17 jul. 2009

Fin del Interludio



Si la memoria no me engaña, la vi casualmente en la cafetería. Bebía a pequeños sorbos, con esa discreta elegancia que permite la soledad en un ambiente concurrido. Sus piernas cruzadas me obligaron a sentarme en la banqueta vecina.

- Tienes un efecto dietético –afirmé.

- ¿Cómo, por favor? –me interpeló, y no era preciso mirar tan vehemente para tan corta interrogante.

- Se me ha quitado el apetito –expliqué.

- ¿A cuál te refieres? –inquirió suavemente, sin pestañear siquiera.

Sonreí, a falta de mejor idea.

- ¿Cómo estás? –indagué despacio.

- Bien… ¿o esperabas otra cosa?

Me escondí por un instante en algún fiordo tan frío como remoto.

- ¿Me dejas probar eso? –pregunté.

Se detuvo demasiado en el umbral de la respuesta. Como si hubiera sido ambigua la pregunta. Luego empujó lentamente la taza sobre la superficie de la mesa. Con el índice en el asa roté el recipiente tibio antes de levantarlo. Bebí sobre la marca de sus labios. Llevé la taza por el mismo camino de vuelta hacia ella.

- ¿Qué te parece?

- Lo conozco… -murmuré.

- ¿Y?

- Aún me gusta…

- Eres un… -empezó, y se contuvo negando con la cabeza.

Atrapé su mejilla. Durante una fracción de segundo se arrulló en mi mano.

Si la memoria no me engaña, la besé intensamente en la cafetería. Respirábamos entre beso y beso, sólo eso. No importaba nada. Ni tampoco que afuera, del otro lado del cristal, un moreno joven estudiase con atención el candado de mi bicicleta.

4 comentarios:

  1. Excelente manual todas estas viñetas eróticas tuyas.

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  2. Ah, inefable Rocco Sifredi, y querida y admirada Amira Casar. Bellísimo texto, muy efectista. Amo el efectismo en la literatura. Me pone a temblar. Gracias.

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  3. Y bien, estimado Guicho, le dio tiempo al joven de afuera de llevarse la bicicleta...?

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