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10 jul 2013

México Gordote

En 2006 el mexicano Manuel Uribe entraba en el Guinness Book al romper el record mundial de obesidad con 592 kg. 


 “Eso no me llena, no me es suficiente, quiero otro tantito.” 
-Juan Gabriel, 1983


 México acaba de arrebatarle a los EE.UU. el primer lugar en el índice de obesidad entre las naciones no polinesias, según reporta el último estudio de la FAO. 

 Si en 1989 únicamente el 10% de los mexicanos eran súper obesos, hoy día son 32.8% los portadores de sebo en exceso. Incluyendo el sobrepeso o gordura estándar se alcanza el 70%. Los inventores de la obesidad crónica masiva, los estadounidenses, han quedado relegados al segundo lugar con 31.8%. Por cierto y más que les pese a los detractores del Chavismo, Venezuela comparte un honroso 4to lugar con un respetable 30.8%. Queda claro que el pueblo bolivariano come arepas a lo bestia, aunque luego se limpien con la mano. 

 Pero volvamos a los campeones… Bueno, es un decir, porque para hacer honor a la verdad los polinesios juegan en otra liga. Por ejemplo, los súper obesos en Samoa son el 95%, en Nauru son 71%, etc. Pero a lo que iba, México. La glotonería de los mexicanos resulta más violenta que los Zetas y el Cártel de Sinaloa. El año pasado 70.000 mexicanos murieron sólo de diabetes, mientras que en el mismo período de tiempo todos los cárteles narcotraficantes juntos asesinaron apenas 27.000 personas. 

 La izquierda académica mexicana e internacional encontró al culpable con su típica rapidez: la fast food norteamericana que ha sentado sus gruesos glúteos en la tierra de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Es cierto que la afición de los mexicanos por la comida chatarra norteamericana no favorece la esbeltez y que McDonald’s, Burger King, KFC y los demás chiqueros gastronómicos gringos han abierto miles de filiales entre Yucatán y el Río Grande; pero comer tacos y tortillas tampoco ayuda a mantener la figura. De hecho, los mexicanos más pobres no pueden darse el lujo de gastar regularmente USD 3.50 en una comida rápida gringa, y son actualmente el sector más obeso de la sociedad. También se inculpa al amor local por la guachipupa. En promedio cada mexicano bebe 163 litros de gaseosas azucaradas al año. Eso es un poquito más –exactamente 45 litros más– que el norteamericano medio. 

 Sin embargo, toda esa polémica ha caído en el cesto de basura al retomarse el resultado de un estudio de medicina genómica, encargado por la Secretaría de Salud al Departamento de Biología Molecular de la UNAM, que demuestra que la población mexicana tiene genes que la predisponen a desarrollar obesidad, tal como sucede con los polinesios en mayor medida. El espectro genético mexicano promedio contiene 58% de europeo, 39% de amerindio y 3% de africano. Y son precisamente los genes indígenas, desarrollados en un entorno de austeridad que duró hasta comienzos del siglo XX, los que propician la acumulación de reservas adiposas para venideros tiempos difíciles, hoy nunca “llegaderos”. 

 Francamente no le veo solución, por mucho que los sicarios de los cárteles se esmeren con el ancestral remedio de aztecas, tlaxcaltecas y mayas: los sacrificios humanos.

20 ene 2012

Güevos de Sinaloa

El profesor Edmundo Fried hacia 1940.

En 1939 Edmundo Fried, un catedrático de biología humana de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) oriundo de Fráncfort del Meno, publicó un Estudio Morfológico del Escroto Mexicano (EMEM) en la gaceta académica. Para este trabajo el profesor había recorrido diversas partes del país durante 7 años, midiendo de forma meticulosa en pacientes y paisanos –a menudo no sin ardua labor de persuasión previa– las dimensiones testiculares. Tras analizar sus apuntes el doctor Fried llegó a una sorprendente conclusión. Aunque la forma de las gónadas masculinas mexicanas era ovoide en todas las regiones, sí existía una anomalía estadística en el Estado de Sinaloa, puesto que allí la longitud y amplitud promedio excedían la media nacional en 8 y 4 mm respectivamente.

Curiosamente, las revelaciones del anciano científico no tuvieron resonancia en la facultad de medicina; pero fueron objeto de debate en la cátedra de filosofía, donde los convencidos argüían frente a los escépticos con la particular ferocidad de los guerrilleros sinaloenses durante la Revolución Mexicana.

El sinaloense Rodolfo Fierro: el revolucionario más macho de la historia universal.

Fried falleció en 1942 y el EMEM cayó en el olvido. Apenas apareció como referencia en una notable tesis doctoral de 1963, y mucho más tarde, en 1991, fue mencionado por la sexóloga Anabel Ochoa.

Pues bien, un reporte actual de la Policía Federal mexicana indica que el 90% de los capos en todos los cárteles del narcotráfico nacional, empeñados en una inclemente guerra que ha causado más de 47.500 muertes durante el último lustro, son sinaloenses.

Sinaloa en los Estados Unidos Mexicanos.

No por gusto también el cártel mexicano más grande es el de Sinaloa, que ya pertenece al club de las organizaciones criminales más poderosas del planeta, donde se codea con miembros tan ilustres como la Solntsevskaya Bratva moscovita, la Yamaguchi-Gumi de la yakuza, la 'Ndrangheta calabresa, la triada de los 14K o la Cosa Nostra siciliana.

Distribución actual de México entre los cárteles narcocombatientes.

A diferencia p.ej. de Los Zetas -un grupo de pistoleros fundado por soldados de élite instruidos inútilmente por los EE.UU. para combatir a la seudoguerrilla del seudocomandante Marcos en Chiapas-, cuyos negocios son meramente tradicionales: la droga, la extorsión y el secuestro; el Cártel de Sinaloa cotiza adicionalmente en múltiples sectores: el contrabando, la piratería comercial, la minería, la construcción, el transporte y el tráfico político. No más del 50% de los ingresos proviene de la droga. Y toda esa eficiencia es obra de su jefe: Joaquín Guzmán, conocido como el Chapo.

El sinaloense Joaquín Guzmán: el chaparro más grande desde Napoleón Bonaparte.

Sus escasos 155 cm de estatura y el parecido con Juan Gabriel han sido causa de fatal confusión para unos cuantos, pues –ahí donde lo ven– el Chapo es el hombre más buscado del mundo desde la liquidación de Osama bin Laden. La revista Forbes calcula su fortuna en 1.000 millones de dólares. Sin embargo, en su día Forbes le colocó 5.000 millones a Pablo Escobar y el recuento post mortem arrojó 25.000 millones. De manera que sospecho que Forbes escatima ceros y subestima al Chapo otra vez. Si bien tampoco creo que ahora mismo el Chapo se acerque a los 74.000 millones de su compatriota Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Aunque, quién sabe, si el sinaloense le pone bolas…

18 ago 2011

Justicia Social

Esta justa protesta en forma de graffiti apareció en la mañana en una pared del barrio de Tepito. Pero lo cierto es que allí no hay mujeres feas, sino pobres.

13 may 2011

La Memoria de Rodrigo Altamirano

 
No tenés más coyunda que el tiempo;
cuanti más tiempo pase, tendrás más ricuerdos.
                     -Alfredo Zitarrosa, 1966

I

Recuperaba la conciencia lentamente. Ante sí veía una imagen nebulosa. Sin embargo, algo comprendió Rodrigo Altamirano tras unos instantes: que yacía en el suelo. Y de inmediato supo por qué. Eso le trajo de vuelta el dolor. Y enseguida se borraron las nubes de su vista. El cielo era azul allá en lo alto. La noción de la distancia despertó los oídos del soldado, en tanto asimilaba que la lucha había terminado. No había alaridos, ni imprecaciones, ni el inequívoco sonido de golpes y tajos sobre la carne. En cambio, escuchó el sobrio ajetreo con el que se despoja a los muertos. Con algún esfuerzo giró la barbilla hacia su hombro izquierdo, y bajo la vista. Así pudo ver que a su alrededor se encontraban otros cuerpos. Todos cristianos. La mayoría ya sin más prenda que un jubón. También Rodrigo. La posición le produjo un aguijón de pena. Un vapor de lágrimas cubrió sus ojos. No obstante, pudo observar aún que de su costado izquierdo -allí donde la camisola era bermeja- afloraba, cual tallo partido, una flecha. Quiso llevar su mano derecha hasta la herida, pero no pudo. Tampoco consiguió mover las piernas. Fue ahí que se percató de que el dolor no provenía de su torso, tan insensible como sus extremidades. No, el dolor salía de la nuca, o de la parte posterior del cuello. Notó, además, que ya no portaba yelmo. La humedad bajo su cabeza debía ser su propia sangre. Entonces recordó que en el combate trató de esquivar la macana de un nativo, mientras le sujetaban otros cuatro. Maldijo la obsesión de los indígenas por atrapar vivo al contrincante. E intuyó que lo habían dado por muerto, inútil para otros menesteres. Si su cuerpo hubiera estado sano, habría sentido un escalofrío de pánico recorrer su espalda. Empero, en su postrada condición apenas le tembló la mandíbula y vomitó breve de miedo.

Después, más sereno, Rodrigo trató de pensar en otra cosa. El sabor de la bilis cedió su lugar a una enorme sed. Sintió que le ardía la garganta. Y su mente voló hasta el aljibe de Cáceres, su villa natal. El agua sabía un poco amarga, como las bocas de las leonesas de San Mateo. Por ellas Rodrigo osaba subir desde la castellana Santa María hacia el barrio de los leoneses. Hasta que preñó a una y le prometieron mucho más que otra zurra. En Sevilla abordó un bajel rumbo a Las Indias. Y el Nuevo Mundo, con su inverosímil efecto en los hombres audaces, cambió su vida para siempre. De repente, Rodrigo Altamirano se resignó. Se consintió a sí mismo la inminencia de la muerte. Captó como se distendía su ánimo y como se volvía a nublar su vista. Cerró los ojos como un último acto de voluntad. Y ya no percibió a los tres indios que se acercaban.

II

- ¿Es éste pues? –preguntó uno de los salvajes, particularmente pintarrajeado para la guerra.

- Es él, sí… –contestó el más joven, que se mostraba sobrecogido, como si aquel cuerpo inerme representase un peligro.

- Ese demonio blanco le arrancó las semillas a mi hijo –masculló el tercero, más viejo que los otros dos-, no más que por puro regocijo.

- Lástima que esté muerto –sentenció con autoridad el cacique pintado, inclinado sobre el hispano-. Nos comeremos su carne esta noche, así su alma no podrá ir al paraíso de los guerreros.

Luego el jefe se irguió y colocó una mano manchada de sangre sobre el joven.

- Pero antes tú lo desollarás -añadió compasivo-. ¡Bailarás esta noche vestido con la piel de tu enemigo!

III

La fina punta de obsidiana abrió en un largo corte la piel desnuda del conquistador desde el cuello hasta las vergüenzas. Pero fue la sacudida con el primer jalón del cuero lo que despertó a Rodrigo Altamirano.



28 jul 2010

¡Bienvenidas, Güeras!

Décadas atrás, cuando México era un país menos inhóspito y con un sólo cartel llamado PRI, la mayor nación hispana fue una gran importadora de talentos artísticos. Allí se instalaron dramaturgos, pintores, actores y cantantes de diversas latitudes afines. Existía el cliché de que, si eras virtuoso en algún arte, era muy fácil hacer carrera en México, pues los mexicanos poseían escasa virtud. Se exageraba, desde luego. Al menos los comunistas mexicanos sabían pintar murales. Y los galanes del cine mexicano actuaban bien con la misma regularidad con que se mataban en accidentes.

De todas esas importaciones las predilectas de los mexicanos eran, sin la menor duda, las cantantes güeras. Desde la chilena Monna Bell hasta la chica ye-ye Karina infinidad de ellas vivieron en México, pasaron temporadas allí o visitaron el país para grabar discos. Hasta la extraordinaria vedette italiana Raffaella Carrà estuvo a punto de firmar con Televisa en 1978, pero al ver el cuerpo de baile del canal mexicano desistió súbitamente.

Desde entonces México ha cambiado mucho. Ahora hay 7 carteles envueltos en una salvaje guerra sin cuartel y las artistas que importan son prostitutas cubanas, que cantan muy mal y ni siquiera son güeras. No obstante, o precisamente por eso, vale recordar aquellas cantantes güeras del pasado mexicano. Estas son las mejores.

Rocío Dúrcal fue el reciclaje más perfecto en la historia de la música hispana. Pasó de la balada pop española a la ranchera mexicana con la misma naturalidad que antaño un porquerizo extremeño llegaba a Adelantado en Las Indias. El eje de tal éxito fue su tumultuosa relación artística con Juan Gabriel. Lo mismo se arrullaban que se clavaban las uñas, cual dos gatas enormes.

Como tantos y tantas, Raquel Olmedo salió de Cuba apenas se afianzó la dictadura comunista. Había hecho algunos coros en la ópera y nadie la conocía, pero a una güera de 25 años que sabía cantar y actuar México no se le resistiría. Empezó en las telenovelas y siguió luego cantando. Nadie se lo ha dicho, pero hace 30 años ella inventó la ranchera-filin.

La talentosa morocha argentina Amanda Miguel ha realizado toda su carrera artística afincada en México. Como Raquel por necesidad, Amanda por voluntad se naturalizó mexicana. Había decidido cambiar Buenos Aires por Ciudad de México muy joven por el cliché arriba mencionado. Y también porque –según se dice– la primera vez que intentó subirse en un escenario rioplatense se encontró con un pie ajeno en el mismo borde. El pie en cuestión era de Valeria Lynch, aquella que cantaba “Como Una Loba” y “¡Qué Ganas De No Verte Nunca Más!” Bueno, en realidad Amanda no es propiamente güera, pero llegó de afuera y con sobrada calidad. Si se le cambia lo tehuelche por celta, sale Kate Bush.

Aunque nunca ha querido soltar el pasaporte estadounidense, la puertorriqueña Manoella Torres arribó a México incluso más joven y también para quedarse. Traía ese mórbido aire cátaro que da ganas de ser un cruzado armado ante las puertas de Béziers. De eso los mexicanos no se enteraron, pero la boricua los cautivó.

Otra reciclada notable fue la de la americana Vikki Carr, que pasó del pop gringo a cantar con mariachi. Pero ahí hay truco, pues se trata de una chicana de Texas con el bonito y escueto nombre real de Florencia Bisenta de Casillas Martínez Cardona. Lo de Bisenta no está claro si es mala ortografía de Vicenta o si viene de bisonte.

Para terminar, debo mencionar que la inigualable Rocío Jurado fue a México en 1979 para grabar un LP de rancheras. No hay otro mejor cantado por güera. Por cierto, al año siguiente hubo un proyecto similar de BMG con Massiel, pero se malogró por culpa del tequila. No es lo mismo echarse unas cañitas en los bares del Bernabéu de Madrid que enfrentarse a José Cuervo en pleno Coyoacán.

20 may 2010

En la cara

Esta tarde Felipe Calderón ha criticado duramente a los EE.UU. frente al mismísimo Congreso americano. El gobernante mexicano –es un decir, desde luego, el caos no es gobernable– ha dejado claro que la culpa de la salvaje violencia que azota a su país la tienen los gringos: si la frontera estuviera abierta, los bandidos se irían para el norte.

Lo peor es que tiene razón.

Y Calderón ha sido apenas el primero. ¡Que se prepare el Congreso! 

Próximos oradores:

La culpa de la violencia en los barrios de Caracas la tiene la CIA.

   
La culpa de la violencia en la playa de Copacabana la tienen las turistas rubias de ojos azules.

La pedofilia la inventaron los yanquis.

 El otro día le tuve que levantar la mano a Pacha porque me sirvió coca-cola.

4 may 2010

27 mar 2010

Raro

El gentil tamaulipeco Rafael Mejías se extrañó de que los agentes federales gringos también usaran guantes luego para recibir el formulario migratorio de cada cuate.

28 ene 2010

La bola y la bala

Foto: Salvador Cabañas, delantero paraguayo.

Desde hace 3 días la noticia en México es la agresión al goleador estrella del Club América. A las 6 de la madrugada del día 25 al paraguayo Salvador Cabañas le propinaron un tiro en la cabeza en el baño de un conocido bar capitalino. Como de costumbre, en esa madrugada hubo 9 balaceras tan sólo en el barrio de Tepito. Y un total de 122 en toda la noche en el Distrito Federal. El número de muertos y heridos registrados ascendió a 26, pero sólo uno era un futbolista famoso.

El mismo día 25 fue arrestado el agresor junto con tres cuates. Igualmente se encuentran detenidos varios empleados del local, porque permitieron la tranquila retirada de los malhechores y más tarde no dejaron entrar a la policía hasta que llegó de refuerzo el comando especial. El tirador fue identificado como José Jorge Balderas Garza, un sujeto sin vínculo laboral, aunque sí vinculado al Cartel de Sinaloa. A José Jorge se le conoce como JJ o también El Modelo, probablemente debido a su típico porte de galán chaparro con elegante barriguita.

Inicialmente la policía dio a entender que la causa del trágico incidente había sido una bailarina cubana llamada Diana, teñida de rubia por más señas, quien acompañaba cariñosamente a los clientes de Sinaloa.

Foto: Diana La Cubana con Francisco El Contador, un subalterno de JJ, en la entrada del baño segundos antes del disparo.

Sin embargo, hoy se ha revelado la verdad sobre el suceso, que demuestra que cherchez la femme es una buena sugerencia pero no un axioma. La disputa en el baño fue simplemente sobre bolas.

Esto que sigue es lo ocurrido, tal como lo divulgó la procuradoría del DF tras 3 días de investigaciones. El testigo principal es el encargado de la limpieza del baño.

JJ estaba lavándose las manos cuando entró Cabañas a orinar. JJ se aproximó al mingitorio y le habló al paraguayo.

- ¿Qué pasó, Cabañas? –saludó.

Por toda respuesta el aludido movió el chorro de orine de arriba a abajo.

- ¿Qué tal se te da ahorita la bola, Cabañas, cómo van esos goles? –insistió el sinaloense.

El sudamericano movió el chorro de izquierda a derecha, pero siguió ignorando al mexicano.

- ¿Ah... pero no me vas a contestar... a mí? –inquirió JJ ligeramente cabreado.

Cabañas se sacudió el órgano, levantó la vista e indagó despectivo:

- ¿Y tú quién eres?

JJ comprendió que Cabañas realmente no lo conocía, y decidió presentarse de una forma convincente.

- Yo soy esto no más... –susurró sacando la pistola.

- ¿Sí? ¿Y qué vas a hacer con esa mierda? –replicó el bravo guaraní.

- Te voy a dar un tiro, pendejo, si no te callas la bocota… –prometió El Modelo.

- ¡Pues tírale, tírale ya, marica...! ¿Qué? ¿No tienes güevos…?

Y ahí sobrevino el disparo.

Y, bueno, Cabañas sigue en coma, mientras que JJ ahora ya tiene su narcocorrido.

6 nov 2009

El Retrasado Zapatero y su lugarteniente Moratinos


En octubre de 1523, tras el fracaso y la muerte del Adelantado don Hernán Cortés, arribó el Retrasado don Rodrigo Zapatero a las playas de México para salvaguardar los intereses de la corona de Castilla. Decidido a reparar las cosas y convencido de tener mejor suerte que su intransigente predecesor, don Rodrigo avanzó con sus hombres hacia Tenochtitlán en son de paz y armonía. Antes de llegar a Texcoco fueron rodeados por las huestes aztecas. Zapatero envió entonces a su lugarteniente don Miguel Moratinos a negociar. Tras unas horas de parlamento, don Miguel regresó con un acuerdo. Los españoles podrían quedarse a cambio de la rendición.

Al día siguiente Zapatero y Moratinos son conducidos hasta Tenochtitlán y arrojados a los pies de Moctezuma.

- Excelencia, por favor, os ruego que penséis en el diálogo de nuestras dos civilizaciones -balbucea don Rodrigo.

- Por favor, sus señorías -añade el lugarteniente, dirigiéndose a los demás príncipes mexicas en el salón-, si es que nosotros ni siquiera hemos hablado una sola palabra con los tlaxcaltecas…

- Los sacrificaremos mañana en el templo de Huitzilopochtli -bosteza el emperador sin dedicarles una mirada.

- Perdonad mi osadía, querido tío y vocero de los dioses -interviene Cuauhtémoc-, mas tal vez sería bueno dedicarle el de la cara de bobo al dios Tezcatlipoca para que no se ponga furioso.

- Me confundes, sobrino…

- Bueno, tío, es que Tezcatlipoca siente muchos celos de Huitzilopochtli…

Los sacerdotes aztecas presentes palidecen al oir al joven noble aleccionando al emperador en temas teológicos. Pero Moctezuma sonríe plácidamente.

- Eso lo sé, muchacho –contesta su alteza-. Me refería a otra cosa: los dos tienen cara de bobo.

Los mexicas ríen asintiendo, pero sin levantar la vista hacia el trono. Moctezuma hace un ademán hacia el sacerdote mayor y le dice:

- Decidid vos, Xingatémoc.

El enorme sacerdote sonríe con su prótesis de puro jade y sentencia con voz ronca:

- El viejo gordo será sacrificado para Tezcatlipoca. El más joven será sacrificado para Huitzilopochtli, pero primero me lo voy a coger en honor a Quetzalcóatl.

22 oct 2009

Angustia entre Zapata y Villa

Doña Angustia no más pretendía preguntar si don Pancho y don Emiliano gustarían de un café. Sin embargo, al entrar al revuelto salón presidencial se vio rodeada de villistas, zapatistas y simpatizantes que se aprestaban a posar frente a una cámara. Así acabó en el centro de la histórica fotografía. Y nunca supo de quién era la mano joven y firme que, por primera vez en años, se le posó en la grupa.

[Pinchar en la imagen para agrandarla.]

Hay pocos eventos en la historia que merecen el título de revolución. Entre muchas farsas que no califican, apenas tres consiguen aunar verdadero caos, auténtica guerra civil y genuina transformación política. De esas tres la Revolución Mexicana es la única con carácter viril. Franceses y rusos se enfundaron en una compleja enagua ideológica, los mexicanos no. Mis galones son mis cojones –opinaba el general Victoriano Huerta. Aquí al que se me caliente lo enfrío –explicaba el general Alvaro Obregón. Y ninguno fingía.

Esta es la foto más célebre de la Revolución Mexicana. Fue tomada el 6 de diciembre de 1914. El presidente de facto Venustiano Carranza había escapado de Ciudad de México ante el avance de los rebeldes tanto por el sur como por el norte. Luego de reunirse el día 4 en la vecina Xochimilco, Emiliano Zapata, jefe del Ejército Libertador del Sur, y Pancho Villa, jefe de la División del Norte, entraron en la ciudad sin encontrar resistencia y desfilaron durante 8 horas por las principales avenidas metropolitanas. El saqueo y la violencia que vaticinaron los constitucionalistas no tuvieron lugar. Luego, mientras los zapatistas pedían comida de casa en casa y los villistas se hacían invitar de cantina en cantina, en un céntrico restaurante el Caudillo del Sur y el Centauro del Norte disfrutaban de un opulento banquete junto a sus respectivos estados mayores por cortesía de un comité ciudadano de bienvenida. Después de la comida don Pancho propuso visitar el Palacio Presidencial. La idea fue acogida con entusiasmo. Rara vez solía acontecer lo contrario. Y en tal caso no se vivía tan largo como para contarlo.

En el magno edificio apenas quedaba escaso personal de servicio. Se recibió a los caudillos con respetuoso temor y se les condujo al salón presidencial. Ante la dorada silla el general Pancho Villa, alto y rubicundo, con un gesto amable le cedió el paso al general Emiliano Zapata, chaparro y atezado.

- ¡Siéntese Ud., general! – contestó el de Morelos.

- ¡No, señor, Ud. se lo merece, general! –insistió el de Durango.

- ¡Que no, mi general Pancho Villa, mejor se me sienta Ud. en la silla! –dijo Zapata.

- ¡Pues yo le digo que se me siente Ud., mi general Zapata! –repitió Villa.

- ¡No se me ponga tan duro, don Pancho, y siéntese de una vez! –continuó el sureño.

- ¡Hágale ya, don Emiliano! –ripostó el del norte.

- ¡Andele Ud. a sentarse, Pancho!

- ¡Orale, ¿acaso me está mandando, amiguito?!

- ¡Claro que no, Panchito, si te lo estoy rogando! –respondió el Caudillo del Sur con la mano en el revolver.

- ¡Ah, bueno, pues entonces me siento y me resiento! –consintió el Centauro del Norte y se dejó caer en la pesada silla.

Unos minutos más tarde Pancho Villa ordenó que les trajeran un fotógrafo. No hubo que buscarlo muy lejos. Entre los numerosos curiosos que habían seguido a la comitiva rebelde por la ciudad se encontraba Agustín Víctor Casasola, el más importante fotógrafo documentalista que vio el mundo en el primer tercio del siglo XX.

Casasola había fundado en 1911 la Asociación de Fotógrafos de Prensa, y también había sido el fotógrafo de palacio todavía en tiempos de Porfirio Díaz como fotorreportero del oficialista El Imparcial entre 1905 y 1910. Era, además, veterano de El Tiempo, El Globo, El Universal, El Popular, El Correo Español y El Liberal, así como miembro fundador de la Asociación Mexicana de Periodistas y, desde 1912, propietario de la Agencia de Información Gráfica, una de las primeras del planeta y que llegaría a tener casi 500 fotógrafos bajo contrato con un archivo de medio millón de fotografías. No obstante, la principal virtud de don Agustín era estar en el lugar apropiado en el momento preciso. Ese lugar apropiado podía ser el extremo superior de un poste telefónico, como en 1907, cuando fotografió del otro lado de los muros de la prisión de Belén la ejecución de los asesinos del general guatemalteco Lisandro Barillas, presidente exiliado y conspirador activo. En 1914 el lugar apropiado era la antesala del Salón Presidencial en el Palacio Nacional.

La foto es fenomenal. Casasola realizó tres tomas, de las cuales se conocen dos. El fotógrafo medía más de seis pies, uno más que el mexicano promedio de su época, y poseía una óptica especial para enfocar al prójimo. El resto lo hicieron la adrenalina y la testosterona presentes en el salón.

En primera plana vemos a 5 generales: Tomás Urbina (villista), Pancho Villa, Emiliano Zapata, Otilio Montaño (zapatista) y, de pie, Rodolfo Fierro (villista), que acababan de ocupar triunfantes la médula del poder. Mas sus destinos posteriores revelan la quintaesencia de la revolución: A Tomás Urbina lo mató Rodolfo Fierro en 1915 por orden de Pancho Villa. A Otilio Montaño lo mandó a matar Emiliano Zapata en 1917. A Zapata lo asesinaron por órdenes de Venustiano Carranza en 1920. A Pancho Villa le dieron muerte en 1923 los sicarios de Alvaro Obregón, sucesor de Carranza tras su asesinato en 1920. Y Rodolfo Fierro, el duro de Sinaloa, el más macho de los machos revolucionarios, el mayor asesino de prisioneros de la Revolución Mexicana, hasta hoy el único bandido que asaltó y conquistó un tren convoy solo y con sólo dos güevos, murió ahogado en el agua pantanosa de un lago de Chihuahua en 1915. Aquella tarde una hembra nueva lo esperaba al otro lado y Fierro decidió atravesar la laguna, en lugar de bordearla como su tropa. Entonces el caballo comenzó a hundirse en el fango por el peso del botín saqueado en dos haciendas y una iglesia. El general no quiso pedir ayuda porque él era un hombre. Tampoco soltó el oro. Ante los impresionados ojos de sus soldados, que intentaban acercarse desde la orilla, Rodolfo Fierro luchó solo y con sólo dos güevos contra la ciénaga. Se ahogó sin miedo y sin decir palabra.

12 abr 2009

11 mar 2009

El Protector De Los Cerdos XXVII

De quitar orejas y donar jubones en Semana Santa

El Domingo de Ramos de 1519 la Santa Compañía abandonó Potonchán. La partida fue precedida de una procesión. Durante las semanas disfrutando de la hospitalidad de Tabasco los castellanos destruyeron todos los ídolos nativos y colocaron cruces de madera en cada templo. También se realizaron algunos bautizos, sobre todo de indias. Al elegante desfile de ese domingo se le unió un considerable número de indígenas. No obstante, los españoles rechazaron la oferta maya de cargar con la litera de la virgen. Los chontales quedaron desconcertados. Hasta ese momento los conquistadores habían reclamado sus servicios para cada labor que requiriese algún esfuerzo.

El Jueves Santo la flota alcanzó la isla de San Juan de Ulúa –así bautizada por Grijalva–, frente al cacicazgo totonaca de Chalchicueyacan. Algunos totonacas se acercaron en dos canoas. Ni Aguilar ni Marina consiguieron entenderse con ellos. Cortés le ordenó a Bernardino, un sirviente taíno cubano, que lo intentara. Tampoco resultó. Saturnino, el criado caribe manso de Velázquez de León, fracasó igualmente. También era un poco gago, pero no fue por eso.

- Estos puñeteros indios hablan otra maldita lengua –sentenció Alonso Hernández Portocarrero.

- Entregadles algunas cuentas de cristales coloridos –ordenó generoso Hernán Cortés-. Y a ese que sonríe tanto dadle una cuchara o algo.

- ¿A cuál dice vuestra excelencia? –inquirió su criado Diego de Coria.

- Aquel cabezón con las orejas pintadas de verde –acudió en ayuda don Alonso.

El cordial nativo recibió un jarro y una cuchara.

Algunas horas más tarde se presentaron otros indios en cuatro canoas grandes. Vestían mucho mejor. Es decir, llevaban mejores plumas y tenían los rostros mejor coloreados. También eran más esbeltos y de rasgos más aguileños. Doña Marina los reconoció como aztecas inmediatamente. Se trataba de servidores del quintalbor[54] mexica, residente en la no muy lejana Cuetlaxtlan. Hablaron con doña Marina. Así se supo que en aquellos días tenía lugar una transición administrativa. Tendile, el nuevo recaudador, y Pitópel, el administrador saliente, no se habían puesto de acuerdo sobre quién debía visitar a los forasteros[55].

Los emisarios aztecas aclararon que tenían instrucciones de indagar qué querían los hispanos. Uno de ellos mostró ostentoso una cuchara y un jarro con un par de orejas verdes en su interior. Era evidente que los agentes mexicas se tomaban muy en serio su trabajo en tierras totonacas. Con ayuda de don Gerónimo y doña Marina, Cortés les hizo saber que había venido en son de paz y amistad como embajador de su rey, que tenía muchas cosas importantes que contar al quintalbor, y que pronto bajaría a tierra por ese motivo.

Varios aztecas subieron a bordo de la nave de Cortés y solicitaron un poco de vino para Pitópel, que aún recordaba gratamente el licor obsequiado por Grijalva un año atrás. Cortés les entregó una jícara de vino para el viejo quintalbor, y también ofreció bebida a los agentes. La contentura no tardó en apoderarse de los mexicas.

- Tendile es un débil –reveló con manifiesto desprecio uno de ellos-. No ha podido deshacerse todavía del viejo Pitópel.

Cuando se le acabó su licor, el indio que bebía en el jarro con las orejas totonacas sacó una oreja y comenzó a chuparla. Eso provocó cierta hilaridad entre los castellanos.

- Por el amor de Dios, vuestras mercedes, que le den más vino a ese salvaje –sugirió fray Cabezuela.

- Esperad… Veamos si también se la come… -pidió Portocarrero, que sostenía la pinta de licor.

Mas, a una señal del caudillo, el metellinense se aproximó con el vino. Luego de llenarle el jarro, le indicó al azteca por señas que mojara la oreja en el vino y se la volviera a chupar. Y así lo hizo el indio para regocijo de los cristianos.

El Viernes Santo, ante la ausencia de respuesta azteca, el generalísimo decidió desembarcar. Llevó consigo a doscientos castellanos y a numerosos taínos, así como seis caballos, una docena de perros y cuatro piezas de artillería bajo la responsabilidad de Francisco Mesa, artillero mayor de la Santa Compañía y veterano de Italia. El lugar donde tomaron tierra era una playa saturada de altas dunas. Cortés se reservó el derecho de ser el primero en desembarcar. Saltó de la barca con vigoroso ánimo. Y cayó en una oquedad del irregular suelo marino, que se lo tragó hasta el cuello.

- ¡Esta nueva y rica tierra nos engulle ávida cual…! –improvisaba solemne el caudillo cuando la quilla del bote lo golpeó en el casco, obligándolo a tragar agua.

El generalísimo blasfemó y, desistiendo de más ceremonias, ordenó a sus hombres que lo sacaran del atolladero.

Mientras colocaban a secar las vestiduras del caudillo y se establecía un campamento con perímetro defensivo en las dunas, aparecieron varias largas canoas llenas de amables totonacas. Esta vez traían un traductor que dominaba el náhuatl. La comunicación fue perfecta. El oficial indio hablaba en totonaca con su traductor, éste se dirigía en náhuatl a doña Marina, quien se comunicaba en maya con don Gerónimo, que finalmente traducía al castellano para Cortés.

Los totonacas manifestaron su simpatía por los visitantes mediante presentes. Traían comida: pavos, pescados, tortillas y frijoles, varios mantos de algodón y algunas piezas de orfebrería. Se quejaron de los abusos aztecas, para lo cual mostraron a un indio recientemente desorejado y privado de sus pertenencias por los insaciables invasores occidentales. Cortés ordenó reponerle el jarro y la cuchara al infeliz, y compensarle las orejas cercenadas con una boina verde. Al oficial totonaca le gustó la gorra e hizo ademán de querer quedársela para sí. El caudillo, que realmente se apiadaba del desorejado, destinó entonces otra boina, roja y con una borla en la parte superior, para el oficial nativo. El indio quedó encantado. Don Hernando añadió regalos para ser entregados al cacique de Chalchicueyacan: dos jubones, dos calzones, dos camisolas y dos cinturones.

Los indios preguntaron por algunos hombres de Grijalva, especialmente por Benito el panderetero. Benito estaba castigado por hurto de vino, pero Cortés lo amnistió inmediatamente y lo mandó a buscar. Los totonacas instaron a Benito a bailar con ellos como el año anterior. El castellano se hizo de rogar, y reclamó vino de Cortés para poder danzar.

- Es un maldito borracho, vuestra merced –advirtió Sandoval.

Mas el caudillo le concedió el pedido. Para deleite de los nativos Benito hizo gala de toda su extravagancia europea bailando ritmos exóticos. Los totonacas lloraban de la risa. Algunos se revolcaban de tal manera en la arena, que los hispanos llegaron a creer que morirían sofocados. Fue una falsa alarma, los aborígenes se retiraron contentos y sin bajas.

El Sábado de Gloria arribaron los aztecas. Eran muy numerosos y venían encabezados por Cuitlalpítoc, un esclavo personal de Tendile que enseguida fue renombrado más cristianamente como Pitalpitoque. Enterarse de su rango resultó una decepción para Cortés, que había preparado un bello discurso. Sin embargo, Pitalpitoque era portador de varias hermosas joyas y de una enorme cantidad de alimentos, suficientes para el sustento de toda la Santa Compañía durante una semana. El caudillo se vio obligado a reciprocar tal gentileza desprendiéndose de algunos jubones y de diversos utensilios. Don Amador de Lares contabilizó dichos bienes, y de paso informó al caudillo de que Simón Pérez Rabí estaba sacándoles las joyas personales a los mexicas a cambio de baratijas.

- El marrano ya tiene una bolsa llena de aretes y argollas de oro –susurró el contador.

- ¡La puta que lo parió! –estalló Cortés, e inmediatamente prohibió a sus expedicionarios cualquier comercio con los indígenas por cuenta propia.

Luego dispuso que se colocase una mesa junto a la entrada del campamento, donde los nativos podrían hacer trueques exclusivamente con un representante de Cortés. Toda actividad comercial independiente fue declarada ilegal. Sería punida con severos castigos. Pérez Rabí solamente recibiría cincuenta azotes. Por ser su delito anterior a la ley podría quedarse con nariz y orejas. El converso negoció su castigo y consiguió rebajarlo a diez azotes a cambio de entregar la parte del oro que había logrado ocultar antes de que se lo decomisaran. El resto de la pena le fue conmutado cuando se ofreció para trabajar en la mesa comercial de Cortés.

Durante días totonacas y aztecas desfilaron individualmente frente a esa mesa.

La Mesa de Cortés sentó la cátedra comercial iberoamericana que dominaría los próximos cinco siglos.

El Domingo de Resurrección llegaron Tendile y Pitópel con muchos guerreros aztecas engalanados, aunque sin armas. Tendile dijo que sabía del valor de Cortés y de su victoria sobre los chontales. Su señor Moctezuma también conocía esos hechos y le enviaba grandes regalos en señal de amistad. Seguidamente le ofreció algo amarillo y sanguinolento a Cortés.

La traducción inicial de doña Marina y don Gerónimo tuvo que ser corregida para el enojado caudillo.

- Perdón, vuestra excelencia, no es sangre con su propia paja, sino paja con su propia sangre...

- ¡Igual no la quiero!

Sin inmutarse, Tendile pasó a la siguiente muestra de respeto hacia Cortés: Comer tierra. El quintalbor, su antecesor Pinótel, el esclavo Pitalpitoque y el resto del séquito azteca se mojaron el dedo índice en la lengua para tocar primero el suelo y luego los labios. Como colofón los mexicas hicieron entrega al conquistador de diversas joyas de oro, numerosas ropas de algodón, plumas y comida.

Por su parte, Cortés sacó un blusón de seda para Tendile. A eso sumó un collarcillo de cuentas de cristal, un banquillo con entalladuras de marquetería y una gorra carmesí con una medallita de oro con Sant Jordi pinchando al dragón. Nunca se la había puesto. De hecho no le parecía que fuera propio de un hidalgo usar prendas de catalanes. Al parecer, a Tendile le parecía lo mismo, pues le dijo a un esclavo que metiese aquellas cuatro porquerías en un saco y se las llevase.

Tendile destinó dos mil servidores aztecas para los cristianos. Acamparían en las inmediaciones a las órdenes de Pitalpitoque. Debían proveer comida y construir un centenar de chozas para la Santa Compañía, puesto que se avecinaba la temporada de las lluvias. El quintalbor también afirmó que armarían cabañas adicionales si el resto de los hombres de Cortés desembarcaba. Un tercio de los sirvientes eran espías. El resto, guerreros.

Fray Cabezuela sugirió al caudillo lo conveniente de celebrar una misa en esa hora. Cortés concordó. Clavaron una cruz en la arena y se arrodillaron alrededor mientras fray Olmedo oficiaba. Cantaron el rosario bastante bien. Tendile fue testigo.

Una vez acabado el rito, Tendile ofreció a Cortés traerle algunos tótems desde Cuetlaxtlan. Dijo que se verían más bonitos que aquellos dos palos cruzados. Especialmente uno del dios Tlaltecuhtli, que tenía forma de un sapo grande tragándose al sol y que habían pintado hacía poco con sangre fresca. La generosa oferta fue declinada con delicadeza.

Cortés y su estado mayor cenaron en compañía de Tendile y Pitópel. A Pitalpitoque le permitieron estar presente. El caudillo afirmó ser embajador de Carlos I, el rey más poderoso del mundo, y que tenía un mensaje para el rey de Tendile. Preguntó cuándo sería posible visitar a Moctezuma. Tendile dijo que su soberano era igualmente poderoso, que enviaría un emisario con la solicitud de audiencia de Cortés, y que luego informaría sobre la voluntad imperial. El conquistador quiso saber, además, sobre el aspecto físico del monarca azteca. Tendile declaró que Moctezuma no era ni joven ni viejo, ni gordo ni escuálido, ni feo ni bello; pero sí olía mejor que los embajadores de Carlos I, al menos en las temporadas sin sacrificios.

Para los castellanos ya era la hora del espectáculo y la intimidación. Comenzaron con un pequeño desfile a la luz de numerosas antorchas. Seguidamente escenificaron una batalla para hacer chocar los metales de espadas y lanzas. Un taíno salió mal herido por un descuido de Juan Escudero. Luego el propietario del indio diría que aquello fue intencional por parte de Escudero, pues se le debía dinero. Los aztecas aclamaban emocionados cuando sonó la primera salva de bombarda. Todos ellos se arrojaron al suelo llenos de pavor.

- ¡Joder, estos aztecas sí que exageran en lo de comer tierra! –aseguró Sandoval.

Apenas se incorporaron los mexicas, salió Pedro de Alvarado con una escuadrilla de jinetes a todo galope por la playa. Los equinos estaban dotados de múltiples cascabeles en las crines y en la cola. Tendile no cabía de admiración. Mandó a traer la gorra carmesí de San Jorge y se la puso.

- ¿Vuestro señor Moctezuma posee oro? –inquirió Cortés.

- ¿Por qué preguntáis por oro? No es tan importante –comentó Tendile.

- Para nosotros sí –afirmó el caudillo-. El oro es medicina para el corazón, y muchos de mis hombres padecen del corazón.

- Entonces Moctezuma se alegrará de poder ayudaros, al huey tlatoani[56] le sobra el oro –declaró el quintalbor, haciendo muy necio favor a su príncipe.



[54] El quintalbor era el recaudador de impuestos del imperio azteca. El sistema tributario mexicano colocaba tal administrador en cada provincia conquistada. Era apoyado por unidades militares y estaba en continuo contacto con la metrópoli. El quintalbor vigilaba, cobraba y reprimía. Pero, mientras fluyeran los tributos, las jerarquías tribales autóctonas permanecían intactas.

[55] Sus nombres en náhuatl eran Tentlitl y Pinótl, mas los castellanos no consiguieron pronunciarlos y los convirtieron rápidamente en Tendile y Pitópel.

[56] Cacique supremo en náhuatl, aunque una traducción literal sería “vocero supremo”, lo que explica por qué Mahchimaleh, el primogénito de Moctezuma I, nunca pudo acceder al trono de Tenochtitlan. Era mudo.

13 feb 2009

El Protector De Los Cerdos XXVI

La dicha india Marina

Una semana después de la batalla de Centla los nativos habían regresado a Potonchán y atendían debidamente a sus huéspedes hispanos. El caudillo había dispuesto que la Santa Compañía descansara algunas semanas en la ciudad hasta que los heridos se recuperasen.

- Fue una sabia decisión de vuestra merced –convino fray Cabezuela-. De esa manera las noticias de vuestras victorias y de vuestro poderío se adelantan por toda la costa y tierra adentro para vuestro favor.

Hernán Cortés sonrío. No había pensado en eso, pero le pareció excelente. Alrededor de la rústica mesa en el patio de la residencia de Tabasco se reunían oficiales y frailes. Dos grandes pavos asados y abundantes tortillas de maíz acompañaban al vino de Jerez.

- Padre Simón, de momento no tengo más indias para daros una –declaró con cierta pena el caudillo-. Mas os aseguro que estáis en mi lista de acreedores.

- No es necesario, vuesencia…

- Por cierto, don Hernando –intervino Portocarrero–, aquella india que me habéis entregado es un verdadero portento.

- ¿Por sus fueros o por sus fuegos? –preguntó uno de los hermanos Alvarado, que se parecían más entre sí cuando bebían.

- Esta india Marina tiene una cualidad muy especial… -continuó don Alonso sin apuro.

El interés se hizo general. Una suave brisa vespertina acariciaba las barbas castellanas, y las no menos hispanas tonsuras.

- Como os digo, no he visto nada igual…

- Joder, don Alonso, ya estoy medio cachondo, ¿qué tiene la dicha india Marina? –exclamó Gonzalo Sandoval.

- Pues resulta algo muy gratificante… -prosiguió el aludido.

- Don Alonso, sois un retablo de atajos. ¡Soltad la lengua de una vez! –ordenó el caudillo.

- Precisamente, vuestra merced, esta india Marina, cuando la tomo a lo cristiano, gime en una lengua; y cuando la asalto por atrás a lo pagano, chilla en otro idioma –explicó don Alonso.

- ¡Hostias! –soltó Sandoval frotándose la barbilla.

- ¡Válgame la virgen! –clamó fray Díaz persignándose.

- ¡Qué ri…ri…ri…cura! –articuló el gago capitán Velázquez de León.

Otras frases de simpatía se sumaron a éstas.

- ¿Mas cómo sabéis, don Alonso, que se trata de dos lenguajes diferentes? –inquirió fray Cabezuela repentinamente.

- Cierto, hasta ahora no os habéis destacado como un entendido en lenguas indianas –apuntó mordaz Sandoval.

La atención de todos seguía sobre Portocarrero.

- Hombre, pues, lo que es entender, no entiendo a ninguna –replicó Portocarrero-; pero sé muy bien si la india que grita es maya o taína.

Un murmullo de aprobación se escuchó en la ronda de comensales.

- Pues yo también… -murmuró Francisco de Montejo.

- ¡Y yo! -añadió otro.

- ¿Recordáis alguna frase, caballero? –indagó gentil el traductor fray Aguilar.

- Algo así como… ten hueli tepolle -propuso Portocarrero.

- ¿Cómo? Te huele… ¡Joder, si la india habla castellano! -declaró Sandoval, provocando risas en el auditorio.

- ¡No, no, esperad! –rectificó don Alonso-. Es más bien: tlein huelic tepolli.[52]

- No, eso no es maya –admitió el fraile-. ¿Tenéis otra?

- Este… aaauh, kex beyó

El gemido inicial produjo algunas risas.

- ¿Qué bello? –insistió Sandoval-. ¡Hostia, pero esa india es ciega!

Pedro de Alvarado tuvo que escupir el sorbo de vino que tenía en la boca. El estado mayor reía en pleno.

- ¿Y…? –preguntó algo molesto don Alonso, dirigiéndose al traductor.

- Eso sí es maya –sentenció el fraile.

- ¿Y qué significa? ¡Traducid! ¿Qué quiere decir? –salió de un coro de voces.

El antiguo náufrago se sonrojó, pero cedió ante la insistencia de los presentes.

- Quiere decir… “¡Ay, qué rico!”

Risas y aplausos hicieron eco en la pared del fondo de la casa. Don Gonzalo Sandoval se puso en pie alzando su copa.

- ¡Brindemos, vuesas señorías! ¡Por nuestro amigo don Alonso, el benefactor de las indias!

- ¡Por don Alonso, el benefactor de las indias! –respondieron los restantes castellanos, tras erguirse en medio de carcajadas.

Tomaron asiento nuevamente. Y entonces el noble Gutiérrez Escalante levantó el dedo índice.

- Una pregunta tengo para vuestra merced, don Alonso –dijo afable- ¿Por dónde cogéis a la india cuando gime así en maya?

- Don Juan –contestó Portocarrero con marcada gravedad-, yo no comento intimidades en público.

Más risas, y otro brindis de Sandoval:

- ¡Por don Alonso, el honorable benefactor de las indias!

Por la noche Cortés mandó a buscar a doña Marina. En presencia de don Alonso, don Pedro, don Gonzalo Sandoval, fray Simón y el imprescindible intérprete don Gerónimo, la india Malinali le contó su historia al caudillo.

Era hija del tlatoani[53] de Painala, una localidad de la periferia del imperio azteca. Su madre era Cimatl, la única hija del cacique de la vecina aldea de Xatlipan. La heredera de dos cacicazgos aún no había cumplido 8 años cuando sucedió una tragedia. Aquel día el padre de Malinali había salido a cazar en compañía de su amigo Totlimoc, el tlatoani del cercano Xulipan. Hubo un lamentable accidente y el venablo de Totlimoc se clavó en la nuca del cacique de Painala mientras se agachaba para estudiar las huellas de otro venado.

Ya durante las festividades por la boda entre Cimatl y Totlimoc no se vio a Malinali. Se dijo que estaba muy enferma. Meses más tarde nació su medio hermano Citlimoc. Ese día el sacerdote mayor de Xatlipan hizo dos anuncios, uno triste y otro alegre. El primero informaba sobre el fallecimiento de Malinali producto de su penosa enfermedad. El segundo declaraba a Citlimoc heredero de Xulipan, Xatlipan y Painala.

Entretanto, unos comerciantes mayas putunes de Xicallanco, que habían adquirido a Malinali de su madre por muy favorable precio, la revendían en Soconusco con buena ganancia. Luego los mercaderes de Soconusco la llevaron al mercado de Potonchán, donde Tabasco la compró como parte de un lote de seis niñas. Sirviendo al halach uinik maya la hija del tlatoani azteca aprendió el dialecto chontal. A los 12 años le dio un hijo ilegítimo a Tabasco. Aunque tal vez el bebé era sólo nieto del cacique. La criatura pereció aún de meses. A los 14 años, sin embargo, la vida de Malinali acababa de tomar un nuevo rumbo. Gracias a la inesperada llegada de los conquistadores, cuya valentía en Centla había cambiado el destino de la joven azteca. Ahora se llamaba doña Marina y tenía un Dios mejor. A sus escasos años ya había pasado por todo en esta vida. No le temía a nada. Mas era mejor estar del lado triunfador. Y estaba decidida a aprovecharlo.

No era demasiado hermosa, pero la inmediatez de su franca elocuencia impresionó profundamente a Cortés. Y no solamente a él.

- Doña Marina, por gentileza os pido, quedaos esta noche –solicitó el caudillo.

Y ante el ceño fruncido de su amigo, agregó:

- Apenas una noche, don Alonso, sólo esta noche.

Desde luego, sabía que estaba mintiendo.



[52] Tlein huelic tepolli, textualmente “qué buena verga” en náhuatl.

[53] Tlatoani: cacique o gobernador en náhuatl.



18 dic 2008

El Protector De Los Cerdos XXV


La Batalla de Centla

Formando un erizo de lanzas y espadas la columna de Gonzalo Sandoval se defendía con gran dificultad de la abrumadora superioridad numérica de los aborígenes. Completamente cercados por una masa de indios beligerantes, de poco servían arcabuces y ballestas. La desorganizada hostilidad de los chontales prometía aplastar a los valientes conquistadores en cualquier momento. En eso, afortunadamente, llegaron las otras dos columnas castellanas. Una por el este, con Domingo García de Albuquerque al frente; y la otra por el suroeste, al mando de Gonzalo de Alvarado, hermano de Pedro. Sin embargo, los guerreros Chich Nal continuaron asediando a la escuadra de Sandoval como si tal cosa, sin dividir sus fuerzas pese a los refuerzos enemigos. Para un militar profesional esa actitud hubiera servido de advertencia de que algo no estaba bien. Mas en la Santa Compañía escaseaban los profesionales. A menos que se contase a los especialistas en incursión inmobiliaria, conocidos como gatos en Castilla. Nadie percibió, pues, el peligro. Y una vez que ambas columnas chocaron con los flancos chontales, fue demasiado tarde. Desde las acequias posteriores del norte salió un aluvión de mayas. Eran los restantes regimientos Mazorca Dura, constituídos por vástagos de las mejores familias de Potonchán. Dos mil guerreros en total. Seguidos de otros dos mil reagrupados sobrevivientes del combate anterior junto al río. En menos de lo que se asesta un mandoble los castellanos quedaron atrapados por un doble cerco de cinco contingentes indígenas.

Desde la pequeña elevación que ocupaba su columna don Gonzalo Sandoval pudo apreciar la crítica situación.

- ¡Estamos jodidos, capitán! –exclamó un ballestero, ya sin proyectiles.

- ¡Animo, soldado, que Santiago no nos abandonará en esta hora! –contestó el capitán.

El bravo oficial metellinense empujó al infante hacia la línea interior de defensa, y vociferó a su tropa:

- ¡Por Santiago y por Castilla!

Nadie respondió.

- ¡Por Santiago y por Castilla! –repitió Sandoval.

Ni eco.

- ¡Que viva Santiago Apostol, joder! –gritó el desaforado don Gonzalo.

- ¡Viva Santiago! –salió de las reanimadas gargantas cristianas.

Y en ese instante sucedió el milagro. Por el sur aparecieron doce jinetes. Iban de completa armadura: del escarpe a la gola. Bajo el sol del mediodía relucían sus petos y hombreras de acero. Llevaban los yelmos con las viseras cerradas. Un centenar de infantes los seguía. Y otro centenar de taínos avanzaban temblorosos detrás. Un jinete portaba el estandarte blanco con la cruz roja de Santiago Apostol. A su lado cabalgaba un gallardo hidalgo sobre un inquieto corcel tordo. Aquel caballero desenvainó su espada y señaló hacia los infieles nativos.

- ¡Es Santiago! ¡Santiago! ¡Santiago vino en nuestro socorro! ¡Viva Santiago! –gritaron voces entusiastas entre los cercados, que comenzaron a rechazar con más vigor la presión de los chontales.

Pronto los jinetes arrancaron al galope y cargaron contra los Chich Nal, causando pavor entre sus filas. No era Santiago, desde luego, sino Francisco de Morla. Los otros jinetes eran el propio Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Alonso Hernández Portocarrero, Cristóbal de Olid, Francisco Montejo, Juan Velázquez de León, Juan Gutiérrez Escalante, Pedro González Trujillo, Alonso de Avila, Gonzalo Domínguez y Amador de Lares.[50] El caudillo había hecho traer los caballos con gran sigilo durante la noche.

Para los mayas la aparición de la caballería hispana resultó devastadora. Ante sus ojos inexpertos eran seres monstruosos. No podían diferenciar al cristiano de su cabalgadura, y aquello les parecía una sola bestia, veloz y mortífera. Era el glorioso debut de la caballería militar en el nuevo mundo.

Los infantes recién llegados también se incorporaron al combate por el flanco derecho. Incluso los taínos cubanos auxiliares lograron sobreponerse un poco a su miedo. Ayudaban rematando a los mayas heridos. Al mismo tiempo, y poco a poco, los castellanos cercados iban rompiendo las líneas enemigas. No obstante, los laureles pertenecían definitivamente a la caballería. Desenfrenados, los jinetes cristianos arremetían contra los Chich Nal. Velázquez de León blandía un robusto Goedendag flamenco, con el que saludaba continuamente a los chontales.[51] Los demás caballeros usaba sus espadas, decapitando y rajando con diligencia. Tan sólo Trujillo, que montaba el rocín Rolandillo, hacía huir ante sí a sesenta guerreros nativos.

El pánico maya se generalizó cuando la última columna castellana, la de Gonzalo de Alvarado en el flanco izquierdo, logró romper el cerco. Se componía únicamente de rodeleros. Con endemoniada precisión empujaban rítmicamente con el escudo -llamado rodela- en un brazo, para inmediatamente pinchar el bajo vientre enemigo con una larga daga -denominada riñonera- en la otra mano. Apenas dos reiterados comandos de Alvarado mantenían funcionando aquella furibunda máquina de destripar mayas:

- ¡Pujad…! ¡Hincad…!

Los chontales escapaban hacia el noroeste, pero esta vez el caudillo ordenó perseguirlos, y encabezó en persona el acoso a lo largo de una legua. Al final se contabilizaron casi mil mayas muertos. Podrían haber sido sólo setecientos, si los taínos hubieran sido más mesurados con los heridos. Por el lado europeo habían sesenta lastimados, algunos severamente. Varios perecerían después al contraer infecciones en sus heridas. Mas la primera batalla campal de la Santa Compañía fue una victoria cabal y brillante. Gracias a la caballería.
Al atardecer se presentaron treinta nobles chontales vestidos con finos mantos y bellas plumas. Sus servidores traían abundante comida. Pavos, tortillas, frutas y miel. Solicitaron permiso para quemar a sus muertos.

- ¡Pues que venga Tabasco a pedírmelo! –respondió el caudillo.

Los indios asintieron humildes.

- Pero que no se moleste en venir si no trae el oro –añadió, ecuánime, el vencedor de Centla.

Un poco más tarde arribó Tabasco en persona. Era un indio robusto. Tenía unos sesenta años y el largo cabello completamente gris. Su opulenta ornamenta de plumas de quetzal abanicó a Cortés al saludarlo. Traía una cesta llena de joyas de oro y otra repleta de turquesas, así como 20 hermosas doncellas.

- Os las regalo para que os cocinen –dijo el halach uinik con maliciosa sonrisa, y agregó-: He oído que no tenéis mujeres. Tal vez por eso sois tan agresivos.

Cortés guardó el oro y las piedras preciosas, y repartió a las indias entre sus capitanes, quienes en seguida se pusieron contentos. A continuación se dedicaron a impresionar al cacique. Trajeron a Cabeza de Moro, un fuerte caballo ruano que siempre se ponía salvajemente cachondo en primavera. Previamente habían colocado cerca de los nobles chontales a una voluptuosa yegua blanca, escondida con discreción tras una improvisada empalizada de lanzas, escudos y pendones. El fogoso corcel relinchó con gran violencia y trató de avanzar para montar la potranca. Cuatro hombres lo contuvieron a duras penas tirando de dos cadenas. El animal relinchó aún más fuerte y se irguió entonces sobre sus patas traseras, dejando ver toda su longitud viril. Tabasco y su comitiva se quedaron espantados. Ipso facto los chontales hicieron ofrendas al caballo: maíz, pavos y flores. Con ayuda de Aguilar, el caudilló explicó al cacique que aquellos "doce apóstoles", así llamó a los equinos, eran muy poderosos, y que se habían enfadado mucho por la taimada emboscada maya.

- Y habéis tenido suerte de que los apóstoles no han querido montaros… –agregó.

Tabasco temblaba. Al momento, y bien de cerca, dispararon una bombarda. Uno de los ayudantes del cacique se orinó. La delegación maya se encontraba en el punto anímico perfecto para dialogar.

- ¿Dónde están las minas de oro? –inquirió Cortés.

- No tenemos minas, noble señor –contestó sincero el cacique-. El oro es un adorno, no nos importa mucho.

- ¿Y la plata?

- Tampoco tenemos plata, señor, pero hacia el interior, en las tierras altas, viven los mexicas, un pueblo muy fuerte y rico, que tienen oro y plata en abundancia –anunció el jefe maya.

- ¿Por qué me habéis atacado a mí, y a mi hermano Grijalva lo habéis tratado bien antes? –preguntó don Hernando.

- Vuestro hermano sólo pidió oro. Vos pedisteis comida, y trayendo muchas más bocas –explicó Tabasco-. Vos sabéis lo que realmente tiene valor, aunque también parece gustaros bastante el oro.

- ¿Por qué habéis huido siendo muchos más que nosotros? –quiso saber el generalísimo.

- Vuestras espadas matan mucho más que las nuestras. Y también vuestros truenos nos atemorizaron –declaró el vencido chontal-. Pero vuestros apóstoles son muy rápidos y nos asustaron más, sobre todo con sus hocicos. Y menos mal que los apóstoles no quisieron montarnos, habría sido peor que la muerte.

A una señal del caudillo fray Cabezuela leyó los requerimientos al cacique, que aceptó sumiso ser vasallo del gran señor al otro lado del mar. Luego Cortés le dio un discurso sobre lo bueno que era Dios y lo malo que era hacer sacrificios humanos. El halach uinik no entendió, pero igualmente aceptó. Además, asintió cuando le pidieron destruir sus ídolos. Incluso admitió que ya no le servían.

- Un dios que no ayuda a ganar en la guerra merece la muerte –declaró Tabasco.

El generoso caudillo, por su parte, prometió a los chontales que podrían regresar a sus hogares en Potonchán al día siguiente.

Esa noche, de vuelta en la ciudad, se reunió la plana mayor de la Santa Compañía.

- Esos mexicas son nuestro objetivo –dijo don Pedro de Alvarado.

- Necesitaremos más caballos –apuntó don Gonzalo Sandoval-. Habrá que conseguirlos en Fernandina o en La Hispaniola.

- Y a partir de ahora no reclaméis más comida, por el amor de Dios –infirió fray Simón de Cabezuela-. Oro, y nada más, caballeros.

- Razón lleváis todos –sentenció don Hernán Cortés.

- Vale, y ahora excusadme, vuestras mercedes –exclamó don Alonso Hernández Portocarrero-, que tengo una india que bautizar.

La india que le tocó a Portocarrero entre los regalos de Tabasco tenía 14 años y se llamaba Malinali. Don Alonso la bautizó hasta bien entrada la noche, y pasó a llamarse doña Marina.



[50] El astuto Amador de Lares jugó un papel nunca suficientemente ponderado en la Conquista de América. Natural de Burgos, al norte de Castilla, era analfabeto pero sabía contar, sumar y restar. Así devino el contador oficial de Diego Velázquez. Fue Lares quien sugirió a Hernán Cortés para comandar la tercera expedición a México que organizaba el gobernador de Fernandina. Eso Cortés supo agradecerlo, pues lo nombró contador de su empresa. Algo excepcional, ya que el caudillo sólo confiaba en extremeños, y si eran de su pueblo natal, Medellín, tanto mejor. Otro mérito indiscutible de don Amador fue la introducción de los negros en Cuba. En 1512 el burgalés solicitó y obtuvo permiso de la Real Audiencia para llevar a Cuba a cuatro negros esclavos que había comprado en Santo Domingo. Los bautizó como Gaspar, Melchor, Baltasar y Chucho. Precisamente dicho Chucho resultó el primer negro ajusticiado en Cuba. Fue empalado en 1514, luego de que la concubina taína de Lares diera a luz un bebé afroamerindio.

[51 ] Goedendag, en castellano “buendía”, arma medieval flamenca, era un largo garrote armado con una afiliada punta de hierro sujeta por un pesado refuerzo metálico. Era muy difícil sobrevivir al “saludo” de esa arma.

12 dic 2008

El Protector De Los Cerdos XXIV


Castigo & Honra

La única pérdida de las huestes cristianas durante el combate en Potonchán resultó ser un desertor: Melchorejo, aquel indio yucateco capturado por Hernández de Córdoba dos años atrás, y que fuera el tosco traductor inicial de Cortés en Cozumel. En cambio, había más de cien prisioneros locales. Y no atraparon mayor número porque el caudillo desistió de perseguir a los vencidos. Aún confiaba en ganar la buena voluntad de los chontales.

El interrogatorio de los prisioneros puso al descubierto que el traidor Melchorejo se había pasado al enemigo desde la noche anterior. Llegó hasta la orilla nadando y se introdujo en la ciudad en plena celebración del Báalam Wiix. Fue una aparición muy afortunada para los chontales, que aprovecharon para improvisar un estimulante sacrificio ritual. Los sacerdotes declararon que su inesperada llegada era un buen augurio. Eso provocó el entusiasmo de los guerreros, ya que suponía el favor de los dioses en la lucha que se avecinaba. Originalmente habían cancelado los sacrificios humanos reglamentarios para aquella ceremonia por falta de recursos. Sólo disponían de un totonaca sordomudo y amaestrado, la mascota personal del cacique. Tabasco no quiso entregarlo al sacrificio por lo útil que era como ágil trepador de cocoteros.

- ¡Qué el señor le acoja, y le perdone su traición! –exclamó fray Díaz al enterarse del triste fin de Melchorejo.

- ¡Joder, se lo ha buscado él mismo! ¡Quién lo manda a traicionarnos! –ripostó Pedro de Alvarado.

- Olvida vuestra merced que el pobre Melchorejo, pese a todo, era un cristiano… -insistió el padre.

- Era un cobarde y un dersertor –se entrometió Portocarrero-. ¡Que le den por…!

- Bueno, bueno, ya está bien –quiso apaciguar fray Cabezuela-. Padre Juan, vuestra misericordia os honra. Capitán Portocarrero, seguramente Melchorejo hubiera preferido vuestra sugerencia antes que el cruel sacrificio.

- ¡Válgame Dios si os miento, y la virgen si soy veraz! Os juro que sí, padre –aseveró don Alonso-. Os digo que estos salvajes no os dan ni de beber antes de arrancaros el corazón.

- ¡Pacheco! –llamó Alvarado a su ayudante-. ¡Joder, Pacheco!

José Pacheco, extremeño, aseguraba a sus incrédulos compañeros de armas que era sobrino de la condesa de Medellín. Y en verdad que cierto vínculo con dicha dama no le faltaba: había sido su caballerizo. Pronto se presentó. Venía arreglándose las vestiduras.

- Perdonadme, vuestra merced –pidió afable-. Es que hacía tres días que no había hecho a mi persona. ¡Pero, gracias a Dios, ahora pude! Ya tenía hasta calambre en las tripas…

- ¿Lo véis? Es lo que os digo –intervino Portocarrero-. ¡Por eso Castilla está tan jodida! Cuando más apremia su presencia, ¿dónde está la nobleza? Cagando…

Menos Pacheco, nadie pudo contener la risa.

- ¿Qué se le ofrece a vuestra merced? –preguntó el homenajeado.

A don Pedro le costó un minuto recordarlo.

- ¿Tenemos sacerdotes entre los prisioneros? –preguntó el osado lugarteniente de Cortés.

- Creo que hay uno nada más, mi señor, al menos tiene toda la piel llena de tatuajes como los sacerdotes de Cozumel.

- Muy bien –contestó Alvarado-. ¡Ahorcadle!

- Y decidles a esos paganos que no es por gusto –agregó fray Díaz persignándose-, sino el castigo por hacer sacrificios humanos.

- Esperad, Pacheco –se inmiscuyó Portocarrero nuevamente-. Igual podemos quemarlo, joder, que aquí ha sobrado leña de la fiesta de anoche.

Los presentes se miraron entre sí, sopesando la sugerencia.

- No es mala idea… -comenzó Alvarado.

- Prudencia, caballeros –terció don Simón con benevolencia-. Si armáis una hoguera, don Hernando querrá saber qué sucede, y quién mandó, y por qué…

- Vale, vale, ahorcadlo no más, Pacheco –cedió don Pedro.

Este justo castigo tuvo un efecto inesperado. Mientras izaban al sacerdote, otro indígena menos tatuado comenzó un raro monólogo gesticulando hacia los españoles que observaban curiosos la ejecución.

- Dice que no lo maten de esa forma tan seca y deshonrosa –tradujo fray Aguilar.

- Yo lo sabía –masculló don Alonso-, les gusta más el fuego…

- Bueno, pero que se calme, que el hombre ya está muerto –comentó Sandoval mirando el cuerpo pendiente que apenas se sacudía.

- No, dice que no lo maten a él –aclaró don Gerónimo.

- ¿Cómo? –se extrañó Alvarado-. ¿Es otro sacerdote? Pacheco, colgadlo también.

Las súplicas del sujeto se volvieron frenéticas en tanto dos soldados lo arrastraban hasta una hermosa ceiba.

- Dice que, si le damos una muerte decorosa, nos revelará algo importante –indicó el traductor andaluz.

De esta manera los castellanos se enteraron de que el artero cacique Tabasco había escondido a sus mejores guerreros fuera de la ciudad. Y que nunca se rendiría mientras dispusiera de los valerosos Chich Nal. El sacerdote pudo morir con una sonrisa en los labios. Fue dignamente degollado.

El caudillo no se desanimó al escuchar semejantes novedades. Mandó a interrogar con mayor meticulosidad a los prisoneros. Así se supo que Centla, ubicada a unas seis leguas, era el granero de Tabasco. Se encontraba en una fertil llanura llena de maizales y con numerosas acequias para la irrigación del cultivo. El generalísimo decidió tomar la iniciativa.

A la mañana siguiente tres columnas, de 80 hombres cada una, marcharon sobre Centla desde diferentes direcciones. La columna central, comandada por Gonzalo Sandoval, incluía al traductor con la misión de leer los requerimientos. Se dieron de bruces con la vanguardia Chich Nal, conformada por los mejores guerreros, reclutados por su fiereza y no por su linaje. Mil en número, con sus cuerpos pintados de círculos amarillos.

Uno vestía diferente: estaba cubierto de vistosas plumas, y se adelanto llamando a voces. Era el kóot‘aan.[48]

- ¿Qué dice ese pajarraco? –preguntó Sandoval tras formar en cuadro a su tropa.

- Quiere saber quién osa enfrentarse a la legión de la Mazorca Dura –interpretó don Gerónimo.

- ¡Pues contestadle que somos la compañía del Nabo Tieso! –respondió el bravo capitán, provocando carcajadas entre las tupidas barbas cristianas.

De las filas mayas salían alaridos y rítmicos baladros de guerra. Creaban un crescendo aterrador. Sandoval se volvió hacia sus hombres.

- Sí, son muchos y parecen fieros –exclamó el capitán extremeño-. Pero, recordadlo, castellanos, ¡valemos más y Santiago nos acompaña! Desenvainad vuestros aceros, que pronto lucharemos al tajo. Avanzaremos en bloque, y retrocederemos en bloque. ¡Que nadie se separe y que nadie se amilane!

- ¡Por Santiago y por Castilla! –gritó uno de los cuatro arcabuceros abriendo la cazoleta, tras avivar la mecha de un soplo.

- ¡La puta que los parió! –rugió la tropa.

Se desplazaron en formación hacia atrás y a la izquierda buscando un sitio más seco para combatir. Los chontales habían abierto las acequias, y el agua anegaba el suelo hasta los tobillos. Los nativos se movían paralelamente sin acortar distancias. Cuando el bloque hispano se detuvo en lo que parecía una tenue elevación, un enorme y fornido maya se adelantó blandiendo una exuberante macana verde. Había sido escogido para el tohol túum, la prueba del valor, como mostraban los finos cortes en su rostro. Sangraban levemente, diluyendo un poco la pintura de guerra. El fiero chontal arrancó en una ágil carrera hacia las filas castellanas.

- ¡Que nadie dispare! –ordenó Sandoval-. ¡Jaramillo, ese indio es vuestro!

Un espigado piquero de Fregenal de la Sierra, Badajoz, dio un paso al frente para esperar al guerrero maya.

- Virgen Santa María de los Remedios, no me abandones, ni me dejes estragar mi honra –murmuró el soldado.

- ¡Ensartadlo, Juan! ¡Fuerza a la pica, chaval! –lo animaron sus compañeros.

Juan Jaramillo se había quedado dos veces dormido durante la vigilia de guardia, y don Gonzalo le había tomado cierta ojeriza. A tres pasos del cristiano el guerrero chontal, en plena carrera, levantó el gigantesco garrote sobre su cabeza usando ambos brazos. Zancada y media después la pica le rajó el pecho en el aire. Entre los vítores cristianos Jaramillo remató al indio hundiéndole el cráneo con el otro extremo de su pesada lanza. Luego le arrancó las dos argollas doradas de las orejas antes de entrar de vuelta en la formación. Mil furiosos chontales ya venían corriendo y gritando.



[48] Kóot‘aan, literalmente: águila habladora, un oficial cuya función era retar al enemigo a la lucha, e intimidarlo mencionando los poderes de los guerreros chontales.
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