecas son imprescidibles, güey. Una Conquista sin México es como un guacamole sin aguacate.

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  3. "No, excelencia, estaban todos complotados, incluyendo a los habaneros" Esa oración me ha hecho preguntarme cuán viejo es el uso de ese gentilicio con esas pretensiones de identidad grupal: "los habaneros"?

    No estarás todavía dejándote llevar por documentos apócrifos, Güicho?

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  4. Velázquez,
    "El apretador de güevos" y bien porque fuera o no...quiza le debamos al Governador esa profana expresión de descojonador o descojonante.
    Vaya usted a saber...

    p.s. lo del tira-tira salio bien.

    nos vemos, t

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  5. Güicho cuando fue que les dio la gran cagalera a los españoles? La cogió también Cortés? O fue después de quemar las naves?

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  6. El apretón de güevos fue ¿antes o después de los 200 inditos?

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  7. Isis,
    dentro de poco lo redacto.
    Saludos!

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