27 jun 2008

Aperitivos



Eran las dos de la tarde, pero faltaba bastante para el almuerzo. La alemana dueña de la casa se había empeñado en cocinar ella misma esta vez. Sería algo típico balear, o valenciano, o catalán. Demoraría. Los que no teníamos que ayudar nos regamos por el jardín.

Me senté junto a la graciosa niñera. Los dos niños jugaban del otro lado del cantero de cannabis. Tras unos minutos compaginando, insinué que tal vez le vendría bien afeitarse las piernas.

- Hm… es que en el invierno necesitaré mi vellón –respondió acariciándose las pantorrillas.

- Aquí en Mallorca no –repliqué, y seguí rozando sus vellos con las puntas de mis dedos-. Lo único que vas a conseguir es que el sirocco te empolve estos pelitos.

Me miró a los ojos.

- ¿Quieres rasurarme tú?

Dejamos a los chicos bajo la vista de la pareja de franceses. El pintor occitano ya estaba flotando en el humo aromático, mas su mujer era alsaciana, cuidaría de los críos.

Usamos el baño de la habitación principal. Había confianza, supuse. También supuse que aquella gillette pertenecería a la anfitriona.

Traté a sus piernas como nunca trato a mis mejillas. Ciertamente jamás me hago un masaje post-depilatorio en la cara. Fui convincente explicando su utilidad para la recuperación epidérmica. Ella agradeció mi delicadeza. Me cercioré al tacto de la ausencia de vellos en sus muslos. Y, tirando gentil del borde inferior de su short, le recordé que la higiene capilar igualmente requeriría atender a otras áreas.

Su sonrisa era la inducción perfecta a la succión, a la lamida o, al menos, a la mordida. Justo me había decidido por un cobarde beso, cuando me empujó levemente con un pie.

- No seas tan listo –dijo sin enfado-. Eso lo haré yo sola.

Salió tan rápido que no conseguí entretenerla. Me quedé mirado el corto pantalón, con sus pequeños sobrantes de trasero bajo los bordillos. Se alejó atravesando el cuarto. Esperé, hasta perder protuberancia, para ir a buscarla nuevamente.

En la terraza me detuvo el argentino. Ingeniero de mezclas y DJ, según él. Fumando sin parar farfulló unas boludeces sobre una nueva banda franco-argentina que hacían una fusión macanuda de tango y electrónica. Yo asentía, y observaba a Lotte chequear los niños tras el cantero. Una vez, sólo una, ella volteó la cabeza para mirarme.

- Oye, pibe, me voy a hacer un poco de ejercicios al patio de atrás –anuncié para deshacerme de él, pero pensando que contraer los músculos serviría para descontraer la mente.

- Che, no te calentés, pero vos sos un loco -reparó-. Mirá bien, esto acá es una fiesta...

- Todavía no... -contesté apartándome.

Pasando frente a la cocina me llamó el anfitrión.

- Prueba esto, viejo –propuso ofreciéndome una bandeja de brownies aún calientes.

- Tesoro, por favor, deja eso para después del almuerzo –lo interpeló su esposa.

- Le falta dulce –proclamé con la boca llena.

- ¡Pero le sobra yerba, mi socio! –ripostó mi amigo casi flemático-. Esa es índica, entra más suave, pero llega más profundo, tú verás.

Tuve que bajar el dulce con una cerveza. La dejé sin acabar, pues la inglesa me ofreció de una jarra de sangría que traía del chalet vecino. Al parecer la habían enriquecido con varios chorros de whisky. El marido inglés era un duro bonachón. Se puso a hablar de su época como jugador del Liverpool. Lo mismo que contaba siempre. Había perdido en la trágica final de Heysel contra el Juventus. Y ahora todo el mundo perdía el tiempo escuchándolo. Bueno, la inglesa era simpática y entusiasta. La naturaleza había sido generosa con ella. Tendría acaso unas librillas de más. Pero, en fin, el tipo era buena gente. Fui paciente, mientras discurrían las palabras del británico y revoloteaban las feromonas de su mujer.

Al llegar al patio no me acordaba de a qué había venido. Ya, ejercicios. Tenían algunas instalaciones elementales allí, aunque no las usaban. Me agarré de la barra fija. Flexioné los brazos y ascendí. Experimenté la crispación de cada fibra. Por separado. Percibí, además, como cada vaso sanguíneo se llenaba de sangre. Fascinante. Descendí, y volví a subir. Llevé la nuca hasta la barra. Mantuve la posición maravillado ante la intensidad en la individualización de las fibras musculares. Miré al suelo. Vi a mis pies allá lejos. Recordé a Lotte con sus piernas depiladas entre mis manos. Y se me escaparon las fuerzas. Me quedé colgando de la barra fija.

Con el pasar del tiempo decidí tomar un baño para despejar. Me solté de la barra algún otro tiempo después.

Subí hasta mi solitario cuarto en el último piso, donde el resto era una azotea con más canteros.

Abrí la puerta, y ahí estaba Lotte. Completamente desnuda. Urgaba en un maletín tirado sobre la cama.

- No aparecen mis bragas limpias –alegó sin levantar las pestañas.

Me aproximé alucinado. Se había afeitado el pubis también.

- ¿Quieres que te ayude a buscarlas? –pregunté para acercarme a su oído.

La superficie de mi nariz se humedeció al hablarle. Sólo se había secado a medias. Pequeñas gotas de agua perlaban sus hombros y sus pechos.

- Este era mi cuarto –murmuró-. Me mudaron con el menor de los niños, porque tú llegaste.

- No debieron hacer eso –mascullé cazando con los labios, una a una, las gotas de agua en su espalda.

Quiso volverse cuando llegué a la grupa. Se lo impedí sosteniendo firme su cintura. Sus nalgas oblongas se separaban progresivamente hacia la base y los lados. La abertura entre los muslos y el pliegue glúteo permitía apreciar el fresco rasurado. Presioné suavemente su espalda, y ella bajó el torso, apoyándose en la valija. Arqueó las rodillas y colocó los pies de puntillas al sentir mi lengua. Por entonces, la humedad sobre mi nariz ya no era agua.


17 jun 2008

El Protector De Los Cerdos XVIII

Una isla y la otra

Con su generosa actitud los hispanos se ganaron la buena voluntad de los indios de Cozumel. Durante la primera velada, tras probar el vino cristiano, el cacique Chamaco se franqueó con Cortés. Le dijo que dos hombres pálidos y barbudos se encontraban prisioneros en Yucatán desde hacía varios años. Al caudillo se le iluminaron los ojos al entender la noticia. Pensó que esos españoles habrían aprendido la lengua maya en su largo cautiverio. Sin duda resultarían muy útiles, si conseguía incorporarlos a la expedición.

Cortés le pidió entonces a Chamaco que enviase un mensajero a los cautivos dando cuenta de su presencia en Cozumel. Pese a su amistad, el cacique se negó rotundamente. Alegó que los mayas yucatecos se comerían al recadero.

- Si os sacrifican a Ixchel o a Chaac, o hasta al apestoso Ah Puch, es un honor –afirmó tajante el jefe cozumeleño-. ¿Pero que os coman después? ¡No, ese ultraje se pasa de cacao oscuro!

- ¿Pero por qué esos yucatecos devoran a los forasteros? –quiso saber el contrariado Cortés.

- Pues... porque les da apetito... –contestó el cacique mirando asombrado al capitán español.

Más tarde se analizó el asunto entre Cortés y sus consejeros.

- Desembarquemos en Yucatán, y vayamos por esos cristianos –propuso don Pedro de Alvarado.

- ¡Y si los indios osan oponérsenos, por los santísimos cojones que lo pagarán caro! –bramó Portocarrero, colocando una de sus manotas en el hombro izquierdo de don Hernando.

- ¿Cual es vuestro juicio, padre? –preguntó el caudillo haciendo un ademán hacia fray Cabezuela.

- Excelencia, si esos indios se comen a los extraños, pues enviad el mensaje con algunos de ellos mismos –dijo el fraile.

- ¿Qué? ¿Cómo? -clamaron varias voces.

- Por supuesto, tendréis que atraparlos primero –añadió el franciscano–. Pero a fe mía que esa empresa es menos incómoda que penetrar a ciegas en Yucatán.

- Sabias son vuestras palabras, padre –sentenció el caudillo–. Mandaré un bergantín al Yucatán para capturar algunos indios.

Juan de Escalante fue el encargado de la misión. Regresó a los cuatro días con seis nativos yucatecos. Dos de ellos eran orgullosos guerreros, que se mostraron poco interesados en cooperar. Hubo que degollarlos con discreción, para evitar que los indios de Cozumel los sacrificasen cruelmente ante sus paganos dioses. Los cuatro restantes, en cambio, provenían de castas de artesanos. Se quedaron maravillados frente a los objetos y herramientas cristianos. Y de buena gana aceptaron servir de mensajeros a cambio de una tijera, una cuchara, un jarro de cobre y un cuchillo.

Sin embargo, la noche previa al regreso a Yucatán los cuatro correos se pelearon entre sí por los premios. Sólo sobrevivieron el que tenía la tijera y el que se quedó con el cuchillo. El de la tijera disponía ahora también de la cuchara. Y el del cuchillo se había apoderado del jarro. La forma en que se miraban las respectivas adquisiciones hizo que Cortés ordenara darle un jarro y un cuchillo al maya de la tijera y la cuchara, así como una tijera y una cuchara a su colega con el cuchillo y el jarro. El sagaz caudillo acababa de concebir uno de los preceptos fundamentales para la conquista de México: a los indios no importa cuan poco les deis, mientras sea parejo.

Los mensajeros fueron llevados de vuelta a su tierra por tres barcos a las órdenes de Juan de Escalante y Diego de Ordás. Desembarcaron a los indios, y esperaron una semana. Sin éxito. Decidieron entonces regresar a Santa Cruz.

- Excelencia, no me cabe duda de que ha sido traición, otra cosa no se puede esperar de estos indios –afirmó Ordás ante Cortés–. Se han ido a casa sin llevar el mensaje a los prisioneros cristianos.

- ¡La puta india que parió a esos desleales! –gritó Portocarrero.

- Yo no lo creo así –intervino el gentil Escalante–. Seguramente perecieron a manos de otros indios, que codiciaban nuestros obsequios.

- ¡La puta madre de esos indios ambiciosos! –rectificó don Alonso.

- Da igual, mañana partiremos a Yucatán –determinó el caudillo con enojo, luego su rostro se suavizó para añadir algo más-. Mas primero pasaremos por la otra ínsula.

Zarparon con rumbo a Isla Mujeres[31]. Aquella pequeña isla estaba dedicada a Ixchel, la diosa de la fertilidad, habían sabido los conquistadores poco antes por boca de Chamaco. El cacique relató, además, que las mozas de Yucatán peregrinaban hasta la isla para dar el paso ritual de niña a mujer. Cada día llegaban canoas con jóvenes mayas portando estatuillas de ofrenda. De manera que la labor de los viriles sacerdotes del Ahkin Cochel o Templo de la Desfloración era sumamente ardua. Pues la ceremonia exigía interrumpir el acto en su mejor momento para verter la savia litúrgica sobre el ombligo de las mozas en honor a Ixchel. Equivocarse era un afrenta a la diosa, y se castigaba con la emasculación y expulsión del sacerdote, y con el sacrificio de la jovencita.

Tan pérfidos ritos habían provocado la indignación de los cristianos. Al enterarse estuvieron más que dispuestos a navegar hasta allí para poner fin a los depravados desmanes.

- ¡Bauticemos a todas las jóvenes indias, salvemos sus almas del diabólico mal! –demandaba fray Cabezuela persignándose.

- Eso es, padre –respondía convencido Pedro de Alvarado–. Pasaremos por las armas a esos brujos depravados, y mojaremos a las castas mozas.

- ¡Con zumo cristiano! –lo apoyaba Gonzalo Sandoval.

- ¡Por mi conciencia, os digo, que es ese nuestro deber! –acabaría proclamando el caudillo para alegría de sus hombres.


Y ahí estaban, en Isla Mujeres. Por un lado yacían los cuerpos desmembrados de los insanos sacerdotes. Por el otro se erguían los vitales cristianos, con todos sus miembros, bautizando a las indias en nombre de nuestro señor.



[31] Isla situada al norte de Cozumel, frente a Cancún. Denominada así por el desafortunado Hernández de Córdoba en 1517 al descubrir en sus playas numerosas figuras de arcilla con formas femeninas.

3 jun 2008

El Protector De Los Cerdos XVII

Cozumel

Como podía preverse, la travesía de la flota de Cortés hacia Yucatán resultó algo accidentada. El mal tiempo apareció en la primera noche, obligando a las naves a separarse. El punto de reencuentro acordado era la isla de Santa Cruz de Cozumel, que todos los pilotos ya conocían. Por alguna razón el caudillo había decidido llevar a los tres sacerdotes de la expedición en su nao principal. Se rezó mucho durante la tormenta. Con éxito, pues sólo se perdieron tres caballos, y un negro, que imprudentemente habían atado a estribor, entre los equinos y la borda.

Al llegar a Cozumel, Cortés descubrió que su lugarteniente Pedro de Alvarado, con la carabela San Sebastián, se le había adelantado. Por dos días completos. En ese tiempo se había dedicado, lógicamente, a cazar indias y saquear templos. Esa insensata actitud indignó al caudillo. Esperaba entenderse con los nativos para obtener informaciones sobre Yucatán. Y ahora todos los indios habían huido al interior de la isla. Tampoco resultaba halagüeña la perspectiva de gastar las provisiones de alimentos en una fase tan temprana de la excursión.

Una tras otra fueron llegando las restantes naves. Todas menos la del capitán Escobar. Aunque muchos expedicionarios ya habían visitado la isla con Hernández de Córdoba o con Grijalva, para la mayoría fue impresionante descubrir las pirámides y casas de piedra de los mayas locales. Eso les aportó nuevos bríos para la joven empresa.

Otra grata sorpresa fue que los hombres de Alvarado se comportaron solidarios, compartiendo las indias capturadas con las otras tripulaciones. Este gesto calmó el enojo del propio comandante, que recibió una de las bizcas nativas, muy ágil y dispuesta. Cortés era un hombre bastante ilustrado para su época, si bien de manera autodidacta, y no le faltaba curiosidad antropológica:

- ¿Habéis visto, caballeros? –comentaba a sus hombres más cercanos en la cima del templo de Ixchel–. Estas indias tienen algunos pelos en sus vergüenzas.

- Joder, sí que lo he visto –respondió alegre el procaz Portocarrero, que se chupaba un dedo untado en sabrosa miel maya–. Nada tengo en contra de los conejillos lampiños de las taínas, pero me gustan más así, velludos...

- Pero vamos, que sois un gran exagerado, don Alonso –intervino mordaz Sandoval, también oriundo de Medellín como Portocarrero y Cortés–. Cuatro pelos delante y dos detrás no hacen a un coño cristiano.

- Don Gonzalo –agregó Pedro de Alvarado, aquel otro entusiasta extremeño–, será que a don Alonso se le caen las barbas comiendo...

Las carcajadas sobre la pirámide hicieron eco en la selva.

- Perdonadme, Señorías, ¿qué os parece si convencemos a los indios de que regresen a la aldea? –dijo fray Cabezuela acercándose a la tertulia unos minutos después.

Don Alonso, don Gonzalo y don Pedro lo miraron con fastidio.

- ¿Qué tenéis en mente, padre? –indagó don Hernando.

- Una misa bautismal, Excelencia –explicó el clérigo–. Debemos convertir a estos indios para gloria de Dios...

- No, padre, me refería a qué haríamos para que retornasen los indios.

- Ah... perdonad mi torpeza, Señor. Es muy simple: soltad a varias indias, y que vayan donde los fugitivos con vuestra promesa de paz...

- ¡Que me folle la santísima virgen! –blasfemó Portocarrero–. ¡La mía no la entrego!

- Y prometed también que devolveréis lo robado de las chozas.

- ¡Sois un cabrón con sotana, don Simón! –exclamó Alvarado mirando de reojo a Cortés, que asentía serio.

- ¡Por mi conciencia! –juró el caudillo–. ¡Apuesto a que así se hará!

Y así se hizo.


Los indígenas regresaron trayendo abundante comida para los españoles. Por órdenes de su jefe los conquistadores procedieron a restituir el botín del previo saqueo. Exceptuando el oro, desde luego. En definitiva, para los indios eran más útiles las plumas o las cazuelas de barro. Cortés también mandó que se compensase a los naturales con cierto número de tijeras y bolas de cristal.

El caudillo estaba inspirado con ese progreso apaciguador. Reunió a los cozumeleños y los conminó a abandonar sus viciosos y sangrientos rituales. Se comunicaba con ayuda del intérprete Melchorejo[29].

- Los sacrificios humanos son algo aborrecible –exponía don Hernán al auditorio insular.

- ¿Y entonces, cómo se honra a los dioses? –quiso saber el gordo cacique Chac Mab Koc.

- Chamaco[30], para eso tenemos a los frailes –respondió el líder cristiano señalando a fray Cabezuela, fray Olmedo y fray Díaz.

- ¡Ya, si aceptamos vuestro dios, podremos sacrificar a uno de esos!

Mas no hubo nuevos sacrificios humanos en Cozumel. Al menos mientras los cristianos permanecieron allí. Sólo algunos pájaros, y muchos perros.


[29] Un maya que había atrapado Hernández de Córdoba para que aprendiera castellano y sirviera de intérprete en subsiguientes viajes. Melchorejo era un simple pescador de Cozumel, que incluso en su dialecto maya natal dominaba un escaso vocabulario. No fue una gran ayuda para Cortés, pero al menos jugó su papel en la comunicación inicial.

[30] El nombre hispanizado del cacique de Cozumel ha perdurado hasta hoy en el lenguaje popular mexicano, conservando incluso el carácter paternalista que usó Hernán Cortés.

27 may 2008

Blanco



La mitad del colchón había quedado al descubierto. Una almohada hacía equilibrio en el borde. La otra estaba oculta bajo la desordenada cabellera marrón.

Yacía de lado. Desnuda.

Observé su espalda. Continué por la curva de la cadera hasta las piernas. Largas y torneadas descansaban una encima de la otra. Regresé al culo. Era redondo y blanco. Lo asocié con la nieve en el tejado de enfrente. Entreabrí una celosía, casi por comprobarlo. Había un cuervo posado en la baranda del balcón. Se apartó prudente, y derribó un poco de la escarcha helada sobre el tubo de metal.

El pasamano en el aeropuerto también me había parecido muy frío. Pero, antes de soltarlo, la mano tibia de Siggi cubrió la mía. Me sorprendió. No la había visto entre las personas que esperaban a la salida del área de recogida de equipaje.

- Hola –dijo.

Sonreí con gratitud buscando el azul. Me abrazó cuando estuve completamente afuera. La agarré con un brazo, sin desasir el maletín.

- ¿Cómo has estado? –indagué.

- Extrañándote...

- ¿A dónde vamos? –murmuré acariciando su mejilla con la mano libre.

- A mi apartamento –contestó.– El niño está con su padre.

- De acuerdo –asentí.

Entrando al estacionamiento la solté para cambiar de mano el bagaje. Pesaba muy poco.

- Ayer no me respondiste la llamada –se quejó llegando al automóvil.

- Sí, la vi tarde...

- ¿Tienes hambre?

- Vamos a casa y lo sabremos mejor –respondí arrojando el bulto en el asiento trasero.

Volví a mirar el culo blanco. Mas me sobrepuse rápidamente. Fui al pasillo a ponerme el abrigo. Cuando lo descolgué, algo cayó. Lo reconocí al levantarlo del suelo. Era el abrigo rosado del crío. Entonces me hizo caso –pensé.– Le ha comprado otro gabán al chico.

- ¿Pero qué tiene de malo este abrigo? –lo había defendido dos semanas atrás.

- Nada... ¿por qué no le colocas un lazo en la cabeza también?

Enganché la desacreditada chaqueta en su lugar otra vez. Sí, le importo –me dije.– Exactamente como no quiero. Y como quien no quiere, me asomé al cuarto. El culo no se había movido. Ella tampoco.

Cuando salí a la calle, había comenzado a nevar. Pisé la nevisca fresca. Como... –quise asociar– ...no, la nieve es aún más blanca...

Me levanté el cuello de la cazadora, y seguí andando.


16 may 2008

Sore-Made (Fin del Combate)


Cuando nos sentamos, en los tatamis laterales sendas parejas de judocas se enfrentaban por las dos medallas de bronce: los perdedores de las semifinales contra los mejores de la ronda de consuelo. Era la categoría de más de 100 kg.

Me concentré en el tatami de la izquierda. Carlos Zegarra de Perú vs. Albenis Rosales de Venezuela. El blanco peruano con sus 194 cm y 156 kg contrastaba con el zambo venezolano de 168 cm y 108 kg.

Tuve que reir. A carcajadas.

El grandulón parecía pasivo. Su rival, en cambio, se esforzaba más.

- ¡Dale, enano, que el gigante es un muerto! –exclamé, sin perder del todo el decoro de la imparcialidad.

Un sujeto en la fila anterior también se embulló y gritó con acento cubano:

- ¡Tanque de ceviche!

Lo felicité por esa lucidez peyorativa.

Poco después salieron al tatami central los protagonistas de la disputa del oro. Walter Santos de Brasil contra el cubano Oscar Brayson.

La inmensa mayoría del público se lanzó a un espontáneo coro:

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

- ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Cuba!

Si no fuera por el banderón americano en el centro, y por el buen estado relativo del auditorio, creería estar en La Habana y no en Miami –pensé-. Si bien estos paisanos están mucho más gordos que el cubano insular.

La entrada al Campeonato Panamericano de Judo en el James L. Knight International Center de Miami era barata. Costaba apenas 10 dólares para un día, 15 para dos, 25 para tres y 35 para los cuatro días del evento. Obviamente las proyecciones contra el suelo no son favorables para las matemáticas.

Mayor precio hubiera dejado al torneo sin público. Y ese precio trajo al único público con cultura polideportiva en el sur de la Florida: los cubanos de la última oleada migratoria. Para mi asombro reconocían desde la pasividad hasta la imperfección de un waza-ari. Y apoyaban fervorosamente a los compatriotas al servicio deportivo de la dictadura.

Miami ya no es la misma. Definitivamente.

Los atletas estaban alojados en el Hyatt Regency, anexo al Knight Center. Naturalmente que los cubanos trajeron a sus guardianes ordinarios, claramente reconocibles en la inutilidad deportiva y la vigilancia del público. Mas no fue ningún problema acercarnos y dialogar con los judocas. Gente sencilla, ante todo. Incluso pudimos mezclarnos con los oficiales y participantes del evento en el area restringida al público. Y es que los organizadores eran cubanoamericanos. Tanto los contratistas como los de la federación americana de judo, que tiene funcionarios y entrenadores de origen antillano. Hubo un permanente desorden durante el campeonato.

Foto: Oscar Brayson & Walter Santos

Brayson perdió por ippon, pero se desquitó de igual manera con Santos al día siguiente en la final de la categoría abierta. Brasil dominó en el masculino, a pesar de traer sólo al segundo equipo. Cuba venció en el femenino. Se destacaron por su perfección técnica el canadiense Keith Morgan y la americana Valerie Gotay, pupila del ex-campeón cubano Israel Hernández. Y por supuesto, el trofeo de fair play se lo dieron, merecidamente, al enano venezolano.

En fin, el torneo estuvo bien. Sobretodo luego de que escapó la bicampeona mundial Yurisel Laborde, que había desembarcado en Miami declarando: "Aquí no se queda nadie."


14 may 2008

Neutralidad



No hubo tiempo para la sorpresa. Me di de bruces con ella en medio del centro comercial. Allí iba Irene con su paso elástico, mezcla de taekwondo y aerobics.

Se detuvo al verme.

– ¿…? –pregunté mostrando las palmas de las manos.

Si fuera más blanca -pensé-, se habría sonrojado. No obstante, percibí la sangre bajo la suave piel bronceada.

– ¡Hola! –dijo, y me asestó un beso en la mejilla.

– ¿…? –repetí usando el mismo gesto.

– Estoy sólo de paso para Santiago… –murmuró.

– Un largo paso, sin duda –reflexioné, y sonreí.

– Bueno, es que la compañía me da los vuelos Sao Paulo-Lima y Sao Paulo-Santiago. Si me voy directo de Perú a Chile, lo tengo que pagar yo misma –explicó.

– Qué buena vida, ¿no?, especialista peruana, contrato chileno y proyecto brasileño –asentí comprensivo–. ¿Y qué tal te fue con tu novio miraflorino?

– Pues muy bien… –contestó aún insegura, pero decidió enseguida pasar a la ofensiva–. Fue un reencuentro muy intenso…

– Claro, y por eso te quedaste apenas un día en Lima –convine sacudiendo levemente su barbilla.

– Fueron 30 horas… –replicó.

– Cierto –confirmé–. Pero supongo que el tipo en Santiago es más interesante, ¿no?

Se mordió el labio inconscientemente. Sospeché la vuelta del rubor invisible. Quise comprobarlo y le agarré una oreja. Estaba caliente.

– Eres muy malo… -balbuceó.

– ¿Pretendes sobornarme con eso? –la reprendí sonriente asegurando su brazo.

– No… antier te dije que volvería en una semana… y es verdad, el domingo podemos…

– Espera, a mí no tienes que redirme cuentas, cariño –la interrumpí sanamente–. Aunque sí me pregunto qué le dijiste al caballerito limeño…

– Nada, que tengo una reunión en Santiago… –masculló.

– Lo cual es muy cierto, desde luego.

Me devolvió la media sonrisa. Y quise saber algo más.

– ¿Es otro ejecutivo ese santiaguino?

– No… o sea, es un empresario.

– Me gusta tu perspectiva, Irenita –confesé.

– Bueno, tú sí que no vas a casarte conmigo… –ripostó mirándome de frente.

Me propuse suavizar sus ideas.

– Por tu distribución del tiempo apuesto a que el chileno va ganando…

– En realidad es libanés…

– ¡Coño, chica! -exclamé-. ¡¿Un beduino?!

– No, no, es nacido en Chile… y católico…

– Querrás decir maronita.

– Sí, eso…

– Es un alivio, porque podría ser paraguayo y chiita…

– Pues mira, Bashir es tan latino como tú y yo…

– ¿Bashir...? ¿Sabes qué? –anuncié, resuelto a ser justo–. No vamos a dejar a nuestro hermano peruano en desventaja. Tienes que llegar a Santiago cansada. ¡Ven conmigo!

– Ay, pero si… –dijo, mientras nos dirigíamos a la salida– …yo vine al Shopping porque necesito un…

– Y lo tendrás... todito –la tranquilicé sobre la marcha–. Te lo aseguro.


12 may 2008

Maternidad



- Luis… estoy embarazada –dijo una voz familiar.

Miré a mi acompañante. Le indiqué con una señal que la llamada telefónica era importante. Podría demorar. Ella dejó de acariciarme la nuca. Se alejó algunos pasos de cortesía.

- Felicidades –respondí por el celular.

- ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? –replicó la voz.

- Claudia, ¿qué supones que deba decirte?

No contestó.

- ¿Qué vas a hacer? –indagué.

- Pues voy a tenerlo, obviamente –afirmó–. Ni se te ocurra pedirme que…

- Nunca se me ocurriría –la interrumpí–. El vientre es tuyo.

Calló nuevamente.

- No te preocupes –añadí en un arranque de buena voluntad–. En realidad esto es una suerte a tu edad.

- ¿Cómo que a mi edad? –se indignó.

- Claro, con 35 no es tan fácil como con 25… –arguí.

- ¿Tú qué dices? Si eres un año mayor que yo…

- No tiene nada que ver, los ciclos reproductivos son tan diferentes como los sexos…

- Gracias por la gentileza –ironizó malamente.

- Fue en la playa, ¿verdad? –cambié el tema.

- Sí...

- Estábamos borrachos los dos –alegué.

- Tú fuiste quien no quiso ponerse un condón –me inculpó.

- Si los hubiera tenido a mano, habría usado uno –sostuve–. Pero tú los traías y no sabías donde estaban.

- Bueno, pues por desesperarte para clavarme la verga serás papá.

- No me hables así por teléfono –dije bajando la voz-. Ya me dieron ganas de clavarte otra vez, y sin condón.

- Ahora ya puedes –asintió.


3 may 2008

Diferente



- ¿Vas a entrar o te quedarás ahí? –preguntó desde la cabina de la ducha.

Recostado en el marco de la puerta del baño observé sus curvas mojadas tras el tabique plástico.

No me dejaba ninguna iniciativa. Ahora mismo tampoco.

La había visto varias veces en la empresa. Incluso intercambiamos algunas sonrisas y palabras. Por eso no me sorprendió que Wiebke me abordara cuando llegué al club en pleno happy hour. De alguna manera lucía diferente.

- Hi –dijo sonriente, rozando la húmeda superficie de su copa con el pulgar.

- Hi –respondí, indeciso entre el dedo, el rostro, el escote y el margarita.

- ¿Te apetece? –indagó imprecisa.

- Pues sí –contesté.

Me tendió su trago. Bebí. Le mostré mi agrado asintiendo con la cabeza.

- Quédatelo –propuso–. Me pediré otro.

- Espera, yo te lo busco...

- Nada de eso, yo pago -afirmó.

No entendí bien, pero desestimé cualquier insistencia. Eso no fue todo, el resto de la noche igualmente no me dejó gastar un centavo.

Tal vez la idea de bailar también era mía, sin embargo fue ella quien me llevó hasta la pista. Al retornar a la mesa se sentó sobre mi muslo izquierdo. El portador. Supongo que abrí la boca, porque colocó un dedo en mis labios.

- No tienes que decir nada –murmuró cerca de mi oreja.

Creo que quise chuparle el dedo, mas ya me besaba.

El trayecto al hotel lo andamos en su SUV, un BMW X3. Iba rápido por las calles casi vacías. Ella conducía en silencio, descalza y sólo con la mano izquierda. Con la derecha me acariciaba. Para hacer los cambios de velocidad soltaba el volante. No a mí. Lo mismo en los semáforos. Yo observaba el inusual trasiego levemente atónito. Aquello hacía irreal a todo lo demás. A las aisladas convulsiones del limpiaparabrisas. A la persistente llovizna. Al cristal empañándose lentamente. Como ahora las paredes de la ducha.

Entré en la cabina. Quise cerrar la compuerta plástica a mi espalda. Se trabó. Tuve que girar un poco el torso para presionar. Y aunque en el instante en que regresé la vista al frente no la vi, inmediatamente sentí su boca. Luego bajé la mirada hasta sus ojos azules, que me contemplaban pestañeando por el agua. Recorrí con mis dedos el contorno de su rostro. Casi recto en la nariz. Casi redondo en la boca. Y me percaté de que, por una vez, era el dueño de la palabra.

- Eres extraordinaria –balbuceé.


14 abr 2008

Tiempo Perdido

Según este proverbio estoy perdiendo el tiempo. Derrochándolo opíparamente. Y no puedo evitarlo, porque se trata de una mudanza. Alguien dijo que tres mudanzas resultan tan desvastadoras como una guerra. Pues bien, ésta es ya mi tercera guerra. No tengo tiempo ni para contar los muertos. Pero pasará en unos días. Todo pasa. Incluso el tiempo perdido.


31 mar 2008

Antídoto



Me mordió el bíceps izquierdo. Hincaba sus dientes con fuerza. La halé por el pelo hasta que me soltó. Se rió moviendo la pelvis aún con más ganas.

- ¡No muerdas! -le advertí.

- ¡Ven, clávame más! -contestó, pasándome la lengua por el pecho.

Antes de que pudiera percatarme de sus intenciones, guardó la lengua, afincó las encías y me mordió. Tiré de su cabello con furia. Abrió la boca sólo para mover la cabeza y propinarme un nuevo mordisco en el brazo.

Me sacó una exclamación de dolor.

Airado, apreté su cuello. Mi pulgar buscaba bloquear su faringe. Cuando le faltó el aire, aflojó la mandíbula.

Aseguré su cuello contra la cama por un instante, y le encajé un bofetón.

- ¡No me muerdas, te dije!

- ¡Sí, pégame, eso! -gritó, y amagó otra dentellada a mi torso.

Me zafé de su regazo. Con la mano derecha en el exterior de su rodilla opuesta, atraje esa pierna hacia mí. Le bajé el tobillo con la izquierda, roté el agarre y, torciendo la pierna contra el eje de flexión, la obligué a darse la vuelta. Apenas quedó boca abajo, estiré la extremidad presionada. Cooperó en voluptuosa tensión. Del impulso me arañó el pecho con las uñas del pie, meticulosamente arregladas. Abrió más sus largas piernas contrayendo levemente la musculatura.

Enfilé hacia el pequeño orificio rosado la punta húmeda del condón. Empujé con todo el peso de mi cuerpo. Gimoteó deleitada. Se alejó unos milímetros, y enseguida se arqueó contra mí. Atrapé sus muñecas. Las mantuve fijas sobre la cama, a prudente distancia de sus dientes.

Gemía. Y por primera vez solicitó algo con cierta suavidad.

- ¡Muérdeme! Sí, anda, ¡muérdeme ahora!

Astrid tenía realmente un cuello bonito, con su piel sana de vegetariana. Por supuesto, la complací.


Related Posts with Thumbnails