28 feb. 2008

Sacudir Las Joyas



La conocí en Churubusco. Era una fiesta de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía. Allí estaba, con los colores patrios repatriados en toda su ropa. Mitad arqueóloga, mitad restauradora, mitad artista, mitad hippie, y el restante 90% de puro abalorio.

La distinguí entre sus collares, brazaletes, pulseras, aretes y anillos. Y me atrajo enseguida. Tal vez fueron los ojos, o el cabello suelto enredado en los pendientes de grandes argollas.

- Hola, cascabel, ¿como estás? -la interpelé de frente.

- Creo que me confundes, mi nombre es Mayahuel -me contestó seria pero con tan buena fe, que lo supe al instante: ni por las malas ni por las malditas se rendiría Chapultepec.

- Mucho gusto, Mayahuel, yo soy Luis -rectifiqué el rumbo, y añadí amable- me encanta la forma en que has combinado tu vestuario hoy.

Sonrió.

No faltó el tequila, eso no. Sin embargo, el vástago del agave no me salvó de conocer la ponencia de Mayahuel sobre el Contexto de la Conservación en el Congreso Interamericano del Patrimonio Cultural.

No falló la cerveza, esa tampoco. Mas la hija de la cebada no me libró de enterarme del funcionamiento de las técnicas de reconstrucción para la policromía maya. ¿Maya o tepaneca? No estoy seguro. Pero sí recuerdo perfectamente lo que pensaba mirando aquellas orejas impecables. Si aguantaban esos enormes pendientes, podrían soportarlo todo. Un momento analítico entre el arte y la cultura.

El apartamento de la museóloga le hubiera causado otra hemorragia a Frida Kahlo. De la envidia. No era muy grande, pero le cabía muchísimo más. Creo que deambulé por allí anonadado por los pigmentos, las naturalezas muertas y las piezas de colección. Hasta que la vi. Serena, descalza, sentada en el borde de la cama, con la holgada saya verde encubriendo las promesas de sus piernas abiertas. La escuché hablar mientras me acercaba despacio, casi en trance.

- Pues, Luis, ahora te invito a hacer conmigo unos ejercicios para relajar los músculos... será una sesión de unos 20 minutos... primero ponemos una música tranquila y recurrimos a la colorterapia, y a la aromaterapia con esas velas allá... nos recostamos acá en la cama y dejamos colgar la cabeza a la altura del cuello por unos 3 minutos... y después nos recorremos hacia la altura de los omóplatos otros minutos más hasta llegar a la cintura para posteriormente dejar caer la cabeza, pero esta vez boca abajo, por unos 2 minutos... verás que esto resulta particularmente satisfactorio y relajante... espera... ¿qué me haces?...

Si lo hubiera dicho en nahuatl, la habría entendido igual. Seguí sus instrucciones al pie de la letra. La puse boca abajo. Y boca arriba. La dejé caer. La subí. La recorrí hasta la cintura y más allá. Con ropa y sin ropa. La dejé colgando. La recosté en la cama. Y recurrí a su aroma. A esas alturas ella apenas pronunciaba monosílabos. Sin sosiego. Entre el rechinar de todas sus alhajas. Esas, naturalmente, no se las quité.


26 feb. 2008

Capitalismos

Capitalismo no es igual a capitalismo. A cada tipo de capitalismo lo define la idiosincrasia y cultura de la población que lo habita y practica. Dentro del mundo occidental he podido apreciar, al menos, cuatro tipos de capitalismos muy diferentes. Desde luego, son modelos que evolucionan y se perfilan con cada nueva generación humana y tecnológica.

El primero es el Capitalismo Competidor. Casi me gustaría más poner Capitalismo Gambler -aunque no sea lo mismo, pues me refiero al capitalismo de las naciones angloparlantes. El más fuerte. El único con verdadera fe en el mercado, que es visto por los participantes activos como un gran juego lleno de posibilidades. Por estos lares las leyes del mercado dominan de veras. Todo lo que se inventa, pasa primero por acá, pues la innovación, que por lo general suele tirar de la productividad, se estimula intensamente con la mayor posibilidad de embolsarse la ganancia derivada. Por eso el respeto a la patente y al derecho de autor es fundamental para los anglosajones. Este sistema se caracteriza también por la flexibilidad financiera. En ningún otro el sector financiero arriesga tanto, ni es tan fácil incorporarle dinero productivamente. La función principal del estado es garantizar las reglas del juego para mantener la competencia en pie. Con tal intención cuidar del prójimo más inútil no tiene prioridad. Y, por supuesto, no hay demasiada presión fiscal, pues se trata de crear riqueza, no de repartirla. Jugar a ganar no incluye compartir con los abundantes perdedores. Pero entonces la retorcida naturaleza humana hace que muchas veces a nivel privado la generosidad sea superior.

El segundo modelo resulta el Capitalismo Patriarcal. Efectivamente, el de las naciones grecolatinas europeas. En estas culturas, desde los tiempos de Leonidas, Cayo Julio, Vercingétorix o Abderramán, siempre se practicó el haz lo que yo te dije y sin rechistar. De ahí que el estado contemporáneo tiende a centralizar y regular muchas cosas. Empezando por la oferta, la demanda y la competencia en el mercado. Y terminando por la educación y la cultura. El mercado amaestrado conduce a mediano plazo al estancamiento, que cede el paso luego a la crisis. Y ahí es donde funciona mejor este tipo de capitalismo, pues en las situaciones difíciles es cuando realmente necesitamos de un patriarca que nos guíe. En fin, este sistema se propicia a sí mismo. Por eso será eterno con su fe en el estado.

El tercer tipo es el Capitalismo Comunitario. Originario de los pueblos con fuerte instinto comunal. Aquellos donde antiguamente, en tiempos de paz, el cacique tenía que negociar con la tribu. O sea, los germanos. En estos países impera un contubernio entre el estado y los sindicatos. Y, desde luego, gobiernan social-demócratas o demo-cristianos o social-cristianos o social-populares o social-divinos. Sólo los social-darwinistas no han podido agarrar el poder. El fascismo fiscal se muestra de la más cruda manera. Se trata de recolectar un máximo de pecunia para repartir entre los más inútiles o más vagos -que vienen en paquete y son muy difícil de separar- y para financiar al ejército de recolectores-repartidores. El equilibrio del sistema se obtiene mediante pactos reiterados entre los patrones, los sindicatos y el estado. Son actos de balance entre la competitividad empresarial y la continua mejoría salarial. Y la prueba definitiva de que un capitalista puede arreglárselas a largo término con cualquiera: un fascista, un caníbal o un comunista, siempre y cuando el negocio funcione o la subvención sea buena. Lo cual nos lleva a la restante característica: el endeudamiento. Grande por naturaleza, sin ayuda del hiperconsumo o la guerra, pero portado por toda la sociedad consensualmente, por aquello de que lo que debemos todos no lo pago yo. En todo caso, aquí la fe no se deposita en el mercado, que es un simple medio, sino en la sociedad.

Por último tenemos al Capitalismo Indiano. No estoy feliz del todo con el título, como es comprensible. Pensé primero en otras denominaciones: corrupto, inepto, saqueador... Y percibí en ese instante que esas son las características de los indianos, los originales colonos de Las Indias, aquellos que desovó Iberia sobre América. Esta es la variante del Capitalismo Patriarcal que se practica en casi toda Latinoamérica. Una variante inepta, corrupta, saqueadora... en fin, una variante indiana. Podría suponerse, por tanto, que no es más que una expresión defectuosa, muy defectuosa, del Capitalismo Patriarcal. Sin embargo, el Capitalismo Indiano presenta una peculiaridad adicional tan impresionante, que le otorga, sin más, categoría propia. La falta de fe. No hay fe en el mercado, no hay fe en el estado, no hay fe en la sociedad, no hay fe en el vecindario, no hay fe en el prójimo. Y es que si ellos son como uno...

21 feb. 2008

Oficina vs. Oficio


Bürohengst es una hermosa expresión germana. Significa "semental de oficina", y denomina al individuo que día a día gasta su viril energía sentado frente a un escritorio. A mí me parece muy superior a la inglesa pen-pusher (ok, pushing, but where?)

Estoy seguro de que la invención de aquel término se debe a una fémina. Tal vez era una que observaba sedienta a los operarios constructores desde la ventana de su oficina. Y luego los comparaba con los sedentarios colegas en plena apatía emocional.

Puede que haya sido injusta. No creo que sean pocos los oficinistas que tienen por regla no comer la carne donde ganan el pan. En mi caso puedo afirmar que nunca me enredé con una colega. A menos que ella lo deseara también.

No obstante, aunque mi sedentarismo se mantiene dentro de límites, pues me llevo bien con la musculatura de mi cuerpo, me temo que también clasificaría como semental de oficina. En la última década no recibí un solo centavo sudando. Desde luego, sí que me los he gastado de esa manera. Perversa que es la sociedad moderna.

No siempre fue así. En otra época ejecuté labores físicas. Por ejemplo, por un tiempo fui obrero en una fábrica de la industria química. Yo era el operario que sostenía el saco abierto cuando la máquina desembuchaba aquel granulado humeante. Luego cargaba el saco hasta la paleta de transporte. Era un trabajo muy duro, que me provocaba, a la impronta, tanto fuertes dolores de cabeza como intensas erecciones. A veces por horas. Y lo dejé, sí, luego de unos meses. Por los dolores de cabeza. De las tres amiguitas que tenía entonces, sólo una apoyó mi decisión. Así supe que era la que de veras me amaba.

Hoy ciertamente percibo la innaturalidad de mi condición. Subsisto ajeno al esfuerzo corporal. Sin embargo, en verdad hay oficios simples que me gustan. El que más me atrae es el de carnavalesco en Brasil. Este es el sujeto que le coloca la decoración y el tapasexo[1] a las bailarinas de la escuela de samba. Es una labor manual, pero dedicada. Y sí, creo que me compensaría el sudor. Aunque me paguen una miseria. Incluso si no me pagan.


Esta bailarina se llama Viviane Castro, y es goiana, del interior de Brasil. Conozco esa región, Goias, tierra de ingenua belleza. En éste, su primer carnaval en Río, Viviane se hizo famosa porque se le cayó el tapa-sexo e igual siguió bailando para alegría del pueblo. Tal dedicación y disciplina no fue premiada, sino que, por el contrario, descalificaron a la escuela de samba por obscenidad. Pero la culpa es del chapucero de carnavalesco, que trata a ese cuerpo natural y perfecto con rudeza, como si fuera una vaca. Conmigo no hubiera pasado eso. Lo de la caída del tapasexo. A mi trabajo lo respeto. Si se lo pongo yo, no se le cae. Aunque tuviera que pegárselo con la lengua.
Nótese el coincidente interés por la técnica del carnavalesco que muestra el negro, primero a la derecha y luego a la izquierda.

[1] El tapasexo es una mínima franja de tejido que se ajusta con pegamento orgánico entre las piernas de la bailarina de samba.

19 feb. 2008

Seda Azul



Voy a cambiar de latitud. Nuevamente. Tengo 40 años. Todavía puedo matar, partir es la mejor opción antes de que sólo pueda morir. Y aunque para mí no hay tierra prometida, me prometo renunciar al frío y al gris.

Poco a poco estoy desechando pequeñas cosas, residuos materiales de mi existencia todos estos años. Me llevaré apenas lo imprescindible. Varios libros, muchos discos, algún papel timbrado. Cada día el cajón de mudanza está más lleno. Y el saco de basura también.

Este domingo la encontré. En el anaquel inferior del armario de la oficina, entre mi tesis de grado y el balance anual de una empresa que nunca funcionó. Allí estaba, envuelta en un nylon anudado, la pañoleta azul de fina seda china.

La reconocí de inmediato, antes de abrir el envoltorio. Me la llevé directo al rostro. Y sí, todavía huele a Esther. Intensamente.

La conocí en Francfort del Meno. Frente a un bar, que no era kosher ni siquiera para una sefardí, pero prometía cierto calor en el indeciso invierno alemán. No me acuerdo de todos los detalles, porque no se trata de esa vez. Tampoco se trata de cuando me despedí. Si bien aún sé que fue en su apartamento de dos pisos de madera. Quiero decir, con el suelo de madera, con la escalera interior de madera, y con una cama de madera, que no crujía porque estaba encajada en un raro nicho de tres paredes bajo un espejo. Ese se lo atornillé yo en el techo.

No, se trata de otro día. Insignificante por lo demás.

Después del trabajo nos encontramos en un modesto restaurante como habíamos acordado. Mostraba esa sonrisa casi tan redonda como lo otro que la hacía tan atractiva y tan poco hebrea en su imagen posterior.

- Hola, tesoro -le dije tras el beso.- ¿Qué celebramos?

- ¡Decídelo tú, pero yo te traje un regalo! -contestó.

- ¿Para ahora o para después?

Sonrió. Sin decir palabra, colocó una mano entre los senos y extrajo la pañoleta de seda azul.

- La he llevado ahí todo el día para ti.

Nunca estuve tan cerca de Abraham.

Sí, el cajón de mudanza pesará unos gramos más.


18 feb. 2008

Sweat Lodge



- Soy gay... -le dije mirándola a los ojos.

Su expresión se tornó incrédula. Puso sobre la barra del bar la copa que en ese momento pulía.

- ¿Tú, gay? ¡Me estás tomando el pelo!

- ¿Por qué habría de engañarte en semejante cuestión? -inquirí serio reorganizando las botellas de licor.

- ¿Cómo qué por qué? ¿Crees que soy medio estúpida? -se indignó un poco.- ¡Si llevas tres días insistiendo para que te acompañe a esa sauna!

La sauna quedaba enfrente del restaurante. Era mixta, y aún funcionaba hora y media tras el fin de nuestro turno. Ya había entrado varias veces, y a esa hora siempre estaba desierta.

- Precisamente te estoy revelando mis inclinaciones para que veas que no tienes razón para recelar de mí y que puedes venir conmigo a la sauna. Es muy agradable, pero me aburro solo allí. Y sabes que me encanta tu compañía, ¿eso lo sabes, verdad?

- Ya te he dicho que a mi novio no le gustaría...

- No lo invitaremos, lo prometo -la interrumpí.

Me miró simulando odio. Estábamos en la misma facultad. Ella en segundo, su prejuicioso novio en cuarto, y yo, bueno, técnicamente en quinto, pero aún debía todos exámenes desde tercer año.

- Lo que estoy tratando de decirte es que, si me acompañas, está todo bien, pues ahora ya sabes que lo mío no son las chicas -persistí.

- Está bien -repondió no muy convencida.- Pero que conste que acepto por puro cansancio.

- Gracias, ya verás como el calor te quita ese cansancio -añadí igualmente sobrio, y aparté la vista de su desconcierto.

Cuando salí del vestuario masculino el área de reposo ante la sauna estaba desierta como esperaba.

Penetré en la pequeña cabina de madera. 6 metros cuadrados, y vacía también. Arrojé agua sobre las ascuas. El escozor del vapor era lo importante, y mi presencia, secundaria. Me acomodé a la entrada, y le dejé todo el fondo de la sauna a su disposición.

- ¡Uy, qué caliente! -exclamó al entrar.

No me miró. Llevaba la toalla blanca enrollada sobre los pechos. Fue hasta el banco del fondo, frente a mí. Aprecié su cabello recogido en la nuca encima del grácil cuello. Se quitó la toalla, y se iclinó por completo para extenderla cuidadosamente. Aquellos labios también eran perfectos.

Sentí fluir el optimismo.

Se dio la vuelta y se sentó. Con toda su naturalidad escandinava subió ambos talones sobre el banco, y colocó los brazos sobre las rodillas. Aquel armonioso piel roja me miró cara a cara desfachatadamente. Era un iroqués.

Sentí circular la euforia.

Disfrute la vista unos minutos, cuanto pude, y me arrastré de alguna manera hasta su lado.

- Elke, hay un masaje mohicano formidable para la sauna... -farfullé sonriente tomándole con delicadeza la mano y el antebrazo.

- ¿Para indios gays sofocados? -me interceptó con media sonrisa y arqueando las cejas.

- Este... creo que los mohicanos no eran muy gays que digamos, no... -balbuceé, y besé casi furtivo su rodilla rosada.

- Ya lo sabía... -murmuró tocándome y besándome, y luego agregó- ¿quieres trancar esa puerta?

Coloqué el cucharón del agua como improvisado pestillo. Lo hice por darle el gusto, pues a esa hora no iba a entrar nadie más.


15 feb. 2008

Armas Prestadas 3


El ruido de la descarga llegó hasta el negro a la segunda zancada tras pasar el umbral de la gruta. Vio caer a sus cuatro compañeros. Los sicarios aún no se percataban de su carrera. Descendía descamisado con el machete mocho en la diestra y el tosco trabuco en la siniestra. A la cuarta zancada el teniente y el gallego advirtieron su presencia.

- ¡Coño...!

- ¡Hostias...!

Sin detenerse, se orientó por las voces para girar un instante la cabeza y disparar el trabuco extendiendo el fibroso brazo. El oficial cayó hacia atrás alcanzado en el abdomen. Alciro no lo vio, pues con la sexta zancada ya estaba encima del primero de los fusileros, quienes ahora miraban sobrecogidos hacia el costado derecho.

El primer blanco consiguió rotar el tórax. No tuvo tiempo para más. Ni para levantar los brazos. La afilada mocha se llevó todo su rostro. Desde las cejas hasta el cuello. Le quedaban 15 minutos de vida. Sufriendo. E iba a ser él último en morirse allí esa tarde.

El segundo voluntario pudo haber parado un tajo semejante, pues levantó el fusil con ambas manos en defensa. Pero el corto machete le vino a contramano desde abajo. El filo superior le abrió el cuello. Tan rápido, que le dejó muy poco de la sangre del vecino descarado.

El tercer criollo llegó a recargar el arma. Mas no pudo posicionarla para disparar. El negro le apartó el fusil con un golpe de trabuco, hincó una rodilla y le cercenó una pierna al guardia rural de un machetazo. En el instante en que el blanco se hacía más corto, el negro se levantó y le abrió el cráneo en dos con un tajo vertical. La mocha se quedó trabada en la cabeza. El negro no logró retenerla en su mano húmeda.

Recargando el rifle con la torpeza del pánico, el cuarto ejecutor se echaba atrás para ganar espacio con el que apuntar. Alciro le arrojó el trabuco, y con la misma desenfundó su propio paraguayo. El guardia dio un traspié tratando de evadir el trabuco. En tanto que iba a dar al suelo, disparó su arma sin efecto. Eso le salvó la vida. De seguir en pie lo hubiera alcanzado el penúltimo proyectil de revolver del gallego, tirador histérico desde alguna distancia. El blanco procuró alejarse afincando en la tierra los tacones de sus botas y quiso recargar el arma una vez más. Mas el negro le aplastó la ingle con un pie, sujetó el fusil con la izquierda y le hundió el largo machete en diagonal, desde abajo de las costillas hasta el corazón, dejándole caer todo el peso de su cuerpo. Fue ahí que le pasó silbando por encima la última bala del último blanco.

A diez pasos de la muerte el español pensó en correr. Desistió de inmediato ante la certeza de que el negro lo alcanzaría sin remedio. Supuso que podría intentar agarrar el arma del teniente. Pero lo hizo temblar la idea de darle la espalda al fornido negro que, machete en mano, se estremecía respirando agitado con el torso desnudo cubierto de sangre. Incapaz de reaccionar dejó caer el revolver, y lo vio venir. El negro se volvió más grande en cuestión de segundos. Luego hubo un ruido seco, como cuando se cortan varias cañas juntas. El mundo le dio vueltas, y la mente ibérica no supo procesar las rotaciones de imágenes que captaban los ojos. Sólo cuando la cabeza por fin se detuvo, a dos metros del cuerpo, retornó la imagen fija. Pero ya daba igual, el cerebro se le apagaba sin suministro de sangre.

Alciro miró alrededor. El teniente aún estaba consciente. Gemía y con una mano ilesa pretendía retener a la vez el contenido de su vientre y la sangre de la otra mano, que había perdido varios dedos con el metrallazo del trabuco. Eliécer estaba blanco. Recuperó algo de color, mientras Alciro cortaba sus ataduras en silencio.

El delegado se levantó todavía inseguro. Entretanto Alciro se encaminaba a donde los fusilados, Eliécer buscó el revolver del teniente. Le vació todos los tiros del tambor en el pecho.

El negro regresó. Traía varias armas. El mulato lo interrogó con la vista. Alciro negó con la cabeza. El otro pateó la cabeza del español.

- Dijo que era asturiano -musitó luego.

- ¿Aturiano? -inquirió el negro.

- De un lugar en España -explicó el mulato.

Alciro observó la cabeza con detenimiento, y entonces lo reconoció.

- Yo lo conoco -dijo-. Es Alarcón, el bodeguero, que se quedó viudo, y depué le salió un hijo negro con una mulata.

Los dos hombres se miraron a los ojos.

- Vamo pal monte, delegao, que aquí hay seis blanco muerto.

Se internaron en la manigua.

Hacían bien, porque frente a la gruta yacían la mitad de las bajas blancas en todo el conflicto. Y a cuatro mil negros los lincharon en dos meses por mucho menos que eso. Por nada.

13 feb. 2008

Armas Prestadas 2


- ¡De acuerdo, dense presos y no les va a pasar nada! -aseguró el vozarrón del teniente.

- ¡Venga, saliendo ya!

- ¡Salgan, antes de que el teniente cambie de opinión!

- ¡Joder, morenos, no empeoréis vuestra situación!

El delegado se incorporó.

- Salgamos ahora... -dijo ligeramente inseguro.

- Vamo a quedarno aquí en lo oscuro, si quieren cogerno que entren, y le caemo al machete...

- Alciro, no insistas con esa idea descabellada -lo reprendió el delegado-. Es mejor entregarnos ahora que tenemos garantías.

- No le creo a ese blanco, vamo a... -insistió el prieto terco.

- Mira, Alciro –se impuso Eliécer-, desde nuestro punto de vista revolucionario el Partido decide lo que hay que creer.

Los otros se fueron poniendo en pie uno a uno.

- Betico, si vas a salir, déjame el trabuco y la mocha -susurró el alzado reticente.

El aludido puso ambos objetos en el suelo.

- Tu ta loco, Alciro... -murmuró.

- ¡Vamos, carajo, que se nos enfría el café que colamos! -gritó un sitiador-. ¿No quieren café? Entonces pa'fuera de una vez.

Taparon la escasa luz mientras salían despacio.

Alciro escuchó voces, pero no entendió mucho de lo que decían, algunas palabrotas apenas. No perdió tiempo. Se quitó la camisa blanca, la escondió bajo el cuerpo y se apretó contra el suelo.

Una silueta apareció en la boca de la cueva.

- ¡No, teniente, no mienten, aquí no quedó ninguno! -aseveró.

- ¡Revisa bien, coño!

El hombre avanzó un paso con desgano, levantó el rifle y disparó al azar. Recargó y repitió el tiro. Alciro no se movió. El blanco esperó un minuto y se apartó de la caverna.

Entonces el negro fue arrastrándose lentamente hacia la salida. Lo más sigilosamente que pudo. Ya estaba cerca, cuando volvió a entender las voces.

- ...eso no fue lo convenido -decía el delegado Eliécer con dificultad.

- ¿Y quién coño te dijo a ti que hacemos tratos con negros? -lo interrumpió el teniente Yáñez.

- ¡Ni con pardillos tampoco! -agregó la voz peninsular.

- Pero tú no te preocupes, no te vas a morir ahora. A ti te vamos a colgar en el pueblo, como escarmiento para todos los negros -concluyó tranquilo el oficial de la guardia rural.

Alciro consiguió por fin atisbar hacia afuera. El ángulo en que estaba sólo le permitía ver hacia la derecha de la gruta. Vio a sus cuatro vecinos de rodillas y con las manos en alto. Les habían quitado los machetes. Sólo faltaba el delegado.

Rodó despacio sobre sí mismo para ganar otro ángulo. Había apenas cuatro blancos, una pareja de guardias rurales y dos voluntarios, apuntando con rifles a los prisioneros.

Se desplazó más a la derecha, y pudo observar el resto del entorno. Otros dos blancos se encontraban allí: el teniente Yáñez y el gallego. Entre los dos, sentado en el suelo, estaba Eliécer. Le habían puesto el amarre rancheador. Las manos atadas entre las piernas, y la misma soga pasada por la espalda para amarrársela al cuello. Las piernas del mulato temblaban descontroladas.


(Continuará...)

12 feb. 2008

Armas Prestadas


- ¡Ríndanse, carajo, que están rodeados!

La arenga sonaba lejana, pero clara. Otras voces se unieron a la primera.

- ¡Salgan ahora, y no les pasará nada! -prometió, con su conocido tono de bajo, el teniente Yáñez, jefe del Tercio Táctico.

- ¡Salid ya, joder, o no os salvará ni la madre de Dios! -gritó uno con acento gallego.

- ¡Vamos, cojones, vengan pa'fuera de una vez!

- ¡Si no salen, vamos a tapiar la boca de la cueva! -prometió otro.

- ¡Y tendréis que comeros los unos a los otros como vuestros abuelos!

Un coro de risas llegó de afuera. Fue seguido de una salva de rifles, que repercutió en el fondo de la caverna, como si hubieran respondido desde allí a la descarga. Pero no era posible, los seis negros agazapados en la cueva sólo tenían un arma de fuego.

- ¿Betico, de onde tú sacate ese trabuco? -había preguntado Marsillí en su momento.

- Era de mi pai en la guerra -contestó orgulloso el recién llegado.

Por el tamaño parecía un toro, pero era muy joven. También tenía la inteligencia de un bovino.

- ¿Tu carnal se fajó en la guerra grande? -insistió el pícaro Marsillí con una sonrisa tan amplia que le puso la cara blanca.

- No, en la última guerra... -aclaró Betico sentándose en el suelo junto a los otros.

Eliécer, el delegado del Partido Independiente de Color, un joven mulato con generosas orejas llegado de la cabecera municipal, interrumpió patético el guaseo agarrando el arma.

- Es un rifle de un sólo tiro, pero es nuestro primer rifle. Y la guerra se gana tiro a tiro.

Ahora no parecía que fueran a ganar la guerra. Eran seis hombres escondidos en una cueva sin más salidas. Alciro había sido el único en rechazar la idea de guarecerse allí de las partidas de blancos que los acosaban. También había sido el único que no se emocionó cuando el delegado los convenció de incorporarse al alzamiento nacional de la gente de color. Mas pensó que permanecer en el pueblo por aquellos días era aún más peligroso.

- E mejor salir... -murmuró alguien.

Alciro quiso decir algo, pero Eliécer se le adelantó.

- Hermanos, en estos momentos la revolución no puede continuar, pero tenemos que permanecer con vida para que perdure nuestra causa. ¡Debemos entregarnos!

- ¡No, ustede tan loco! -masculló por fin Alciro-. Si nos entregamo, nos van a colgar a tos...

- No te precipites, Alciro, esto hay que negociarlo... -sentenció Eliécer, y gritó luego hacia la entrada de la gruta-. ¡Salimos, si nos garantizan inmunidad! ¡Repito: Saldremos, si nos dan garantías para nuestra integridad física!


(Continuará...)

7 feb. 2008

Boate 2



Por el precio podía quedarme toda la noche, pero con la chica apenas una hora -me había advertido antes el gordo patrón Zé Arnaldo.

- ¿Cómo te llamas?

- Joilma -respondió demorando las sílabas.

- ¿Me ayudas con una cerveza?

- Prefiero una caipirinha.

- Zé Arnaldo, ¿tienes caipirinha? -levanté la voz.

- En un momento la preparo -gritó el bartender.

- Espera ahí, ¿cuánto me vas a cobrar? Ni lo pienses que...

- Diez.

Me dirigí de nuevo a la muchacha.

- Eres muy bonita, me gustas -le dije sincero en un arranque de originalidad.

- Muchas gracias -contestó.- Tú también me gustas, ¿de dónde eres?

- De Cuba.

- ¿Dónde queda eso?

- En el Caribe.

- ¿Dónde...?

- Es una isla lejos de aquí -concluí enredando la mano entre sus cabellos.

- ¿Qué lengua hablan allí? ¿Español?

- Sí, ¿cómo lo supiste?

- ¡Por tu acento gringo! -exclamó con una adorable sonrisa.

Le devolví la sonrisa.

- ¿Eres la única que trabaja aquí?

- No, mis hermanas también, pero en días diferentes.

- ¡Ah! Tenéis un esquema rotativo...

- ¿Un qué?

- Que cada día le toca a otra...

- ¡Eso!

- Oye, muñeca, ¿tienes hambre? Yo no he comido nada desde el mediodía. Lo que escuchas no son grillos, sino mi estómago.

- Mi mamá cocina muy sabroso -contestó alegre.- ¿Quieres que te traiga un plato?

- Quiero -contesté.- ¿Cuánto te doy para la comida?

La chica miró insegura a Zé Arnaldo.

- Diez -sentenció el patrón.

- Zé Arnaldo, te voy a dar cincuenta -le propuse apuntándole con el índice.- Me traes comida, y Joilma no trabaja para más nadie esta noche.

El gordo vaciló un instante.

- No, no, eso te va a costar...

- ¿Diez? -intenté ayudarlo.

- Cien reales.

- Setenta, y con café por la mañana.

- Valeu!

Cenamos con cervezas y canciones sertanejas, y dejamos el local.

La habitación se encontraba en una cabaña de madera situada unos 30 metros detrás de la boate. A las paredes les faltaba un palmo para llegar al techo. Era la única choza, pero tenía dos cuartos. Uno abajo y otro arriba, en una especie de media barbacoa, con una sola bombilla para los dos. El interruptor, una cuerda, se podía alcanzar desde ambas habitaciones. Me pareció muy práctico. Además había una escalera, rústica y sin pasamanos, para trepar.

Celebré haber excluído a un segundo huesped, por muy improbable que fuera.

El retrete estaba afuera, a medio camino de la boate y compartido con ésta. Pero frente a la escalera se disponía de un espacio para el baño. Incluso con media cortina hacia el lado del cuarto inferior. Evidentemente había sido un detallista aquel decorador.

- Hazme un favor, muñeca, y tranca esa puerta -le pedí mientras me subía a inspeccionar la barbacoa.

- Lo hago -respondió dócil rotando sobre su clavo al tosco pestillo de madera.

Me descolgué por una viga debido a algún ineludible atavismo simiesco, y fui a revisar el baño. Un tubo de goma salía de la pared. Del tubo salía agua. Perfecto.

Me senté en la escalera, y senté a Joilma en mi pierna izquierda. Tenía un cuerpo suave, y la piel tierna. No, tenía el cuerpo tierno, y una piel suave. Se acomodó sobre mí con familiaridad.

- ¿Qué edad tienes?

- Veinte.

- Mira, yo a ti no te he dado nada, si tú quieres...

Me interrumpió con un beso. Fue un gesto dulce.

- No te preocupes, mi padre me entrega luego lo mío.

6 feb. 2008

Boate



Era el único lugar del pueblo donde alquilaban camas para pernoctar. De lo contrario podía rodar otras dos horas por aquellas carreteras horadadas hasta un parador de camioneros conocido por las peleas nocturnas, tanto entre los huéspedes como entre las chinches.

Comenzaba a oscurecer. Estaba cansado. Poco antes de alcanzar la aldea casi me duermo al volante. El paisaje desierto y monótono de Goiás es simplemente letárgico. Y más lloviendo.

A dos días de la moderna capital Goiania, este planeta parecía diferente.

El local, al final de la última calle, resultó ser una boate, o sea, un night-club a la brasileira. Estacioné lo más cerca que pude, mas era obvio que me enfangaría los zapatos antes de alcanzar la entrada. Con la puerta del jeep ya abierta dudé, pero realmente no tenía opciones, y tal vez conseguiría incluso bañarme.

Concentrado en evitar el lodo, sólo leí el cartel con la oferta especial a la segunda vista.

Escrito a mano con tosca letra rezaba: "A partir de 5 cervezas una mujer gratis."

El edificio no parecía hecho para cobijar mujeres, sino vacas. Así que supuse que las cervezas serían más bien caras, y las mujeres, más bien vacas.

Entré.

El piso era de cemento. Las paredes, de cal. En el centro había una vieja mesa de billar con un cubo de plástico encima. Aún goteaba del techo, aunque la lluvia había cesado hacía buen rato.

Tras la barra, de producción artesanal, se encontraba un gordo sin afeitar y con la camisa roja abierta sobre una camiseta verde. Nadie más.

- Oi -le dije para empatizar.

- Oi.

- Me han dicho que tienes cuartos para alquilar.

- Tengo, sí -confirmó con voz ronca.

- ¿A cuánto la noche?

- No, así no es, no.

- ¿Y cómo es?

- Sólo si llevas una mujer -explicó.- Las habitaciones son sólo con mujer.

Miré alrededor por si acaso no había percibido la presencia de alguna dama discreta. No, ni siquiera debajo del billar.

- Aquí no hay mujeres.

- Puedo llamar a una -ripostó el bartender.- ¿Quieres una?

- Yo quiero un cuarto, pero igual, ¿a cómo sale la cerveza?

- Diez.

- Me lo imaginaba.

- Entonces, ¿llamo a la moza?

- ¿Puedo escoger?

- Hoy sólo hay una -contestó incomprensivo.

- Vale.

- Mas el cuarto te cuesta extra.

- También lo suponía -confesé, y agregué- pero no te daré más de cuarenta.

- Son cincuenta.

- Está bien -bostecé.

Acababa la primera cerveza cuando arribó la damisela. Parecía una puta. Quiero decir, el vestuario parecía de tal, aunque fabricado en algún lugar del Paraguay. Me sonrió tímida. Esperaba que fuera la hermana desempleada del gordo. Pero no, era muy joven, menos de veinte, delgada, trigueña, de mediana estatura, y le faltaba un diente. No, tras otro vistazo lo supe mejor, únicamente tenía los dientes incisivos separados, y ni siquiera era fea.

(Continuará...)

4 feb. 2008

Desaparecido En Acción



- Espera, quédate dentro... -reclamó dejando de morder la almohada al percibir que yo hacía ademán de moverme .

No respondí, apoyé una mano en su espalda y me levanté. Dejarse domesticar es el fin de la utopía. Estaba muy buena para complacerla, aún quería más de ella.

Se irguió en la cama inmediatamente. Sentí su mano en la penumbra, y casi al instante su voz alarmada:

- ¡¿Dónde está tu condón?!

Aparté su mano y, efectivamente, el preservativo no estaba.

Nuestras voces se cruzaron.

- Tú no tendrás ninguna enfermedad, ¿verdad? -dijo ella.

- Tú no estarás fértil hoy, ¿no? -dije yo.

Nos contestamos a coro:

- ¡Claro que no!

Percibí que ella tanteaba la cama a gatas.

- Dios mío, ¿cómo pudo pasar esto...? -murmuraba.

De cierta manera su miedo era estimulante. La toqué, pero realmente estaba nerviosa. Decidí encender la luz para acabar aquello. Me cegué un poco, mas luego la vi sentada mirándome fijamente. Seguí su mirada, y allí colgaba el condón. Rajado de punta a punta. Menos el recio borde, aún rodeando el comienzo de la vena dorsal.

Me lo quité.

- Nunca había visto algo así... -confesé impresionado.

- Yo tampoco.

- Era tuyo, ¿los compraste vencidos?

- ¡Por supuesto que no! -contestó con disgusto.- Ya usamos de esos -añadió, y salió de la cama.

La próxima vez que nos vimos, días después, no aludimos aquel asunto hasta que entramos al cuarto.

- ¿Tienes condones? -indagué con una sonrisa entre maliciosa y cretina.

- No los necesitamos, mi amor -respondió convincente.

También supuse que no, que ya no.

Luego, cuando se duchaba para librarse del sudor, la escuché decir entre el ruido del agua:

- Estás muy sano, mi bien...

- ¿Qué?

- ¡Que me hice un examen y está todo perfecto!

1 feb. 2008

E



De verdad que no me gustaba el Tecno.

Ya con el Disco no había logrado hacer mucha amistad, pues, pese a su máscara vocal de soul, percibía la base rítmica four-to-the-bar de las marchas militares prusianas. Lo intuía años antes de entender esa genial idea comercial del productor italo-alemán inventor del género. No, ciertamente no puedo imaginarme peor música que las marchas militares. Bueno, OK, las marchas milicianas. Y las marchas guerrilleras.

En todo caso, el Tecno es el nieto mongo del Disco.

Pero me habían dicho que ir al Rave valía la pena. No por la música, por las chicas.

Y allí llegué de explorador. De jeans y camiseta verde olivo ajustada al torso.

El acid house sonaba monótono, y una masa enorme de ravers se contorsionaba entre colores intermitentes. Me paré en el borde de la pista. No sentía afinidad con el sonido, pero indiscutiblemente muchas chicas estaban bien, y parecían tener muy buena onda. Aunque aparentemente nadie estaba en nada, todo el mundo era amigo en esa pista. Atisbando, me decía que allí cada uno andaba por su cuenta, y con todo el mundo también.

De repente sentí dos manos sobre los hombros. Las sabía femeninas, pero ojeé hacia atrás sutilmente. Había visto algunos sujetos excesivamente amigables en esa pista. Unicamente percibí el carmín y el cabello no muy largo. La leve presión de las manos se sentía muy bien. Pensé demasiado tiempo, como cinco segundos, en cómo agarrarla sin asustarla. Cuando me percaté, ya me había llevado hasta la pista. Atrapé su mano derecha con mi izquierda en el momento en que me daba la vuelta. Mas pronto se soltó, con cierto cuidado, para sacudirse en un extraño pasillo raver, que a mi parecer era ajeno a las pautas del ritmo.

Noté que yo estaba haciendo algo parecido, pero sin dejar de mirarla. Cabello oscuro, nariz aguileña, figura promedio. No le faltaba nada, ni tenía mucho tampoco. Cuando sus ojos se cruzaban con los míos sonreía gratamente. El resto del tiempo se quedaba muy seria en su danza.

La atraje con un brazo sin convicción, pero se apartó inmediatamente, y sin aparente esfuerzo. Me fui ligeramente hacia atrás de rebote, y coloqué la espalda sobre dos tetas. Me quedé ahí por cuestión de principios. Las tetas se iban y volvían con la música. Caí en cuenta de que no eran las mismas siempre, sino dos pares diferentes. Uno algo más grande y a la vez más firme que el otro par. Miré de soslayo. Efectivamente, eran dos chicas en camiseta y con el pelo pintado de rojo. Me estaba gustando el Rave. Me movía, alternaba de tetas, miraba atrás, y disfrutaba las sonrisas que me brindaban. Seguí un rato en eso, pues algo me decía que se cortarían, si yo me voltease para repartir también. Y entonces me pegaron otro par de pechos por el frente. Sólo un instante, pero fue más intenso, creí sentir los pezones erguidos. Me disponía a prestarle de nuevo atención a "mi" chica, cuando me volvió a poner las manos en los hombros. Esta vez de frente, claro. La tomé por la cintura descubierta. Por primera vez carne con carne. Fue bueno eso.

- Relájate, ¿quieres? -me dijo con su boca en mi oído.

- Contigo es difícil... -balbuceé de la misma manera, pero sabiendo que no tenía el control.

- Tómate una pastilla, espera, ahora te paso una, ven -añadió tomando mi mano y echando a andar.

Fui detrás. Igual, a donde fuera.

Paramos a un costado del bar. Saco algo del borde las bragas y me lo puso en la mano.

- Me debes veinte -agregó.

Observé la píldora. Era lila y tenía el símbolo de sumatoria grabado: ∑.

- ¿Es...? -empecé estúpidamente.

- E -contestó escuetamente.

- ¿Eres un dealer? -insistí aún medio cretino.

Me miró extrañada.

- Claro que no, se compran más para compartir, todo el mundo lo hace.

Nuevamente alojé mi mano en la curva de su cintura. Y luego, claro, me tragué la píldora de un golpe. Me sonrió.

- ¡Págame! -reclamó- Para comprarte un trago, que no quiero que se te atore eso.

- ¿Cómo te llamas, encanto?

- Helga.

- Toma, dulzura -murmuré pasándole el dinero con la certeza de que no la llamaría por ese nombre de pastora alemana.

Dos horas más tarde seguíamos en la pista. Pero era diferente. Elemental. Positivo. Lo mejor era la confianza. Me rozaron intensas otras tetas cordiales. Y con familiaridad nos restregamos bailando. Porque la música es apenas la cáscara, pero lo que se come es lo de adentro.

Al buscar tragos parábamos un poco, y ella me pasaba la lengua por el cuello y la oreja con naturalidad y sencillez. De alguna manera también resultaba fenomenal.

Otras dos horas y estábamos en el elevador de su edificio. Luego nos metimos en la cama con una inusitada y entusiasta intimidad. E, Helga y yo.
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