13 feb. 2009

El Protector De Los Cerdos XXVI

La dicha india Marina

Una semana después de la batalla de Centla los nativos habían regresado a Potonchán y atendían debidamente a sus huéspedes hispanos. El caudillo había dispuesto que la Santa Compañía descansara algunas semanas en la ciudad hasta que los heridos se recuperasen.

- Fue una sabia decisión de vuestra merced –convino fray Cabezuela-. De esa manera las noticias de vuestras victorias y de vuestro poderío se adelantan por toda la costa y tierra adentro para vuestro favor.

Hernán Cortés sonrío. No había pensado en eso, pero le pareció excelente. Alrededor de la rústica mesa en el patio de la residencia de Tabasco se reunían oficiales y frailes. Dos grandes pavos asados y abundantes tortillas de maíz acompañaban al vino de Jerez.

- Padre Simón, de momento no tengo más indias para daros una –declaró con cierta pena el caudillo-. Mas os aseguro que estáis en mi lista de acreedores.

- No es necesario, vuesencia…

- Por cierto, don Hernando –intervino Portocarrero–, aquella india que me habéis entregado es un verdadero portento.

- ¿Por sus fueros o por sus fuegos? –preguntó uno de los hermanos Alvarado, que se parecían más entre sí cuando bebían.

- Esta india Marina tiene una cualidad muy especial… -continuó don Alonso sin apuro.

El interés se hizo general. Una suave brisa vespertina acariciaba las barbas castellanas, y las no menos hispanas tonsuras.

- Como os digo, no he visto nada igual…

- Joder, don Alonso, ya estoy medio cachondo, ¿qué tiene la dicha india Marina? –exclamó Gonzalo Sandoval.

- Pues resulta algo muy gratificante… -prosiguió el aludido.

- Don Alonso, sois un retablo de atajos. ¡Soltad la lengua de una vez! –ordenó el caudillo.

- Precisamente, vuestra merced, esta india Marina, cuando la tomo a lo cristiano, gime en una lengua; y cuando la asalto por atrás a lo pagano, chilla en otro idioma –explicó don Alonso.

- ¡Hostias! –soltó Sandoval frotándose la barbilla.

- ¡Válgame la virgen! –clamó fray Díaz persignándose.

- ¡Qué ri…ri…ri…cura! –articuló el gago capitán Velázquez de León.

Otras frases de simpatía se sumaron a éstas.

- ¿Mas cómo sabéis, don Alonso, que se trata de dos lenguajes diferentes? –inquirió fray Cabezuela repentinamente.

- Cierto, hasta ahora no os habéis destacado como un entendido en lenguas indianas –apuntó mordaz Sandoval.

La atención de todos seguía sobre Portocarrero.

- Hombre, pues, lo que es entender, no entiendo a ninguna –replicó Portocarrero-; pero sé muy bien si la india que grita es maya o taína.

Un murmullo de aprobación se escuchó en la ronda de comensales.

- Pues yo también… -murmuró Francisco de Montejo.

- ¡Y yo! -añadió otro.

- ¿Recordáis alguna frase, caballero? –indagó gentil el traductor fray Aguilar.

- Algo así como… ten hueli tepolle -propuso Portocarrero.

- ¿Cómo? Te huele… ¡Joder, si la india habla castellano! -declaró Sandoval, provocando risas en el auditorio.

- ¡No, no, esperad! –rectificó don Alonso-. Es más bien: tlein huelic tepolli.[52]

- No, eso no es maya –admitió el fraile-. ¿Tenéis otra?

- Este… aaauh, kex beyó

El gemido inicial produjo algunas risas.

- ¿Qué bello? –insistió Sandoval-. ¡Hostia, pero esa india es ciega!

Pedro de Alvarado tuvo que escupir el sorbo de vino que tenía en la boca. El estado mayor reía en pleno.

- ¿Y…? –preguntó algo molesto don Alonso, dirigiéndose al traductor.

- Eso sí es maya –sentenció el fraile.

- ¿Y qué significa? ¡Traducid! ¿Qué quiere decir? –salió de un coro de voces.

El antiguo náufrago se sonrojó, pero cedió ante la insistencia de los presentes.

- Quiere decir… “¡Ay, qué rico!”

Risas y aplausos hicieron eco en la pared del fondo de la casa. Don Gonzalo Sandoval se puso en pie alzando su copa.

- ¡Brindemos, vuesas señorías! ¡Por nuestro amigo don Alonso, el benefactor de las indias!

- ¡Por don Alonso, el benefactor de las indias! –respondieron los restantes castellanos, tras erguirse en medio de carcajadas.

Tomaron asiento nuevamente. Y entonces el noble Gutiérrez Escalante levantó el dedo índice.

- Una pregunta tengo para vuestra merced, don Alonso –dijo afable- ¿Por dónde cogéis a la india cuando gime así en maya?

- Don Juan –contestó Portocarrero con marcada gravedad-, yo no comento intimidades en público.

Más risas, y otro brindis de Sandoval:

- ¡Por don Alonso, el honorable benefactor de las indias!

Por la noche Cortés mandó a buscar a doña Marina. En presencia de don Alonso, don Pedro, don Gonzalo Sandoval, fray Simón y el imprescindible intérprete don Gerónimo, la india Malinali le contó su historia al caudillo.

Era hija del tlatoani[53] de Painala, una localidad de la periferia del imperio azteca. Su madre era Cimatl, la única hija del cacique de la vecina aldea de Xatlipan. La heredera de dos cacicazgos aún no había cumplido 8 años cuando sucedió una tragedia. Aquel día el padre de Malinali había salido a cazar en compañía de su amigo Totlimoc, el tlatoani del cercano Xulipan. Hubo un lamentable accidente y el venablo de Totlimoc se clavó en la nuca del cacique de Painala mientras se agachaba para estudiar las huellas de otro venado.

Ya durante las festividades por la boda entre Cimatl y Totlimoc no se vio a Malinali. Se dijo que estaba muy enferma. Meses más tarde nació su medio hermano Citlimoc. Ese día el sacerdote mayor de Xatlipan hizo dos anuncios, uno triste y otro alegre. El primero informaba sobre el fallecimiento de Malinali producto de su penosa enfermedad. El segundo declaraba a Citlimoc heredero de Xulipan, Xatlipan y Painala.

Entretanto, unos comerciantes mayas putunes de Xicallanco, que habían adquirido a Malinali de su madre por muy favorable precio, la revendían en Soconusco con buena ganancia. Luego los mercaderes de Soconusco la llevaron al mercado de Potonchán, donde Tabasco la compró como parte de un lote de seis niñas. Sirviendo al halach uinik maya la hija del tlatoani azteca aprendió el dialecto chontal. A los 12 años le dio un hijo ilegítimo a Tabasco. Aunque tal vez el bebé era sólo nieto del cacique. La criatura pereció aún de meses. A los 14 años, sin embargo, la vida de Malinali acababa de tomar un nuevo rumbo. Gracias a la inesperada llegada de los conquistadores, cuya valentía en Centla había cambiado el destino de la joven azteca. Ahora se llamaba doña Marina y tenía un Dios mejor. A sus escasos años ya había pasado por todo en esta vida. No le temía a nada. Mas era mejor estar del lado triunfador. Y estaba decidida a aprovecharlo.

No era demasiado hermosa, pero la inmediatez de su franca elocuencia impresionó profundamente a Cortés. Y no solamente a él.

- Doña Marina, por gentileza os pido, quedaos esta noche –solicitó el caudillo.

Y ante el ceño fruncido de su amigo, agregó:

- Apenas una noche, don Alonso, sólo esta noche.

Desde luego, sabía que estaba mintiendo.



[52] Tlein huelic tepolli, textualmente “qué buena verga” en náhuatl.

[53] Tlatoani: cacique o gobernador en náhuatl.



6 comentarios:

  1. Muy bueno, me encantan estos capítulos, los disfruto muchísimo.

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  2. Qué interesante, yo también sigo los capítulos con atención, y disfrute.
    Saludos,
    Verónica

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  3. Ya lo echaba de menos, al Protector.

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  4. Excelente tu conocimiento del náhuatl

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  5. Zoé, Verónica, Garrix, Isis, muchas gracias! Uds. me animan a continuar plasmando en texto las hazañas de aquellos nobles próceres.

    Tlazohcamati ayancuipan, Isis. (No son palabrotas, sino "gracias nuevamente.")

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