18 dic. 2008

El Protector De Los Cerdos XXV


La Batalla de Centla

Formando un erizo de lanzas y espadas la columna de Gonzalo Sandoval se defendía con gran dificultad de la abrumadora superioridad numérica de los aborígenes. Completamente cercados por una masa de indios beligerantes, de poco servían arcabuces y ballestas. La desorganizada hostilidad de los chontales prometía aplastar a los valientes conquistadores en cualquier momento. En eso, afortunadamente, llegaron las otras dos columnas castellanas. Una por el este, con Domingo García de Albuquerque al frente; y la otra por el suroeste, al mando de Gonzalo de Alvarado, hermano de Pedro. Sin embargo, los guerreros Chich Nal continuaron asediando a la escuadra de Sandoval como si tal cosa, sin dividir sus fuerzas pese a los refuerzos enemigos. Para un militar profesional esa actitud hubiera servido de advertencia de que algo no estaba bien. Mas en la Santa Compañía escaseaban los profesionales. A menos que se contase a los especialistas en incursión inmobiliaria, conocidos como gatos en Castilla. Nadie percibió, pues, el peligro. Y una vez que ambas columnas chocaron con los flancos chontales, fue demasiado tarde. Desde las acequias posteriores del norte salió un aluvión de mayas. Eran los restantes regimientos Mazorca Dura, constituídos por vástagos de las mejores familias de Potonchán. Dos mil guerreros en total. Seguidos de otros dos mil reagrupados sobrevivientes del combate anterior junto al río. En menos de lo que se asesta un mandoble los castellanos quedaron atrapados por un doble cerco de cinco contingentes indígenas.

Desde la pequeña elevación que ocupaba su columna don Gonzalo Sandoval pudo apreciar la crítica situación.

- ¡Estamos jodidos, capitán! –exclamó un ballestero, ya sin proyectiles.

- ¡Animo, soldado, que Santiago no nos abandonará en esta hora! –contestó el capitán.

El bravo oficial metellinense empujó al infante hacia la línea interior de defensa, y vociferó a su tropa:

- ¡Por Santiago y por Castilla!

Nadie respondió.

- ¡Por Santiago y por Castilla! –repitió Sandoval.

Ni eco.

- ¡Que viva Santiago Apostol, joder! –gritó el desaforado don Gonzalo.

- ¡Viva Santiago! –salió de las reanimadas gargantas cristianas.

Y en ese instante sucedió el milagro. Por el sur aparecieron doce jinetes. Iban de completa armadura: del escarpe a la gola. Bajo el sol del mediodía relucían sus petos y hombreras de acero. Llevaban los yelmos con las viseras cerradas. Un centenar de infantes los seguía. Y otro centenar de taínos avanzaban temblorosos detrás. Un jinete portaba el estandarte blanco con la cruz roja de Santiago Apostol. A su lado cabalgaba un gallardo hidalgo sobre un inquieto corcel tordo. Aquel caballero desenvainó su espada y señaló hacia los infieles nativos.

- ¡Es Santiago! ¡Santiago! ¡Santiago vino en nuestro socorro! ¡Viva Santiago! –gritaron voces entusiastas entre los cercados, que comenzaron a rechazar con más vigor la presión de los chontales.

Pronto los jinetes arrancaron al galope y cargaron contra los Chich Nal, causando pavor entre sus filas. No era Santiago, desde luego, sino Francisco de Morla. Los otros jinetes eran el propio Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Alonso Hernández Portocarrero, Cristóbal de Olid, Francisco Montejo, Juan Velázquez de León, Juan Gutiérrez Escalante, Pedro González Trujillo, Alonso de Avila, Gonzalo Domínguez y Amador de Lares.[50] El caudillo había hecho traer los caballos con gran sigilo durante la noche.

Para los mayas la aparición de la caballería hispana resultó devastadora. Ante sus ojos inexpertos eran seres monstruosos. No podían diferenciar al cristiano de su cabalgadura, y aquello les parecía una sola bestia, veloz y mortífera. Era el glorioso debut de la caballería militar en el nuevo mundo.

Los infantes recién llegados también se incorporaron al combate por el flanco derecho. Incluso los taínos cubanos auxiliares lograron sobreponerse un poco a su miedo. Ayudaban rematando a los mayas heridos. Al mismo tiempo, y poco a poco, los castellanos cercados iban rompiendo las líneas enemigas. No obstante, los laureles pertenecían definitivamente a la caballería. Desenfrenados, los jinetes cristianos arremetían contra los Chich Nal. Velázquez de León blandía un robusto Goedendag flamenco, con el que saludaba continuamente a los chontales.[51] Los demás caballeros usaba sus espadas, decapitando y rajando con diligencia. Tan sólo Trujillo, que montaba el rocín Rolandillo, hacía huir ante sí a sesenta guerreros nativos.

El pánico maya se generalizó cuando la última columna castellana, la de Gonzalo de Alvarado en el flanco izquierdo, logró romper el cerco. Se componía únicamente de rodeleros. Con endemoniada precisión empujaban rítmicamente con el escudo -llamado rodela- en un brazo, para inmediatamente pinchar el bajo vientre enemigo con una larga daga -denominada riñonera- en la otra mano. Apenas dos reiterados comandos de Alvarado mantenían funcionando aquella furibunda máquina de destripar mayas:

- ¡Pujad…! ¡Hincad…!

Los chontales escapaban hacia el noroeste, pero esta vez el caudillo ordenó perseguirlos, y encabezó en persona el acoso a lo largo de una legua. Al final se contabilizaron casi mil mayas muertos. Podrían haber sido sólo setecientos, si los taínos hubieran sido más mesurados con los heridos. Por el lado europeo habían sesenta lastimados, algunos severamente. Varios perecerían después al contraer infecciones en sus heridas. Mas la primera batalla campal de la Santa Compañía fue una victoria cabal y brillante. Gracias a la caballería.
Al atardecer se presentaron treinta nobles chontales vestidos con finos mantos y bellas plumas. Sus servidores traían abundante comida. Pavos, tortillas, frutas y miel. Solicitaron permiso para quemar a sus muertos.

- ¡Pues que venga Tabasco a pedírmelo! –respondió el caudillo.

Los indios asintieron humildes.

- Pero que no se moleste en venir si no trae el oro –añadió, ecuánime, el vencedor de Centla.

Un poco más tarde arribó Tabasco en persona. Era un indio robusto. Tenía unos sesenta años y el largo cabello completamente gris. Su opulenta ornamenta de plumas de quetzal abanicó a Cortés al saludarlo. Traía una cesta llena de joyas de oro y otra repleta de turquesas, así como 20 hermosas doncellas.

- Os las regalo para que os cocinen –dijo el halach uinik con maliciosa sonrisa, y agregó-: He oído que no tenéis mujeres. Tal vez por eso sois tan agresivos.

Cortés guardó el oro y las piedras preciosas, y repartió a las indias entre sus capitanes, quienes en seguida se pusieron contentos. A continuación se dedicaron a impresionar al cacique. Trajeron a Cabeza de Moro, un fuerte caballo ruano que siempre se ponía salvajemente cachondo en primavera. Previamente habían colocado cerca de los nobles chontales a una voluptuosa yegua blanca, escondida con discreción tras una improvisada empalizada de lanzas, escudos y pendones. El fogoso corcel relinchó con gran violencia y trató de avanzar para montar la potranca. Cuatro hombres lo contuvieron a duras penas tirando de dos cadenas. El animal relinchó aún más fuerte y se irguió entonces sobre sus patas traseras, dejando ver toda su longitud viril. Tabasco y su comitiva se quedaron espantados. Ipso facto los chontales hicieron ofrendas al caballo: maíz, pavos y flores. Con ayuda de Aguilar, el caudilló explicó al cacique que aquellos "doce apóstoles", así llamó a los equinos, eran muy poderosos, y que se habían enfadado mucho por la taimada emboscada maya.

- Y habéis tenido suerte de que los apóstoles no han querido montaros… –agregó.

Tabasco temblaba. Al momento, y bien de cerca, dispararon una bombarda. Uno de los ayudantes del cacique se orinó. La delegación maya se encontraba en el punto anímico perfecto para dialogar.

- ¿Dónde están las minas de oro? –inquirió Cortés.

- No tenemos minas, noble señor –contestó sincero el cacique-. El oro es un adorno, no nos importa mucho.

- ¿Y la plata?

- Tampoco tenemos plata, señor, pero hacia el interior, en las tierras altas, viven los mexicas, un pueblo muy fuerte y rico, que tienen oro y plata en abundancia –anunció el jefe maya.

- ¿Por qué me habéis atacado a mí, y a mi hermano Grijalva lo habéis tratado bien antes? –preguntó don Hernando.

- Vuestro hermano sólo pidió oro. Vos pedisteis comida, y trayendo muchas más bocas –explicó Tabasco-. Vos sabéis lo que realmente tiene valor, aunque también parece gustaros bastante el oro.

- ¿Por qué habéis huido siendo muchos más que nosotros? –quiso saber el generalísimo.

- Vuestras espadas matan mucho más que las nuestras. Y también vuestros truenos nos atemorizaron –declaró el vencido chontal-. Pero vuestros apóstoles son muy rápidos y nos asustaron más, sobre todo con sus hocicos. Y menos mal que los apóstoles no quisieron montarnos, habría sido peor que la muerte.

A una señal del caudillo fray Cabezuela leyó los requerimientos al cacique, que aceptó sumiso ser vasallo del gran señor al otro lado del mar. Luego Cortés le dio un discurso sobre lo bueno que era Dios y lo malo que era hacer sacrificios humanos. El halach uinik no entendió, pero igualmente aceptó. Además, asintió cuando le pidieron destruir sus ídolos. Incluso admitió que ya no le servían.

- Un dios que no ayuda a ganar en la guerra merece la muerte –declaró Tabasco.

El generoso caudillo, por su parte, prometió a los chontales que podrían regresar a sus hogares en Potonchán al día siguiente.

Esa noche, de vuelta en la ciudad, se reunió la plana mayor de la Santa Compañía.

- Esos mexicas son nuestro objetivo –dijo don Pedro de Alvarado.

- Necesitaremos más caballos –apuntó don Gonzalo Sandoval-. Habrá que conseguirlos en Fernandina o en La Hispaniola.

- Y a partir de ahora no reclaméis más comida, por el amor de Dios –infirió fray Simón de Cabezuela-. Oro, y nada más, caballeros.

- Razón lleváis todos –sentenció don Hernán Cortés.

- Vale, y ahora excusadme, vuestras mercedes –exclamó don Alonso Hernández Portocarrero-, que tengo una india que bautizar.

La india que le tocó a Portocarrero entre los regalos de Tabasco tenía 14 años y se llamaba Malinali. Don Alonso la bautizó hasta bien entrada la noche, y pasó a llamarse doña Marina.



[50] El astuto Amador de Lares jugó un papel nunca suficientemente ponderado en la Conquista de América. Natural de Burgos, al norte de Castilla, era analfabeto pero sabía contar, sumar y restar. Así devino el contador oficial de Diego Velázquez. Fue Lares quien sugirió a Hernán Cortés para comandar la tercera expedición a México que organizaba el gobernador de Fernandina. Eso Cortés supo agradecerlo, pues lo nombró contador de su empresa. Algo excepcional, ya que el caudillo sólo confiaba en extremeños, y si eran de su pueblo natal, Medellín, tanto mejor. Otro mérito indiscutible de don Amador fue la introducción de los negros en Cuba. En 1512 el burgalés solicitó y obtuvo permiso de la Real Audiencia para llevar a Cuba a cuatro negros esclavos que había comprado en Santo Domingo. Los bautizó como Gaspar, Melchor, Baltasar y Chucho. Precisamente dicho Chucho resultó el primer negro ajusticiado en Cuba. Fue empalado en 1514, luego de que la concubina taína de Lares diera a luz un bebé afroamerindio.

[51 ] Goedendag, en castellano “buendía”, arma medieval flamenca, era un largo garrote armado con una afiliada punta de hierro sujeta por un pesado refuerzo metálico. Era muy difícil sobrevivir al “saludo” de esa arma.

10 comentarios:

  1. Güicho, este libro se presta de maravillas para un guión cinematográfico. Si no, será el mejor libro de texto para enseñar historia del Nuevo Mundo en el futuro.

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  2. Deberías publicar este libro. Una maravilla, de acuerdo con Salcedo.

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  3. Es la mejor historia de la conquista que he leido.
    Muy amena y aguda.
    Saludos,
    Al Godar

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  4. Guicho, acabo de inscribirme en Blogger para poder opinar aqui. Nada, estas acabando, en serio.
    Tienes una magia para escribir y entretener que estoy seguro que monton-pila-burujon-punao de gente te va a envidiar en el futuro. (Claro, si es que no te envidian ya).

    Un abrazo y sigue asi.

    Camilo.

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  5. Estimado Guicho, si apuesta por un libro con todo este material, sera asignatura obligada en el sistema escolar americano (desde la Patagonia hasta la casa de Sarah Palin)del siglo XXI. Un milestone!

    Confieso que me costo varios capitulos y la ayuda de una cibernauta para poderlo apreciar en toda su magnitud. Que gozar!

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  6. Jorge,
    sueño con el día en que la maestra le pregunte a Pepito cómo fue que Cortés asustó a Tabasco...
    Gracias

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  7. Al,
    gracias. La Conquista da para muchísimo. Por cierto, tengo unos bosquejos de las Cruzadas... ;-)
    Saludos

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  8. Camilo,
    te agradezco esa deferencia con la misma alegría de un conquistador al recibir un arcabuz nuevo de manos de Cortés.
    Abrazo

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  9. Don Eufrates, gracias.
    Haremos el libro, pues por los niños, o por dinero, cualquier sacrificio merece.

    Bueno, pues a gozar con la internauta primero, ya habrá tiempo de leer luego.

    Saludos

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