30 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos VI

Regalos
La primera noticia que Balboa tuvo del otro océano fue por boca de Cachita, una india que le regaló su padre, el de ella, un cacique llamado Careta. Fray Zumárraga la bautizó como María Caridad de los Rosales a solicitud de Balboa.
El cacique Careta había perdido una escaramuza contra Vasco y sus hombres a pesar de contar con más de 500 indios contra apenas 60 conquistadores y un negro: Juan Agramonte, encargado de cargar todas las provisiones y los utensilios de los españoles. Sin embargo, como era un hombre práctico, Careta se sometió a Balboa, y le ofreció su amistad, así como suministrar los víveres suficientes para la colonia. Ahí Vasco le obsequió vino de Jerez al jefe aborigen. Entonces Careta, eufórico, le entregó al conquistador a su hija más bonita, Uraka. Vasco aceptó a la sensual catorceañera, y le sirvió más vino al cacique. Careta mandó a buscar a su esposa más valiosa, Pakana, y se la ofreció a Balboa. El conquistador observó a la india cuarentona, y rechazó el presente. No se dejó convencer por los argumentos de Careta sobre la fuerza de Pakana para las labores agrícolas, ni sobre la inigualable sopa de iguanas que sabía preparar. Pero, para calmar al contrariado cacique, Vasco propuso asaltar y aniquilar a alguna tribu rival del jefe. A Careta se le iluminó el rostro y gritó:
- ¡A ese cacique degenerado de Comagre, ahora sí que le llegó su hora!
Los españoles pernoctaron en la aldea agasajados por los nativos. Y el primer comentario de sus hombres en la mañana, cuando el capitán salió de la choza con la hermosa indígena, fue:
- ¿Vasco, qué tal la urraquita?
Inmediatamente Balboa le pidió a su confesor que la bautizara, y desde ese momento se llamó Cachita.
Poco después se retiraron a Santa María la Antigua para preparar la expedición contra el cacique Comagre. Ya en la villa, Cachita le contó de otro gran mar detrás de las montañas, y Balboa descubrió su destino. A partir de ahora tenía un objetivo concreto. Se lo dijo a su confesor, fray Zumárraga. Y el confesor de Miguel de Zumárraga, fray Cabezuela, sentenció:
- El camino al otro mar pasa por las tierras de la tribu de ese Comagre. Si es cierto, allí lo sabrán mejor. ¡Dios todopoderoso es nuestro benefactor!
Balboa llegó a reunir 150 hombres, incluyendo al propio Pizarro, que esta vez no quiso quedarse cuidando a Santa María. Mas el asalto a Comagre no resultó lo esperado. El astuto hijo del cacique, nombrado Pankiak, se adelantó y abordó a los españoles en el camino, mientras leían los requerimientos a cuatro leguas de la aldea de su padre. Dijo clara y repetidamente que sí. Esto causó un gran disgusto en la tropa. Pizarro estuvo a punto de degollar al joven indio, pero Balboa se opuso. La ley era la ley. Además, si hacía lo que Pizarro quería, podría acostumbrarse, y quién sabe a quién le tocaría la próxima vez colocar el cuello bajo la daga del extremeño.
Pankiak llevó a los conquistadores hasta la aldea principal de su tribu, donde Comagre y los suyos, bien emplumados, los esperaban con tambores y flautas. Adentrándose en el bello poblado, los iberos se asombraban de las dimensiones. Tal vez albergaba cinco mil indígenas. Abundantes cisternas públicas mostraban el carácter previsor del jefe Comagre y sus súdbitos. Fray Zumárraga no pudo resistirse a comentárselo a fray Cabezuela. Y también le dijo:
- ¿Habeis observado, padre, lo empinado del busto de estas indias?
- Por mi fe, que sí lo veo -repondió el otro franciscano.- Con ese orgullo pagano que tienen, ya ardo en deseos de entrarles con el catequismo.
- Si os fijáis con detalle -agregó el padre Miguel- ellas usan unas cintas bajo el busto y hacia esos graciles cuellos, que evidentemente las favorece.
- Ciertamente, padre, el efecto educador de esa costumbre no puede negarse -concluyó Cabezuela.- Creo que serán grandes receptoras de nuestra fe, si Dios, nuestro Señor, así lo quiere.
- ¡Alabado sea el Señor!
- ¡Y la vírgen, padre, también la vírgen!
- Eso es, padre. Vírgenes. Eso.
Y ambos se persignaron.
Comagre y sus consejeros recibieron a los forasteros en la enorme cabaña ceremonial. Tenían una sorpresa para los castellanos. Estos, perspicaces como su estirpe, temían una sorpresa. Así que dejaron las armas discretamente desenfundadas, y se acomodaron sentándose en el suelo cubierto de coloridos tapetes rústicos, hechos de los suaves filamentos de alguna planta tropical desconocida. Para una cosa o la otra convendría estar prestos a empuñar las armas. Y entonces sucedió. Sin previo aviso, entraron seis indios y vaciaron sendos sacos sobre el centro de la cabaña. Era oro. Hermosas piezas de arte, joyuelas de oro fino, y grandes pepitas. Antes de que Balboa pudiera hacer nada, sus hombres se abalanzaron sobre el preciado metal. Con las armas en la mano. Y se armó la de Dios. Se dieron tajos y cuchilladas. Se patearon. Y se escupían mutuamente blasfemando sin parar. Sólo los frailes se quedaron apartados de aquella orgía de codicia, pues estaban desarmados.
Balboa y Pizarro, que logró sacar a sus dos hermanos del tumulto para que ayudaran, se pusieron a vociferar amenazantes y dispararon varias salvas de arcabuces al aire hasta conseguir, al cabo de 20 minutos, controlar la situación.
En el centro de la cabaña yacían cuatro españoles muertos, y otros dieciseis sangraban de heridas de arma blanca.

29 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos V

Caníbales


Habían pasado apenas unas semanas desde la partida de Enciso, cuando la incertidumbre política volvió a adueñarse de la colonia del Santa María La Antigua. El legítimo gobernador de Castilla del Oro Diego de Nicuesa y sus hombres hicieron aparición en la villa.

Llegaron en un barco destartalado, carcomido por las termitas, y en un estado físico más que lastimoso. Habían fundado Nombre de Dios al oeste, pero sólo cosecharon penurias. Los nativos del lugar eran pescadores de perlas, que abundaban en sus costas. Desde luego que no era una labor estrictamente económica. Si bien las perlas servían también para el trueque, su búsqueda respondía esencialmente a fines decorativos y hasta deportivos. Por eso los indígenas no comprendieron por qué los españoles los despojaron de todas las perlas.
– ¿Acaso tiene algún valor una perla que no pescaste tú mismo? –argumentaba un cacique asombrado.

Encima, los indios eran obligados a pescar más perlas. Una actividad para la que no todos estaban capacitados. Además resultaba muy dura. Especialmente en las horas de alta marea, cuando los tiburones y las barracudas se acercan a la costa. Pero los españoles, guiados por el espíritu de eficiencia europeo, pretendían aprovechar cada hora de luz solar para la pesca de perlas por los indígenas. Estos, nada belicosos, se daban simplemente a la fuga. Un caso típico de incomprensión entre culturas diferentes.


Pronto no quedo una aldea habitada en toda la comarca, y los conquistadores organizaban incursiones tierra adentro, cada vez más profundas y penosas, para capturar indios que buscasen las perlas. Estos reemplazos pertenecían generalmente a otras comunidades que desconocían la pesca de perlas. Pese a las amenazas y fuertes castigos no resultaban productivos. Obsesionado por las perlas, Nicuesa descuidó otras labores, y al poco tiempo escasearon los víveres. Ahí les sorprendió la estación de las lluvias. Los proveedores naturales, los poblados indígenas, estaban desiertos, y la selva únicamente alimenta a quien la conoce.

Entonces, acosados por los vendavales y el hambre, los conquistadores se vieron obligados a comer cadáveres de indios. Ingirieron únicamente las extremidades, pues las incesantes e intensas precipitaciones no permitían los asados extensos. Apenas terminó la estación, con grandes penas, los sobrevivientes lograron echar a flote un navío y cabotear hacia el este hasta descubrir, con indescriptible alegría, a Santa María La Antigua.

No menor fue la sorpresa de Balboa y los colonos. Al presentarse el gobernador hubieron de acogerle, claro está. Mientras los frailes y algunos hombres se ocupaban de atender y ayudar a reponerse de sus males a los recién llegados, el cabildo reunido en pleno analizaba la situación. Le habían dado todas las vueltas posibles, y no había duda ni escape: la autoridad de Nicuesa era legítima y habrían de entregarle el poder. Compungidos veían desaparecer el fruto de sus esfuerzos cívicos. Debían subordinarse a ese Nicuesa, que había conducido a los suyos a semejante estado de miseria y necesidad. ¿Fue para eso toda la lucha con Enciso?

En eso estaban, cuando entró uno de los padres dominicanos que curaban a los de Nicuesa, y contó espantado lo que habían oído de sus pacientes. Los frailes convenían en lo terriblemente pecaminoso de haber comido carne humana. Aquel dominicano reprobó amargamente a los presentes en la reunión del cabildo:
– ¡Os apoderáis de sus bienes, os amancebáis con sus mujeres, y ahora os alimentáis de sus carnes también!

Primeramente hubo risas. Balboa dijo algo sobre un "jamón de indio", lo que provocó mayor hilaridad. Pero Cabezuela, que llevaba el acta de la reunión del cabildo, interrumpió el regocijo general para dar la razón a los dominicos. No era posible aceptar trato con esos hombres que habían comido carne humana. No cabía en sus funciones juzgarles. La magnitud del mal era superior a las facultades de los presentes. Nadie ponía en duda los poderes de gobernador de Nicuesa. Nadie rebatiría su autoridad militar. Mas los cristianos residentes no podían tratar con aquellas gentes so pena de pecar igual que ellos. Balboa se llevó la idea al vuelo, y se tragó la risa para darle la razón al franciscano, mientras fray Zumárraga se apuraba en explicársela al noble don Francisco Pizarro.

Al día siguiente los magistrados Balboa y Pizarro hicieron comparecer a Nicuesa y los suyos. Se les interrogó sobre los hechos, que fueron confirmados por todos ellos, en vista de lo cual se les hizo saber la decisión de los magistrados, avalada por los frailes y todos los residentes. En Santa María no había obispo todavía. Nadie allí podía decir a quién incumbía juzgarles. ¿Al tribunal de la Audiencia en Santo Domingo? ¿A la Santa Inquisición? ¿O quizá sólo a la última instancia más alta, Dios mismo? Pero no podían andar en tratos con los pecadores, que debían abandonar inmediatamente la Colonia. Les darían alimentos como obra de caridad, pero nada más. Debían marchar con lo mismo que vinieron. El tribunal ordenaba explícitamente el uso de la fuerza en caso de negativa, así como la expulsión de todo aquel que les suministrase un solo clavo. Por supuesto, si Nicuesa regresase con una sentencia absolutoria o documento equivalente emitido en la instancia que se estimase competente por la autoridad correspondiente, sería bienvenido y reconocido en su cargo, que no dejaba de estarlo en ningún momento. Mas los escrúpulos cristianos que aquí obraban eran así mismo legítimos e innegables.

Se les entregó víveres y agua suficientes, pero no se permitió asistencia técnica, ni suministro de materiales. Para los servidores que los atendieron el primer día se organizó una misa y una acción purificadora, que incluía una procesión alrededor de la villa portando la virgen y quemando incienso, cuyo humo se arrojaba a los purificados. Un espectáculo doloroso para los de Nicuesa, ya a bordo del barco, porque se efectuó ante su vista. Los desdichados, muy desmoralizados, apenas se atrevieron a insistir un par de veces en que al menos les permitieran reparar la nave carcomida, que hacía agua continuamente por doquier. En vano ofrecían sus perlas a cambio.

Milagrosamente sólo se hundieron cuando en el horizonte ya divisaban a La Hispaniola. No se salvó ninguno.

Tras estos turbulentos acontecimientos la colonia de Castilla del Oro pudo por fin prosperar para la gloria de Castilla y de Dios. Balboa era el hombre idóneo para mantener alta la moral de los conquistadores y encauzar las energías de aquellos hombres emprendedores, que ahora pasaban el tiempo libre en espectáculos de perros. Balboa usaba aquellos feroces mastines de guerra para despedazar vivos a prisioneros indios. No por maldad, sino por deporte. Aún no habían toros bravos en las indias. Se apostaba mucho.
– ¡10 maravedíes a que San Sebastián le arranca el brazo a ese indio!


San Sebastián era un enorme mastín, propiedad personal de Balboa, que lo había nombrado así en recuerdo de Juan de la Cosa. En la nave de ese antiguo piloto de Cristobal Colón había arribado el mozo Balboa a La Hispaniola desde Cádiz. Años después, al trasladarse al Darién, se enteró de la muerte del veterano capitán durante la primera incursión de Ojeda: Los caribes lo ataron a un árbol en el camino de retirada de los españoles, y lo acribillaron a flechazos como a San Sebastián. Era todo lo que habían podido entender de las explicaciones sobre las costumbres cristianas que daba, en su difícil dialecto borincano, el atemorizado criado caribe del prisionero español. La confusión de las sencillas mentes nativas se perfilaba ya como el principal y funesto resultado de las escuelas dominicales que organizaban los franciscanos en las Antillas para la evangelización de la servidumbre indígena [10].

Pero en realidad a Balboa nada le interesaba tanto como descubrir un supuesto mar al otro lado de tierra firme, al sur de Castilla de Oro. Estaba preparando una expedición, y reuniendo datos entre los guías indígenas de más confianza. A diferencia de Enciso, que recelaba de los indígenas, y de Pizarro, que los menospreciaba, Vasco sabía ganarse a los aborígenes. Con vino de Jerez. Y la lealtad era recíproca. De esos indios que bebían con él, ni uno solo arrojaría el noble conquistador jerezano a los perros. Cuando Balboa creyó que la expedición estaba lista, le preguntó a su confesor, quien le acompañaría en la riesgosa aventura:
- Decidme, padre Miguel. ¿Vos qué creéis? ¿Nos falta algo?
Y una sóla palabra salió de los labios de Zumárraga.
- Cabezuela.




[10] Una encuesta de los dominicanos en 1600 entre los últimos 3000 indios en Cuba: taínos, guajiros y lucayos, desde 1570 liberados de las encomiendas y asentados en cinco poblados creados específicamente para ellos: El Caney, Mayarí, Jiguaní, Yaguajay y Guanabacoa, dió sorprendentes resultados, como queda recogido en Malentedidos Y Errores De La Evangelización Primaria En America editado en 1618 por el padre jesuita fray Genaro Guzmán. Así creían 62% de los indios encuestados que los santos cristianos eran una tribu de dioses, cuyo cacique Jesús tenía cinco mujeres: María Magdalena, la Virgen de la Caridad, Santa Bárbara, Isabel la Católica y Anacaona. Un africano liberto, miembro de la comunidad guanabacoense por matrimonio, llegó a plantear incluso que Santa Bárbara era "negro y poderoso".

24 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos IV

Ideas entre dos mares

Zumárraga ejercía una enorme influencia sobre Cabezuela, que le admiraba hasta el punto de seguirle en peligrosas empresas de conquista al continente, que por lo común solía eludir. Pero era sin duda una relación de aprecio recíproco, pues si Cabezuela no tenía las impetuosas iniciativas de su amigo, mucho impresionaba a éste, en cambio, con sus ideas prácticas.

Así por ejemplo, fue Cabezuela quien resolvió el dilema de los Requerimientos, una proclama que según la ley de 1513 debía ser leída a los indios antes de iniciar las hostilidades. En ella se requería la sumisión voluntaria al rey de España y la admisión de la misión cristiana. De paso se amenazaba con la guerra implacable, el sometimiento y la esclavización en caso de negativa. Con este documento se daba un fundamento legal a las acciones de la conquista, y al llegar a cada aldea indígena se debía proceder a su lectura por parte de un fraile o capellán militar.
En un principio los indios no contestaban nada. Al menos nada comprensible. Ellos, por supuesto, no entendían una palabra de castellano, y menos aún de derecho católico español. Así los soldados cristianos podían dedicarse con toda tranquilidad de conciencia al saqueo, al pillaje y al exterminio de los infieles. Se sabían amparados por la ley. Sin embargo, aquellos endemoniados indios pronto descubrieron que con exclamar "¡Sí!" al finalizar la lectura de los Requerimientos evitaban lo peor. Los franciscanos siempre estuvieron convencidos de que aquello era obra de los dominicos. Al arribar a los poblados los españoles se veían imposibilitados de actuar por la desvergonzada respuesta de los indios. Sin esperar a que acabase la lectura del documento, los indígenas irrumpían sonrientes en un coro de afirmaciones. Indignados, pero irresueltos a desobedecer la ley, los conquistadores perdían la motivación, colocando a la conquista en serio peligro de estancamiento.

Al explicársele el problema, Cabezuela propuso leer los Requerimientos de noche y a media legua de las aldeas indias. Esta idea tuvo una gran acogida y se convirtió en un rotundo éxito. Como pudo apreciarse entonces, con este método la actitud indígena no sólo dejaba de ser cooperativa, sino que resultaba incluso ofensiva hacia España y hacia la fe cristiana, por el menospreciante e ignominioso silencio que seguía a la lectura de la proclama.

En aquel momento Cabezuela había acudido junto a Zumárraga y otros franciscanos a Santa María La Antigua, fundada por Enciso en Castilla del Oro, la costa oeste del golfo de Darién. La idea de nombrar así al nuevo campamento era de Vasco Núñez de Balboa, quien era el favorito de Enciso desde el día en que fue descubierto cuando iba de polizón de La Hispaniola al Darién. Antes de ser lanzado al mar el despierto Vasco recitó un popular poema titulado La niña de la peineta carmesí que he visto sonreir esta tarde tras las rejas de un balcón en Sevilla mientras sus manos estrujaban un pañuelillo de seda blanco. Con ello logró conmover al sensible capitán y ganarse la simpatía de la tripulación. Sobre todo por los hilarantes pasillos de sevillana que intentó mientras recitaba. Acto seguido, al ver que no lo habían echado por la borda todavía, Balboa se arrojó a los pies del capitán, jurando fidelidad si le perdonaba la vida.

El nombre de Santa María La Antigua era fruto del particular sentido español para salvaguardar la honra. Pretendía borrar la memoria de un fuerte homónimo anterior, y de su desastroso final. Aquel Santa María La Nueva quedaba del lado este del golfo, la Nueva Andalucía, territorio de indios galibí[8]. Allí fracasaron Ocaña y Alvarado de Vaca, y luego Alonso de Ojeda y su sucesor Enciso. Después de arrasar las aldeas costeñas, aquellos ingenuos conquistadores habían mordido el polvo -o el humus, según el caso- una y otra vez al penetrar en la selva, pues los crueles caribes de tierra adentro emponzoñaban arteramente sus flechas con curare[9].

El valeroso soldado español estaba acostumbrado a avanzar matando indios con toda tranquilidad. Cubierto por una cota de malla o una coraza de metal y cuero reforzado, recibía apenas rasguños de las flechas en aquellos sitios donde la protección era más débil y el proyectil lograba hendirla un poco. O en las extremidades, siempre menos protegidas. Aquellas saetas de punta de madera afilada y endurecida al fuego eran inofensivas para el ecuánime cristiano. Mas en la selva del Darién bastaba que una flecha caribe al rebotar en la coraza arañase el dorso de la mano. El soldado caía al suelo a los pocos segundos, y perecía horrorosamente, presa de las desesperadas convulsiones de la asfixia.

Era esa forma vil de hacer la guerra por parte de los indígenas lo que hacía imposible expandirse hacia el sur. El recién llegado Martín Fernández de Enciso, luego de ser informado por Francisco Pizarro, que encabezaba a los sobrevivientes de la expedición del Adelantado Ojeda, dirigió a los conquistadores a la orilla occidental del golfo -al sur del istmo panameño-, denominada Castilla del Oro, donde encontraron indios mansos y reemprendieron la conquista, evitando una vergonzosa retirada a La Hispaniola.

En realidad aún quedaba un temor. La concesión administrativa de explotación para Ojeda, Enciso y los suyos se limitaba a la Nueva Andalucía, mientras que Castilla del Oro estaba asignada a Diego de Nicuesa. No obstante, al desembarcar, Enciso y Pizarro no hallaron rastro de Nicuesa.
– Habrán más devoradores de hombres al oeste –se burlaba el popular Balboa.
No tardaría mucho en verificarse esta terrible sentencia.

Gracias a sus maneras desembarazadas e insolentes, Balboa se había convertido rápidamente en el líder indiscutido de los colonos. Hasta los veteranos de Ojeda le prestaban más atención que a su jefe Pizarro, quien hubo de seguirle la corriente al más joven para mantener su posición. Por el contrario, el gobernador Enciso, hombre de alta instrucción -era bachiller-, con sus modales educados y su afán de mantener organizados a sus impetuosos subordinados -un empeño que en la práctica significaba la mayor inactividad posible-, era francamente impopular y considerado un estorbo.

En estas circunstancias Zumárraga como confesor de Balboa le trasmitió a éste una sugerencia de fray Cabezuela. Se trataba de convertir aquel campamento militar, donde la autoridad de Enciso era irrefutable, en un asentamiento colonial fijo, una villa, y a los expedicionarios en colonos residentes. Si Enciso estaba de acuerdo, se constituiría un cabildo, que una vez electo reconocería el mando de Enciso como gobernador y jefe militar de Nueva Andalucía. Una autoridad, naturalmente, no válida en la nueva entidad civil, por estar ubicada en Castilla del Oro, cuyo gobernador designado por la corona era Diego de Nicuesa. La autoridad en la nueva villa incumbía a un alcalde elegido por los residentes.

Enciso, que apreciaba el orden y la institucionalidad, no percibió la maniobra y hasta se entusiasmó cuando una comisión de conquistadores se presentó con la propuesta de fundar una villa en el lugar del campamento. El cabildo instalado eligió inmediatamente a dos alcaldes o magistrados para ejercer el gobierno de la villa y de la colonia en ausencia del legítimo gobernador Nicuesa. Se seleccionó a Balboa y a Pizarro, quienes rápidamente informaron a Enciso su nuevo estatus. Se le consignó un navío para dirigirse a Nueva Andalucía o a dónde le pareciese. Por lo que éste, con unos pocos fieles, se encaminó a Santo Domingo a quejarse.

De momento el litigio de gobierno estaba resuelto. Balboa tenía el papel de primera figura y lider innegable. Francisco Pizarro era nominalmente su igual, una concesión a su antigüedad y prestigio, pero de hecho sólo el segundo hombre de la villa. Segundo de Ojeda, segundo de Enciso, segundo del co-alcalde Balboa. En su día, el capitán Pizarro no vacilará en traicionar al co-capitán Almagro en la expedición al Perú para apoderarse del mando único. Temía terminar a la larga de segundo otra vez. De paso hizo que le aplicaran a Almagro el garrote vil y, para estar más seguro, que le cortaran la cabeza al cadaver. Luego un comando almagrista asaltó a Pizarro y lo decapitó en su propia casa. Juan de Rada, que dirigía a los asaltantes, había dicho, mientras le pasaba el sable a un un fornido extremeño, alzando la voz sobre los gritos de don Francisco:
– ¡De prisa, señores, que no hay tiempo para torniquetes!
A Pizarro lo enterraron en la segunda cripta de la Catedral de Lima.

Pero continuemos, que ésta es la historia de Simón de Cabezuela.




[8] El gentilicio arahuaco original galibí aún perdura en sus dos derivados castellanos: caribe y caníbal.
[9] El curare paraliza la musculatura del pecho y el diafragma.

23 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos III

En La Hispaniola

Al llegar a Santo Domingo, Cabezuela tuvo que escoger entre dos labores. La primera opción era soldado en la expedición de Alvarado de Vaca a la selva del Darién, donde las indómitas tribus antropófagas habían digerido ya a la guarnición del poco antes fundado fuerte de Santa María La Nueva y a los expedicionarios del Capitán Rodrigo de Ocaña, enviado luego a exterminar a los indígenas. Diego Alvarado de Vaca, lugarteniente de Ocaña y único sobreviviente de su tropa, había recibido la orden y los recursos para organizar una nueva expedición. Cuarenta años más tarde, en 1544, el padre Lafitte, misionero francés y primer europeo que logró internarse en el Darién, entrar en contacto con los naturales y morir en otra parte [3], supo por los indios del terrible destino de Alvarado de Vaca.

El valeroso capitán español fue capturado vivo después de un encarnizado combate. Para su honra lo reconocieron como participante en la expedición anterior por el penacho negro de su casco y el vistoso tallado de su coraza. Eso causó una fuerte impresión en los caribes, que apreciaban la valentía como la mayor virtud. Así que no lo degollaron y asaron como a los restantes prisioneros. Su destino sería diferente. Despojado de todas sus vestiduras, lo entregaron a un grupo de desnudas vírgenes caribes, quienes lo lavaron cuidadosamente con ayuda de hierbas aromáticas y le untaron todo el cuerpo con cucuy [4]. Luego lo obligaron a comer cachonguitos [5]. Finalmente, ya que creían en la transmisión del valor a través de la carne cruda, lo dieron a comer vivo a los pequeños de la tribu.

Los caribes del Darién, además de fieros, eran magníficos talladores e imitadores. Al menos en eso eran casi guaraníes. Sentían una enorme admiración por los diseños complicados, que se transmitían de generación a generación con suma exactitud. En el Museo Precolombino de Cartagena de Indias, Colombia, se conserva un cráneo humano tallado y reducido por los indígenas de la tribu tecaxaré [6], que data de alrededor de 1680. El diseño coincide plenamente con el blasón de los Alvarado de Vaca.
De interés resulta la tardía fecha de producción, un indicador del perfecto traspaso de conocimientos entre los indígenas. Pero lo más increíble es el hecho probado de que el tallado hubo de efectuarse antes de la reducción del cráneo. Algo ciertamente asombroso si se tiene en cuenta el complicado tratamiento artesanal. Al reducir el cráneo al tamaño de un huevo de agapí verde [7] se deforman asimétricamente las dimensiones originales. De esta manera, para que la figura en el cráneo tenga la forma deseada luego de la disección reductora, es necesario tallarla con determinadas alteraciones geométricas muy precisas, para cuyo cálculo hoy día habría que apelar a los ordenadores.

La otra tarea reservada para aquellos contratados era la de novicio en la nueva misión de Santa Micaela del Cibao, donde los franciscanos convertían a los últimos grupos de indios quisqueyanos.

De 39 contratados, 38 solicitaron la segunda tarea. A uno no se le pudo encontrar a la hora del reparto. Ni después tampoco. Los monjes, sin embargo, precisaban sólo de dos individuos, y la condición de saber leer y escribir la cumplían 3, entre los cuales se echó a suerte la selección. Los elegidos resultaron ser un mozo cordobés y un catalán de mal talante. A este último, hombre de pocos amigos, le estrangularon esa misma noche. Cabezuela, tercero con dominio de la palabra escrita, se vio obligado a tomar su puesto. Los restantes contratados continuaron viaje con Alvarado de Vaca. Desembarcaron en el golfo de Urabá y, después de clavar en tierra el estandarte de Castilla -Aragón no tenía derechos sobre las Indias-, se internaron en el Darién para siempre.

Diferente fue la suerte de Cabezuela y el cordobés, que se dirigieron a Santa Micaela del Cibao cabalgando en mulos junto a dos piadosos padres de la orden de San Francisco. La impresión de aquella incomparable opulencia de follaje y color, que les acompañó en todo el trayecto de cuatro días, tuvo un impacto decisivo en los mozos y alcanzó su clímax con la imagen que se abrió ante sus ojos al llegar la pequeña comitiva a las inmediaciones de la misión: En el centro de un bellísimo valle intramontano se alzaba un caserío rústico de preciosas maderas, dispuesto armoniosamente y rodeado de jardines, por donde un grupo de jóvenes padres corrían trás algunas hermosas nativas.
Uno de ellos, al parecer el líder del grupo, se detuvo a saludar a los novicios y se presentó como Miguel de Zumárraga. Era un vasco de fiel carácter, pero desprovisto de todo sentido de la moderación y el comedimiento, por quien Cabezuela sintió de inmediato una simpatía natural. Al lado de este hombre de fe viviría más tarde inolvidables días. Con su colaboración, ya ordenados frailes, Cabezuela redactaría un famoso ensayo de mucho éxito entre franciscanos y laicos: Sobre Como Introducir El Catequismo En Las Indias Por La Vía Natural, donde exponían el fruto de sus experiencias misioneras en Santa Micaela del Cibao. De esta opera prima de Cabezuela sólo tenemos referencias. Lamentablemente ningún ejemplar ha llegado hasta nuestros días. La última copia de la que se tiene noticia fue destruida en un auto de fe en Sevilla en 1717.

La porfía teológica con los frailes de la orden de Santo Domingo ocupaba por entonces gran parte de las energías de aquellos jóvenes franciscanos. Los dominicanos, encabezados por Pedro de Córdoba y Antonio de Montesinos, no cesaban de sabotear la árdua labor de colonos y franciscanos con los indios. Especialmente Montesinos no desaprovechaba ocasión para predicar y despotricar contra la encomienda. Luego le dio por reclamar que se sustituyeran los indios por esclavos negros, cuya fortaleza física les proporcionaba mayor resistencia en los duros trabajos. Mas cuando la audiencia prestó oídos a sus demandas y se trajeron esclavos africanos en abundancia, entonces Montesinos, arrepentido, empezó a protestar contra la esclavitud de los negros. Esto dio motivo a una famosa misa de Cabezuela que, complaciendo peticiones de los colonos, hubo de ser celebrada varias veces en cada villa de la isla: Nunc permutaremo hoc nigrori per boni sacerdotii dominicani.




[3] Pierre Everard Henri François Lafitte (Nantes 1512), teólogo y fraile gerónimo, desde 1566 cardenal, falleció en un burdel romano en 1570. Autor de memorias: Moustiques sur la soutane 1549, La croix et le feu chez les Indiennes 1558, y tratados: La varieté de la position du missionnaire 1552.
[4] Variante local del chile.
[5] Hongos alucinógenos muy usados por los indios para trances religiosos.
[6] Caribes cazadores de cabezas del Darién.
[7] Columbiensis esmeraldicus, ave endémica del noroeste de América del Sur, extinta desde el siglo XIX, antaño muy codiciada por su precioso plumaje verde y sus grandes huevos, a los que se atribuían propiedades afrodisíacas y que le impedían volar.

22 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos II

Camino a las Indias

La orientación profesional ya era a principios del siglo XVI un problema serio para la juventud española. Especialmente entre los jóvenes vagabundos y sin vínculo social. Es sin duda el descubrimiento de América lo que permitió erradicar este mal por muchas generaciones. Surgiendo así una nueva y accesible profesión para su ejercicio en el nuevo continente: el honroso oficio de Español. Se trataba, además, de un quehacer que prometía ser lucrativo como pocos.
Llevado por el tenue instinto de seguir los pasos de su padre, Cabezuela había marchado a Barcelona con la intención de enrolarse en los tercios de la campaña de Italia. Deambulando por la ciudad condal escuchó de marinos y comerciantes fabulosas historias sobre las nuevas tierras de ultramar. Decían que el oro abundaba como en Aragón los guijarros. Y al desembarcar bastaba apartar a las indias, que yacían desnudas y ociosas en la playa, para recoger las preciadas pepitas, gruesas como guisantes. Simón era un mozo despierto y nada crédulo. Por tanto no creyó ese cuento de las indias. Supuso que estarían vestidas o cubiertas de algún modo. Eso haría más fácil la tarea de echarlas a un lado para recolectar el oro, pensó. El mozo se ilusionó mucho con las Indias y decidió marchar a por ese oro, mucho más abundante y menos peligroso de obtener que saqueando iglesias y villas italianas. Así que se puso en camino a Cádiz lleno de esperanzas.

Como no pudo reunir el dinero del pasaje, Cabezuela arribó a las Indias enrolado con un capitán de Contrata. En aquel mismo año de 1504, debido a la falta de intrépidos conquistadores y colonos entre aquellos súdbitos que podían financiarse el viaje a ultramar, y vista la escasez crítica de personal en las nuevas colonias, la corona había ratificado la institución de la Contrata, iniciada sin mucha legalidad en 1502 por Jacobo Pérez Jiménez, un ex-rabino sevillano.
Los llamados capitanes de Contrata podían embarcar a expensas propias un número determinado de hombres para las nuevas tierras. A cambio, los contratados debían firmar unas obligaciones que estipulaban el reembolso al contratista del precio del viaje más los intereses. Estos alcanzaban generalmente entre 20 y 30 veces el valor del pasaje. La corona había puesto tal coto máximo de 30 veces para evitar los abusos iniciales de Jacobo Pérez.
Curiosamente muchos siguieron prefiriendo viajar de polizón antes que contratarse. A pesar de que ser descubierto infraganti significaba ineludiblemente la gentil conminación castellana a abandonar el navío inmediatamente, dicho con otras palabras, ser arrojado por la borda. No fue sino en 1577 que Las Cortes emitieron una ley estableciendo un trato humano para los polizones. A partir de entonces hubo que transportarlos encadenados a régimen de pan y agua hasta el puerto de destino para ser destinados a trabajos forzados.

De los intereses recibidos cada capitán de contrata entregaba un quinto a las arcas reales y un décimo a las autoridades coloniales, las que a su vez velaban el cumplimiento de las obligaciones por parte de los contratados. Por otra parte, las obligaciones comprometían a aceptar la labor que tuviera gestionada el agente del contratista en la colonia a la llegada del navío. De esta manera quedaba asegurado que se pagase al contratista y que funcionase todo el esquema. También se tomó en cuenta, por último, la importancia de evitar en las colonias la vagancia tan difundida en la península.[2]

A bordo de la carabela La Calavera de San Iñigo, en la que el joven Simón se dirigía a Santo Domingo, los contratados escuchaban de los marinos fascinantes historias de las Indias. Aquellos hombres de mar describían los terribles peligros de las tierras desconocidas: tigres feroces, serpientes venenosas, armadillos leprosos. Pero se referían reiteradamente a los habitantes de las orillas sureñas y las islas menores del mar antillano: los fieros caribes. Eran aterradoras historias que llenaban de pesadillas los sueños de los contratados, haciéndoles olvidar las diligentes pulgas, los intrépidos piojos y las incansables ladillas en la estrechez de la asfixiante bodega donde dormían.




[2] Hay que reconocer que numerosos contingentes de andaluces hallaron camino a América gracias a la Contrata. Mientras que los extremeños y los vascos se ocupaban básicamente de funciones militares, se calcula que hacia 1550 los andaluces constituían el 90% de la población civil en América. No quedó más remedio que esclavizar a los indios y luego traer africanos. N.d.A.

19 oct. 2007

El Protector De Los Cerdos I

Referencias de familia

Simón de Cabezuela (1484-1562), primer maestro en tierras cubanas, fue un padre franciscano que enseñó a leer y escribir a Diego Velázquez, el algo retrasado Adelantado de la isla de Cuba. Cabezuela le hizo ver, además, que robar los cerdos del prójimo no era digno de un gobernador. Incluso cuando ésta hubiera sido su ocupación principal en los primeros 30 años de vida laboral, que en la España de entonces comenzaba no antes de los 5 años de edad, así como su gran afición en la última década, mientras fungía de colono en La Hispaniola. El fraile convenció a Velázquez de que resultaba más digno -aunque, desde luego, no tan divertido- robar en las arcas públicas, creando una costumbre que ya nunca se perdería en la isla. Esa incansable labor persuasiva en favor del cerdo doméstico ajeno le hizo merecedor del título honorífico de Protector De Los Cerdos, ratificado en la cédula administrativa número 26 anno domini 1516 de la Real Audiencia de Santo Domingo. Se le reconocía de esta manera su contribución a la estabilidad política de la colonia antillana.

El destino de fray Xavier Simón de Cabezuela y López muestra el carácter transcendental de la conquista de América para los habitantes de la península ibérica. El joven Cabezuela nunca hubiera soñado que terminaría sus días rodeado de reconocimiento público como Obispo de Vera Cruz. Cuando llegó a La Hispaniola en 1504 no había visto jamás a un seminario por dentro. Tampoco experimentó en su vida previa vocación eclesiástica alguna. Todo lo que sabía de religión eran vagos recuerdos de lo que le contaba su madre, quemada 10 años atrás por la Inquisición en Salamanca como seguidora del culto herético a Santa Carmela.

El origen de este culto se debía a una sencilla moza labriega del pueblo de Cañete, en las inmediaciones de Salamanca, que había adquirido mucha fama de milagrosa por amamantar a los cabritos huérfanos -cosa que hacía con evidente deleite-, aunque ella misma nunca hubiese estado preñada. Tras su muerte en 1483 surgió en Salamanca el culto de adoración de la leche de Santa Carmela. La difunta labriega era idolatrada celosamente por sus nuevos devotos. De toda Castilla y Aragón, y hasta de Navarra y Aquitania, acudían mujeres de poca leche a ver su tumba y rogarle a Santa Carmela. De vuelta a casa se frotaban los pechos con los retazos de piel de cabra que vendían algunos fervorosos peregrinos permanentemente anclados en las inmediaciones de la tumba de Santa Carmela.

Aquello adquirió tan grandes proporciones, que el concilio de Santiago de Compostela de 1487 declaró que, primero, la tal Carmela no estaba canonizada, y por tanto no era santa, y segundo, que el Gran Inquisidor de Salamanca habría de exterminar el infame culto con el purísimo fuego de la santísima Inquisición. Una decisión que despertó el regocijo de los leñadores salmantinos, aunque -o porque- no pocas de sus mujeres también adoraban a Santa Carmela.

El Gran Inquisidor Don Camilo Borges, el Implacable, se convirtió así en el mayor obstáculo para los astilleros, los hornos y las carpinterías del reino. El gasto de leña en Salamanca alcanzó cifras astronómicas. Durante 4 largos años no se apagaron las piras purificadoras en la ciudad. Inútilmente. En 1491 habían tres veces más adeptos al culto carmelista que al comenzar la labor del Santo Oficio. Entonces el arzobispo de Salamanca Don Lope Bernárdez apeló en el concilio de turno por la canonización de Carmela para acabar con el mal. El concilio de Oviedo acordó, primero, solicitar a Roma la beatificación de la cañetina, y segundo, que, en espera de una decisión de la Santa Sede, Don Camilo pasara a trabajar con mesura. En esta fase de fuego lento, con unas 8 o 9 hogueras por año, que duró hasta la beatificación de Carmela en 1497, fue fatalmente capturada Concepción Concha López Viuda de Cabezuela cuando osadamente imitaba a un cabrito hambriento -la señal de los carmelistas- durante la misa del domingo en la catedral de Salamanca. En la cual desde 1513 existe una bella capilla dedicada a Santa Carmela. Allí, en las secas tardes salmantinas, solía verse años más tarde al anciano Don Camilo Borges, dulcemente senil en su libertad de pensionado, narrando a visitantes de ocasión extrañas historias de reencarnaciones y cabras.

A la muerte de su madre Simón, que apenas tenía nueve años, se encontró completamente solo en el mundo. Si se exceptúan a sus 6 tíos maternos con sus respectivas familias. Estos, como es comprensible, se negaron a hacerse cargo del huérfano por razones religiosas. Aún no había comenzado la gran inflación que acompañó a la conquista de las Indias, pero la vida ya era bastante cara. Por eso sus parientes se apoderaron de todo lo que pudieron de las pertenencias de la difunta Concha, antes de que aparecieran los alguaciles de la Inquisición y encautasen todo.
El padre de Simón, un profesional de la guerra, había perecido a manos de los infieles de Granada en una de las escasas escaramuzas tácticas que precedieron a la rendición del último reino moro en España. Fue un lamentable e innecesario accidente, pues la escuadrilla a la que pertenecía Don Miguel de Cabezuela simplemente asaltaba a unos comerciantes árabes, que inesperadamente resultaron estar armados.

Un antiguo camarada de su padre, retirado desde aquel funesto combate y conocido como Don Alfonso el Manco, acogió a Simón en su casa de Valladolid. Y le dio empleo en la fonda que poseía. Lo empleó para limpiar los cobertizos, los pesebres y las letrinas principalmente. Allí permaneció el chico 5 años, hasta creerse fuerte para salir al mundo. Su instinto aventurero le hizo largarse una noche de junio cuando aún le ardían los azotes. Alfonso el Manco había perdido la diestra, pero desarrollado en cambio una increíble habilidad manejando el fuete con la zurda.

No obstante, esos pocos años en Valladolid Simón logró aprovecharlos muy fructíferamente. De Don Miguel Oropesa, antiguo capitán de su padre y parroquiano habitual donde el Manco, aprendió el arte de las letras y hasta algo de napolitano, la lengua preferida para maldecir por aquel veterano de dos docenas de guerras europeas. El propio Alfonso le enseñó algunas tonadas populares, como aquella de La cabra. Al cantarla a Simón se le hacía un nudo en la garganta, pues le recordaba a Doña Concha, su difunta madre:

La cabra, la cabra,
la puta dela cabra,
la matre quela pariou,
io tenía una cabra
i la mu puta se murriou
[1]






[1] La versión original visigoda, siglo VI, es muy parecida, casi igual, sólo que trata más bien sobre “magde de stunk gleik zeegoat“, o sea, “la moza que olía como cabra“, una tonada inspirada en la princesa Kothilde, tan bella como arisca al agua segun la leyenda germana. N.d.A.

18 oct. 2007

Cual Enjambre De... Leones

Las guerras de independencia cubanas colmaron de personajes gloriosos las páginas de la historia patria. Fueron individuos que por su valor y virtudes conquistaron sobrenombres insignes salidos del corazón del pueblo. Algunos, como el general Antonio Maceo y Grajales, el Titán de Bronce, o el general Ignacio Agramonte y Loynaz, el Mayor, resultan muy conocidos. No pocos, como el general Vicente García y González, el León de Las Tunas, son menos famosos. Pero otros, sin embargo, han quedado en el olvido. Ese es el caso del brigadier Antonio Monzón y Soa, el Embudo de Mayarí.

Mayareño genuino por su condición de hijo del aguatero del pueblo, este ilustre varón y patriota tuvo dos grandes amores en su vida: su caballo Saeta y el aguardiente. Aunque en un corazón tan generoso siempre hubo lugar para otras pasiones menores: el lechón asado, las barajas, las criollas, los puros, el boniatillo asado en hojas de plátano, los tamales de maiz tierno, la patria, y otros.

Estaba dotado de un carisma sin igual. Su sola presencia contagiaba a la tropa de un apasionamiento irrefrenable. En aquellos momentos el aguardiente corría por las gargantas insurrectas antes, durante y después del grito de ¡Cuba libre! El nombre Monzón aterrorizaba a los bodegueros del oriente cubano. Así como a las unidades de avituallamiento del ejército español, en cuyas guarniciones se hablaba con espanto de "las hordas borrachas del titulado brigadier Monzón." Era fraternal con sus hombres, pero recto y estricto como ninguno. Especialmente a la hora de repartir el ron. ¿Que se le daba plan de machete a algún campesino poco cooperativo? ¿Que se jugaba al gaito colgaíto con los prisioneros peninsulares? ¿Que los primeros días de cualquier nuevo recluta eran conocidos como la pasión del guao? Sí, de todas esas cosas se contaba. Con exageración, sin duda. Pero nunca, ¡jamás!, de que en su tropa se maltrató a un caballo.

Aunque la brigada de Monzón pertenecía formalmente al Cuerpo Oriental del Ejército Libertador, estaba directamente subordinada a la Cámara de Diputados de la República en Armas, en funciones de abastecimiento. De esa manera no respondían a las órdenes de ningún jefe de región, y podían moverse libremente por todas las prefecturas. Si bien el general Manuel Calvar le había prohibido entrar en su jurisdicción por aquel asunto con el comandante Rubio.
El jefe de la vanguardia del general Calvar era un vizcaíno muy sincero llamado José Manuel Rubio. Vino a Cuba al heredar la bodega de un tío en Bayamo, y se incorporó a las fuerzas insurrectas al considerar justa su causa -la causa de cierta bayamesa de color incierto y pasiones definidas. Rubio no podía perdonarle a Monzón que lo llamase a gritos "gaito renegao" ante la oficialidad insurrecta reunida en los potreros de La Catalina. Y sólo por haber impedido, como Oficial de Día, que el cubano se bebiese el alcohol del botiquín de campaña. Toño Monzón, por su parte, tampoco podía olvidar que allí mismo Rubio lo arrojó al suelo de una trompada, y le propinó además media docena de patadas, sin considerar su avanzada embriaguez. Así que le había prometido una "macheteada de ley" al vizcaíno. Nunca se la dio. Por patriota que era. Y también porque Tomás Estrada Palma, entonces Secretario de la Cámara y responsable de los suministros, le dijo que había mucha gente esperando que lo hiciera para llevarlo ante un consejo de guerra como a su tío Juan Monzón. Toño siempre tuvo oídos para aquel joven inteligente. Y Estrada Palma nunca lo olvidó. Ni los paquetes personales que Monzón le reservaba de las vituallas capturadas. Por eso, ya fallecido Toño, su hijo Fernando Monzón fue designado teniente general de la Policía Nacional por el Presidente Estrada Palma al inaugurarse la República en 1902.

Fernandito era como su padre, un patriota. Debido a ello, y no por ser amigo personal de Yarini, fue que intervino y decidió la guerra chulicida que se desató en La Habana entre los guayabitos cubanos y los apaches franceses tras el asesinato del popular proxeneta criollo. Resultando los franceses de esta manera vencidos. Y si los guayabitos le garantizaron servicio gratuito desde entonces, fue precisamente en reconocimiento a esa acción patriótica de Fernandito Monzón para que San Isidro, por entonces la mayor zona roja del hemisferio, se hiciera definitivamente nacional.

Toda una pléyade de valientes peleaba bajo el mando del Embudo de Mayarí. Individuos forjados por la disciplina y el carácter de su jefe al calor de innumerables combates. Parcos y sencillos, pero inolvidables por su arrojo formidable. Hombres como Gervasio Serrano. Un enorme negro que cargaba siempre el primero. A pesar de ello sólo recibió una herida en toda la guerra: perdió dos dientes, los incisivos superiores, en el asalto al ingenio Nueva Galicia, cuando cayó de bruces del alazán que montaba. Había cargado presa de una terrible fiebre, producto de un empacho de jicotea, y nublado por la medicina, dos litros de agua de cañón, el aguardiente semielaborado de la destilería de campaña. Luego su voz adquirió un silbido particular, que al abalanzarse machete en mano y gritando como siempre "¡a coltai cabesssssa!" resultaba especialmente aterrador para los españoles.


Otros eran apreciados por su humildad y abnegación, como Feliciano Chang, un culí que era ayudante del brigadier, cocinero y organizador de la charada interna de la tropa en una persona. Había nacido en una aldea de la provincia de Quingnang, y desde los 8 años empezó a trabajar en los arrozales. Más tarde su familia perdió el arrendamiento de la parcela de pantano. Chen –su nombre de pila chino original– se dedicó entonces con varios de sus 26 hermanos al honroso oficio culí por excelencia: remolcador de barcos en el gran Rio Amarillo o Yang-tse. Una profesión perteneciente al Tao Sing Gao, como aparece muy bien descrito en el Capítulo 82 del Tao Te Ching -el libro canónico del Taoísmo. Cantando bellas melodías, como aquella sobre la blanca flor de loto que se ponía colorada de pudor si la tocaban, aquellos infelices remolcaban los juncos río arriba tirando de gruesos cables desde ambas orillas. A cambio de su esfuerzo diario recibían apenas unos puñados de granos arroz, que después vendían para comprar cáscaras de arroz, con las cuales alimentaban a sus familias. Por el precio de un puñado de granos se podía adquirir medio saco de cáscaras del mismo cereal. Lo duro de esta vida hizo que Chang Chen –los chinos dicen primero el apellido– y tres de sus hermanos se decidieran a abandonar el oficio. Con el pequeño capital reunido a costa de enormes sacrificios abrieron un reducido local, donde ofrecían opio de menor calidad a los culíes del Yang-tse. Conocían ya a algunos mal pagados marineros de los juncos que transportaban el opio por el río. De noche estos marineros dejaban caer algunos bultos al agua, que Chen, sus hermanos Chao, Chong y Lao, así como Liong, el arrendero del bote asociado, pescaban rápidamente. Este modesto negocio permitió subsistir por un tiempo a las familias Chang, Liong, y a las de media docena de marineros fluviales, y mejorar en algo sus ingresos al submandarín municipal Wong, así como a varios agentes de la policía local. Pero en 1861 los ingleses empezaron a transportar el opio por el Yang-tse empleando vapores. Los juncos, los culíes y Chang Chen empezaron perdiendo clientes y terminaron perdiéndolo todo. Tenía 36 años y había quedado completamente desposeído: de sus ahorros para comprarse una concubina, del negocio, y de la esperanza. Fue en estas circunstancias cuando supo que en Macao un chino de Manila, encomendado por las autoridades coloniales españolas, reclutaba culíes para trabajar en Cuba. Firmó un contrato no cancelable de 8 años a razón de 4 pesos al mes, pagaderos al concluir los 8 años, previo descuento por alimentos y alojamiento. No sabía que en Cuba, trabajando 16 horas en lugar de las 12 contractuales durante 7 días a la semana y bajo el eficiente maltrato de fornidos negros mayorales, la esperanza de vida un chino culí eran justo 7 años. Pero lo salvó la guerra.

Muy valorado era igualmente el ánimo emprendedor del capitán José María Pepe Flores, el Jefe de Operaciones de la brigada. Un hombre de acción que abandonó su próspera barbería La Realísima en el pueblo de Banes para marchar, armado únicamente de su fe en Cuba, a vender telas en la ciudad de Holguín. Allí no le fue bien, por lo que regresó, hallando a su local convertido en depósito de pertrechos de la Guardia Civil. El jefe español en Banes, capitán Bebelagua del Pozo, apoyándose en sus plenos poderes por el estado de guerra, se negó a devolver el inmueble. Por lo que la noche siguiente Pepe Flores, usando el disfraz de bucanero del último carnaval, acuchilló a la posta del almacén militar. Demoró un poco, pues el cuchillo de falso pirata era de palo. Luego, con lágrimas en los ojos, Pepe le prendió fuego a su antigua barbería, y se echó al monte tras arrancar, pisotear y escupir repetidamente la placa de la Guardia Civil ante el ya ardiente edificio. Pocos días después, en un acto de osadía increíble, entró a la hora de la siesta por el sur y atravesó a todo galope el pueblo saliendo al noreste. No sin antes haber arrojado un bulto por la ventana del cuartel de la Guardia Civil. Antes de que pudiera ordenarse una patrulla para perseguirle, el jinete había desaparecido, quedando en poder de las fuerzas de España sólamente aquel paquete, que al caer se había abierto derramando su interior. El envoltorio se identificó inmediatamente como un pabellón español robado dos días atrás de su asta frente al Casino Español -el cabo responsable aún estaba castigado. Y aunque el jefe de la plaza prohibió que se informara a la población del contenido de aquel bulto, desde entonces los baneses suelen excusarse diciendo "voy a la Guardia Civil". Cuando una semana después Toño Monzón y los suyos lo encontraron y reclutaron, Pepe estaba preparando una nueva acción patriótica con una jauría de perros sarnosos pintados a brocha gorda con los colores de España.

De gran popularidad gozaba también Genovevo Valdés, un temerario negro liberto que nunca se lo pensaba dos veces antes de actuar. Procedía de Santiago de Cuba, de donde había tenido que escapar en enero de 1869. Poco antes, durante la procesión de la virgen había gritado a todo pecho "¡Viva Cuba libre!". Por lo cual fusilaron a otro, a su compadre Cornelio, que hasta el último instante trató de disuadir al Bebo de la descabellada idea, y que sólo atinó a echarse a correr cuando un grupo de enfurecidos soldados y voluntarios se arrojaron sobre el segmento de la procesión de donde provenía el grito. Fue un grave error que lo convirtió en el culpable buscado. El Bebo no se movió de su sitio, pero queriendo ayudar a su cúmbila se atrevió a espetarle al militar que le pasó más cerca "yo creo que ese estaba borracho, mi capitán." El español, que era un sargento, creyó que se burlaban de él y, deteniendo su carrera por un instante, le propinó un brutal culatazo en la cabeza al Bebo Valdés. Cuando despertó estaba en casa de su tía Ñica la manisera, a donde lo habían transportado sus amigos. Allí, mientras lo reconfortaba el aroma del maní tostado por su tía, anciana alcahueta que vendía cacahuetes, supo que el desdichado Cornelio, tras una feroz cacería, había sido atrapado al otro extremo de la ciudad. Entre puñetazos que ahogaban sus "yo no fui", lo habían conducido hasta el cementerio de Santa Ana, donde inmediatamente fue fusilado contra la tapia. Aconsejado por sus amigos el Bebo permaneció varios días escondido, para en la primera oportunidad marcharse de la ciudad. Deambuló por el monte hasta juntarse con otros alzados y luego unirse todos a la tropa de Monzón en las inmediaciones de Baire.

Unos tragos después todos ellos, con el Embudo de Mayarí a la cabeza, caerían sobre el enemigo español cual enjambre de... leones.

11 oct. 2007

El Bautizo Del Guerrero

El primer combate en que tomó parte el joven Antonio fue el rápido asalto a Mayarí por la tropa que comandaba su tío, el brigadier Juan Monzón, trágica figura de la contienda que en su celo patriótico hizo pasar por las armas a todos los comerciantes españoles de la villa conquistada. Toño, teniente y jefe de la vanguardia de su tío, no participó en las ejecuciones, pues era reacio a gastar municiones tan preciosas en aquellos momentos. Su tío, sin embargo, detestaba colgar gente, el ilegal pero usual procedimiento con los cuatreros en Oriente.

Mientras los hombres se lanzaban a realizar el apresurado inventario de los comercios, los almacenes y las viviendas de los españoles, Toño recorría la humilde casa familiar que había abandonado dos semanas antes. Allí había nacido de una madre que no llegó a conocer. Y también allí había fallecido, casi un año atrás, su esforzado padre Antonio. Llegado junto a su hermano desde Canarias en busca de mejor suerte, el viejo se había conformado con ser aguatero y arriero. No era un hombre tan emprendedor como Juan, quien en cambio quiso hacer negocios y se vio impedido por el gremio de comerciantes locales, peninsulares todos ellos. Como en el resto de la isla, la cámara de comercio no toleraba ni a naturales del país, ni a canarios. Para Juan fue una amarga experiencia que, diluyendo sus sueños, lo persiguió en un peregrinaje de derrota por los pueblos orientales. Al final, resignado, se afincó en un realengo circundado de hatos ganaderos. Se dedicó entonces a la recuperación de caballos. Recogía caballos perdidos en el monte, les quitaba la marca –había adoptado un ingenioso método basado en sanguijuelas filipinas–, y los vendía en alguna localidad lejana.

Toño se pasaba largas temporadas con su tío. De él aprendió a amar a los corceles. El tío le enseñó muchas cosas: a interpretar los movimientos y la mímica de un equino, cómo separar al mejor potro de la manada en el poco tiempo que quedase sin vigilancia, o cómo abrir el portón de un establo e introducirse en plena noche sin alarmar a los animales. El intrépido Juan impregnó la personalidad de su sobrino mucho más que su progenitor, muy laborioso, pero incapaz de alimentar las ansias de saber y el afán emprendedor innatos de su único hijo. Toño prefería acompañar al tío en las largas giras a vender ganado, escuchándole narrar innumerables anécdotas y atiborrándose de sus experiencias. Luego, durante la guerra, en las noches sin combates, sin marchas, ni fugas, entre el ligero gorgojeo de la destilería de campaña y el discreto chisporroteo del fuego, se las contaría emocionado a sus hombres. Cuando bebía, desplegaba una gran capacidad lírica.

Tras la muerte de su padre, el joven Antonio asumió su trabajo. Aguatero. Subido en un mulo recorría el pueblo pregonando con desgano. Una profunda insatisfacción le embargaba. Pero pronto, en menos de un año, su verdadero destino se abriría ante él. Los terratenientes liberales cubanos no lograban entenderse con el gobierno liberal en Madrid. En buena medida gracias a los grupos conservadores españoles en la isla. Es ahí, en el otoño de 1868, cuando el impetuoso hacendado Carlos Manuel de Céspedes, pese a su escasa relevancia dentro de los círculos desafectos al régimen, se alza contra España en Yara. En pocas semanas, cientos de hombres lo secundarían por todo Oriente.

La hora de Toño había llegado. Se incorporó a la insurrección tan pronto supo que su tío Juancho se había alzado con un piquete de 60 hombres en La Jutía, al sur de Jiguaní. Corría febrero de 1869. Nombrado brigadier por la República en armas, y ya con un centenar de insurrectos a sus órdenes, Juancho Monzón marchó sobre Mayarí, convencido de su importancia estratégica. Hubo de atravesar un enorme trecho, bordeando siempre la sierra para eludir a los batallones españoles que operaban en el llano. Dejó atrás los pueblos de Santa Rita y Baire, ambos en aquel momento apenas sin guarnición. Cerca de La Alegría se le unió, según convenido, su intrépido sobrino. Lo había mandado a buscar para comandar la vanguardia, dado su conocimiento del objetivo. Un poco más al norte, en Cauto Abajo, el flanco derecho de la brigada se enredó en una escaramuza con un pelotón del batallón élite español de López Cámara. No había sido percibido por la vanguardia, pues ésta, guiada por Toño Monzón, se había desviado al oeste hacia un trapiche que prometía una rica provisión de aguardiente. Aquella noche nacía un nombre épico: el Embudo de Mayarí. En los días siguientes la tropa insurrecta evadió los poco defendidos caseríos de San Felipe y Sojo, para luego, con un brusco giro al este, lanzarse sobre Mayarí.

La resistencia española fue breve, pero intensa. La guarnición estaba compuesta apenas por dos docenas de guardias civiles de la compañía asturiana Salustiano Benítez, comandados por un teniente. Eran auxiliados por un destacamento de 60 voluntarios formado por los residentes españoles y sus hijos. Los asturianos se negaron a rendirse y fueron completamente exterminados. Pero más de dos tercios de los voluntarios, en parte heridos, cayó en manos de los insurrectos. Fueron pasados por las armas junto con el resto de los españoles de Mayarí. Juancho únicamente dirigió en persona al pelotón que ejecutó al octogenario Celestino Santiesteban, patriarca y jefe de los comerciantes españoles en la localidad.

No habían pasado diez días desde aquellos hechos, cuando el general Julio Grave de Peralta, jefe superior cubano de Holguín, a cuya jurisdicción pertenecía Mayarí, procedió a arrestar al brigadier Juan Monzón. Se le sometió a un riguroso consejo de guerra y, para consternación de sus hombres, fue fusilado. El coronel Miguel Salinas, miembro del estado mayor de Grave de Peralta y defensor de Monzón, había apelado contra aquella dura sentencia, recordando los fusilamientos masivos indiscriminados de insurrectos y sospechosos por parte de los españoles, la inexperiencia política del jefe revolucionario, y la insensatez que trae consigo el calor de la lucha. Mas no logró hacer cambiar de juicio al tribunal, que apresuró la ejecución de la sentencia ante la creciente crispación de los subordinados del condenado. Estos, como era usual en aquella fase de la contienda con jefes locales y tropas apegadas a una región y a un comandante, eligieron un nuevo jefe, designando al sobrino del jefe anterior como su nuevo líder. Grave de Peralta se apresuró a ascender a Toño a teniente coronel, previniendo cualquier acción descabellada del joven. E inmediatamente le encomendó una operación de aprovisionamiento: asaltar a un convoy español en camino a Las Tunas antes de que cayese en manos del jefe cubano de aquel territorio, general Vicente García, el León de las Tunas.

10 oct. 2007

La Gran Carga Curda

Uno de los combates más impresionantes de la Guerra de los Diez Años, y que sin embargo no es muy conocido, fue protagonizado por la brigada de Antonio Monzón, el Embudo de Mayarí, y aconteció el 8 de Octubre de 1873. Quedó registrado en los anales de la contienda como La Gran Carga Curda del Paso del Angel.
Allí perecieron 416 soldados y 27 oficiales españoles. Incluyendo a un sobrino del Conde de Valmaseda, jefe supremo español en el Oriente, y a la temida contraguerrilla guantanamera de Los Manganelos. Por la parte cubana hubo tan sólo 8 muertos en combate. Y un ahogado. El sargento Pancho Cedeño quiso engullir de una vez tres chorizos capturados y, como se había apartado para no compartir, no se le pudo socorrer.

Por enésima vez convencido de atrapar al jefe insurrecto Antonio Maceo, el general español Blas Villate, Conde de Valmaseda, había prolongado su salida de operaciones en la llanura del Cauto, concentrando sus 5000 efectivos de todos los institutos en la zona de Cabezas, donde la sierra entronca en el llano.
Aunque rápidamente había dado con los alzados, tras una semana no había logrado sacarlos de la intrincada manigua. Ya la tropa estaba perdiendo los ánimos, y los víveres se habían vuelto escasos. Además, un intenso malestar dominaba a los soldados españoles: Muchos padecían de desenfrenadas diarreas. La causa eran los gérmenes del trópico. Y de catalizador actuaban los continuos asaltos rompecerco, que a base de machetazos y plomazos a bocajarro intentaban los sitiados en el denso monte, donde ni la artillería ni las formaciones de infantería españolas resultaban efectivas. Como dormir entre machetazos, cólicos y mosquitos era un propósito imposible de consumar, los quintos y voluntarios presentaban un aspecto físico deplorable, así como la energía moral de un gitano labrando. Debido a esta situación Valmaseda reclamó a Santiago de Cuba el suministro urgente de alimentos, medicinas y ron.
El jefe de la plaza, general Simón de la Torre, dispuso el envío de todo lo preciso. Menos el ron que no había suficiente en reserva. Afortunadamente pudo hallarse una solución con la fragata Infante Don Alfonso, a la sazón en el puerto santiaguero, que recibió órdenes para la compra de ron jamaicano en Montego Bay. La idea provenía del joven oficial Francisco Marín y Villate.
Una vez que regresó la fragata, el teniente coronel Marín partió raudo con 450 soldados frescos y ron suficiente "para matar a todas los inmundicias de la sierra". Una expresión que resultó muy celebrada en la despedida por parte de los oficiales de la administración de Santiago y de la guarnición del fuerte de San Juan, a la salida de la ciudad. El intrépido joven iba orgulloso de ser útil a su ilustre tío en una importante empresa. No pocas veces los destinos fatales van precedidos de augurios de gloria.

Pocos días atrás el mayor general Máximo Gómez, jefe supremo cubano en el Oriente, se había entrevistado con Toño Monzón en el puerto serrano de Las Cruces. Preveía el envío de refuerzos para Valmaseda desde Santiago de Cuba.
– ¡Ombre, a usted ay que matarlo para pasar por aquí! –le advirtió Gómez, con su peculiar manía de omitir las haches.
El Embudo de Mayarí comprendió, sobre todo por la violencia con la que Gómez escupió al suelo tras decir aquello, que debía evitar a toda costa que los refuerzos enemigos lograran atravesar la sierra. Así que emboscó a sus hombres, 85 en número, cuatro leguas más adelante, en un pintoresco paso del angosto camino serrano de Santiago a la llanura del Cauto. Dos días llevaban destilando y empinando agua de cañón, el aguardiente de campaña, cuando el vigía anunció la proximidad de las fuerzas españolas. Segundo Silva, expanadero y explorador, llegó corriendo algunos minutos más tarde:
– Llevan tantos mulos con barricas de ron, mi brigadier, que el aroma se siente a una legua –reportó ante Monzón, ya enfebrecido de ardor patriótico, que ordenó entonces prepararse para el combate.

El Paso del Angel es un tramo de camino de medio kilómetro largo y unos 30 pies de ancho entre dos montañas. Con una de éstas colinda por un lado, mientras que por el restante una inmensa faralla lo separa de la otra elevación. Para llegar al paso el camino contornea la montaña de forma ascendente. Toño Monzón, con la lucidez estratégica que no le abandonaba ni en la oscuridad más espesa de sus sentidos, se dispuso a organizar la batalla. Colocó 20 rifleros comandados por el capitán Flores al flanco del camino, guarecidos en las malezas cubrían el corto segmento de ladera que permitía su ascenso. Otra docena de tiradores, los mejores, apostados más arriba debían decimar al enemigo a tiro certero y cubrir de fuego la retirada española, al disponer de magnífico blanco sobre la subida al paso. El resto, jinetes todos, dispuestos tras un recodo del camino, cargarían apenas los peninsulares se obstruyeran toda movilidad ocupando el paso completamente.

A la espera del momento adecuado para ordenar la carga, Toño Monzón colocó su caballo frente a sus hombres y se irguió sobre los estribos. Allí estaban, mal vestidos, hirsutos los cabellos, sin asear los rostros, sudorosas las manos en las riendas de los brutos y en los mangos de los machetes, brillantes los ojos de dias de alcohol impuro e intransigente. Más allá del remoto y ajeno ruido de la vanguardia ibérica aproximándose confiada sólo se escuchaban los sonidos del monte: el canto de los tomeguines y los sinsontes, el chirriar y zumbar de los insectos, el crujir de las ramas al viento, y el jadeo del alferez Quiñones vomitando a un costado. Entonces se oyó la voz del Embudo de Mayarí, seca y ecuánime esta vez:
–¡Compatriotas... la patria... machete con los gaitos!... ¡Paco [el corneta, n. d. a.], suena la mulata [la corneta, n. d. a.]!

Sorprendida, la vanguardia española, compuesta por 50 voluntarios guantanameros, fue arrasada por el impacto terrible del arma blanca cubana, empuñada por aquellos demonios de aliento vaporoso. Era la famosa contraguerrilla de Isidoro Mangán, un bravo guerrero cubano al servicio de España. Este individuo jamás se interesó por la política. Hasta el día en que la tropa del coronel mambí José Maceo, sin siquiera pedir permiso, le comió sus seis puercos: Aníbal, Julio Cesar, Cleopatra, Marco Antonio, Octavio Augusto y Rabilindo.

El centro de la columna hispana, víctima de descargas cerradas desde las alturas, viendo un cuadro tan sangriento ante sí, y sin posibilidad de desplegarse, cayó en pánico. Los disparos y el desorden provocaron la consiguiente reacción de los numerosos mulos de carga, unidos en arreos de una docena de animales. Varios de estos arreos, presas de un pavor desaforado, se arrojaron al vacío, arrastrando consigo a numerosos quintos.

Escenas apocalípticas, apenas descriptibles, se desarrollaban bajo aquel cielo serrano. En un saliente, una docena de españoles, encorvados por temor a las balas, luchaban desesperadamente contra un arreo de mulos, que les cerraban el paso. Con una bestia colgando ya barranco abajo por cada extremo, los mulos vacilaban entre el terror propio y el peso de sus congéneres por una parte, y el espanto y las fuerzas de los soldados por la otra. Mientras tanto, junto al comienzo del saliente y sin desmontar de su caballo, Rafael Arístides Chacumbele, descamisado guerrero natural de Guinea, entre una risotada y otra pinchaba con la punta del machete al mulo más cercano gritando contento:
– ¡Eto va bajo, su meisé!

El teniente coronel Marín trató inútilmente de contener el empuje de los atacantes. A la cabeza de tres docenas de dragones, los últimos que aún disponían de vida, montura y valor de 120 que habían sido, le salio al paso a los insurrectos. La ventura de la pelea lo enfrentó con el teniente criollo Manuel Alfonso Villalona, hombre de una fiereza legendaria. Durante un rato, con su buena esgrima, el joven oficial logró brindar resistencia a los golpes de machete. Mas, cuando el pundonor ibérico empezaba a ceder ante la razón y la otra mano a buscar la funda del revólver, un escupitajo del enfurecido cubano, empedernido mascador de tabaco, le cegó el ojo derecho al español. Estupefacto e indignado, Marín perdió por un instante la concentración. El ojo cubierto por aquella sustancia viscosa no percibió algo, y un tajo bestial de machete en el parietal derecho lo echó a tierra.

Más allá, al centro de la columna, tres pelotones de infantería de La Rioja formaban cuadro tras un parapeto de mulos sacrificados. Se encontraban frente a frente con los tiradores cubanos, con los que intercambiaban balazos y palabras gordas. Los cubanos emulaban en decir los improperios más horrorosos. Todos menos Feliciano Chang, que debido a su reservada naturaleza asiática se limitaba a gritar entre tiro y tiro:
– ¡Malicones, malicones!

Después de hora y media de disparos y centellar de filos en el aire, yacían cadáveres mutilados por todo el paso y la subida. Los últimos fugitivos habían sido abatidos a machete por sus perseguidores. Pero los infantes riojanos continuaban luchando. Sin embargo, ahora tenían que vérselas con los tiradores superiores, a los que se habían sumado dos docenas más, con fusiles y municiones del botín. Tras otra media hora se rindieron los ocho que quedaban con vida, pese a las protestas de los hombres de Monzón, que querían seguir en el tiroteo.

Cuatro días más tarde Antonio Maceo rompió el cerco de Valmaseda en Cabezas y se abrió camino en dirección a Jiguaní. Las extenuadas tropas españolas no consiguieron seguirle.

7 oct. 2007

La Balada Liberiana

Liberia nunca fue colonia. La fundaron filántropos americanos en 1847 con antiguos esclavos, comprados en América y liberados en un pedazo de tierra africana, que en 1822 habían cambiado por ron y pólvora a los caciques locales. Luego los ingleses, que perseguían la trata negrera desde 1809, comenzaron a dejar allí a los africanos que liberaban de los negreros antes del Meridiano 40. Si los agarraban más lejos de Africa, pues los soltaban en Curazao. Estos liberados procedían en buena medida de las factorías portuguesas en la costa de los Congos, y ya tampoco eran lo que habían sido. Meses o hasta años en las factorías portuguesas los habían hecho cambiar. Para empezar preferían usar alguna ropa.

Juntos, los descendientes de esclavos hacían apenas el 5% de la población. Aún más racistas que los mulâtres haïtiennes, rara vez se mezclaban con los autóctonos. A su vez permanecían divididos en Americo-Liberians y Congo People. Dos grupos que tampoco se mezclaban entre sí, pero en conjunto gobernaban despóticamente sobre las tribus locales: kpelle, bassa, gio, kru, grebo, mano, krahn, gola, gbandi, loma, kissi, vai, dei, bella, mandingo y mende, quienes a su vez siempre despreciaron a los descendientes de esclavos.

A mediados de 1979 el precio del arroz aumentó en un 150%. Desde luego, el comercio en Liberia era dominado por los americo-congos. Pero la razón de la subida del precio fue la supresión de las subvenciones por parte del gobierno debido a la caída del precio del petróleo en un 75%. Los ingresos del escaso petróleo eran destinados fundamentalmente a financiar la importación del alimento básico.

Ante las masivas protestas callejeras contra el nuevo precio del arroz, el presidente William Tolbert ordenó disparar sobre los manifestantes. Murieron 70. Se calmó la situación, pero el odio popular ya era irreversible, y en 1980 un sargento del ejército aprovechó el latente descontento para dar un golpe. Se llamaba Samuel Doe y provenía de la etnia krahn. De alguna manera había conseguido organizar una conspiración de clases y soldados a espaldas de la oficialidad américo-conga. 

Acompañado de 17 sargentos y soldados, Doe penetró en la mansión presidencial y capturó a Tolbert en piyama. Luego de sacarle un ojo con una bayoneta, lo hizo destripar y descuartizar en vida allí mismo. Pocos días después fusilaron a todos los miembros del gabinete américo-congo en una bonita playa cerca de Monrovia. Se transmitió live por televisión para el regocijo de las etnias oprimidas.

Doe se quedó con el poder. Y naturalmente que a la hora de repartir, los que no eran de la tribu krahn no obtuvieron mucho. Con excepción de los propios krahnes, eso no le gustó a nadie. En cambio, sí resultaron muy populares las espectaculares matanzas de ciudadanos américo-congos desnudos que organizó el nuevo dictador. Doe controlaba al ejército, pero después de unos pocos años le fueron perdiendo el miedo. Por entonces ya Doe se había cargado a 16 de los 17 sargentos y soldados que le acompañaron en aquella noche tan exitosa para él y tan funesta para Tolbert.

En 1985 Thomas Quiwonkpa se alzó en el condado norteño de Nimba apoyado por los manos y los gios. El mismo era de la etnia gio y el último de los otros 17 golpistas originales. Había sido la mano derecha de Doe, hasta que éste tuvo la paranoica idea de que Quiwonkpa también ambicionaba el poder. La rebelión inicialmente tuvo éxito, y pudo ser formalizada con la creación del National Patriotic Front of Liberia (NPFL). Los rebeldes llegaron hasta Monrovia y atacaron la mansión presidencial. Pero la guardia presidencial logró rechazar el ataque. A continuación el ejército de Doe pasó a la contraofensiva, logrando capturar a Quiwonkpa. Los soldados krahnes lo mataron a machetazos. El cuerpo mutilado fue exibido en Nimba, para finalmente ser canibalizado públicamente por los krahnes. Para hacer el acto aún más impresionante ante los forzados espectadores gios y manos, se lo comieron sin sal, cual leones. En total murieron unos 3.000 gios y manos en las operaciones punitivas de los krahnes en el condado Nimba. Las violaciones no fueron contabilizadas, pero se garantiza que las mujeres asesinadas fueron violadas previamente o, en su defecto, con posterioridad.

No obstante, la NPFL logró sobrevivir a la persecusión. El nuevo líder se llamaba Charles Taylor. Era hijo de un americo-liberian y una gola. También provenía del entorno del dictador krahn. Había sido jefe del servicio secreto, pero cayó en desgracia por robarse un millón de dólares de ayuda americana, que el propio Doe pensaba robarse. Sin ser de las emparentadas etnias gio y mano, Taylor no podía caerle muy bien a alguna gente en el NPFL. De ahí que surgiera el Independent National Patriotic Front of Liberia (INPFL) lidereado por el gio Yormie Johnson. Yormie era hijo de un carpintero, pero se hacía llamar Prince. Tras las primeras acciones insurgentes: unos asesinatos aquí, unas violaciones multitudinarias allá, un saqueo masivo acullá, el INPFL comenzó a ser conocido como Prince & The Gang. Y aunque no era exactamente una versión funky de “Purple Rain” lo que tocaban, estaban bastante inspirados.

En 1990 el NPFL logró golpear con contundencia a las tropas krahnes, las Armed Forces of Liberia (AFL), colocando a Doe en una situación muy precaria. El dictador liberiano se asustó y le pidió ayuda a Ibrahim Babangida, el dictador de Nigeria, con quien tenía algunos negocios comunes. Babangida consiguió entonces que la Economic Community of West African States (ECOWAS) enviase un contingente pacificador para proteger a su socio Doe. El contingente militar, denominado Economic Community of West African States Monitoring Group (ECOMOG), lo aportó el propio Babangida con 4.000 soldados. Para garantizar su lealtad y capacidad combativa, los seleccionó mayoritariamente de su propia etnia gwari. Aunque, para evitar malentendidos con las leyes federales nigerianas, colocó también una compañía de hausas musulmanes y otra de yorubas, que son cristianos, musulmanes u orishas.

El 9 de septiembre 1990 la compañía yoruba estaba de servicio en el cuartel general de la ECOMOG, situado junto al puerto de Monrovia. Hay que decir que los yorubas no apreciaban mucho a los los krahnes, practicantes de un animismo elemental, donde un simple palo tiene alma y le transmite fuerza a su dueño. Para un yoruba la fuerza viene de Jesucristo, de Alá o de Ogún. Nunca de un palo. Por otro lado, los yorubas son muy buenos comerciantes. Así que cuando ese día el dictador liberiano llegó de visita al ECOMOG, los oficiales yorubas se lo vendieron a Prince & The Gang, que pagó con diamantes por falta de cash.

Con Doe en su poder Prince y la INPFL podían adelantarse y tomar Monrovia antes que Taylor y la NPFL. Y así lo hicieron. Mas primero Prince mandó a buscar a un equipo de la TV liberiana, pues no había nadie de CNN en la ciudad. Los pusieron a filmar a Doe temblando. Temblando los camarógrafos, y temblando Doe. Primero le cortaron las orejas. Acto seguido lo obligaron a comérselas. Luego lo castraron. Pero no consiguieron estimularle más el apetito. Entonces lo dejaron desangrarse gritando, mientras de vez en cuando lo golpeaban, pinchaban o quemaban un poco, para que no perdiera los ánimos. Ese video fue el hit absoluto del año en todas las videotecas entre Dakar y Lagos.

Después de aquello, Prince pensó que le tocaba el pedazo más grande del pastel. Taylor, sin embargo, era de otra opinión. Entonces comenzó la segunda fase de la guerra civil. Resultó más virulenta aún que la anterior, con unos 220.000 muertos y 1.000.000 fugitivos. Para que el NPFL y el INPFL no se sintieran solos en su duro batallar, surgieron entonces la Lofa Defense Force (LDF) de los gbandis dirigidos por Francois Massaquoi, el Liberia Peace Council (LPC) de los krahnes de George Boley, así como el United Liberation Movement of Liberia for Democracy (ULIMO). Este último pronto se dividió en dos por razones técnicas, digo, étnicas: el United Liberation Movement of Liberia for Democracy–Johnson Faction (ULIMO-J) de los krahnes liderados por Roosevelt Johnson y el United Liberation Movement of Liberia for Democracy–Kromah Faction (ULIMO-K) de los mandingos encabezados por Alhaji Kromah. También se produjo otra escisión en la tropa de Taylor, y fue creado el National Patriotic Front of Liberia-Central Revolutionary Council (NPFL-CRC) guiado por Sam Dokie and Tom Woewiyu.

Aunque el esquema era abierto, o sea, de todos contra todos, Taylor llevó la ventaja todo el tiempo, y en 1996 se llegó a un acuerdo de paz. Bajo la ingenua égida del gobierno americano de Bill Clinton y de la ONU se llevaron a cabo elecciones libres. Taylor declaró que si él no ganaba, continuaría la guerra. La canción oficial de su campaña electoral decía textualmente, a pie de letra y en pie de conga: “He killed my ma, he killed my pa, I'll vote for him.” No tuvo que hacer trampas. Ganó con 75%.

Sin embargo, apenas tres años después ya se había alzado contra Taylor un nuevo grupo, esta vez de los mandingos, llamado Liberians United for Reconciliation and Democracy (LURD) y encabezado por Sekou Conneh. Rápidamente ganaron la reputación de ser peores que todos los bandos anteriores juntos. Otros tres años después ya controlaban todo el norte del país. Entonces surgió con inesperada fuerza en el sur el Movement for Democracy in Liberia (MODEL). Era el comeback de los krahnes, ahora lidereados por Thomas Nimely.
De hecho, la estrategia bélica de AFL, NPFL, INPFL, NPFL-CRC, LPC, LDF, ULIMO-J, ULIMO-K, LURD y MODEL fue siempre la misma, y se basaba en cuatro reglas muy simples:

1. Si avanzo y encuentro enemigo, me ensaño con el enemigo y con los civiles.
2. Si avanzo y no encuentro enemigo, me ensaño con los civiles.
3. Si me retiro, me ensaño con los civiles.
4. Si no puedo avanzar, ni tengo que retirarme, pues mientras tanto me ensaño con los civiles.

Aun atrapado entre dos espadas, Taylor consiguió detener el avance de sus enemigos y consolidarse en el tercio del país que le quedaba. Se creó un equilibrio donde, aparte de los civiles, casi no había víctimas. Entonces el gobierno americano de Bush le dio la estocada final: ¿Te vas o te vamos? Y Taylor se fue a Nigeria. Corría 2003, Año 24 de la Brutalidad Liberiana. Desde entonces el país quedó básicamente controlado por el LURD y el MODEL. Con tropas de paz de la ONU. Y una criminalidad sin igual.

En 2005 se celebraron elecciones libres nuevamente. En la segunda vuelta ganó Ellen Johnson-Sirleaf, antigua ministra de finanzas de Tolbert, frente al favorito George Weah, ex-astro del fútbol mundial. Johnson-Sirleaf, una brillante mulata (no por ascendencia americo-liberiana, sino por un abuelo alemán) graduada de Harvard y con un impresionante currículo de ejecutiva en organismos y bancos internacionales, es la primera mujer que gana unas elecciones presidenciales en la historia de Africa.

Tal vez ese sea el camino para salir de la bestial violencia africana: que manden las mujeres.

4 oct. 2007

Comando Playero

Después del divorcio mi madre consiguió un Moskvich, pero apenas lo usaba. Sobre todo luego de que casi le pasa por encima a una vieja. Mi padre, por su lado, tenía un Fiat argentino desde mucho antes. Desde luego, ese siempre fue intocable. Cuando mi hermano cumplió 15 años, aprendió a manejar. Entonces nos juntábamos con nuestros primos Oscar y Arturo y cogíamos prestados el Moskvich sin que mi madre se enterara. Yo era el único que no sabía conducir, pero ninguno tenía licencia. Al mayor primo lo habían suspendido dos veces en el éxamen práctico –por mariconá, claro, y los otros ni eso.

Menos mi hermano, todos podíamos pasar por jóvenes adultos. Agarrábamos el Moskvich y nos íbamos para la playa. Mi hermano manejaba muchas veces. Cierto que con él al timón, que nos viera la policia era un riesgo. Pero se empecinaba en manejar muy a menudo, y el carro era de su madre... Pero fuera quien fuera al volante, el co-piloto siempre era yo. Lógico, el carro era de mi madre...

Usábamos dos recursos de camuflage. En primer lugar llevábamos siempre gafas oscuras. Eso hacía nuestro aspecto algo mayor y algo siniestro.

Lo otro era el carnet de cazador de nuestro ya fallecido abuelo común. Tal carnet era emitido por el MININT en su afán de controlar a todo posible peligro para el Comandante. Quien poseía un arma de caza desde antes de 1959, si quería conservarla, tenía que registrarse como cazador. Usar el arma sin carnet significaba de 8 a 18 años, según el lugar donde te cogieran con la escopeta en la mano. Obviamente, aquel que sólo amagara de descontento, perdía el carnet y el arma. El arma era intransferible bajo penalización. La misma semana que murió el abuelo, sin que nadie les avisara, pasaron los tipos del MININT a recoger el fusil. Por el carnet ni preguntaron. Sí, eran agentes, pero criollos.

Este carnet tenía el mismo aspecto, tamaño y color exterior que los carnets de la policía, de la seguridad de estado, de los aduaneros, en fin, de todo el personal del MININT. Debido al uniformismo socialista o a la escasez de recursos, o a ambos, la carátula era la misma para todos los carnets emitidos por la entidad represiva nacional. Tengo entendido que a principio de los 90 cambiaron los formatos.

Lo llevábamos por una razón bien simple. En un pais donde el control es tan absoluto, la mera apariencia de pertenecer al aparato represivo te hace de confianza para los otros componentes del mismo. Los carnets eran de un azul particular y con el título del Mininterio del Interior junto al borde superior. Los policías y los segurosos de civil en operativo sin cobertura lo llevaban en el bolsillo de la camisa, y por su longitud siempre sobresalía la parte superior. Así mismo me ponía yo el carnet de cazador del abuelo. Siempre que le pasamos cerca a algún policía, el carnet estaba bien visible. Se podía apreciar como los tipos lo veían antes de relajarse. Era el mismo clip cada vez: policía mira pa’l carro, policia mira pa’ los tipos dentro del carro, policía mira las gafas de los tipos dentro del carro, policía mira la ropa de los tipos dentro del carro, policía ve el carnet, policía mira pa’ otro la’o.

Sólo una vez fue diferente. Era ya de noche en la carretera de la playa, y nos detuvo un grupo de las tropas guardafronteras. Portaban AKMS. No las simples AK47 de unidades regulares. Normalmente por ahí no tenían nada que hacer. Así que supusimos después que estarían buscando a alguien. Después. Porque en ese momento nadie supuso nada. Tan sólo conectamos el autopiloto. Oscar, que manejaba, detuvo el carro fuera de la carretera. Dos de los guardias se acercaron, y uno se dirigió a la ventanilla del conductor alumbrando con una linterna. Antes de que el tipo dijera nada, yo saqué el carnet del abuelo y, sosteniéndolo por la base, lo extendí hacia el soldado por encima del pecho de mi primo. No se me ocurrió otra cosa. Ni supe qué decir. El guardia alumbró el carnet con la linterna, y acto seguido, cuadrándose, exclamó:
- Sigan, compañeros!

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