30 sept. 2007

Manolitow o De Cómo La Envidia Nos Parió Al Comunismo


A comienzo de los años 80 las guardias del CDR las hacía siempre con Manolito. El tenía más de 60 años. Algunas de sus nietas pasaron la primaria junto conmigo. Para mí resultaba como un abuelo. En definitiva no conocí a mi abuelo materno, murió cuando yo estaba recién nacido.

Manolito era un negro flaco que no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, lo que decía era muy inteligente. Nos sentábamos en el escalón de su casa, y nos quedábamos media hora sin hablar. Luego el contaba algo. Quince minutos después yo comentaba o hacía una pregunta. Veinte minutos más tarde Manolito respondía. Y así se iba la noche. Nunca perdíamos el hilo. Nunca había prisa. Manolito había vivido mucho, y lo que es mejor: entendía lo que había vivido. Su sabiduría de la vida estaba exenta de moralismo y de ilusiones. No sobraba nada. Aprendí mucho escuchando lo que me contaba. Creo que al menos comencé a intuir la naturaleza humana. No digo entender, porque eso demora toda la vida.

Manolito había sido soldado del Ejército Rebelde. Soldado raso. Entre el 59 y el 63 fue policía militar. Luego se quedó en el ejército, en la logística. Cuando se retiró a comienzo de los años 80, tenía el grado de Capitán de las FAR.

Era oriundo de un pueblo en el interior de Oriente. Empezó a trabajar con 17 años en el central Niquero, y allí estaba todavía cuando optó por unirse a los alzados en 1958 para intentar mejorar su suerte.

Entró al central, de propiedad americana, sin tener oficio. Por esos días el electricista del central necesitaba un ayudante, un mozo que le pasara las pinzas, cargara las cosas, lo ayudara con la escalera, etc. Y lo pusieron allí. Todos los técnicos e ingenieros eran americanos. El electricista naturalmente también. Manolito sólo veía hacer al americano, y le alcanzaba los instrumentos. Pero el negrito era una esponja. Hasta aprendió el inglés, o al menos a comprender lo suficiente para trabajar. Tres años después el americano acabó su contrato y no quiso renovar, había ganado bien en la jungla, pero ya estaba harto de Cuba. Se fue a Panamá. Al canal, que igual era jungla, pero pagaban más y habían más paisanos. También era zona militar, y los que prestaban servicio civil allí no eran llamados por el Army. Pocos meses antes los japoneses habían cometido el error de autoestima más grande de la historia y convertido en chatarra la mayor parte de la Flota del Pacífico de la US Navy, anclada en una bahía al sur de la bella isla hawaiana de Oahu.

La compañía dueña del central comenzó a buscar un sustituto en los EE.UU. y en la isla. Puso anuncios. Pero nada. Habían pocos hombres calificados disponibles. El ejército y la industria del armamento tenían más autoridad y más dinero respectivamente.

En eso se rompe algo en la planta eléctrica del central. Algo serio, de lo peor que podía pasar. Y se quedan sin energía las maquinarias. Se para la producción. En plena zafra de 1942. EE.UU. estaba comprando todo el azúcar. No la cuota. Toda. Y si sacaban más, también. Varias horas transcurren y el manager manda a buscar a Manolito. El americano le dice:

- Look, Manolitow, ya llamé al electricista del Preston y hasta al de Manatí, pero tienen mucho trabajo allá, demoran. Tu crees que puedas arreglar esto?
Manolito, que se había casado con Ofelia unas semanas atrás y estaba esperando el primer hijo, responde:
- Mister, yo creo que sí… que puedo…
- Look, Manolitow, si tú consigues arreglar esto, puedes quedarte con el puesto de electricista…
- Yo lo arreglo, Mister…
- Con el mismo salario del electricista, Manolitow, OK?
- OK, Mister.

Tres horas más tarde el central estaba moliendo otra vez… Y dos días después estaba parado de nuevo. Pero esta vez no había nada roto. Había una huelga. Unas horas antes los jefes de la CTC en el central habían tenido una audiencia con el manager. Le habían dicho que no podía ser que un muchacho, que llevaba apenas tres años en el central, estuviera en el puesto de electricista ganando mucho más que los otros obreros. Le presentaron una lista de sus trabajadores afiliados que llevaban veinte años de servicios. Podía escoger. El americano no cabía en su asombro. Trató de explicarles que ninguno de ellos sería capaz de hacer el trabajo, que sino tendría que traer a otro americano, que era una ganancia para los trabajadores cubanos si uno de ellos, igual un joven, ascendía… No hubo arreglo, y el americano se encabronó y los mandó a salir.

Pero la huelga, a la que se sumó furiosa la totalidad de los trabajadores cubanos del central, el americano sólo la aguantó una tarde. Era mucho dinero. De nuevo hizo llamar a Manolito:
- Look, Manolitow, no puedo cumplir lo que te dije. Me sale muy caro con esta huelga, es igual que si la planta está rota...
- No es culpa suya…
- Es tu gente, Manolitow, es tu país, yo no lo entiendo
- Yo tampoco, Mister.

Manolito siguió de asistente, cobrando como asistente, y haciendo el trabajo del electricista, hasta que llegó uno nuevo, un cojo de Lousiana.


– Manolito, que fue de aquellos mierdas, los de la CTC del central? –quise saber.

– Aún dirigen la CTC… y además el central –me respondió.

4 comentarios:

  1. Soy Marcel Gascón, el de la carta de Bucarest del malentendido. Dijiste que estuviste en Bucarest durante el ceausismo. Qué sensaciones trajiste? Tienes alguna relación con Rumania?

    Mi mail es gascon.marcel@gmail.com

    Me interesaría saber más cosas de la RUmania socialista.

    Un saludo.

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  2. Hey, Marcel, sí, allí estuve.
    Luego te paso un mail.

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  3. Güicho, te estás superando bro. Degusto las historias y me queda un magnífico sabor de boca. Mi enhorabuena.

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  4. Coño, muchas gracias, Caminante!

    Oye, si vas a Buenos aires, no dejes de pasar por el Ateneo. Es más, te pondré un post.

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