29 jul. 2008

El Mercader de Lobetal



Estudiaba en la RDA, y en aquel verano de 1989 me tocaban vacaciones en Cuba. Le había prometido a mi hermano llevarle una grabadora japonesa. Algo grande. Para nivel cubano incluso grandioso. Y yo suelo cumplir mi palabra. Siempre y cuando no haya cambiado de opinión.

Mayo se aproximaba a su fin. Tenía ahorrados 1.200 marcos de la RDA. Una grabadora grande en el Intershop –la cadena estatal de comercio minorista en divisas– costaba, como mínimo, 300 marcos de la RFA. Fui al café de los estudiantes libios a ver como estaba el trueque. Me dijeron que 8 a 1 al momento, pero que en la medida que se acercaba el verano el marco federal siempre subía de valor. Mahoma prohibió la usura, pero no dejó nada dicho sobre las tasas de cambio. Así que cambié lo que tenía. El usual ritual. Bajar al baño junto con el camello. Hacer como que meas, si hay algún alemán. Intercambiar las sumas. Contar lo recibido. Subir. Y deshacerte de cualquier alemán preguntando por cambio a la salida del baño. Eran tan infelices los alemanes del este.

- La mitad -decía Hassán, el cambista-, la otra mitad son chivatos de la Stasi.

- ¿Y vosotros, no tenéis chivatos en Libia? -pregunté con mal fingida inocencia.

- Sí, claro, pero en Libia es más lucrativo ser chivato –contestó amable–. Además, casi siempre se denuncia por motivos personales. Es más sano que aquí.

Ahora poseía 150 marcos duros. El 50% del valor necesario. Podía pedir prestado, desde luego. 100 marcos blandos, 200, 300 tal vez, pero no llegaría a otros 1.200. Y ciertamente tampoco me ilusionaba la idea de pasarme meses o años pagando deudas.

La opción criminal también cruzó en forma algo etérea por mi cabeza. Todos los estudiantes extranjeros cobrábamos el estipendio en la misma caja de la universidad. El día correspondiente llegaba un funcionario con una maleta de dinero. A veces eran dos. Siempre entraban por la misma puerta del inmueble, que tenía otras tres salidas. Una de ellas era apenas accesible a pie o en bicicleta. Y desde allí se podían alcanzar cómodamente zonas densamente pobladas de estudiantes para sumergirse en el anonimato. El problema era la consabida cuota de resolución de crímenes de la Volkspolizei: 98%. En robo de bancos, 100%. Realmente no era factible, pero un hombre debe considerar todas sus posibilidades. Aunque no le sirva de nada. ¿Nada? No, siempre hay opciones. Si bien nunca alcanzan para todo el mundo, sino apenas para quien las conoce. El que no sabe, ese es el que no puede.

Yo no sabía. De manera que procuré enterarme. Cierto compañero me explicó gentilmente como robar botellas de licor en un almacén para venderlas con descuento a bebedores habituales. Hice unos cálculos, pero no rendía. Eso era todo, o sea, igual nada. Entonces me acordé de un contacto que me había dado mi madre. Era un representante de la Central de Trabajadores Cubanos, que fungía de responsable de los obreros antillanos en la RDA, llamados cooperantes socialistas, o simplemente ninjas. Aquel individuo era el jonín, el jefe de los ninjas. Lo llamé. Me pareció que intentaba zafarse, pero al final aceptó que lo visitara en su casa.


El jonín vivía en un apartamento en Marzahn, una especie de reparto Alamar sin fango y con calefacción en Berlín Oriental. El edificio era un prefabricado estilo Chapucinski común y corriente. Por dentro, sin embargo, estaba estelarmente surtido. Sin duda que mi óptica de entonces llevaba lentes más simples. Aún así, el tipo se había instalado de una forma que imponía respeto.

En la tarde de un domingo nos tomamos unas cervezas. Le expliqué que andaba buscando dinero.

- Eso no es un gran problema. Hay varias posibilidades. Déjame pensar y te mostraré alguna que esté a tu alcance –contestó.

Fuimos a dar una vuelta en carro. El tipo usaba un Lada, aunque sin placa diplomática. Debía ser prestado u organizado de otra manera. No pregunté, por supuesto. En la RDA ese automóvil soviético era un auténtico lujo. Uno como aquel, con asientos de cuero y reproductor de cassettes, era tan difícil de ver como una fluctuación cuántica. Salimos de Berlín hacia el noreste. Y como a unos 15 o 20 kilómetros llegamos a un lugar apartado llamado Lobetal. Unos edificios grises y unas barracas amarillas se erigían en medio de arboledas y algunas áreas de cultivo. Nos detuvimos.

- Mira -me dijo el jonín-, eso es un asilo para retrasados mentales.

Por alguna razón recordé cierta gente de mi facultad.

- Pertenece a la iglesia protestante -continuó mi anfitrión-, y se financia con donaciones desde la RFA. Esas donaciones no son sólo dinero, sinó también ropa. Es ropa de uso, pero en buena medida está nueva: No la usaron o la donan nueva, cuando no la pueden vender. En fin, buena ropa occidental. La venden en esa barraca ahí enfrente para recaudarle fondos al hospicio. A precio fijo. Cada camisa o blusa a 5 marcos, cada camiseta a 2, cada pantalón a 10, etc.

Lo vi claro inmediatamente. Por un jean occidental de marca pagaban hasta 200 marcos en una tienda de Compra & Venta. Por una blusa 40 o 50. Por un suéter...

- ¡Coño, y para llevar a Cuba también! -reflexioné en voz alta.

- Pero fíjate, eso se hace una vez al mes nada más. El primer sábado de cada mes. Abren a las 7 de la mañana y cierran a las 12 del día. Quien llega primero se lleva lo mejor. Tienes que estar aquí antes de que abran.

- ¿A qué estamos hoy? -pregunté.

- No te mandes a correr -me interrumpió el jonín-. Aunque es obvio, igual te advierto que la discreción es imprescindible.

- En todos los sentidos -aseguré-. ¿No hay una parada de guagua o de tren por aquí?

- Aquí mismo no, pero hay un tren urbano de Berlín que tiene su última estación unos 4 km al sur de aquí. Lo malo es que el primer tren del sábado llega a eso de las 9 de la mañana. Búscate un carro -sentenció.

Igual podía haber dicho que me buscara un helicóptero, o una locomotora, o un dromedario.

[Continuará...]

8 comentarios:

  1. No jodas asere!
    Y nos vas a dejar asi...?
    Ya me estaba empezando a acordar de los obschichities moscovitas a fines de los 70s. Se podia comprar de todo. Hasta el helicoptero ese que te hacía falta a ti.
    La RDA solo la conocí en una vsisita corta a mediados de los 80s que no me permitió enterarme de todos esos manejos, pero recuerdo que había bastante buen surtido en las tiendas y no me pareció que hiciera falta el trapicheo.
    Saludos,
    Al Godar

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  2. Espero por la continuacion, dilecto Guicho...

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  3. Bueno, me he desternillado de la risa. Y he incrementado la seguridad de mi blog.

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  4. Al,
    la RDA estaba muy bien al lado del resto del potrero socialista, pero era un desastre frente al occidente de Alemania. Los nativos eran naiv en masa, por eso el trapicheo resultaba algo exclusivo. Pero sí, la candonga nunca se ausenta del todo.

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  5. Eufrates & Isis,
    muchas gracias! La continuación la cuelgo enseguida.

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