10 oct. 2007

La Gran Carga Curda

Uno de los combates más impresionantes de la Guerra de los Diez Años, y que sin embargo no es muy conocido, fue protagonizado por la brigada de Antonio Monzón, el Embudo de Mayarí, y aconteció el 8 de Octubre de 1873. Quedó registrado en los anales de la contienda como La Gran Carga Curda del Paso del Angel.
Allí perecieron 416 soldados y 27 oficiales españoles. Incluyendo a un sobrino del Conde de Valmaseda, jefe supremo español en el Oriente, y a la temida contraguerrilla guantanamera de Los Manganelos. Por la parte cubana hubo tan sólo 8 muertos en combate. Y un ahogado. El sargento Pancho Cedeño quiso engullir de una vez tres chorizos capturados y, como se había apartado para no compartir, no se le pudo socorrer.

Por enésima vez convencido de atrapar al jefe insurrecto Antonio Maceo, el general español Blas Villate, Conde de Valmaseda, había prolongado su salida de operaciones en la llanura del Cauto, concentrando sus 5000 efectivos de todos los institutos en la zona de Cabezas, donde la sierra entronca en el llano.
Aunque rápidamente había dado con los alzados, tras una semana no había logrado sacarlos de la intrincada manigua. Ya la tropa estaba perdiendo los ánimos, y los víveres se habían vuelto escasos. Además, un intenso malestar dominaba a los soldados españoles: Muchos padecían de desenfrenadas diarreas. La causa eran los gérmenes del trópico. Y de catalizador actuaban los continuos asaltos rompecerco, que a base de machetazos y plomazos a bocajarro intentaban los sitiados en el denso monte, donde ni la artillería ni las formaciones de infantería españolas resultaban efectivas. Como dormir entre machetazos, cólicos y mosquitos era un propósito imposible de consumar, los quintos y voluntarios presentaban un aspecto físico deplorable, así como la energía moral de un gitano labrando. Debido a esta situación Valmaseda reclamó a Santiago de Cuba el suministro urgente de alimentos, medicinas y ron.
El jefe de la plaza, general Simón de la Torre, dispuso el envío de todo lo preciso. Menos el ron que no había suficiente en reserva. Afortunadamente pudo hallarse una solución con la fragata Infante Don Alfonso, a la sazón en el puerto santiaguero, que recibió órdenes para la compra de ron jamaicano en Montego Bay. La idea provenía del joven oficial Francisco Marín y Villate.
Una vez que regresó la fragata, el teniente coronel Marín partió raudo con 450 soldados frescos y ron suficiente "para matar a todas los inmundicias de la sierra". Una expresión que resultó muy celebrada en la despedida por parte de los oficiales de la administración de Santiago y de la guarnición del fuerte de San Juan, a la salida de la ciudad. El intrépido joven iba orgulloso de ser útil a su ilustre tío en una importante empresa. No pocas veces los destinos fatales van precedidos de augurios de gloria.

Pocos días atrás el mayor general Máximo Gómez, jefe supremo cubano en el Oriente, se había entrevistado con Toño Monzón en el puerto serrano de Las Cruces. Preveía el envío de refuerzos para Valmaseda desde Santiago de Cuba.
– ¡Ombre, a usted ay que matarlo para pasar por aquí! –le advirtió Gómez, con su peculiar manía de omitir las haches.
El Embudo de Mayarí comprendió, sobre todo por la violencia con la que Gómez escupió al suelo tras decir aquello, que debía evitar a toda costa que los refuerzos enemigos lograran atravesar la sierra. Así que emboscó a sus hombres, 85 en número, cuatro leguas más adelante, en un pintoresco paso del angosto camino serrano de Santiago a la llanura del Cauto. Dos días llevaban destilando y empinando agua de cañón, el aguardiente de campaña, cuando el vigía anunció la proximidad de las fuerzas españolas. Segundo Silva, expanadero y explorador, llegó corriendo algunos minutos más tarde:
– Llevan tantos mulos con barricas de ron, mi brigadier, que el aroma se siente a una legua –reportó ante Monzón, ya enfebrecido de ardor patriótico, que ordenó entonces prepararse para el combate.

El Paso del Angel es un tramo de camino de medio kilómetro largo y unos 30 pies de ancho entre dos montañas. Con una de éstas colinda por un lado, mientras que por el restante una inmensa faralla lo separa de la otra elevación. Para llegar al paso el camino contornea la montaña de forma ascendente. Toño Monzón, con la lucidez estratégica que no le abandonaba ni en la oscuridad más espesa de sus sentidos, se dispuso a organizar la batalla. Colocó 20 rifleros comandados por el capitán Flores al flanco del camino, guarecidos en las malezas cubrían el corto segmento de ladera que permitía su ascenso. Otra docena de tiradores, los mejores, apostados más arriba debían decimar al enemigo a tiro certero y cubrir de fuego la retirada española, al disponer de magnífico blanco sobre la subida al paso. El resto, jinetes todos, dispuestos tras un recodo del camino, cargarían apenas los peninsulares se obstruyeran toda movilidad ocupando el paso completamente.

A la espera del momento adecuado para ordenar la carga, Toño Monzón colocó su caballo frente a sus hombres y se irguió sobre los estribos. Allí estaban, mal vestidos, hirsutos los cabellos, sin asear los rostros, sudorosas las manos en las riendas de los brutos y en los mangos de los machetes, brillantes los ojos de dias de alcohol impuro e intransigente. Más allá del remoto y ajeno ruido de la vanguardia ibérica aproximándose confiada sólo se escuchaban los sonidos del monte: el canto de los tomeguines y los sinsontes, el chirriar y zumbar de los insectos, el crujir de las ramas al viento, y el jadeo del alferez Quiñones vomitando a un costado. Entonces se oyó la voz del Embudo de Mayarí, seca y ecuánime esta vez:
–¡Compatriotas... la patria... machete con los gaitos!... ¡Paco [el corneta, n. d. a.], suena la mulata [la corneta, n. d. a.]!

Sorprendida, la vanguardia española, compuesta por 50 voluntarios guantanameros, fue arrasada por el impacto terrible del arma blanca cubana, empuñada por aquellos demonios de aliento vaporoso. Era la famosa contraguerrilla de Isidoro Mangán, un bravo guerrero cubano al servicio de España. Este individuo jamás se interesó por la política. Hasta el día en que la tropa del coronel mambí José Maceo, sin siquiera pedir permiso, le comió sus seis puercos: Aníbal, Julio Cesar, Cleopatra, Marco Antonio, Octavio Augusto y Rabilindo.

El centro de la columna hispana, víctima de descargas cerradas desde las alturas, viendo un cuadro tan sangriento ante sí, y sin posibilidad de desplegarse, cayó en pánico. Los disparos y el desorden provocaron la consiguiente reacción de los numerosos mulos de carga, unidos en arreos de una docena de animales. Varios de estos arreos, presas de un pavor desaforado, se arrojaron al vacío, arrastrando consigo a numerosos quintos.

Escenas apocalípticas, apenas descriptibles, se desarrollaban bajo aquel cielo serrano. En un saliente, una docena de españoles, encorvados por temor a las balas, luchaban desesperadamente contra un arreo de mulos, que les cerraban el paso. Con una bestia colgando ya barranco abajo por cada extremo, los mulos vacilaban entre el terror propio y el peso de sus congéneres por una parte, y el espanto y las fuerzas de los soldados por la otra. Mientras tanto, junto al comienzo del saliente y sin desmontar de su caballo, Rafael Arístides Chacumbele, descamisado guerrero natural de Guinea, entre una risotada y otra pinchaba con la punta del machete al mulo más cercano gritando contento:
– ¡Eto va bajo, su meisé!

El teniente coronel Marín trató inútilmente de contener el empuje de los atacantes. A la cabeza de tres docenas de dragones, los últimos que aún disponían de vida, montura y valor de 120 que habían sido, le salio al paso a los insurrectos. La ventura de la pelea lo enfrentó con el teniente criollo Manuel Alfonso Villalona, hombre de una fiereza legendaria. Durante un rato, con su buena esgrima, el joven oficial logró brindar resistencia a los golpes de machete. Mas, cuando el pundonor ibérico empezaba a ceder ante la razón y la otra mano a buscar la funda del revólver, un escupitajo del enfurecido cubano, empedernido mascador de tabaco, le cegó el ojo derecho al español. Estupefacto e indignado, Marín perdió por un instante la concentración. El ojo cubierto por aquella sustancia viscosa no percibió algo, y un tajo bestial de machete en el parietal derecho lo echó a tierra.

Más allá, al centro de la columna, tres pelotones de infantería de La Rioja formaban cuadro tras un parapeto de mulos sacrificados. Se encontraban frente a frente con los tiradores cubanos, con los que intercambiaban balazos y palabras gordas. Los cubanos emulaban en decir los improperios más horrorosos. Todos menos Feliciano Chang, que debido a su reservada naturaleza asiática se limitaba a gritar entre tiro y tiro:
– ¡Malicones, malicones!

Después de hora y media de disparos y centellar de filos en el aire, yacían cadáveres mutilados por todo el paso y la subida. Los últimos fugitivos habían sido abatidos a machete por sus perseguidores. Pero los infantes riojanos continuaban luchando. Sin embargo, ahora tenían que vérselas con los tiradores superiores, a los que se habían sumado dos docenas más, con fusiles y municiones del botín. Tras otra media hora se rindieron los ocho que quedaban con vida, pese a las protestas de los hombres de Monzón, que querían seguir en el tiroteo.

Cuatro días más tarde Antonio Maceo rompió el cerco de Valmaseda en Cabezas y se abrió camino en dirección a Jiguaní. Las extenuadas tropas españolas no consiguieron seguirle.

6 comentarios:

  1. Que comico lo de los nombres de los puercos!
    La historia tiene cada cosas...

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  2. Ja ja ja, parece una historia contada por Juan Padrón, en un estilo que alterna entre Elpidio Valdés y Vampiros en la Habana

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  3. Buenisima la cronica esa!
    Y contada como un corresponsal.
    No la conocia!
    Siempre fui un quemao a estudiar el combate de Maceo en Peralejo... donde vence a Martinez Campos... Maceo con 700 mambises y los enemigos con cerca de 1300. Ahi se echan a un general gaito. Y fue la mayor victoria del titan.
    Pero este combate esta interesante. Lo copio y lo paso pa mi biblioteca, asi mismito como esta escrito.

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  4. Pepe, el general gaito que cayó en Peralejo, Fidel Alonso Santocildes, fue el que liquidó a Martí en Dos Ríos.

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  5. Especial compadre, de verdad, muy bueno de principio a fin. despingao de la risa con el esfuerzo del chino.
    nos vemos. Tony.

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  6. Asi que Fidel se echo a Marti y luego Maceo se echo a Fidel. Buenisimo eso. La historia pasa la cuenta. Y eso que el Fidel cuentan que llego tarde al combate, como refuerzo a Martinez Campo.

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