13 abr 2009

El viejo y las sirenas


Maria Mena: noruega de padre nicaragüense.


Soha: francesa de padre argelino y madre sudanesa.



Ayo: alemana de padre nigeriano y madre gitana rumana.


Coincidimos en el mismo proyecto un lustro atrás. Al igual que en mi caso, Norbert era un matemático dedicado a la informática y con vocaciones diversas. También era un freelancer, si bien acababa de cumplir los 60 años. No obstante, lo importante era que poseía una intuición inusualmente grande. No sólo para latitudes germanas. Se convirtió en una habitual compañía filosófica-cafetera en el trabajo.

Norbert había vivido de proyecto en proyecto, de ciudad en ciudad y de mujer en mujer durante 30 años. Nunca echó raíces, ni se casó, ni tuvo hijos. Las niñas de sus ojos eran sus dos sobrinas. Cuando nos conocimos un poco, me dijo que era una pena que las dos ya estuvieran casadas, sino me las presentaba. Obviamente no tenía ni pizca del alma campesina del hombre ario común.

Supongo que era algo genético. Su padre estaba vivo. Había sido un oscuro contador toda su vida. Luego del retiro, a los 65, entre las risas condescendientes de parientes y amigos, empezó a componer con ayuda de una pianola de plástico que se compró en una juguetería. A sus 85 años tenía un estudio profesional en casa y unas mil piezas registradas, que harían las delicias burlonas de Mozart, pero que aún así le reportaban dividendos desde el sector Easy Listening y hasta de fabricantes de juguetes.

Un día, bebiendo sendos expresos en la cafetería del espacioso lobby de la central de un banco en Francfort del Meno, tras ver pasar a una trigueña beldad, Norbert me preguntó:

- ¿Sabes lo que realmente lamento habiendo llegado a esta edad?

Intenté mi mejor cara de neutralidad esperando escuchar algo sobre pastillas azules o bombas de plástico. Y dije que no, que no sabía.

- Pues que ahora es muy tarde para mí… –confesó Norbert y, tras soltar una bocanada de humo, continuó-. Ahora que florecen las hijas de los inmigrantes… Esas italianas, turcas, serbias, portuguesas, españolas… Todas esas meridionales no las había cuando yo era más joven… Apenas estaban las escasas esposas de los inmigrantes, afeadas por la pobreza, celadas por sus maridos, sin dominio de la lengua anfitriona… No, no eran rivales para las alemanas bien peinadas y en minifalda… Sin embargo, hoy la mayor belleza en este país la aportan sus hijas crecidas aquí con cierto bienestar…

Lo miré y asentí reflexivo. Norbert prosiguió:

- ¿Y las mezclas? ¿Qué me dices de las mezclas? ¡Hay cada ejemplar! En la calle de mi hermana vive un matrimonio… un africano obviamente simiesco y una gorda alemana que en la escala de repugnancia del 1 al 10 saca fácil un 14 o un 15… Pero si tú ves la hija que tienen… Es un sabotaje biológico a la seguridad del tránsito…

- Te entiendo -afirmé con toda la convicción de un meridional testigo, reo y convicto de la mezcla racial, teórica y práctica.

- ¿Viste esa que pasó ahora mismo por ahí? –inquirió exhalando más humo.

- Ajá… Cristina –mascullé.

- Espera… ¿es ella con quien estabas almorzando ayer?

- Ujum… -asentí.

- ¡Wow…! -exclamó.

Fue ahí que tuve un corto y cruel instinto. Casi creo que me excedí.

- Se puede beber su sudor… -musité.

Norbert no abrió la boca. Dejó salir el humo por la nariz y -al menos así me pareció- por las orejas.

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