30 jul. 2008

El Mercader de Lobetal 2



Era el 28 de mayo. En la misma noche de aquel domingo me entrevisté con un inversionista. Necesitaba un socio con capital. Se trataba de otro cubano.

- ¿Qué me dices? El sábado que viene es nuestra oportunidad. Yo sé dónde y cómo, y tú pones el dinero -propuse.

- Bueno, sí, pero ¿tú no vas a poner nada? –objetó un poco confuso.

- ¡Yo pongo el know-how, chico! Además, no tengo cash.

- Cambia los marcos duros que tú tienes -sugirió descaradamente.

- No, eso es muy peligroso –expuse persuasivo-. Comprar las divisas es más fácil, porque el vendedor es camello. Pero al revés es más jodido. El comprador suele ser alemán, y puede echarte pa'lante. Un cambista camello sería inmune a la denuncia, pero como cubiche te pueden clavar. Y, en definitiva, con 700 u 800 cañas, que tú aportes, alcanza perfectamente.

Supe por su expresión que no lo estaba convenciendo. Tenía que dorar esa píldora.

- Mira, viejo, del dinero que saquemos primero te separamos lo que invertiste, y con el resto vamos a la mitad.

- OK, pero el dinero es de mi novia y mío, así que vamos a repartir entre tres -me soltó de sopetón.

- No, no, espérate, así no es la cosa -repuse, aún ecuánime-. El orígen de tu inversión no es problema mío. Con los beneficios vamos a la mitad. Y, claro, tu parte la repartes como te convenga.

- ¡No jodas, Luis! Tú no vas a poner nada, y ese dinero es de ella y mío. La ganancia la dividimos entre tres -afirmó categórico.

- ¡Pero ¿qué coño es esto?! ¿La mafia? ¿El matriarcado? –pregunté irritado.

Me miró furioso. Era evidente que no le había gustado la objetividad de mis últimos argumentos.

- Si no te cuadra, hazlo tú solo -masculló con rabia.

- ¡Ya qué! Ahora que te lo dije, te vas a poner a averiguar –confesé con serena tristeza-. Acabarías yéndote de lengua...

- ¿Oye, Luis, a ti qué cojones te pasa?! –bramó.

- ¡No me eches cojones! –exclamé con dignidad-. Recuerda que tú eres guantanamero. ¡Date tu lugar, coño! ¡Subordínate! –añadí, para mostrar luego una sonrisa sardónica en aras de mantener la armonía.

Sin embargo, el socio parecía a punto de tirarme un puñetazo. Por lo que, sin dejar de medirlo para anticipar el golpe, continué:

- Vaya, está bien. Vamos a dividir entre tres. Eso sí, si tu mujer quiere ganar, también tiene que cargar.

Cinco días más tarde partimos los tres con poco más de 900 marcos. Nos subimos en el último tren y nos bajamos en la última estación. Exploramos sus alrededores. Eran las 12:30 AM, y había luna llena. Una especie de camino vecinal atravesaba un bosque y prometía llegar hasta Lobetal. Por ahí nos lanzamos.

Fue un trayecto fascinante. Aquella luna melancólica arrancaba sombras disímiles de los árboles grises. El silencio era casi completo. Al parecer ninguno de los internos del Asilo de Lobetal se había escapado esa noche. Apenas algún buho, algún murciélago o alguna ráfaga de viento fresco surgía, a veces, entre los árboles. Ese entorno nos indujo a deliberar sobre la vida de los nativos en tiempos remotos. Cuan inspiradora sería aquella naturaleza para los sacrificios humanos, la mala leche en la Gau, las cacerías de brujas, o las marchas antorchadas de los camisas pardas nazis. En fin, Germania. ¡Quinctilius Varus, qué hiciste!

Encontramos el lugar sin mayores percances. Y nos dispusimos a pasar la noche a la intemperie. No éramos los únicos. De varias direcciones fueron llegando hasta una docena más de comerciantes. Todos a pie. Todos extranjeros. Rusos y polacos. Eran tan infelices los alemanes. Bueno, la mitad.

Más entrada la noche bajó la temperatura de forma muy antipática. Los rusos sacaron sus botellas de vodka. Y, sin pensarlo, compartieron con los polacos y con nosotros. Así eran los rusos, nos ofrecían vodka y tanques de petroleo (a los cubanos) o vodka y tanques de guerra (a los polacos).

Después conseguimos forzar la puerta trasera de un Trabant Kombi estacionado entre las barracas. Era una especie de station wagon enano de fabricación germano-oriental. Nos metimos a dormir en su interior. Inicialmente mi socio quería romper el cristal de una puerta. Me opuse por razones éticas. Alguien podría herirse con los vidrios en los asientos. Por eso trasteamos la cerradura de la puerta trasera con un pedazo de cabilla, hasta que cedió. Dejé que mi socio lo hiciera para compensarlo por no permitirle romper el cristal. Me limité a supervisar la labor. Fue rápido. Y dos rusos, que observaban interesados, también se metieron en el Trabant. Te dan vodka, y luego se meten en tu casa. Así son los rusos.

Antes de las 7 estábamos en una fila organizada, y con resaca colectiva. De pronto llegaron 8 automóviles. Casi todos eran de la marca Wartburg, el mejor tipo de pésimo vehículo local. Resultaron ser negociantes alemanes. Se colocaron en la fila, y comenzaron a refunfuñar:

- ¡Extranjeros descarados!

- ¡Hasta duermen aquí para entrar primero!

Los rusos y polacos no entendían. Nosotros, en cambio, les respondimos adecuadamente:

- ¡Partida de vagos, levantaos más temprano y no habléis tanta mierda!

Fue en ese instante cuando los eslavos percibieron que aquel diálogo matutino no era mera cortesía. Y prorrumpieron en improperios cosacos. Inmediatamente los alemanes se quedaron tranquilitos. Ya lo había visto otras veces, las amenazas en ruso surtían ese efecto en los alemanes orientales. Una especie de efecto RCA Victor. Sí, la voz del amo.

Poco después abrieron las puertas del barracón comercial. Había tres filas de mesas con grandes cajones encima. Estaban repletos de buena ropa. Entramos cual jauría. Los tres cubanos nos avalanzamos primero sobre los cajones de jeans. Agarramos con las seis manos ejemplares nuevos y cargados de etiquetas. No lo podíamos creer: Levi's, Lee, Wrangler y hasta un Calvin Klein, que casi me arrebata un polaco. A diez marquitos cada uno.

Compramos de todo. Gastamos prácticamente todo el dinero que traíamos. El mejor shopping que haya hecho jamás. No lo he superado todavía en más de 18 años en la sociedad de consumo. Luego regresamos, pero nos quedamos merodeando en la estación central para hacer tiempo y llegar de noche al albergue. No queríamos ser vistos con aquellos sacos enormes.

[Continuará...]

6 comentarios:

  1. Güicho, qué pulso, cuántas referencias bien puestas, cuánta gracia.
    Espero por la continuación.

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  2. La picaresca socialista es un capítulo aparte dentro del género. El género español por excelencia. Y en español, nadie mejor posicionados que los cubanos para esto. A ti se te da bien.

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  3. Ja!..Una reseña anecdótica del bisneo socialista…esos rusos eran unos linces. No solo en Europa, en la villa de El Salado cajeaban equipos de pesca submarina casi completos por cobos que después revendían en la madre patria a precio de oro…y en el reparto Flores, vendían hasta las barbas de Lenin si encontraban comprador.
    Por cierto Maximus, los carritos Wartburg esos eran desastre de dos tiempos. Un día en la rotonda del Nautico por poco me pongo uno (un combi) de sombrero tratando de doblar un poquito pasadito de velocidad.
    Saludos buddy!

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  4. JC,
    y eso que no viste a los bolos bisneando en su "periodo especial" (Yeltsin)...
    Man, espero que ahora ya ruedes con más prudencia. Sino en ti y en la copilota, por lo menos piensa en el valor del biciclo.
    Saludos

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  5. así es: un par de gritos autoritarios, y se quedan tranquilitos, tranquilitos.....
    sigo leyendo...

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  6. Aguaya,
    yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé. Es lo bueno de haber pisado en el mismo charco -incluso en más de uno.
    Saludos

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