26 abr. 2009

Las notas perdidas del Diario del Che en Bolivia 23

De la sociología revolucionaria: macho alfa, macho omega.

Junio 21 de 1967
[…]
La guerrilla padece de una extraña epidemia de caries. Ya perdí la cuenta del número de dientes que extraje últimamente.

Abandonamos el caserío por la tarde. Pretendíamos llevar a Calixto de guía. Sin embargo, ante la perspectiva de tener que correr tras él por el patio para convencerlo -y probablemente luego por la serranía para que no escape-, decidimos colocar a Paulino en su lugar. Tomamos el mulo de Calixto como requisa revolucionaria. Calixto lloró tanto por el animal que Pacho comentó que el mulo acaso era cuñado de Paulino. Seguramente nos lo comeremos un día de estos. De momento, cabalgo.

A los tres espías los soltamos sin más prendas que las interiores.

Junio 22 de 1967
[…]
Nos perdimos. Por lo visto, el joven práctico no conoce el terreno tan bien como a la hija del alcalde.

Junio 23 de 1967
[…]
Seguimos perdidos. La única novedad ha sido un fuerte ataque de asma. Se me están acabando las medicinas y no hay un hospital medianamente asaltable en 100 leguas a la redonda.

Junio 24 de 1967
[…]
Ahora estamos menos perdidos, gracias a que encontramos huellas frescas de ganado. Las seguimos.

El asma se ha puesto peor.

Junio 25 de 1967
[…]
Continuamos por la ruta del ganado. Si bien las bestias son más rápidas. No conseguimos alcanzarlas.

Sobre las 10 de la mañana encontramos un potrero incendiado y vimos una avioneta dando vueltas por la zona. No supe cómo interpretar la situación. El Tuma dijo que aquello era mala señal, porque también habíamos visto un pájaro negro muerto en el potrero. Le expliqué que el cadáver del pájaro estaba calcinado por el fuego, pero que probablemente tenía otros colores en vida. No permitiré que la racionalidad dialéctica abandone a esta guerrilla ni por un instante.

Por la tarde arribamos a Piray, que se compone de tres casas: una abandonada, otra vacía y otra de la familia de una hermana de Paulino. El marido de ésta y el vecino Paniagua de la casa vacía habían salido para el cercano pueblo de Florida. No hallamos comida en la casa de la hermana. Incluso sus cuatro chiquillos parecían bastante hambrientos. En la casa del vecino ausente no había ni pan ni agua. Era de esperar.

Recorrimos otro kilómetro hasta la choza de una hija de Paniagua, que tenía una ternera. No quería venderla, pero Paulino le habló del mulo de Calixto. La mujer nos dio un buen precio. Ordené preparar el asado sin perder tiempo.

Mandé a cuatro hombres a comprar algunas cosas en Florida. Regresaron rápido con la noticia de que el ejército está en el pueblo. Coco propuso atacar, ya que no pasan de 50 los soldados. Le hice un señalamiento por su imprudencia. No sabemos si el enemigo recibirá refuerzos próximamente.

El asado no me ayuda con el asma.

Junio 26 de 1967
[…]
Aciaga suerte la mía. Hoy me mataron al Tuma.

Todo iba bien hasta que a las 5 de la tarde se reportaron disparos desde la emboscada preventiva en el camino a Florida. Cuando llegamos habían cuatro soldados muertos junto al río. No sabíamos si habían otros más vivos entre las malezas. Así que no nos arriesgamos a recoger las armas. Decidimos esperar la noche. El enemigo oculto, en cambio, tuvo menos paciencia y abrió fuego. Entonces ordené la lógica retirada. Mas no se procedió con la rapidez necesaria, y pronto avisaron que teníamos dos heridos. Los llevamos para la casa de la hermana de Paulino. Pombo había sido baleado en una pierna. Tuma, en el vientre. Lo operamos y se nos murió sobre la mesa. La bala le había perforado el hígado. El bisturí, los intestinos. No pude hacer más nada por él.

Ha sido una baja muy dolorosa. Creo que Tuma gritaba honestamente. Se llamaba Carlos Coello y era un compañero extraordinario, de una fidelidad casi inhumana. Desde mi ascenso a comandante fue mi escolta en la Sierra Maestra. Tuve que obligarlo a terminar de aprender a leer y escribir para poder ponerlo de sargento jefe de pelotón en La Cabaña, pues de lo contrario no hubiera podido leer las sentencias revolucionarias antes de ejecutarlas. Mas tarde me acompañaría hasta el Congo. También que disponía de una pigmentación epidérmica propicia para esa tarea. Aunque recuerdo que parecía casi blanco al lado de los compañeros congoleses. No sólo por su disciplina y diligencia. Sus últimas palabras inteligibles fueron "¡ay, eso duele, coño!"

Ahora tendré que cebarme el mate yo mismo.

[…]

7 comentarios:

  1. Aunque trago en seco cuando me imagino al Che Guevara bisturí en mano en el intestino de alguien, aun así, ojalá que sigas comprando esas hojas una a una.

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  2. Lo de la epidemia de caries es soberbio, ya desde que empiezas a leer no puedes evitar la carcajada. Insuperable.

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  3. Tanto batallar para comprender que todos los caminos llevan a Florida....

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  4. No he parado de reírme, de principio a fin.

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  5. Comenzo bien la semana. A leer y releer esta joya voy. Gracias.

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  6. Efectivamente lo de la epidemia de caries no tiene desperdicio. Tampoco que todos los caminos conducen a Florida. Pero la verdad leyendo lo del Tuma lo que senti fue tristeza por tanta vida sacrificada, no importa si el tuma era negro o mestizo, o blanco; el tuma era un guajirito que creyo hacerse persona siguiendo al blanco extranjero.

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  7. Diana, Zoé, Eufrates, Isis, Frida & Lázaro, les agradezco la paciencia y los estimulantes comentarios.

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