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22 abr 2012

La Encrucijada de la Redención


¿De qué forma llega a su fin el despotismo? 

La historia nos muestra que en esencia hay apenas tres escenarios. Si bien pueden ocurrir combinaciones parciales entre los mismos. 


La primera variante es la intervención extranjera, o sea, la guerra. La dictadura resulta arrollada cuando el país es invadido por un enemigo superior. Generalmente sucede tras una agresión del régimen contra sus vecinos o como reacción a un genocidio interno. Eso sucedió con Adolf Hitler, Pol Pot y Saddam Hussein, por citar tres ejemplos notables en regiones, culturas y épocas muy diferentes. Por supuesto, una tiranía derribada por invasores no tiene necesariamente que desembocar en una sociedad libre. Eso depende de quién sea el invasor y, sobre todo, de la calaña de los liberados. 


La segunda opción es el suicidio político, un fenómeno que debutó con las dictaduras militares iberoamericanas, aunque el opus magnum sería interpretado luego en ruso y afrikaans. Esta variante acontece cuando la élite de la dictadura se ha desmoralizado. Las estadísticas demuestran que esa condición imprescindible no se da por crisis económicas, por descontento popular o por presiones internacionales. Es una soberana tontería creer tal cosa, aunque siempre vale sugerirlo para confundir y mortificar al sector más lábil de los partidarios del opresor. La premisa para perder la voluntad de abusar es la ausencia de fe y de placer en su ejercicio. 

Excluyendo tal vez a Francisco Franco y a Augusto Pinochet, los generales iberoamericanos en realidad nunca tuvieron demasiada fe en la amenaza expansiva del comunismo. Unicamente el oportunismo y el espíritu de cuerpo fueron pilares en esas dictaduras, bases muy efímeras para sostenerse a largo plazo. 

Por su parte, los casos de los Soviets y los Boers, aunque pueda sorprender, son idénticos en el fondo. Resulta que sus respectivos y brutales padres fundadores no criaron a los vástagos de modo apropiado para continuar la obra. Y un buen día los herederos descubrieron que les repugnaban los gulags y los bantustans respectivamente. Un redomado tirano como Fidel Castro tampoco ha sabido educar a sus propios hijos para que gocen matando. Es como aquel sanguinario mafioso que quiere que sus críos estudien derecho o medicina, ignorando que así la familia acabará perdiendo el control sobre Little Italy


La tercera vía es la más complicada: la insurrección. Ante todo hay que entender que las insurrecciones exitosas nunca comienzan de forma masiva. Siempre hay un grupo, una facción de conspiradores y agitadores, que organiza e inicia los tumultos. 

Tomemos, por ejemplo, la más relevante revuelta de todos los tiempos: la Revolución de Octubre. En abril de 1917 apenas un duro núcleo de unos 400 bolcheviques encabezados por Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, operaba en Petrogrado gracias al dinero alemán que les enviaba desde Copenhague el George Soros del siglo pasado: Israel Lazarévich Gelfand, alias Parvus, quien también ideó y planificó el regreso de Lenin y sus más cercanos colaboradores desde el exilio suizo en un tren especial germano. 

Ciertamente es elemental: para empezar una revolución cada Castro necesita sólo unos cuantos secuaces dispuestos y un Prío que le financie el plan. En caso de éxito la masa estará ahí para aplaudir el final del régimen. Ahora bien, a posteriori lo decisivo es el camino elegido para destruir el sistema: el violento o el pacífico. Y hay una abismal diferencia en las consecuencias. Cegados por la prometedora probabilidad de sobrevivir a la lucha, los conspiradores suelen pasar por alto que derribar la dictadura de forma pacífica no implica decidir el futuro de la nación. Para nada. El tema de esa película se puede cantar muy bien en árabe.

15 jun 2011

La Libertad en el Siglo XXI

I
Los Liberales en la Convergencia Socialista de la Democracia

Las elecciones de 2010 en Brasil marcaron un hito en la historia de la democracia: los 9 candidatos presidenciales representaban a igual número de partidos socialistas. En Europa, el continente con la mayor cultura política, el panorama electoral a comienzos de la segunda década del siglo XXI no difiere sustancialmente. Casi todos los partidos relevantes –da igual cómo se denominen– tienen un programa en esencia socialdemócrata: unos más rojos, otros más verdes y otros más negros. Los diminutos partidos liberales son una caricatura de lo que antaño fuera el liberalismo. Con tal término, por cierto, amplios sectores definen hoy, en el mejor caso, una suerte de secta especuladora que habita en las bolsas de valores o, en el peor, a la mismísima socialdemocracia norteamericana.

Precisamente ese último malentendido contiene una explicación sintomática del ingrato destino de los liberales. El ensayista británico Samuel Brittan (Against The Flow, 2005) lo sintetiza a la perfección: el liberalismo económico ha sido usurpado por la derecha y el liberalismo social, por la izquierda. Mas el plagio parcial no hace un facsímil. Tanto los socialistas como los conservadores son partidarios del miedo, por eso convergen limitando, prohibiendo, vetando y protegiendo en los parlamentos occidentales.

Semejante socialización general es un lujo –y como tal un desperdicio– que las poderosas economías de occidente han podido darse. Sin embargo, en la medida que las sociedades emergentes –y cargadas de pobres gentes– se van incorporando con alguna seriedad a la democracia puede apreciarse su tendencia a copiar de inmediato la proyección socialdemócrata contemporánea del Atlántico Norte. Y resulta fatal. Careciendo de un auténtico sector liberal que promueva el crecimiento y la generación de riqueza –como lo hicieron los liberales en el norte entre 1850 y 1970–, las nuevas democracias pro socialistas se lanzan a repartir un pastel que todavía no han horneado. Es más: lo intentan sin pastel, sin horno e incluso con muy poca harina. Paradójicamente, los únicos que parecen haber notado que esa fórmula no puede funcionar para los miserables son los comunistas chinos.

A la larga los del norte igual se quedarán sin pastel. Más rápido allí donde las fuerzas productivas tienen menos fuerzas y son menos productivas. Ahora mismo lo vemos entre celtas, iberos y helenos.

¿A qué se debe la languidez del liberalismo en la abundancia? A una parte de su esencia: el riesgo. Ese es un componente básico de la libertad. Y la disposición a asumirlo disminuye considerablemente con el bienestar. Es una espiral viciosa:

más libertad ⇒ más riesgo ⇒ más crecimiento ⇒ más bienestar ⇒ menos riesgo ⇒ menos libertad.

Cada vez que se ha llegado a este punto, con el consiguiente empobrecimiento, las democracias del norte han logrado reiniciar el ciclo votando por los socialdemócratas de derecha, que suelen llamarse populares o democristianos, con su vocación por mayor liberalismo económico.

No obstante, y aunque el balance entre tributo y distribución experimente fases de menor demencia –ante todo como emergencia–, el impulso emprendedor en cada nueva aceleración económica se muestra más endeble. De ahí la triste sospecha, o más bien certeza, de que la espiral socialdemócrata converge lentamente hacia un punto mediocre en la improductiva vecindad de la miseria.

Por eso la democracia necesita un partido liberal verdadero, para que frene o al menos retarde la convergencia socialista. Una fuerza política que, aunque no pueda ganarse la perezosa simpatía de las masas, consiga definir en la conciencia pública la libertad y la responsabilidad individual de una manera diferente a los socialistas. Un partido que despierte en los más despiertos la certidumbre de que regalía y servidumbre son gemelos siameses, y que nos recuerde que evitar a toda costa el riesgo es la manera más segura de esquivar el progreso.

2 mar 2011

La Fórmula de la Rebelión



Aunque mitologías y doctrinas se han dedicado a predicar lo contrario durante siglos, la miseria no es revolucionaria. El Che Guevara pudo haberlo entendido en Bolivia si hubiera sido más inteligente. En realidad, el miserable poco más puede que mendigar, prostituirse, robar o a duras penas subsistir.

El revolucionario es otra cosa: un sujeto suficientemente alimentando –para tener ganas de luchar– e instruido –para tener ciertas aspiraciones–, pero sin perspectivas. Las ansias urgentes de oportunidades ausentes implican otra característica: juventud. Si bien en los conflictos sociales nunca faltan ni están de más los veteranos, son los jóvenes quienes aportan y soportan la fuerza necesaria. Jóvenes para el caso, dejémoslo claro, son aquellos entre 15 y 29 años de edad. Ahora mismo en las calles de Libia tiene lugar una revolución. Portadores son 980.000 hombres jóvenes en ese rango de edad.

Las rebeliones populares van siempre contra la élite. Cualquier otro tipo de revuelta cae en la categoría de pogromo. La élite, desde luego, está compuesta por aquellos que detentan el poder. Ahora bien, ese poder no es sólo el mando en la política y en las empresas, sino también la suma de muchas ventajas menores que se ganan –a falta de revoluciones– por antigüedad: el puesto de venta en el mercado, la protección sindical contra el despido o una simple cuota de subsidio. El poder en sociedades sin alteraciones recientes lo tienen por lo común los caballeros entre los 50 y 65 años de edad. En Libia son unos 350.000 los componentes de esa generación élite. Por tanto, la proporción entre los jóvenes y la élite es casi de 3 a 1: exactamente 2,8. A este valor lo denomino Delta Generacional. Cuando Muammar al-Gaddafi le dio el golpe de estado al rey Idris en 1969 el delta generacional era de 3,9. La juventud alrededor del entonces oficial de 27 años disponía de aún mayor ventaja en número, aunque tenía menos instrucción y mucha peor nutrición que ahora. En Egipto los jóvenes son hoy 12,5 millones y la generación élite, apenas 4,4 millones. Eso da un delta generacional igual al libio: 2,8.

Tales proporciones demográficas con exceso de hombres jóvenes es lo que el americano Gary Fuller definió en 1995 como Youth Bulge, una inflación juvenil –término más específico que un literal abultamiento juvenil– que ha resultado esencial en todas las conquistas, expansiones, guerras y revoluciones desde que los primeros clanes se juntaron en tribus.

La mayor eminencia en la socio-demografía es el experto interdisciplinario alemán Gunnar Heinsohn, quien con Söhne und Weltmacht: Terror im Aufstieg und Fall der Nationen [Zürich: Orell & Füssli, 2003] (Trad.: Hijos y Poder Mundial: Terror en el ascenso y la caída de las naciones) demostró que, por ejemplo, toda la energía criminal de Adolf Hitler y el NSAPD habría alcanzado tan sólo para algunas escaramuzas callejeras si las mujeres arias hubiesen abortado con regularidad.

Además del colonialismo, el genocidio o la intifada, Heinsohn también explica de forma brillante por qué la demografía revolucionaria condiciona que la verdadera matanza suceda después del triunfo de la revolución, y entre los revolucionarios. La necesaria enorme desproporción entre los jóvenes y la élite en la revolución hace que, aún en el caso de la eliminación completa de la segunda, para cada puesto elitista libre haya 3 o más jóvenes disponibles, y enardecidos por la victoria. El primer paso en la lucha por el botín es deslegitimar a la competencia: “tú no eres lo suficiente revolucionario para ese cargo” o “tú te uniste a la revolución a última hora”. Y la forma natural de legitimarse para cualquier revolucionario puesto en duda es la radicalización. De ahí hasta la matanza es cuestión de unos minutos a pie.

Dicho todo lo anterior, estoy listo para ir al grano y revelar aquí la fórmula de la rebelión. Es bastante sencilla:


A, I y P son parámetros juveniles: alimentación, instrucción y perspectiva respectivamente. El último factor es el delta generacional.

Para finalizar analizaremos brevemente la ecuación cubana en 2011.

En Cuba la perspectiva P tiene un valor sumamente bajo, ideal para la rebelión. La instrucción I tampoco está mal a los efectos de la fórmula. En cambio, la alimentación A es deficiente. Los jóvenes de 15 a 29 nacieron entre 1982 y 1996, siendo afectados en buena medida por la hambruna cubana tras la desaparición de la Unión Soviética. De hecho, respecto a las generaciones anteriores miden en promedio varios centímetros menos, con varios puntos debajo en la hemoglobina, como muestran las estadísticas de los equipos olímpicos cubanos. Pero el verdadero desastre para la revuelta es el delta generacional. Los hombres jóvenes cubanos son apenas 585.000 para enfrentar a una élite de 434.000. De ahí no sale más que un delta generacional suizo o escandinavo: 1,3. Eso es puro pacifismo, y la consecuencia más grave de la costumbre de las cubanas de abortar.

No habrá una rebelión cubana de momento, mas los comunistas seguirán trabajando a favor de ella, intentando reducir la perspectiva hasta un valor infinitesimal.

27 feb 2011

La Revuelta Egipcia: Teoría & Práctica


Para entender la caída de Hosni Mubarak en Egipto se necesita primeramente algo de teoría.

I Los libros del profesor Sharp

Gene Sharp tiene 83 años y desde hace más de 4 décadas se dedica a propagar estrategias subversivas pacíficas. Es considerado certeramente el Maquiavelo de la no violencia. Una de sus obras, escrita para la oposición birmana en 1992 y titulada From dictatorship to democracy: A conceptual framework for liberation, ha sido el manual absoluto de las revoluciones en el siglo XXI. Para todos los movimientos organizadores de disturbios exitosos -Otpor en Serbia 2000, Kmara en Georgia 2003, Pora en Ucrania 2004, KelKel en Kirguistán 2005 o 6 de Abril en Egipto 2011- este libro ha resultado poco menos que un Nuevo Testamento. En El Cairo, por cierto, se repartieron las copias del manual con el nombre anglosajón del autor traducido directamente al árabe: Profesor Dharib

Ya en 1989 para desordenar a la RDA los disidentes de la decisiva IFM –una de las dos únicas entidades opositoras no teledirigidas por la Stasi– se orientaron por The Politics of Nonviolent Action de 1973, algo así como el Viejo Testamento de Gene Sharp. Por su parte, los separatistas lituanos usarían en 1991 Civilian-Based Defense: A Post-Military Weapons System, otro manual de Gene Sharp recién publicado en 1990, para resistir la embestida de Moscú.

Uno de los discípulos aventajados de Gene Sharp es el serbio Srdja Popovic, otrora figura de Otpor. Durante los últimos años las conferencias de Popovic sobre resistencia civil en la Universidad de Belgrado han sido visitadas por una nutrida audiencia, compuesta casi toda por estudiantes árabes. 

¿Qué predica Gene Sharp? En esencia son unas pocas estrategias: la protesta no violenta; la desobediencia civil; la persuasión continua; las huelgas; el boicot comercial; el enfrentamiento pacífico a los órganos represivos; y la no colaboración con las autoridades y las organizaciones de la dictadura. Las tácticas, por el contrario, son muchas. La friolera de 198 métodos aparece en su Nuevo Testamento subversivo. Para el ex profesor de Harvard las rebeliones populares deben ser preparadas antes de que aparezca un detonador. Y hay varios principios que no pueden abandonarse: la no violencia, la disciplina táctica y el plan original. La violencia conduce a la masacre y el fracaso, como en Tiananmen. La indisciplina implica la derrota prematura. Y si se muda espontáneamente la ruta prefijada -por ejemplo, ante un cambio o una maniobra de la dictadura- la protesta no conseguirá triunfar.


II El dilema de Tullock

Si un politólogo de Ohio es el arquitecto de las revoluciones modernas, para entender la estática de sus estructuras sociales es preciso acudir a un economista de Illinois de 89 años llamado Gordon Tullock.

Co-fundador de la Teoría de la Opción Pública, el profesor Tullock escribió en 1971 un texto titulado The Paradox of Revolution. Se trata de uno de los estudios más precisos sobre algo tan inexacto como la conducta humana. Tullock sería aquel ingeniero que, calculadora en mano, explicaría al arquitecto Sharp que la cúpula elíptica que diseñó sobre elegantes columnas se vendrá abajo antes de terminarla.

Tullock demuestra -digámoslo sin rodeos- que entre más inteligente es el pueblo menos rápido se acaba la dictadura. Dentro de esa lógica la tiranía no se tambalea mientras la necedad popular no alcanza un peso crítico, que en el actual caso árabe ha llegado con la temeridad juvenil de la mitad de la población. En todo caso, cuán terribles sean la pobreza y la opresión no juega ningún papel para el estallido social.

Dando por sentado el descontento general, la ecuación de Tullock es de una evidencia elemental. Para el éxito de una revuelta popular son necesarios cientos de miles o millones de personas. Si se llegan a reunir tantos, no tiene peso que yo participe o no. En cambio, si participo pero no llegamos a ser suficientes -con el consecuente descalabro-, entonces sufriré severas consecuencias. Luego, es obvio que la única elección inteligente para mí es no participar.

Por suerte, en esa fórmula hay una variable atenuante de la irracionalidad revolucionaria: la convicción de que lo pagaré caro si fracasamos. Es decir, si en el pueblo no abundan los necios, la única forma de estimular la dinámica subversiva es alterando esa variable. Hay que rebajar la expectativa de castigo.

Veámoslo más de cerca. La expectativa se compone de dos factores: la severidad del castigo y la probabilidad de recibirlo. La severidad suele ser casi constante. No puede disminuir de otra forma que por decreto del propio régimen, o sea, mediante una inopinada gorbacheada. La probabilidad, por su parte, es muy difícil de calcular. Es, además, una cuestión altamente subjetiva. De hecho, no se trata tanto de que sea menos alta o más baja, sino de que sea calculable de alguna manera. Entre más incierta, tanto más tremenda y aterrorizante. De ahí que las dictaduras de milicos sean tan frágiles y las dictaduras de chivatos sean tan sólidas. El número de uniformes, toletes y pistolas se puede contar. Empero, el número de lenguas denunciantes es incalculable, tiende paranoicamente al infinito, y en la práctica convierte a la expectativa de castigo en un valor fijo mayor.

Cada dictadura que pretenda durar está obligada a reclutar el máximo de chivatos.

Lo repito: la red de vigilancia en esencia lo que hace es impedir que el sujeto con potencial disidente pueda definir su expectativa de castigo. Así el individuo razonablemente prudente no se mueve. No obstante, hay una forma de contrarrestar ese efecto: el tumulto. Aquí entra a colación la sicología de las proporciones, un tema que se ha estudiado muy bien en los estadios de fútbol. Si se juntan 100 chivatos con 10 opositores en un ambiente caldeado, habrá una golpiza garantizada para los segundos. Si los disidentes son 1.000, entonces los 100 chivatos se limitarán a tomar nota. Si son 10.000 los opositores, los 100 chivatos se concentrarán en no hacerse notar. Si los disidentes son 100.000, una parte de los chivatos gritarán contra la dictadura. Una muestra idónea de lo aquí expuesto ocurrió en Bucarest el 21 de diciembre de 1989 frente a la sede del CC del Partido Comunista Rumano. Con mucho bulto y descontento un bien ejecutado desorden disminuye la expectativa colectiva de castigo hasta niveles subversivos. Personalmente pude comprobarlo antes en minúscula escala. Por ejemplo, convirtiendo una asamblea comunista de depuración de estudiantes infieles en todo lo contrario mediante algo tan simple como una emotiva confrontación al margen por elocuentes desavenencias personales con un intransigente y antipático fiel del sistema.

Cada dictadura que pretenda durar está obligada a evitar los tumultos descontrolados.


Ahora podemos pasar a la práctica.

Las primeras protestas populares en El Cairo fueron en la época de Anwar as-Sadat. En 1977 hubo dos días de disturbios tras una detonante subida de precio del pan. Sadat había cortado los subsidios apremiado por el FMI, y tuvo que matar a 80 pobres y lastimar a otros 800 para recomponer el orden en el país.

Resulta que los árabes pobres también son rencorosos. Incluso a largo plazo. En 2004 sobrevivientes de 1977, ya jubilados, fundaron Kifaya –que en árabe significa Basta- para hacer algo útil en su abundante tiempo libre. Una vez al mes entre 30 y 100 viejitos de Kifaya, encabezados por George Ishaq, salían a protestar por las calles del casco histórico de El Cairo. Como muchos iban armados con bastones y hasta algunos con muletas, Mubarak les enviaba regularmente 500 policías con sus cascos, garrotes y escudos para disuadirlos de tan peligrosa actividad.

Los ancianos apaleados fueron ganando simpatías, como se podía esperar. Gente joven se fue incorporando a Kifaya. Como el bloguero Ahmad Maher, que fundó el movimiento 6 de Abril después de que ese día de 2008 los tipos con cascos, garrotes y escudos disolvieran de poco gentil manera una huelga en Mahalla al Kubra. Por entonces comenzó la colaboración vía Facebook entre egipcios y tunecinos. También algunos miembros del 6 de Abril viajaron a Belgrado a estudiar.

Cuando los policías de Alejandría mataron a golpes al bloguero Chaled Said, allá por junio de 2010, se hizo evidente que la afinidad entre la juventud secular y el régimen de Hosni Mubarak, además de no ser demasiado grande, no iba a mejorar.

Los jóvenes egipcios ensayaron durante el resto de 2010 diversas formas de agruparse y marchar hacia la céntrica plaza Tahrir de El Cairo, como aconseja Gene Sharp. Fracasaron una y otra vez ante los brutales contingentes antimotines de la policía.

Sin embargo, en el año 2011 se precipitaron las cosas. El 14 de enero Ben Ali y su insaciable consorte tuvieron que abandonar Túnez. El 18 de enero los activistas 6 de Abril y otras 9 organizaciones agrupadas en la Coalición de la Juventud por la Revuelta Egipcia se reunieron en una casa privada de El Cairo y acordaron actuar una semana después combinando las nuevas tecnologías de comunicación, las previas experiencias subversivas propias, serbias y tunecinas, las tácticas de Gene Sharp, así como los esfuerzos y recursos de la diáspora egipcia en los emiratos del golfo.

Lo hicieron de forma brillante. El 25 de enero de 2011 era el Día de la Policía, un día nada más y nada menos que feriado en Egipto. Partiendo de la periférica favela de Nahya, los opositores encontraron una vía que les permitió envolver a tiempo a varios miles de participantes, para evitar ser disueltos con facilidad, y llegar con unos 20.000 manifestantes al centro de la ciudad. También adoptaron el truco tunecino de untarse vinagre con cebolla en el rostro para anular el efecto de los gases lacrimógenos. Se surtieron de bolsas con tinta para arrojarlas contra los parabrisas de los vehículos y escudos de la policía. Y, finalmente, convencieron a más de 10.000 curtidos barras bravas del club de fútbol al-Ahli para que asumieran la defensa del crítico flanco oriental de la plaza Tahrir. A esas alturas la expectativa de castigo había bajado a un rango irrisorio. La única forma de restaurarla era incrementando el factor severidad mediante una masacre, como haría más tarde Muammar al-Gaddafi en la vecina Libia.

En verdad, la suerte ya estaba echada cuando el ejército egipcio traicionó temprano al tirano. Que las detenciones de revoltosos durasen por lo general apenas 48 horas dejó claro que el Servicio Secreto también había abandonado a Hosni Mubarak.

Y es que existe una diferencia fundamental entre una revolución y una guerra civil. En una guerra se combate para derrotar al enemigo. En una revolución todo es cuestión de convencer a elementos claves del régimen de que es mejor traicionar.
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