12 dic. 2008

El Protector De Los Cerdos XXIV


Castigo & Honra

La única pérdida de las huestes cristianas durante el combate en Potonchán resultó ser un desertor: Melchorejo, aquel indio yucateco capturado por Hernández de Córdoba dos años atrás, y que fuera el tosco traductor inicial de Cortés en Cozumel. En cambio, había más de cien prisioneros locales. Y no atraparon mayor número porque el caudillo desistió de perseguir a los vencidos. Aún confiaba en ganar la buena voluntad de los chontales.

El interrogatorio de los prisioneros puso al descubierto que el traidor Melchorejo se había pasado al enemigo desde la noche anterior. Llegó hasta la orilla nadando y se introdujo en la ciudad en plena celebración del Báalam Wiix. Fue una aparición muy afortunada para los chontales, que aprovecharon para improvisar un estimulante sacrificio ritual. Los sacerdotes declararon que su inesperada llegada era un buen augurio. Eso provocó el entusiasmo de los guerreros, ya que suponía el favor de los dioses en la lucha que se avecinaba. Originalmente habían cancelado los sacrificios humanos reglamentarios para aquella ceremonia por falta de recursos. Sólo disponían de un totonaca sordomudo y amaestrado, la mascota personal del cacique. Tabasco no quiso entregarlo al sacrificio por lo útil que era como ágil trepador de cocoteros.

- ¡Qué el señor le acoja, y le perdone su traición! –exclamó fray Díaz al enterarse del triste fin de Melchorejo.

- ¡Joder, se lo ha buscado él mismo! ¡Quién lo manda a traicionarnos! –ripostó Pedro de Alvarado.

- Olvida vuestra merced que el pobre Melchorejo, pese a todo, era un cristiano… -insistió el padre.

- Era un cobarde y un dersertor –se entrometió Portocarrero-. ¡Que le den por…!

- Bueno, bueno, ya está bien –quiso apaciguar fray Cabezuela-. Padre Juan, vuestra misericordia os honra. Capitán Portocarrero, seguramente Melchorejo hubiera preferido vuestra sugerencia antes que el cruel sacrificio.

- ¡Válgame Dios si os miento, y la virgen si soy veraz! Os juro que sí, padre –aseveró don Alonso-. Os digo que estos salvajes no os dan ni de beber antes de arrancaros el corazón.

- ¡Pacheco! –llamó Alvarado a su ayudante-. ¡Joder, Pacheco!

José Pacheco, extremeño, aseguraba a sus incrédulos compañeros de armas que era sobrino de la condesa de Medellín. Y en verdad que cierto vínculo con dicha dama no le faltaba: había sido su caballerizo. Pronto se presentó. Venía arreglándose las vestiduras.

- Perdonadme, vuestra merced –pidió afable-. Es que hacía tres días que no había hecho a mi persona. ¡Pero, gracias a Dios, ahora pude! Ya tenía hasta calambre en las tripas…

- ¿Lo véis? Es lo que os digo –intervino Portocarrero-. ¡Por eso Castilla está tan jodida! Cuando más apremia su presencia, ¿dónde está la nobleza? Cagando…

Menos Pacheco, nadie pudo contener la risa.

- ¿Qué se le ofrece a vuestra merced? –preguntó el homenajeado.

A don Pedro le costó un minuto recordarlo.

- ¿Tenemos sacerdotes entre los prisioneros? –preguntó el osado lugarteniente de Cortés.

- Creo que hay uno nada más, mi señor, al menos tiene toda la piel llena de tatuajes como los sacerdotes de Cozumel.

- Muy bien –contestó Alvarado-. ¡Ahorcadle!

- Y decidles a esos paganos que no es por gusto –agregó fray Díaz persignándose-, sino el castigo por hacer sacrificios humanos.

- Esperad, Pacheco –se inmiscuyó Portocarrero nuevamente-. Igual podemos quemarlo, joder, que aquí ha sobrado leña de la fiesta de anoche.

Los presentes se miraron entre sí, sopesando la sugerencia.

- No es mala idea… -comenzó Alvarado.

- Prudencia, caballeros –terció don Simón con benevolencia-. Si armáis una hoguera, don Hernando querrá saber qué sucede, y quién mandó, y por qué…

- Vale, vale, ahorcadlo no más, Pacheco –cedió don Pedro.

Este justo castigo tuvo un efecto inesperado. Mientras izaban al sacerdote, otro indígena menos tatuado comenzó un raro monólogo gesticulando hacia los españoles que observaban curiosos la ejecución.

- Dice que no lo maten de esa forma tan seca y deshonrosa –tradujo fray Aguilar.

- Yo lo sabía –masculló don Alonso-, les gusta más el fuego…

- Bueno, pero que se calme, que el hombre ya está muerto –comentó Sandoval mirando el cuerpo pendiente que apenas se sacudía.

- No, dice que no lo maten a él –aclaró don Gerónimo.

- ¿Cómo? –se extrañó Alvarado-. ¿Es otro sacerdote? Pacheco, colgadlo también.

Las súplicas del sujeto se volvieron frenéticas en tanto dos soldados lo arrastraban hasta una hermosa ceiba.

- Dice que, si le damos una muerte decorosa, nos revelará algo importante –indicó el traductor andaluz.

De esta manera los castellanos se enteraron de que el artero cacique Tabasco había escondido a sus mejores guerreros fuera de la ciudad. Y que nunca se rendiría mientras dispusiera de los valerosos Chich Nal. El sacerdote pudo morir con una sonrisa en los labios. Fue dignamente degollado.

El caudillo no se desanimó al escuchar semejantes novedades. Mandó a interrogar con mayor meticulosidad a los prisoneros. Así se supo que Centla, ubicada a unas seis leguas, era el granero de Tabasco. Se encontraba en una fertil llanura llena de maizales y con numerosas acequias para la irrigación del cultivo. El generalísimo decidió tomar la iniciativa.

A la mañana siguiente tres columnas, de 80 hombres cada una, marcharon sobre Centla desde diferentes direcciones. La columna central, comandada por Gonzalo Sandoval, incluía al traductor con la misión de leer los requerimientos. Se dieron de bruces con la vanguardia Chich Nal, conformada por los mejores guerreros, reclutados por su fiereza y no por su linaje. Mil en número, con sus cuerpos pintados de círculos amarillos.

Uno vestía diferente: estaba cubierto de vistosas plumas, y se adelanto llamando a voces. Era el kóot‘aan.[48]

- ¿Qué dice ese pajarraco? –preguntó Sandoval tras formar en cuadro a su tropa.

- Quiere saber quién osa enfrentarse a la legión de la Mazorca Dura –interpretó don Gerónimo.

- ¡Pues contestadle que somos la compañía del Nabo Tieso! –respondió el bravo capitán, provocando carcajadas entre las tupidas barbas cristianas.

De las filas mayas salían alaridos y rítmicos baladros de guerra. Creaban un crescendo aterrador. Sandoval se volvió hacia sus hombres.

- Sí, son muchos y parecen fieros –exclamó el capitán extremeño-. Pero, recordadlo, castellanos, ¡valemos más y Santiago nos acompaña! Desenvainad vuestros aceros, que pronto lucharemos al tajo. Avanzaremos en bloque, y retrocederemos en bloque. ¡Que nadie se separe y que nadie se amilane!

- ¡Por Santiago y por Castilla! –gritó uno de los cuatro arcabuceros abriendo la cazoleta, tras avivar la mecha de un soplo.

- ¡La puta que los parió! –rugió la tropa.

Se desplazaron en formación hacia atrás y a la izquierda buscando un sitio más seco para combatir. Los chontales habían abierto las acequias, y el agua anegaba el suelo hasta los tobillos. Los nativos se movían paralelamente sin acortar distancias. Cuando el bloque hispano se detuvo en lo que parecía una tenue elevación, un enorme y fornido maya se adelantó blandiendo una exuberante macana verde. Había sido escogido para el tohol túum, la prueba del valor, como mostraban los finos cortes en su rostro. Sangraban levemente, diluyendo un poco la pintura de guerra. El fiero chontal arrancó en una ágil carrera hacia las filas castellanas.

- ¡Que nadie dispare! –ordenó Sandoval-. ¡Jaramillo, ese indio es vuestro!

Un espigado piquero de Fregenal de la Sierra, Badajoz, dio un paso al frente para esperar al guerrero maya.

- Virgen Santa María de los Remedios, no me abandones, ni me dejes estragar mi honra –murmuró el soldado.

- ¡Ensartadlo, Juan! ¡Fuerza a la pica, chaval! –lo animaron sus compañeros.

Juan Jaramillo se había quedado dos veces dormido durante la vigilia de guardia, y don Gonzalo le había tomado cierta ojeriza. A tres pasos del cristiano el guerrero chontal, en plena carrera, levantó el gigantesco garrote sobre su cabeza usando ambos brazos. Zancada y media después la pica le rajó el pecho en el aire. Entre los vítores cristianos Jaramillo remató al indio hundiéndole el cráneo con el otro extremo de su pesada lanza. Luego le arrancó las dos argollas doradas de las orejas antes de entrar de vuelta en la formación. Mil furiosos chontales ya venían corriendo y gritando.



[48] Kóot‘aan, literalmente: águila habladora, un oficial cuya función era retar al enemigo a la lucha, e intimidarlo mencionando los poderes de los guerreros chontales.

4 comentarios:

  1. Momentos sublimes en que me he destoletado de la risa "la nobleza, cagando", y los nombres, hallazgos fenomenales, Melchorejo, etc, genial.

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  2. Qué cronistas de Indias ni qué ocho cuartos.
    El Cronista es Güicho, y como debe ser.

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  3. Guicho:
    La historia hubiera sido mucho más amena si hibieras venido con Colón.

    Saludos,
    Al Godar

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  4. Zoé, Isis & Al,
    agradeceros quiero vuestra benignidad, soy vuestro deudor!

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