30 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos VI

Regalos
La primera noticia que Balboa tuvo del otro océano fue por boca de Cachita, una india que le regaló su padre, el de ella, un cacique llamado Careta. Fray Zumárraga la bautizó como María Caridad de los Rosales a solicitud de Balboa.
El cacique Careta había perdido una escaramuza contra Vasco y sus hombres a pesar de contar con más de 500 indios contra apenas 60 conquistadores y un negro: Juan Agramonte, encargado de cargar todas las provisiones y los utensilios de los españoles. Sin embargo, como era un hombre práctico, Careta se sometió a Balboa, y le ofreció su amistad, así como suministrar los víveres suficientes para la colonia. Ahí Vasco le obsequió vino de Jerez al jefe aborigen. Entonces Careta, eufórico, le entregó al conquistador a su hija más bonita, Uraka. Vasco aceptó a la sensual catorceañera, y le sirvió más vino al cacique. Careta mandó a buscar a su esposa más valiosa, Pakana, y se la ofreció a Balboa. El conquistador observó a la india cuarentona, y rechazó el presente. No se dejó convencer por los argumentos de Careta sobre la fuerza de Pakana para las labores agrícolas, ni sobre la inigualable sopa de iguanas que sabía preparar. Pero, para calmar al contrariado cacique, Vasco propuso asaltar y aniquilar a alguna tribu rival del jefe. A Careta se le iluminó el rostro y gritó:
- ¡A ese cacique degenerado de Comagre, ahora sí que le llegó su hora!
Los españoles pernoctaron en la aldea agasajados por los nativos. Y el primer comentario de sus hombres en la mañana, cuando el capitán salió de la choza con la hermosa indígena, fue:
- ¿Vasco, qué tal la urraquita?
Inmediatamente Balboa le pidió a su confesor que la bautizara, y desde ese momento se llamó Cachita.
Poco después se retiraron a Santa María la Antigua para preparar la expedición contra el cacique Comagre. Ya en la villa, Cachita le contó de otro gran mar detrás de las montañas, y Balboa descubrió su destino. A partir de ahora tenía un objetivo concreto. Se lo dijo a su confesor, fray Zumárraga. Y el confesor de Miguel de Zumárraga, fray Cabezuela, sentenció:
- El camino al otro mar pasa por las tierras de la tribu de ese Comagre. Si es cierto, allí lo sabrán mejor. ¡Dios todopoderoso es nuestro benefactor!
Balboa llegó a reunir 150 hombres, incluyendo al propio Pizarro, que esta vez no quiso quedarse cuidando a Santa María. Mas el asalto a Comagre no resultó lo esperado. El astuto hijo del cacique, nombrado Pankiak, se adelantó y abordó a los españoles en el camino, mientras leían los requerimientos a cuatro leguas de la aldea de su padre. Dijo clara y repetidamente que sí. Esto causó un gran disgusto en la tropa. Pizarro estuvo a punto de degollar al joven indio, pero Balboa se opuso. La ley era la ley. Además, si hacía lo que Pizarro quería, podría acostumbrarse, y quién sabe a quién le tocaría la próxima vez colocar el cuello bajo la daga del extremeño.
Pankiak llevó a los conquistadores hasta la aldea principal de su tribu, donde Comagre y los suyos, bien emplumados, los esperaban con tambores y flautas. Adentrándose en el bello poblado, los iberos se asombraban de las dimensiones. Tal vez albergaba cinco mil indígenas. Abundantes cisternas públicas mostraban el carácter previsor del jefe Comagre y sus súdbitos. Fray Zumárraga no pudo resistirse a comentárselo a fray Cabezuela. Y también le dijo:
- ¿Habeis observado, padre, lo empinado del busto de estas indias?
- Por mi fe, que sí lo veo -repondió el otro franciscano.- Con ese orgullo pagano que tienen, ya ardo en deseos de entrarles con el catequismo.
- Si os fijáis con detalle -agregó el padre Miguel- ellas usan unas cintas bajo el busto y hacia esos graciles cuellos, que evidentemente las favorece.
- Ciertamente, padre, el efecto educador de esa costumbre no puede negarse -concluyó Cabezuela.- Creo que serán grandes receptoras de nuestra fe, si Dios, nuestro Señor, así lo quiere.
- ¡Alabado sea el Señor!
- ¡Y la vírgen, padre, también la vírgen!
- Eso es, padre. Vírgenes. Eso.
Y ambos se persignaron.
Comagre y sus consejeros recibieron a los forasteros en la enorme cabaña ceremonial. Tenían una sorpresa para los castellanos. Estos, perspicaces como su estirpe, temían una sorpresa. Así que dejaron las armas discretamente desenfundadas, y se acomodaron sentándose en el suelo cubierto de coloridos tapetes rústicos, hechos de los suaves filamentos de alguna planta tropical desconocida. Para una cosa o la otra convendría estar prestos a empuñar las armas. Y entonces sucedió. Sin previo aviso, entraron seis indios y vaciaron sendos sacos sobre el centro de la cabaña. Era oro. Hermosas piezas de arte, joyuelas de oro fino, y grandes pepitas. Antes de que Balboa pudiera hacer nada, sus hombres se abalanzaron sobre el preciado metal. Con las armas en la mano. Y se armó la de Dios. Se dieron tajos y cuchilladas. Se patearon. Y se escupían mutuamente blasfemando sin parar. Sólo los frailes se quedaron apartados de aquella orgía de codicia, pues estaban desarmados.
Balboa y Pizarro, que logró sacar a sus dos hermanos del tumulto para que ayudaran, se pusieron a vociferar amenazantes y dispararon varias salvas de arcabuces al aire hasta conseguir, al cabo de 20 minutos, controlar la situación.
En el centro de la cabaña yacían cuatro españoles muertos, y otros dieciseis sangraban de heridas de arma blanca.

8 comentarios:

  1. No entiendo que tenía de malo la cuarentona. En un final, los gaitos probablemente no tenian mucho que perder.
    En cuanto al salpafuera cuando vieron en oro, no me extraña...

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  2. Parece ser que los gallegos han padecido siempre del mismo mal: perder la cabezxa por unas pesetas

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  3. Bueno, bueno, lo de perder la cabeza por los chavitos nos viene entonces de atrás.

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  4. Güicho, no sé si leíste alguna vez "Esta maldita lujuria" de Brailovsky. Yo la leí hace tiempo, pero recuerdo un extenso memorial al Rey en que se daba cuenta del salpafuera que tenían armados los conquistadores en las colonias... a causa de "Esta maldita lujuria"... Tu narración me ha recordado el tono sabroso de aquella

    Otra cosa, esa Cachita no la conocía, pero me suena a que es medio hermana medio prima de la Malinche???

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  5. AlgoDar,
    precisamente con todas las indias frescas no había nada que perder, o sea, que desperdiciar. Bueno, en serio, una cuarentona de una comunidad paleolítica era ya casi una anciana.

    El salpafuera sucedió efectivamente, según las crónicas históricas, y el cacique acabó bajándoles un sermón a los cristianos.

    Jinete, Analista,
    esa primera oleada de gaitos era la crápula y el desespero metidos en la bodega de una carabela y zarandeados hasta la fusión en dos meses de travesía.

    General,
    no conozco a Brailovsky ni su obra, aunque al menos aposté a que era argentino al leer tu comentario.
    La buscaré.

    Cachita -cuyo nombre real indio o cristiano no mencionan las fuentes- existió y, además de ser amante e intérprete, le salvó la vida a Balboa advirtiéndole de una conspiración indígena, lo cual condujo a la ejecución de los principales caciques. Si no es la hermana gemela de Malinche, entonces la sacaron de la misma incubadora.

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  6. Que buen pisar el de los gaitos, rumiando pesetas e indias desde los primeros meses...

    guicho, tus relatos me hacen confirmar que la historia de estas tierras siempre ha sido un eterno baragua. ;)

    g.a. cono man dinos al menos que se llama Antonio Elio. JulioA.Lopez escribiO algo del tipo en el caiman barbudo hace mucho tiempo, pero ahora no tengo nervio para meterle cana.

    nos vemos caballero.
    T

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  7. Muy bueno tu blog, Güicho. Excelente serie.
    Saludos.

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  8. Gracias, Isis! Me alegro mucho de que aprecies a ese adnegado hombre de fe que fue fray Cabezuela.

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