10 jun. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 34

Traducción del coreano: El amado gran líder eterno Kim Il-Sung recibió con cálida benevolencia el reverente saludo y el humilde agradecimiento por las sabias enseñanzas de parte de su devoto discípulo Che Guevara.

Julio 28 de 1967

[…]
Perdimos el contacto con la vanguardia, que se internó demasiado en el cañón. No pudimos seguirlos porque los caballos se negaron. Ni siquiera reduciendo la carga logramos convencerlos. Está claro que esa conducta sólo conduce al tasajo.

Julio 29 de 1967
[…]
Una vez que atravesamos el cañón, nos ubicamos geográficamente con gran precisión. Estábamos junto al Rosita. Llegaron tanto la vanguardia como algunos rezagados, y ordené continuar la marcha. Parece que no se entendió muy bien la orden. Todos se movían muy despacio, arrastrando los pies o los cascos. Por lo que decidí acampar para recuperar fuerzas y reorganizar los recursos disponibles. El lugar era bastante expuesto, pero el cansancio impuso su ley.

Le pedí al Chino que diera una charla sobre la fecha de ayer, día de la independencia de su patria. El peruano asumió la tarea con mucho entusiasmo e hizo una conmovedora analogía entre nuestra persona y el general San Martín.

Julio 30 de 1967
[…]
Otro combate inesperado, aunque esta vez hay bajas que lamentar de nuestra parte. Pudo haber sido peor si el Moro no se levanta a las 4 a colar café. En eso estaba, cuando vio una linterna cruzando el río. Yo también estaba despierto a esa hora, mas no vi la linterna por culpa del asma. En cambio, la posta no percibió nada porque la colocamos en un ángulo muy discreto. El dilema de las guardias no hemos logrado resolverlo todavía. Si plantamos la posta con buena visión, nos matan al hombre, como sucedió con el Rubio. Pero si lo escondemos bien, como hoy, entonces nos sorprende el enemigo.

Fue Miguel quien le dio el alto a la linterna. Resultó ser el destacamento Trinidad, compuesto por unos 2o soldados. El espontáneo tiroteo tuvo el efecto de despertar intempestivamente al resto de los guerrilleros. Como es lógico, se desató el caos de inmediato. El Negro aprovechó para desertar. Se llevó consigo el mortero, una caja de proyectiles y el hacha. Me refiero a Negro el caballo, por supuesto. Negro el peruano nunca podría correr con tanto peso. Y a los cubanos ni se les ocurriría intentarlo. Nuestra premura en la retirada envalentonó a los soldaditos, y tuvimos que apurarnos aún más. Por lo tanto, podemos hablar mejor de autoestímulo transferido, más que de pánico.

El hostigamiento enemigo no menguaba, así que más adelante me vi obligado a dejar la mitad de los combatientes, 12, cubriendo nuestro repliegue táctico por las márgenes del río. Miguel, Coco y Pocholo marcharon delante, buscando un punto donde atrincherarnos y dar lugar a un pequeño Stalingrado.

Resolví tomar un descanso, pero en eso llegó Camba reportando que habían abatido a Ricardo y Aniceto mientras cruzaban el río. Lo envié por Miguel y Pocholo, con indicaciones para Coco de que siguiera procurando un escondite. Ordené que Urbano, Ñato y Camba fueran a recoger los heridos con dos caballos. León me recordó que Camba acababa de salir en busca de Miguel. Mandé entonces al propio León con Urbano y Ñato. Les dije que no cogieran al Negro para esa tarea. Ñato sacó a colación que el Negro había escapado. Me dieron ganas de aplastarle la nariz, pero al instante comprendí que sería inútil y me limité a gritar un poco.

Luego apareció Camba de nuevo para decir que los soldados lo habían pillado junto con Miguel y Pocholo. Me exasperó, puesto que los tres pasaron directo al area de combate sin detenerse aquí a recibir mis instrucciones. Grité más. Camba reclamó órdenes. Lo mandé de vuelta con refuerzo: Eustaquio, quien me aseguró que ya no cierra los ojos al disparar. El Chino e Inti se ofrecieron para ir también. Denegué la solicitud. Me quedé sólo con el Chino, Inti y Pombo, aún convaleciente de una herida en la pierna. Fue una situación de alto riesgo para la comandancia y, en consecuencia, para el ELN. Nada que hacer, los avatares de la contienda lo exigían así. Enseguida nos adelantamos buscando el escondite de Coco. Lo encontramos. A Coco, sin escondite.

Ya era la una de la tarde y no había almuerzo.

Poco después apareció Camba por tercera ocasión, e informó que Raúl había muerto y que Pacho estaba herido. Pregunté por Ricardo y Apolinar. Camba contestó que Ricardo estaba muy mal herido; que de Polo no sabía nada desde que nos separamos de él, Joaquín y el resto de la rataguardia hace tres meses; pero que Aniceto, el otro imprudente que cruzó el río, estaba ileso, si bien casi se ahoga por esconderse tanto tiempo bajo el agua.

Al atardecer se incorporaron los demás combatientes y me enteré de primera mano de los detalles de lo acontecido. Olo y Raúl consiguieron distraer a los soldados para que Arturo y Pacho sacaran a Ricardo y Aniceto del río. Arturo sacó a Aniceto, que se hacía el muerto y ya estaba tragando agua. Por su parte, Pacho arrastró a Ricardo hasta las malezas de la orilla. Los soldados descubrieron la operación de rescate muy tarde. Arturo se desplomó entre los matorrales de la orilla por el peso de Aniceto, hinchado de agua. Pero Pacho soltó a Ricardo y, antes de cubrirse, tuvo la ocurrencia de vociferar un improperio hacia los soldados llevándose la mano a la entrepierna. Como consecuencia de su insensatez se llevó un tiro en el escroto. Entonces se dio la vuelta para protegerse, y le dieron otro balazo en una nalga. En ese instante Raúl le gritó a Pacho que se escondiera de una vez, y recibió un letal disparo en la boca.

La retirada de los sobrevivientes hasta nuestra posición fue muy penosa, sobre todo por los heridos. A Pacho lo doblaron sobre un caballo. Sin embargo, a Ricardo hubo que transportarlo en hamaca por turnos. Willy y Chapaco se negaron a cargar, alegando dolor de espalda el uno y problemas con el calzado el otro. Si tuviera más hombres fusilaba a esos dos hoy mismo. Willy, además, perdió su mochila, en la cual se encontraba la última bolsa de plasma, ahora necesaria para salvar a Ricardo. Le hice un curativo a la nalga herida de Pacho. El escroto fue perforado, pero por suerte el proyectil no tocó los testículos. No quiso que yo se lo cosiera. Ricardo murió a las 10 de la noche. A Willy y Chapaco les tocó cavar la fosa.

[…]

4 comentarios:

  1. Habria que enviarle el primer ejemplar de la edicion de lujo al Cama-Andante

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  2. Esto es de lo mejor que se ha escrito, de veras. Chapeau! Me he reído tanto, lo de la conducta que sólo lo conducirá al tasajo. La confusión en el Negro caballo y el Negro peruano, genial. Lo de "rataguardia" no sé si lo hiciste a propósito, pero te quedó buenísimo. Y sin duda, las escenas de sangre siempre, siempre, te quedan divinas. Y el Ché ya va apendejándose, se siente, bueno, pendejo siempre fue, al menos se siente que se le van bajando los humos.

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  3. Ya sabemos como al Che le hubiese gustado fusilar a unos cuantos de sus propios hombres...!!! Alargaron unos meses de vida gracias a que eran pocos! Muy bueno, Don Guicho!

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  4. Insuperable, Güicho, pero en la próxima entrega vuelves a superarte.

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