27 sept. 2007

¿Pionero? ¡Socio!





A mi socio Julio César lo conocí en segundo grado. En primer grado tenía un amigo llamado Aníbal, pero era un tipo aburrido. Si le dabas un sopapo fuerte, enseguida lloraba. Y resultaba prácticamente inevitable darle algún sopapo. Era muy cabezón.

El socio Julio, en cambio, se fajaba con entusiasmo por cualquier cocotazo. También era difícil no sonarle uno, pues iba siempre pelado al cero, o sea, rapado al coco. Y con una ignominiosa moñita encima de la frente. Siempre me pareció el corte de pelo más humillante posible. No por el rapado, desde luego, sinó por la moñita en la punta. Esa moñita era infamante. Mi propio pelado no era muy elegante tampoco. Generalmente me cortaban bajito por los costados y la nuca, pero me dejaban la parte superior, el techo, con una capa mayor de cabellos. Según la época sería el corte de un soldado medieval, un miembro de la Hitler-Jugend, un rapero, o un retrasado mental.

Julio, además de la moñita, con siete años ya usaba unos espejuelos que parecían los fondos de dos botellas de aquellas verdes de aceite. En realidad los cristales eran incoloros, pero él tenía los ojos verdes, y con el tremendo aumento parecía todo el cristal de ese color. Mucho no lo ayudaban aquellos lentes: Sacaba notas mediocres y era malo en casi todos los juegos. Encima de eso, nunca le daban permiso para salir hasta tarde a jugar. Pero el muchacho tenía el control absoluto del negocio de trueque en nuestra escuela y en otros tres colegios vecinos. Julio cambiaba de todo, y siempre con un provecho y una ganancia considerables: juguetes, animales, libros, herramientas, golosinas, prendas, instrumentos, piezas de lo que fuera, y si aparecía alguna otra cosa, también. Estoy convencido de que hoy día, donde quiera que se encuentre, será millonario.

El business lo llevaba en la sangre. Su abuela Eurípida –también eran viciosos a los nombres clásicos en esa familia– fabricaba y vendía caramelos de benadrilina. Tenían mucho éxito entre la chamacada del barrio. Algún tiempo después inventó unos merengues inflados con bicarbonato de sodio, que igualmente se vendían muy bien. Según me contaba mi amigo, su abuela soñaba con crear su propia fórmula de chicle. Experimentó con muchas cosas, y hasta casi lo consigue a base de alusil y queso proceso, pero nunca logró una elasticidad que persistiera lo suficiente.

En aquella familia sobraba la originalidad. Todos eran jabaos. Conocí cuatro generaciones, y por un lado o por el otro allí no habían blancos, ni negros, ni siquiera mulatos. No sé cómo lo hacían. La hermana mayor de Julio era bellísima. Tenía los ojos azules, la piel blanca ligeramente rosada, y las facciones de una diosa celta. Con su spendrum rojizo el contraste era alucinante. Unos años más tarde, yo hubiera traicionado a la patria por aquel ejemplar de la especie. El padre era marino mercante. Traía muchas cosas cuando regresaba de un viaje, y la madre las iba vendiendo. Cuando estaba en Cuba, entre un viaje y otro, siempre era de vacaciones. A veces eran varios meses seguidos de vacaciones. Era un tipo muy chévere que nos llevaba a cazar gatos. Se había traído un rifle de aire comprimido del extranjero. Ignoro como pasó la aduana. Aquellos safaris de gatos tenían lugar en los tejados y azoteas del vecindario. Eso sí, nunca nos comíamos los gatos. Aún faltaba mucho para el periodo especial.

Julio César tenía otra cualidad importantísima: era sumamente generoso con los socios. ¿Que querías? ¿Un lagarto? ¿Una rana? ¿Un chocolate? Pues Julio metía la mano en su mochila y te lo daba. Claro, a veces tenía primero que luchar con la rana para quitarle el chocolate.
También podías decirle:
-Julio, este sapo que me regalaste canta muy feo, cámbiamelo por un canario.
Si Julio no disponía de un canario, encontraba y convencía a alguien. De manera que un buen día ese alguien se aparecía feliz en su casa con un sapo nuevo, para asco de su afligida madre, cuyo canario se había escapado poco antes.

Para ayudar a Julio a mejorar sus notas abrimos con otros dos fiñes un círculo de estudio. El número de cuatro demostró ser ideal, sobre todo para jugar dominó y barajas. Luego la mamá de Julio se extrañaba de nuestros debates docentes:
-¡Cabeza de melón, no metas más forro!
-¿Tú eres ciego o socotroco? ¡¿No ves que yo paso?!
-¡Venga, capicúa!
El garito fue clausurado. Pero qué más daba, poco después, no sé de donde, llegaría un genial invento para disparar fósforos, y haría blanco en nuestros corazones.

4 comentarios:

  1. Hola Güuicho

    gracias por el largo comentario.

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  2. La familia jabá... hay quienes dicen que los que son como esos que describes, más que de africanos, tienen de isleños.

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  3. Oye, Freezer, sangre guanche, eso? Coño, sí, ahora que lo pienso parecían kabiles bereberes, Zinedines. Mi socio era un guanche! Mira tú, si le encantaba tirar piedras!

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  4. El invento para disparar fosforos era la liga? En Las Villas tambien nos disparabamos en el aula, tacos. Los tacos eran hechos de papel doblado y vuelto a doblar hasta que ya era muy dificil doblarlo en "V" por ultima vez y asi se ponia en la liguita y Suabana! el tacazo. Pero recuerdo un dia llego uno de La Habana tirando fosforos doblados y ese nos gano a todos. De ahi, dejamos los tacos y usamos los fosfors. De La Habana siempre nos llegaba lo ultimo de lo ultimo.

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