27 nov. 2007

El Protector De Los Cerdos XIV

Preparativos


Fray Simón visitó a Cortés en el puerto de Santiago, donde se encontraba anclada la flota. En medio de un enorme ajetreo, entre el trasiego de objetos y materiales de todo tipo, bajo los gritos y latigazos de los guardianes españoles para despojar de la pereza a los esclavos indios y negros, Cortés le confirmó la situación. Y Cabezuela lo comprendió todo de una vez. Sus esfuerzos habían alfabetizado a Diego Velázquez, pero no habían aclarado sus entendederas en lo más mínimo.

Sin embargo, era imposible no sentir respeto por el gobernador. Hasta este Cortés inescrupuloso, cruel y no precisamente cobarde, no se atrevía a enfrentarse abiertamente a Velázquez. Con su empuje, natural y libre de astucias, don Diego se apropiaba todo aquello que le gustase. Sin engaños, ni ayudantes. Fuese de quien fuera. Un cerdo, un perro, una india. Cualquier cosa. Nadie osaba impedírselo, por la fuerza que emanaba, algo independiente de su natural corpulencia, y por su rudeza tan descomunal como sin saña. Su baja estatura engañaba. Lo había visto castrar a un marrano de casi doscientas libras sin ayuda de nadie. Tenía, por cierto, una gran habilidad con el cuchillo. Por esa virtud hubo de partir un día a las Indias, después de dejar sin hermanos a cierta Jacinta en la extremeña Mérida. Y vale decir que aquella ni mozuela, ni buena moza era. Pero sus cuatro hermanos la sobrestimaban y, lo más fatal, subestimaron al porquerizo Diego. La Santa Hermandad[23] ahorcó a seis gitanos que acampaban en las afueras de la ciudad, pero Jacinta sabía la verdad. Así que La Hispaniola recibió un nuevo colono. ¿Y Cortés? Este don nadie que ahora mostraba altanero los pertrechos y provisiones, como si los hubiese pagado él y no el gobernador. ¿Por qué había enfilado proa a las Indias? Pues por unas barajas marcadas. ¿Estaría manipulando las cartas también esta vez? ¡Cómo dudarlo!

Cabezuela deseó suerte cortésmente a Cortés, y hasta se encomendó medio en broma a la empresa, pidiendo al extremeño que le conquistase un obispado. Hernán lo escuchaba con una sonrisa socarrona en los labios. Mientras discurseaba, fray Simón miraba de forma ostensiblemente indiscreta los pendones y emblemas que el conquistador había hecho desplegar por doquier con su nombre. En uno hasta se titulaba de Capitán Adelantado de su Majestad Carlos I, el nuevo rey de Castilla.[24] Cortés intentó entonces convencer al fraile de partir con él a Yucatán, tratando de neutralizarlo. Aunque bien sabía, después de todo, lo útil de un colaborador con la buena cabeza de Cabezuela. Ciertamente no le sobraban de esos. De sus hombres, los que no se las habían visto con la Santa Hermandad, pues se la debían al Santo Oficio. No pocos habían remado en su vida más de lo que hubieran querido, como condenados a las galeras. Pero el franciscano rechazó con amabilidad los avances reclutadores de don Hernando.

El Adelantado sólo regresó dos meses más tarde. A Cabezuela le bastó con unas pocas frases, sin aún sacudirse Velázquez el polvo del camino, para que el gobernador se arrepentiese de su decisión. El franciscano sintió pena por Velázquez. Noble bruto que no desconfiáis de las víboras –pensaba. Quizá Cortés, vuestro paisano extremeño, conquiste el oro para conseguir una heráldica de hidalgo viejo. Y el mundo le creerá. Hasta sus propios hermanos le creerán. Pero vos, Velázquez, seréis siempre un antiguo porquerizo. Aunque llegáseis a El Dorado, ni un ciego os creería otra cosa.

– Lo creía escarmentado a Don Hernán después de lo de Don Joaquín –arguyó el gobernador.

- Todo lo contrario, excelencia, todo lo contrario -ripostó el sacerdote.

Joaquín Juárez era un andaluz afincado en Cuba, cuya mayor fortuna eran las tres hermanas guapas y casaderas que había traído a Las Indias. Hay que decir que la gran mayoría de los colonos practicaban el celibato forzoso. Descontando a las numerosas concubinas indias, desde luego. De manera que las Juárez eran sumamente codiciadas y cortejadas. Naturalmente que con suficiente bolsa se podía pedir una novia paisana. Pero el proceso era a ciegas, y abundaban las sorpresas negativas al recibir a la ansiada dama. Los hermanos Varela, quienes desde 1506 poseían el Monopolio de Remisión de Novias para Indianos en Sevilla, hacían lo que podían. Pero en los orfanatos, asilos benéficos y casas correccionales del reino no había mucho de donde escoger. Aquellos abnegados celestinos sevillanos recorrían incansablemente la península tratando de cumplir los pedidos de ultramar. No obstante, el mejor lote alguna vez obtenido fueron seis brujas catalanas, que originalmente iban a ser quemadas en Reus. El santo padre inquisidor de Tarragona se las cedió a regañadientes, tras mucho regatear, a cambio de 14.500 maravedíes y dos bonitas acuarelas con motivos bíblicos, titulada la una La más suculenta costilla de Adán, y Magdalena antes de la fe, la otra. La Santa Inquisición declaró luego que a las condenadas de Reus se las llevó el diablo con nocturnidad y sin aviso. Unas manchas de azufre en la mazmorra daban fe de ello.

En las Indias una andaluza casadera era indiscutiblemente un tesoro. Tal vez sólo superable por una moza de la cuenca del Ebro, donde los colonos franceses traídos por la corona de Aragón procreaban las mujeres más hermosas de España. Velázquez cortejaba a la mayor de las Juárez, doña Catalina. Su secretario Cortés, que le solía acompañar en las visitas, pretendía a la menor, doña Lucía. Por supuesto que el cabeza de la familia Juárez veía con beneplácito los avances del primer candidato. Pero recelaba del segundo, pues a éste le escaseaban la fortuna y las buenas intenciones, según creía el andaluz. Y razón no le faltaba a don Joaquín, que hubo de presentarse ante el Adelantado a demandar justicia, pues don Hernán había seducido a doña Lucía.

Velázquez, seriamente interesado en doña Catalina, prometió castigar severamente a su secretario. Advertido y sabiendo lo brutal de la furia del gobernador, Cortés se escondió. Se metió en la casa de su víctima. De alguna manera convenció al irresoluto hermano, que no se había atrevido a tomar la justicia por sus propias manos, para que no lo delatara. Luego de varias semanas la ira del gobernador se había aplacado. Tanto más porque en sus visitas a los Juárez don Joaquín ya sólo reclamaba, en forma muy comedida, que don Hernán desposara a doña Lucía. Así las cosas, Cortés envió un día al propio don Joaquín a mediar, y obtuvo el perdón de Velázquez a cambio de casarse con doña Lucía.

Los preparativos para esta boda ya estaban en plena marcha, y Cortés se había reintegrado a su labor de secretario del gobernador. Entonces salió a la luz lo peor. Durante su refugio en casa de los Juárez el fugitivo había seducido a las restantes hermanas, incluída doña Catalina, la adorada del gobernador.

Ante el asombro del destruido don Joaquín, que nuevamente pedía justicia, don Diego Velázquez, rojo de la ira, le espetó con infalible lógica castiza española al allí presente criminal:

– ¡Pues a la mía no os la habéis beneficiado en vano! ¡Ahora os casaréis con doña Catalina!

Lo que Cortés hizo sin falta.

No habían acabado su tertulia el recién llegado Velázquez y fray Cabezuela, cuando se presentó Cortés con un informe detallado de sus progresos en los preparativos de la expedición a la isla de Yucatán. Velázquez lo recibió tibiamente. Y Don Hernán corroboró lo que ya temía. Había vuelto a perder la benevolencia del gobernador. Pero estaba preparado, mucho más preparado de lo que Velázquez y Cabezuela podían prever.





[23] Primer cuerpo policial europeo. Funcionó desde el siglo XII hasta su disolución en 1835. La Santa Hermandad fue originalmente formada a niveles regionales independientes a lo largo del camino de Santiago de Compostela para proteger a los peregrinos de los habituales saqueos. Fue una medida de los ayuntamientos ante la disminución de los ingresos y consecuentemente de los impuestos de las posadas y tabernas locales, ya que los peregrinos europeos llegaban previamente desvalijados. Posteriormente se extendió a toda Castilla, y fue finalmente reglamentada y centralizada por los reyes católicos en 1476. Así por ejemplo, a menos que se tratara de gitanos, no podían ejecutar a los malhechores in situ, sino que debían entregarlos al poder judicial correspondiente, o a la Inquisición tratándose de moriscos o judíos. Por entonces disponía de unos 2.000 hombres de armas profesionales.

[24] Carlos I de Austria, hijo flamenco de Juana, la loca heredera de los reyes católicos, fue coronado rey de Castilla por las Cortes en 1518. Desde 1516, cuando murio su abuelo Fernando, era rey de Aragón. Y en 1519 compró la corona del Sacro Imperio Romano Germánico.


5 comentarios:

  1. Güicho, debieras publicar un libro con "El protector de los cerdos".
    Saludos,

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  2. No se porque me recuerda en cierta medida al señor de las moscas... pero se que no es por lo de la cabeza de puerco.
    Saludos,

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  3. Isis,
    me lo voy proponer como objetivo emulativo en saludo al primer congreso de caníbales caribeños!
    Saludos!

    Al,
    si los niños del señor de las moscas fueran hispanos, esa hubiera sido la de Dios!
    Saludos!

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  4. Muy bueno, Mr. Güicho (nunca olvido su ayuda con las diéresis), un hermoso relato. Abnegado va con b (un latinajo, sabe) y vi otra cosilla de s por c en algún cion o ciones. Un saludo de Escriba y Lea.

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  5. Gracias, César, ya me deshice de las adnegadas intensiones.

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