18 feb. 2010

Pasajes de la Vida de un Poeta IV


Ante la luz del alba
mi sueño se esfumó;
dejó un grato temblor
y la cama mojada.

¿Qué fue lo que soñé?,
¿con quién mi noche retozaba?

Una sospecha vaga,
un leve instinto, un rumor,
de pronto me abordó:
¡aún por mí esperaba!

Venturoso, al lecho retorné;
mis párpados, dos cúpulas selladas.
Asonancias, Santiago Alfonso Fácquer, 1866

IV El Padrino de Mamá

En Sevilla, frente a la Plaza de Pilatos, había una fonda llamada la La Gloria de América. En los últimos años del reinado de Fernando VII y durante el gobierno de la regenta María Cristina allí se reunían los veteranos de las guerras hispanoamericanas. Por esa razón el inclemente vulgo andaluz solía llamar al local La Cantina de Ayacucho.

Mas lo cierto es que uno solo de los parroquianos habituales había participado en la célebre batalla: el alicantino José Manuel Carratalá. Curiosamente este general en Perú era conocido como el Carnicero, a pesar de que su familia en España se dedicaba a fabricar turrones.

Carratalá era absolutista y muy católico. Hay testimonios de que cuando hizo quemar el rebelde pueblo de Cangallo, y posteriormente arar y sembrar sal sobre sus ruinas, se persignó tres veces y no soltó el rosario hasta que se concluyó la labor. Era el único en el estado mayor del virrey José de la Serna que no era masón. De manera que para la decisiva batalla de Ayacucho en diciembre de 1824 se le asignó el mando de la división de reserva, ubicada en el fondo de la retaguardia española.

En realidad, los oficiales liberales en torno a de la Serna y su lugarteniente francés Joseph Canterac no entendían por qué Carratalá no se había unido a la sedición absolutista del general vizcaíno Pedro Olañeta, quien en enero había desatado una guerra civil entre los realistas. Por suerte, también los patriotas peruanos crearon dos gobiernos diferentes y empezaron a luchar entre sí. Además, en febrero los piqueteros argentinos del ya ausente general San Martín se sublevaron en El Callao reclamando mejor comida y más paga. Los revolucionarios rioplatenses, guiados por varios sargentos, izaron la bandera española tras fusilar a varios oficiales y al único negro de la tropa, del que se sospechaba que podría ser desleal a los traidores.

Los jefes liberales no lo sabían, pero Carratalá y Olañeta se detestaban mutuamente.

El valenciano era de buena familia. Cuando estudiaba leyes en una de las mejores universidades del reino solía sentarse cada domingo en el mismo banco de la Catedral Magistral de Alcalá que Calderón de la Barca dos siglos atrás. Un día en medio de la misa se aparecieron los franceses en el templo. Era un escuadrón de cuirassieres a caballo. Luego cundió el pánico entre los unos y se desató el vandalismo en los otros. El caballo bayo de un singular y bisoño corneta, sin coraza y de casaca gualda, depositó una plasta sobre el banco de Calderón. Entonces Carratalá se convirtió en militar. Alcanzó los galones de coronel bajo Wellington.

Por su parte, el vasco en su infancia se alimentaba principalmente de las cabezas de pescado que le regalaban a su madre en el mercado del pueblo. A los 17 años se fue a América, donde se dedicó al contrabando con éxito. Se incorporó a las fuerzas realistas el día que una banda de desafectos a la corona le desvalijó un cargamento de tabaco.

Pese a tan disímiles trayectorias, la verdadera raíz de la cizaña había que buscarla en Jujuy. Las esposas de ambos oficiales españoles provenían de aquella provincia argentina, donde las respectivas haciendas familiares colindaban. La mujer de Carratalá era más rica; la de Olañeta, más bella. Se odiaban. Sin embargo, los generales no sólo eran fieles a sus cónyuges jujeñas, sino también al rey. Después de la caída definitiva del virreinato Olañeta todavía resistió desesperadamente varios meses en el Alto Perú, hasta que tres potosinos de su tropa lo agarraron por sorpresa junto a un barranco y lo lanzaron al vacío. En Ayacucho Carratalá desobedeció las órdenes de Canterac y cargó furioso contra los insurgentes, desarmando lo pactado entre los masones, peninsulares y criollos. Otras unidades lo siguieron y la farsa de inocuas maniobras se convirtió en un sangriento combate, pero el resultado fue el mismo: el fin del absolutismo al menos en América. El fiel Carratalá tuvo la fatalidad de chocar de plano con el regimiento La Barra, el favorito del general Antonio José de Sucre, formado por mercenarios ingleses y alemanes, los únicos que no rompían filas para recargar los mosquetes. Encima, Canterac le había colocado en la división de reserva a todos los peruanos presentes en Ayacucho: dos batallones de indios quechuas, armados de quena, poncho y boleadora. Así no podía ganar. Quedó claro rápidamente, al notar que se acababan las piedras y que nadie había informado de que en esa parte de la puna no abundaba el guijarro. Aquello pronto adquirió matices de masacre. Especialmente cuando surgió por el flanco izquierdo la disciplinada caballería de la Gran Colombia, dirigida por el enérgico general William Miller. Carratalá se rindió, a la evidencia primero y a los independentistas después. Lamentablemente, los realistas quechuas restantes no obedecieron la orden de entregarse porque no entendían español y habían perdido al traductor.

En 1825, finalizado su corto cautiverio, don José Carratalá se embarcó con su familia rumbo a España. Iba decidido a emprender la carrera política. Se instaló en Sevilla y comenzó su proyecto electoral por el primero y más lógico paso: hacerse de un nombre en las tabernas.

La elección de la ciudad hispalense no había sido casual. Desde hacía casi una década la emprendedora familia Carratalá poseía un almacén de azúcar y una manufactura de golosinas junto al Guadalquivir. Por supuesto, no habían podido fabricar turrones para no quebrar el juramento del gremio de dulceros de Alicante, lo que habría significado el fin del negocio matriz. Preparaban, en cambio, yema de San Leandro, tocino del cielo y bienmesabe de la Madre de Dios, haciendo las delicias de los clientes sevillanos y provocando la indignación de las hermanas agustinas del Convento de San Leandro, los pasteleros jerezanos y las hermanas clarisas del Convento de Clausura de Belén, que en ese orden reivindicaban la receta exclusiva de cada uno de los tres dulces. Doña María Eugenia Carratalá llevaba la empresa con muy acertada mano, aunque formalmente estuviera al frente su melancólico marido, don Vicente. A ese cuñado don José no lo conocía como pariente, sino como compañero de armas. En la década anterior habían servido juntos en Venezuela, a las órdenes del Pacificador Morillo.

Don Vicente y doña María Eugenia no sólo afirmaron que tendrían el mayor placer en apoyar la carrera política de don José Manuel, sino que le rogaron que fuese el nuevo padrino de la hija de ambos. El padrino original, un amigo de don Vicente de la tertulia lírica, se había arrojado del Puente de Barcas algunos meses atrás. El tío aceptó emocionado apadrinar a la sobrina. A sus cinco años Lucía Sotolongo Carratalá era un encanto. Y seguía siéndolo tres lustros más tarde al desposar a Eulalio Fácquer Mier.

Don José Carratalá llegó a senador por la provincia de Sevilla.

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